El que no escriba como Yo, no medra
-se dijo el Cancerbero.
Y Plutón aplaudía con dinero
abonándole hiedra,
frotándose las manos, y la piedra
del mojón del sendero
colocando al desnorte como droga
para abducir infantes
y alimentar sus llamas ignorantes,
hundiédonos la boga
a los orates de la sinagoga,
independientes Dantes.
Estalinista el Capo neoliberio
el láguer Utopía
creyó, al creerse el Bueno: confundía
su terco cementerio
de zombis con las galas del salterio
en su trampa de harpía.
Heracles vino del color marino,
arriba si verdea,
y le afeó su ideología fea
de por sí, por padrino,
y hoy su plectro semántico menea
con sintáctico tino
solitario en el Hades; mas, hercúleo
como es, se lo aguanta
todo y lo canta y canta, canta y canta,
soportando el ecúleo
al trote con nostalgia del cerúleo
color del mar; que imanta.
Pero ha jugado con ventaja el Perro.
No es clásico este mito.
Era suave el ladrido de ese grito
sirénido de yerro
para odiseas nuevas al destierro
en que lo hundió el Cabrito.
Grave error: el escorpio acá en su dorso
por pasar lo corriente
pidió subir: lo acepta, pero el diente
del rabo clava, en corso,
sin la clava, y morimos. Qué dextrorso,
-giro a la diestra-, frente
a su lennua siniestra cuando es siervo
del Rico, como dije.
No se ve en el infierno y no se aflige,
pero lo está, por cuervo
crïado por colegas de su verbo,
o su labia, que elige
su ambición anti-empática. La llama
poesía verdadera.
A las otras, más fuertes, echa afuera.
o las fríe la llama
de su Oficio infernal en Santa Hoguera.
Ya no llora, que mama.
Y lo mismo el discípulo, pupilo
que tutela, por hueco.
Suelta el gas del prosístico embeleco
sin el menor estilo.
Condenado a ser nadie, estoy tranquilo:
contra sus leyes peco.
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