Ay, amigo Francisco Ruiz Noguera,
sabio lector de clásicos barrocos,
como no debe ser de otra manera,
si se es poeta. Pocos
vamos quedando ya de este conjunto
de la secreta Orden del Inicio
y el Sentido Final en grave punto
de luego del Jüicio;
pocos quedamos ya de esta caterva
de finos y discretos culteranos
de vocación, pupilos de Minerva,
conceptistas hermanos
de la justa medida y la figura
que aprendimos leyendo a los gigantes
a cuyos hombros nos subimos, dura
labor, no de ignorantes
precisamente. Sé que te jubilas
o ya lo has hecho, no como poeta,
que sé que ejerces y además te estilas,
como un anacoreta
de biblioteca y en tu casa a solas
o en pública lectura de filólogo
poeta, con el ritmo de tus olas,
a addenda desde prólogo,
como río de Heráclito al atlántico
o más allá, como Añoluz, en juego
que es a la vez relativista y cuántico,
del propio Superego.
Nadie sale del Yo, pero un poeta
se sale, si se estruja el sabio fruto,
y atrás de beta y alfa y tras de zeta
la savia por canuto
estilográfico y su poro exulta
y exhala y cala y cuela y vuela y hala,
sacando luz de la sustancia oculta
cegada en duermevela
inconsciente, latente, de latido
al par del Corazón que esta coraza
del universo ensambla y da sentido
a toda su carnaza.
No te jubiles de poeta, amigo,
nunca, y pasa de tiempo, y su tictacs
aprovecha a la Haydn. Yo te sigo,
igual que Estrella, Max.
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