Porque sois indistintos, como el caos de Hesíodo
o de Ovidio, en que todo era üno
y lo mismo,
y -cual dice el Enuma, en remoto período-
no podía haber seres -no
existían los nombres
(ni, por tanto, conceptos)-, si
por oportunismo
en el sitio te quedas, será raro
que escombres
la
rüina presente, o que de ellas construyas
algún mundo habitable. Siempre
estamos en crisis,
mas hoy más: es la última. No te
sirve que huyas
del rüido mundano, porque está
en todas partes.
Hace falta más música: no más
átona enclisis:
entonaos: ya es hora de dar
culto a las artes,
y no hay arte sin técnica. Y entendéis poco de eso.
Cuando leo al Modelo de la
cárcel no escucho
sino sensiblerías y obstrucción del
progreso:
unas frases corrientes, que se
estancan por quietas,
de sentido superfluo de arroyuelo
pachucho.
Y las canta “el más grande de
todos los poetas
presentes”.
Qué seremos los humildes: ¿microbios?
La ilusión colectiva del lector
es un fraude
o del crítico: niegan los
efectos más obvios
de una causa sin gracia: el
famoso es tan pésimo
que si no es por la hipnosis de
la clac que le aplaude
no se entiende que guste su
desfase vigésimo
secular.
Yo estoy harto de tragar la dogmática
del novel sentimiento, que se imita eclesiástico,
excepto cuando plagia sin pudor
la temática
y el hallazgo del raro. Se casó
con la fama
por la fe natural en sus
flores de plástico,
ya que son feligreses por trepar
a la rama
de su planta;
es muy triste, pero no por el capo,
por sus tibios lectores y sus
mansos acólitos
-y los genios demonios que
ponéis como un trapo
de fregar lamparones, inmorales y
pobres-
que editores publican frescos,
pochos y sólitos
de poesía, sin ella, por cobrar
unos cobres
públicos. Soy lo mismo: me corroe la envidia
y el rencor, porque el éxito me
ha negado la mafia
dirigente, y que el pobre de
recursos subsidia,
y, engañando, predica sencillez
por simpleza
e incultura, y promueve general
esta agrafia
literaria que nada sabe ya de
Belleza.
Yo no quiero ser eso. Y por ello modelos
a imitar libremente he elegido
-Darío,
Rilke, Góngora, Yeats,
Baudelaire…, los abuelos
que fraguaron con técnica su canción de harmonía
(que aprendí con estudio)-, y al común dejan hoy frío,
porque tras la vanguardia
cualquier cosa es poesía.
Aprended
del origen y quebraos en líneas
que respeten el número de los
versos, que el caos
de la prosa simétrica aniquila:
apolíneas
ordenad baquedades desfaciendo el entuerto.
Y si no, decid nada y, sin
música, daos
a esas formas deformes que ya apestan a muerto.
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