De cuantos en persona me topara
poetas hice -y queda- algún amigo.
Al resto, si le dije, si le digo
la verdad, le arde el rojo por su cara,
que, inmutado, detesta, y el vocablo
me retira, y me odian sus parejas
-a saber qué les cuentan en sus quejas-
como si fuera un pérfido Dïablo,
y, aparte de negarme la palabra,
en cargos de su cuenta con sus bailes,
ni siquiera contestan mis emailes,
y se piensan que estoy como una cabra.
Son como el fraile que, perdido el verbo
-negado-, cuya fe en sí mismo tiembla,
y quien les dijo la verdad les sembla
un amigo traidor y acerbo gerbo
o rata que les roe su confianza
en sí, que recuperan proyectando
en el sabio sus lacras propias -y ando
con mis palabras solas en su danza.
Por qué será que la verdad ofende:
sólo le hablo su error, y es sabio
quien aprende del mismo, y no es agravio
ser mejor, no el mejor, como pretende
su vanidad soberbia. Y es curioso
que para el necio yo soy el soberbio,
porque le he dicho lo que sé; el proverbio
dice que el sabio yerra. Virtüoso
como un círculo vuelve el testarudo
a su equivocación, y al par que odia
ingrato al bienhechor sin palinodia
alguna, civil rústico por rudo,
le achaca propia tacha como el facha
al rojo, que detesta, y una siesta
se echa inconsciente para lo que resta
y no quiere librarse de su tacha.
Yo sé quién soy, con vicios y con fallos.
A quien que me los imputa doy las gracias
y los corrijo, de poder: falacias
para qué de -autoengaño- gayos gallos.
Hay algo, empero, de lo cual seguro
estoy: de que mi verso es virtüoso.
Quizás no sea poeta. ¡Si ni poso!
pero tiene su gracia, y sin apuro
lo digo y, cuando no se reconoce,
me río: qué sabrá de verso el crítico.
¿Se cree acaso que es Apolo Pítico?
Pues la Pitón lo aceche y dé su roce,
a ver qué. Pitia, yo, cual todo vate
cualificado, porque se lo estudia
todo: a juego anterior se lo pre-ludia
(aunque a veces os suelte un disparate).
No me voy a quedar con nadie: quedo,
aun si no quedo, en paz conmigo, solo.
La pitonisa del más Pitio Apolo,
me permita mirar por su quevedo.
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