Supervisor me expulsa de palacio:
llegado a sus finales,
le prohíbe a mis naves espaciales
invadirle el espacio.
Gran Hyperión, por el contra, su camino
me indica: los exámenes
debo pasar, ganando sus certámenes.
Pero in véritas vino:
jurados que se dicen ser poetas
no me quieren modelo.
No saben hacer esto, y su camelo
defendiendo, los jetas
me vetan: dicen que la rima es viejo
recurso que no debe
ser usado: no es agua y no se bebe,
cual su aguado manejo
de arroyuelos que quieren ser versículos
que su biblia revela:
no admiten rebelión, y se les cuela
un lapsus que ridículos
los deja: “Lo difícil no es el metro,
sino la poesía”.
Porque es indefinible. Y ¿no se avía
poesía con el cetro
de la pluma domando el caos incierto
de la verba prosaica
que, más fácil aún, escriben? Laica
ley la de orar al muerto
presente, y olvidar a quienes antes
lograron su victoria
contra el tiempo asesino, y la Memoria
resucita, gigantes.
La poesía actüal tiene goteras
y, aguada, más se agua
y hace aguas. Si perra ni a chiguagua
llega la pobre. Esperas
que si en privado reconocen que esto
es arduo, y hace falta
dominio del lenguaje en honda y alta
proporción, por supuesto
debe tenerse que lo harán en foros
públicos. Pero cuándo
ahí lo oí. Si no se acepta el mando
del reyezuelo de oros
y se intenta ser propio, te destierra
al interior, y el bajo
ya no tendría el mérito a destajo
que le da la gamberra
invasión camuflada de su prosa
del norte, que han perdido,
sabiendo en lo más hondo de su olvido
que es más sosa su cosa
que el rigor de esta música, que alcanza
poesía, si funda
su construcción de catedral profunda
y elevada en su danza
sinfónica. Quizás un tiempo venga
de reconocimiento
de esta verdad sencilla. Pero siento
que esa métrica renga
de poco vuelo seguirá en el podio,
aun con secreta envidia
por el producto de esta dura lidia,
que a veces tira a odio.
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