Por
experiencia sé que las depresiones y melancolías consisten en una suerte de
desconexión del mundo y de la vida, que nos hunden en el círculo vicioso de la casi
regodeante, aunque siempre angustiosa, contemplación de la desgracia propia.
Por
experiencia sé que, si uno siente ánimo y conecta con la vida y el mundo, y
tiene fe en lo que hace o quiere hacer, de pronto, inexplicablemente, todo funciona,
no solamente en lo que se refiere a las armonías del cuerpo, explicables por relaciones de psicosomatismo,
sino también a ese conjunto reticular de casualidades que se entretejen en los
nodos de lo que solemos llamar realidad.
Y es como
si la mente, pletórica de fuerza espiritual, pudiera, por una extraña conexión
causal, influir, además de en la materia de que están hechas las cosas, en el propio
y general destino.
A cierto
nivel de análisis micro- (o nano-) scópico, podríamos dejarnos llevar por la
palabras de aquel Premio Nobel, Eugène Wigner, cuando dijo que era la
conciencia del observador la que crea el colapso de la función de onda cuántica
subatómica que convierte la probabilidad difusa en que consisten los ladrillos
mínimos y básicos de la materia, sus partículas (en latín “partecillas”), en un
hecho de experiencia real.
O por otro grande,
Archibald Wheeler, cuando afirmó que, habida cuenta de lo susodicho, había
que sustituir el término obsoleto “observador” por el más cientifico “participador”.
Pero lo
cierto es que son hiperbólicas tales aseveraciones hipotéticas, porque por
encima de cierto nivel nalítico no existe explicación que pueda hacernos causantes y
responsables de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa de la mundaneidad.
Tras de
infinitésimas vueltas reinando sobre el asunto, se me ha ocurrido una disparatada
solución:
Figurémonos
que existe algo así como un Observador Cósmico al estilo de Berkeley, no hace falta que lo llamemos
Dios, aunque desde la perspectiva antropológica del panorama cultural de toda
etnia humana, ese tecnicismo, propio de la Historia de las Religiones, nos
resultaría a todos comprensible.
Pues bien:
figurémonos también que ese Numen es un Solipsista Cósmico: teniendo en cuenta
que nuestro Universo, aunque no tiene bordes ni límites, no es infinito, porque
tiene un tamaño, si bien cambiante y en expansión, podríamos aventurar la
conjetura de que Todo es producto de la experiencia de ese Observador o
Participador Universal, un Mundo de Apariencia (Fenómeno, en griego) en el que
nosotros y todo lo demás seríamos entes fenoménicos, de modo que toda la
Realidad sería Virtual.
Por
experiencia sé que los productos de nuestra mente, pese a que están creados por
nosotros, influyen, recíprocos y reflexivos, en sus creadores: una idea, un
sueño, una metáfora, un fábula, un mito, una ficción, un personaje de novela o
drama, una obsesión, una Manía (en griego: Locura), nacidas y criadas en
nuestra psique, a veces nos cambian el carácter y, por ende, como dijera
Heráclito, el Destino.
Después de
todo, eso que llamamos materia también es como una abstracción hecha a partir
de una metáfora: materia es esa cosa que todas las cosas perceptibles por los
sentidos tienen en común, como la nieve, la nata y la espuma tienen en común el
color blanco.
Y si
nosotros somos entidades de la “materia mental” de la experiencia fenomenal de
Dios, la conexión mente/materia, y también la tan discutida cuerpo/alma tiene
su explicación: todo está hecho de es misma materia que (como diera el Premio
Nobel de Física, el cosmólogo sir Arthur Eddington por un lado, y por otro uno
de los más grandes poetas que en el mundo han sido, Fernando Pessoa), “es de
naturaleza espiritual”: “Sursum corda: toda la materia es espíritu”.
Y por estudio
y reflexión filosófica sé que los clásicos hablaron de Sentido Común (en
griego: Koiné Aisthesis) como una Sexto Sentido que, recogiendo los datos
inmediatos de la experiencia, los convierte en Imágenes de esa Imaginación que
el mismísmo Kant estableció como indispensable para el conocimiento del
fenómeno real, ya que el noúmeno o la cosa-en-sí no puede ser conocida ni
captada en puridad: su pureza siempre estará velada –y simplificada− por esa suerte
de espejo que es nuestro aparato de percepción imaginante, que se figura a su
modo lo que le llega de ese afuera nouménico, y que yo doy en figurarme divina
fuente fundamental de todo, tanto desde la panorámica de la sensibilidad
consciente “sincrónicamente” considerada, como desde un punto de vista “diacrónico”:
lo que hizo explotar al cosmos, ese big bang cuya onda expansiva aún continúa,
creándolo y creándonos, es lo mismo que lo que está más allá del velo de la
experiencia, esa linde donde lo micro y lo macro empiezan a comportarse de una
manera absolutamente imposible para lo que nuestra experiencia tiene por realidad:
un partícula subatómica, por ser a la vez onda, puede pasar por dos orificios a
la vez, y el Horizonte de Sucesos de un Agujero Negro se traga en un
nanosegundo lo que para nostros permanece en ese mismo acto una eternidad.
Id est: la Realidad, la completa realidad, no es como nos
dice el estrecho realismo: es puro fenómeno. Y la raíz léxica de esta voz
griega está emparentada, y no insinúo nada que no sepa más de uno, con los
lexemas de “fantasía” y de “fantasma”.
El que
tenga oídos para oír que oiga, y que los miopes sigan pensando que la realidad
es totalmente ajena a nuestros deseos.
Pero desear
algo con la fuerza de la fe en nuestras posibilidades trae, y lo sé por
experiencia, a nuestra experiencia real el fantástico y fantasmático objeto de
tal volitivo deseo.
Que los ántropos
de buena voluntad deseemos, juntos y solidarios, lo mejor que puede sucederle a
este nuestro mundo, donde habitamos toda la humanidad.
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