Qué bien se yo la fonte…
S. Juan
Todas las religiones institucionalizadas, todas las iglesias
y sectas, todas las organizaciones de comunidades de creencia y culto ritual e
incluso todas las comunidades de creencia a secas, como por ejemplo los
partidos políticos, e incluso también las organizaciones sindicales, etc.,
tienen un credo, un sistema de dogmas de fe, un paquete de ideas prefijadas y
fijas, id est, una ideología –en el sentido más puramente marxiano
(aunque tal vez ya no marxista) de la palabra- que las diferencia, que
distingue las unas de las otras y a veces, a menudo, demasiado a menudo, las
enfrenta cruentas por un insignificante filioque o cualquier otro
bizantinismo. Y esa es la razón por la cual la historia de las ideologías,
religiosas o no, está tan cubierta de sangre y de basura. Las ideologías,
religiosas o no, son excluyentes y exclusivistas, por lo que todas pretenden
portar en su seno de forma meridiana la única y absoluta verdad. Hablar de la
“religión verdadera” es ofender la inteligencia de todos los que no me son
correligionarios, pobres presas del error a los que debo convertir a la única
verdad, la mía, quieran o no. O excluirlos del mundo.
En este sentido todas las religiones y todas las ideologías
son sistemas de símbolos cuyo significado es en el fondo trivial, pues lo que
importa en el fondo no es el fondo semántico último de las mismas, sino la
presencia grave y relevante de una bandería o un tótem, unos colores y figuras
con los que uno se identifica como miembro adepto de un grupo dentro del cual
se siente más fuerte e importante que enfrentado a la miseria vertiginosa de su
paupérrima soledad. Yo soy de mi equipo de fútbol manque pierda, de mi
partido magüer cometa las más evidentes cacicadas y tropelías (ante las
que me empeño en ser invidente), y me creo el credo de mi religión tal
como me lo sirvieron mis contextos culturales, no porque haya meditado en el
sentido o sinsentido de su ideario y su praxis, sino porque es el mío y
Nosotros somos los Buenos.
Desde un punto de vista sociológico todas las religiones
institucionalizadas y comunidades organizadas bajo sistemas ideológicos
semejantes cumplen, y no descubro nada que no se sepa a estas alturas, una
función de cohesión (aunque no necesariamente de coherencia) del grupo en cuyo
seno me siento protegido de mi propia insignificancia como individuo. Los
sistemas dogmáticos e ideológicos clasifican y etiquetan el mundo indicándonos
lo que debemos creer cuando miramos las cosas.
Pero desde un punto de vista antropológico más humanista, el
de, por ejemplo, lo que podríamos llamar una simbología cognitiva
arquetipológica del fenómeno religioso, las cosas pueden verse de otra manera:
todo dogma ideológico consiste en la institucionalización de un antiguo mitema
o, lo que es lo mismo la lexicalización de una antigua metáfora viva.
Si los mitos, religiosos o no, son, como se sabe, símbolos
desarrollados narrativamente, y todo símbolo es en su origen una figura poética
-no pocas veces una metáfora-, debemos entender que, cuanto más se ahonde en la
arqueología del dogma -mitema lexicalizado (institucionalizado)-, más cerca
estaremos de lo más profundo de su significación, que siempre resume y expresa
un arquetipo del inconsciente colectivo de la humanidad: hay una vena
ideológica en toda religión, cierto; pero no menos cierto es que también hay en
todas ellas una vena poética, cuyo descubrimiento y asimilación nos acerca más
a los orígenes antropológicos de su simbolismo mítico y, por lo tanto a lo más
originario de lo humano que, como fuente de creatividad, debe calificarse
siempre de poético.
Las religiones más antiguas eran menos dogmáticas y más
míticas que las actuales; famoso es el caso de Alejandro de Macedonia pidiendo
permiso a Tiro para adorar en su templo al dios fenicio Melqart, que el Grande
identificaba sin mayor problema con su Heracles; sabemos qué propensa fue la
antigüedad grecolatina a la importación de dioses de lejano origen, con
frecuencia asiáticos o egipcios; sabemos cómo el sustrato dravídico indio fue
absorbido sin problema por la védica religión de sus conquistadores arios. Y
aunque se ha llegado a decir que los paganismos y los politeísmos nunca
tuvieron místicas, no debemos comportarnos como invidentes ante la evidencia de
las iniciaciones dionisíacas, órficas o eleusinas que, como todas los procesos
iniciáticos, son preparatorio camino ascético hacia la iluminación mística; y
qué decir de nuevo de la india, donde es posible que un primitivo chamanismo
autóctono evolucionara hacia técnicas de purgación y meditación que, heredadas
y mejoradas acaso por el budismo, siguen teniendo vigencia incluso en el mundo
contemporáneo.
