viernes, 10 de marzo de 2023

EL SÍNDROME DE BELARMINO

Acabaré como Giordano Bruno,

si ya me encuentro como Galileo

y sigo repitiendo que lo feo

no puede ser lo guapo, inoportuno,

            ni la maldad el bien, ni lo comuni-

tario peor que lo que priva ayuso

el de suso, que mata por desuso

su sanidad, que malo es el Fortuny

            como poeta, o que lo falso es cierto

-modo de hacer fortuna-, o que no es único,

y lo escribo muy claro y en fortúnico,

no en rúnico, se entiende, que me oferto

            como dïana de coleta, el culo

al aire, en cola, y sigo dando voces

con la gente sin voz a los feroces

buitres de carnes vivas y del bulo,

            para la distracción de los vigías

de los currantes del trabajo duro,

y combatirlos desde igual un muro

de fortaleza digital y, días

            después, organizarlos contra el grupo

corrupto y robador, también de Europa,

hecho patrón Babá a la infame tropa,

y apartarlo del sésamo y del chupo

            que te chupo parásito y vampiro

por acaparador de mi fortunio,

exclusivista por su plenilunio

fanático y, por étimos, guajiro.

            Le he dicho al cardenal que el telescopio

use y mire los cielos, y el muy burro

se niega, porque “Tal como discurro,

y según Aristóteles, y el propio

            Santo Tomás, los astros no son mundos,

como decía Bruno, sino fuego

etéreo que, movido por el juego

divino de los ángeles, oriundos

            del empíreo de Dios, y enviados, esa

cumplen función, y no como ese Newton

dirá, qué gravedad, ni ley, que tu ton-

tería arguye hereje, ni qué gruesa

            masa de peso o mini cuyo punto

de gravedad atrae cuerpos cerca

a tiros, como el fruto ajeno en cerca:

¿¡Quieres dejarnos al Señor difunto!?”.

            Y digo: mira el fundamento cuántico

con su conducta fantasmal, que luzco

y aludo tantas veces, mira Cuzco

y Stonehenge y Altamira, y el Atlántico

            en carabela, y mírate y di, mudo,

si has visto suficiente y luego dime

si no hay nada que sea más sublime

que ese auto-scopio tuyo del embudo

            legal e injusto; pero ves tu ombligo

sólo, pues solo eso es lo que mucho

miras, no el resto, estando tan pachucho

por injusticia, que te importa un figo.

            Me condenaste sin jüicio, turbio

reactor ante lo raro -y, si es mestizo

peor, de forma antigua y nuevo hechizo

de asunto-, alcalde en contra del suburbio.

            Y sé cuál es mi fin: decir verdades

que duelen porque son igual que puños,

que te resbalan, dejan sin rasguños

y, por decirlas, preso voy al Hades

            (“allá la Perfección y acá está el mundo

al servicio de hombre, lo imperfecto

y flüido y corrupto y fatuo, y recto

el resto, que es redondo y es rotundo:

            la Tierra ocupa el centro, el sol se mueve,

y la estrellas fijas están junto

al Inmóvil Motor, que es Dios. Y punto.

Y tú debes creer lo se debe”),

            y hecho un gurruño más te refunfuño,

y te gruño, por ver si el mundo escucha,

y, aunque esté sordo, seguiré en la lucha,

y más voy a decir de nuevo cuño.

            Sé cómo acabaré, que es tu dictamen

la gran Mentira de que vives sucio.

Soy un Colón. No llegas a Vespucio.

Y eso es así, por más que los que lamen

            tu sieso digan lo contrario, oscuros

en noche solitaria, y oscurantes

cerriles por mirarse los brillantes

ajenos, rodeándome de muros.

            Quien dice la verdad labra miseria

para sí, quien la dice acaba ocluso

o reo de la pira, que el abuso

del Relamido no se desmisteria,

            que se queda sin chollo y sin chanchullo,

de su Sabiduría Revelada,

que es un camelo y una gran Chorrada,

y es quien merece, delincuente, el trullo.

            Sé como acabaré: lo dictamina

tu Inquisición: Cantado los barruntos

contrastados con hechos, sin tus untos:

Quien dice la verdad cava su ruina.

            Quien dice la verdad labra su tumba,

quien dice la verdad acaba preso

del lamedor de relamido sieso.

Y aquí se acaba mi maldita zumba.

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