Acabaré como Giordano Bruno,
si ya me encuentro como Galileo
y sigo repitiendo que lo feo
no puede ser lo guapo, inoportuno,
ni la maldad el bien, ni lo comuni-
tario peor que lo que priva ayuso
el de suso, que mata por desuso
su sanidad, que malo es el Fortuny
como poeta, o que lo falso es cierto
-modo de hacer fortuna-, o que no es único,
y lo escribo muy claro y en fortúnico,
no en rúnico, se entiende, que me oferto
como dïana de coleta, el culo
al aire, en cola, y sigo dando voces
con la gente sin voz a los feroces
buitres de carnes vivas y del bulo,
para la distracción de los vigías
de los currantes del trabajo duro,
y combatirlos desde igual un muro
de fortaleza digital y, días
después, organizarlos contra el grupo
corrupto y robador, también de Europa,
hecho patrón Babá a la infame tropa,
y apartarlo del sésamo y del chupo
que te chupo parásito y vampiro
por acaparador de mi fortunio,
exclusivista por su plenilunio
fanático y, por étimos, guajiro.
Le he dicho al cardenal que el telescopio
use y mire los cielos, y el muy burro
se niega, porque “Tal como discurro,
y según Aristóteles, y el propio
Santo Tomás, los astros no son mundos,
como decía Bruno, sino fuego
etéreo que, movido por el juego
divino de los ángeles, oriundos
del empíreo de Dios, y enviados, esa
cumplen función, y no como ese Newton
dirá, qué gravedad, ni ley, que tu ton-
tería arguye hereje, ni qué gruesa
masa de peso o mini cuyo punto
de gravedad atrae cuerpos cerca
a tiros, como el fruto ajeno en cerca:
¿¡Quieres dejarnos al Señor difunto!?”.
Y digo: mira el fundamento cuántico
con su conducta fantasmal, que luzco
y aludo tantas veces, mira Cuzco
y Stonehenge y Altamira, y el Atlántico
en carabela, y mírate y di, mudo,
si has visto suficiente y luego dime
si no hay nada que sea más sublime
que ese auto-scopio tuyo del embudo
legal e injusto; pero ves tu ombligo
sólo, pues solo eso es lo que mucho
miras, no el resto, estando tan pachucho
por injusticia, que te importa un figo.
Me condenaste sin jüicio, turbio
reactor ante lo raro -y, si es mestizo
peor, de forma antigua y nuevo hechizo
de asunto-, alcalde en contra del suburbio.
Y sé cuál es mi fin: decir verdades
que duelen porque son igual que puños,
que te resbalan, dejan sin rasguños
y, por decirlas, preso voy al Hades
(“allá la Perfección y acá está el mundo
al servicio de hombre, lo imperfecto
y flüido y corrupto y fatuo, y recto
el resto, que es redondo y es rotundo:
la Tierra ocupa el centro, el sol se mueve,
y la estrellas fijas están junto
al Inmóvil Motor, que es Dios. Y punto.
Y tú debes creer lo se debe”),
y hecho un gurruño más te refunfuño,
y te gruño, por ver si el mundo escucha,
y, aunque esté sordo, seguiré en la lucha,
y más voy a decir de nuevo cuño.
Sé cómo acabaré, que es tu dictamen
la gran Mentira de que vives sucio.
Soy un Colón. No llegas a Vespucio.
Y eso es así, por más que los que lamen
tu sieso
digan lo contrario, oscuros
en noche solitaria, y oscurantes
cerriles por mirarse los brillantes
ajenos, rodeándome de muros.
Quien dice la verdad labra miseria
para sí, quien la dice acaba ocluso
o reo de la pira, que el abuso
del Relamido no se desmisteria,
que se queda sin chollo y sin chanchullo,
de su Sabiduría Revelada,
que es un camelo y una gran Chorrada,
y es quien merece, delincuente, el trullo.
Sé como acabaré: lo dictamina
tu Inquisición: Cantado los barruntos
contrastados con hechos, sin tus untos:
Quien dice la verdad cava su ruina.
Quien dice la verdad labra su tumba,
quien dice la verdad acaba preso
del lamedor de relamido sieso.
Y aquí se acaba mi maldita zumba.
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