Confieso que me cansa el verso libre
-o es quizá el verso libre el que está exhausto.
Parece que se escribe el mismo infausto
texto siempre: difícil es que vibre
con la tensión del arco y de la cuerda
el verso flojo como muelle lacio
que leo laureado, en el pancracio
de las instituciones. Me recuerda
la “pesadilla estética” que dijo
un grande y, como pierdo la batalla
siempre, y me vence la normal morralla,
acá, en la soledad de mi escondrijo
voluntario e impuesto, clamo al cielo,
que no me oye, porque Dios no existe,
o ya me ha abandonado. Como chiste
tomada es mi defensa del desvelo
de la obvia verdad. Canto a los vientos
mi crítica, y la oyen 4 gatos;
aunque más bien son tigres, o jabatos,
al menos. Pero fallan los acentos
en el resto: prefieren las corrientes
mansas, que fluyen tibias en los cauces
establecidos, desde que las fauces
de la trampa y el cepo, con sus dientes
cazaron la poesía, que hoy se muerde
su pata y la secciona en sacrificio
de propia integridad: todo suplicio
para la libertad nunca se pierde
en desintegración: íntegros somos
algunos todavía, aun si mutila
nuestra entereza el capo o su gorila,
y no figuraremos en los tomos
de la Historia de la Literatura,
que escribirán los listos. Mas qué importa.
El arte es largo si la vida es corta.
(Y, si no llega a más, era basura.)
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