sábado, 20 de abril de 2019

SOLIPSISMO CÓSMICO (Poema ensayístico en prosa técnica)


            Por experiencia sé que las depresiones y melancolías consisten en una suerte de desconexión del mundo y de la vida, que nos hunden en el círculo vicioso de la casi regodeante, aunque siempre angustiosa, contemplación de la desgracia propia.
            Por experiencia sé que, si uno siente ánimo y conecta con la vida y el mundo, y tiene fe en lo que hace o quiere hacer, de pronto, inexplicablemente, todo funciona, no solamente en lo que se refiere a las armonías del cuerpo, explicables por relaciones de psicosomatismo, sino también a ese conjunto reticular de casualidades que se entretejen en los nodos de lo que solemos llamar realidad.
            Y es como si la mente, pletórica de fuerza espiritual, pudiera, por una extraña conexión causal, influir, además de en la materia de que están hechas las cosas, en el propio y general destino.
            A cierto nivel de análisis micro- (o nano-) scópico, podríamos dejarnos llevar por la palabras de aquel Premio Nobel, Eugène Wigner, cuando dijo que era la conciencia del observador la que crea el colapso de la función de onda cuántica subatómica que convierte la probabilidad difusa en que consisten los ladrillos mínimos y básicos de la materia, sus partículas (en latín “partecillas”), en un hecho de experiencia real.
            O por otro grande, Archibald Wheeler, cuando afirmó que, habida cuenta de lo susodicho, había que sustituir el término obsoleto “observador” por el más cientifico “participador”.
            Pero lo cierto es que son hiperbólicas tales aseveraciones hipotéticas, porque por encima de cierto nivel nalítico no existe explicación que pueda hacernos causantes y responsables de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa de la mundaneidad.
            Tras de infinitésimas vueltas reinando sobre el asunto, se me ha ocurrido una disparatada solución:
            Figurémonos que existe algo así como un Observador Cósmico al estilo de Berkeley, no hace falta que lo llamemos Dios, aunque desde la perspectiva antropológica del panorama cultural de toda etnia humana, ese tecnicismo, propio de la Historia de las Religiones, nos resultaría a todos comprensible.
            Pues bien: figurémonos también que ese Numen es un Solipsista Cósmico: teniendo en cuenta que nuestro Universo, aunque no tiene bordes ni límites, no es infinito, porque tiene un tamaño, si bien cambiante y en expansión, podríamos aventurar la conjetura de que Todo es producto de la experiencia de ese Observador o Participador Universal, un Mundo de Apariencia (Fenómeno, en griego) en el que nosotros y todo lo demás seríamos entes fenoménicos, de modo que toda la Realidad sería Virtual.
            Por experiencia sé que los productos de nuestra mente, pese a que están creados por nosotros, influyen, recíprocos y reflexivos, en sus creadores: una idea, un sueño, una metáfora, un fábula, un mito, una ficción, un personaje de novela o drama, una obsesión, una Manía (en griego: Locura), nacidas y criadas en nuestra psique, a veces nos cambian el carácter y, por ende, como dijera Heráclito, el Destino.
            Después de todo, eso que llamamos materia también es como una abstracción hecha a partir de una metáfora: materia es esa cosa que todas las cosas perceptibles por los sentidos tienen en común, como la nieve, la nata y la espuma tienen en común el color blanco.
            Y si nosotros somos entidades de la “materia mental” de la experiencia fenomenal de Dios, la conexión mente/materia, y también la tan discutida cuerpo/alma tiene su explicación: todo está hecho de es misma materia que (como diera el Premio Nobel de Física, el cosmólogo sir Arthur Eddington por un lado, y por otro uno de los más grandes poetas que en el mundo han sido, Fernando Pessoa), “es de naturaleza espiritual”: “Sursum corda: toda la materia es espíritu”.
            Y por estudio y reflexión filosófica sé que los clásicos hablaron de Sentido Común (en griego: Koiné Aisthesis) como una Sexto Sentido que, recogiendo los datos inmediatos de la experiencia, los convierte en Imágenes de esa Imaginación que el mismísmo Kant estableció como indispensable para el conocimiento del fenómeno real, ya que el noúmeno o la cosa-en-sí no puede ser conocida ni captada en puridad: su pureza siempre estará velada –y simplificada− por esa suerte de espejo que es nuestro aparato de percepción imaginante, que se figura a su modo lo que le llega de ese afuera nouménico, y que yo doy en figurarme divina fuente fundamental de todo, tanto desde la panorámica de la sensibilidad consciente “sincrónicamente” considerada, como desde un punto de vista “diacrónico”: lo que hizo explotar al cosmos, ese big bang cuya onda expansiva aún continúa, creándolo y creándonos, es lo mismo que lo que está más allá del velo de la experiencia, esa linde donde lo micro y lo macro empiezan a comportarse de una manera absolutamente imposible para lo que nuestra experiencia tiene por realidad: un partícula subatómica, por ser a la vez onda, puede pasar por dos orificios a la vez, y el Horizonte de Sucesos de un Agujero Negro se traga en un nanosegundo lo que para nostros permanece en ese mismo acto una eternidad.
              Id est: la Realidad, la completa realidad, no es como nos dice el estrecho realismo: es puro fenómeno. Y la raíz léxica de esta voz griega está emparentada, y no insinúo nada que no sepa más de uno, con los lexemas de “fantasía” y de “fantasma”.
            El que tenga oídos para oír que oiga, y que los miopes sigan pensando que la realidad es totalmente ajena a nuestros deseos.
            Pero desear algo con la fuerza de la fe en nuestras posibilidades trae, y lo sé por experiencia, a nuestra experiencia real el fantástico y fantasmático objeto de tal volitivo deseo.
            Que los ántropos de buena voluntad deseemos, juntos y solidarios, lo mejor que puede sucederle a este nuestro mundo, donde habitamos toda la humanidad.

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