Todas las culturas han tenido rituales iniciáticos que
implican un mayor o menor grado de misticismo. Y aquí viene lo curioso: pese a
las diferencias ideológicas de credo de todas las iglesias y religiones, todos
los místicos de todas ellas (cosa que puede decirse también de todos los
chamanismos) han descrito experiencias semejantes: han visto lo mismo:
Todas las místicas, sean del color dogmático-ideológico
religioso que sean, hablan de la anulación de las diferencias, de indistinción
entre el sujeto y el objeto, de la Verdad como Unidad, o sea: de que la única
verdad es que todo es uno: que en el fondo más profundo de todos lo
fondos posibles nuestro Sí-Mismo, nuestro self, es idéntico o incluso es
lo mismo que la Fuente, el Origen, la Creación, que es trascendente al universo
sensible (y cognoscible) y que es su fundamento verdaderamente real: que atman
es Brahma, que nuestro espíritu es gota de un mar que, una vez vuelta a
caer en él pierde sus límites diferenciadores como individuo/gota y vuelve a
ser mar inmensurable, aunque en el fondo, insisto, la gota y la mar tienen en
común una misma cosa: las dos son agua.
Esa experiencia de fusión mística del alma, de la psique
(el soplo, el airecillo) con el Espíritu (el viento)
creador y mantenedor del universo, siendo por naturaleza y definición inefable,
ha sido no obstante siempre expresada a través de símbolos complejos basados
casi siempre en metáforas y paradojas, o metáforas paradójicas, que sorprenden
en primera lectura por parecer contrarias al dogma de la religión que el
místico profesa: el amor heterosexual, la sexualidad y el orgasmo
(dogmáticamente pecados nefandos de la carne), para hablar del éxtasis
espiritual más limpio de materia y corporeidad que imaginarse quepa; la
borrachera (pecado capital), para dar versión aproximada de los efectos
místicos; la música (pecado de sensualidad, si profana) como armonía pura
de significado conceptual imposible de captar.
Y la Noche.
La noche oscura en que las forma definidas se
indefinen y diluyen, la noche en que se pierden los colores, en que todos los
gatos son pardos, en que no se ve nada, en que no se ve ni se puede ver la
realidad (o eso que llamamos realidad, y que sólo es una ilusión, una ilusión
dolorosa y terrible, agresiva y tenaz, insufrible, un decorado con sus
tentadoras formas maravillosas −y con sus deformes monstruosidades y terrores y
embelecos, Lope dixit, ocultos y acechantes en la sombra, en las
tinieblas, cuyo Príncipe indiscutido es, ahí es nada, Lucifer, el Demonio, el
Mal, el peligro de la destrucción que nos roba la forma diurna y esclarecida de
lo clasificado y etiquetado por los órdenes sistemáticos y nos sume en lo
indistinto de lo informe o de lo que ostenta formas informales para
nosotros, la tenebrosa zona donde nuestras individualidades corren el riesgo de
desaparecer en las borrosidades letales de la indiferenciación y del caos
amorfo e indistinto de los oscuros orígenes primigenios…)
No me extraña que todos los místicos de las religiones
dogmato-ideológicas hayan estado en un tris de convertirse en herejes y que, de
hecho, así hayan sido considerados por los dogmáticos tribunales ideológicos de
los santos oficios inquisitoriales, los que te dicen los que debes ver y lo que
no.
Al principio Dios Elohim, después de hacer la luz, la separó
de las tinieblas y las llamó día y noche respectivamente, creando la primordial
diferencia. Pero antes no había ni una cosa ni otra, aunque la tierra estaba
OSCURA y VACÍA y el Espíritu de Dios se cernía sobre el ABISMO de las AGUAS.
Las aguas informes, capaces de adoptar cualquier forma, la
de cualquier recipiente, o la de mera gota, estaba en un abismo, una abertura
insondable, según Hesíodo un formidable bostezo llamado en griego Caos.
Y ¿qué fue lo primero que salió del Caos?: la tierra con su Tártaro o caótico
infierno dentro, y enseguida Eros y la Noche acompañada por Érebo, otro
infierno caótico.
Pues bien: cuando la Luz del buen Señor de la Sabiduría,
llamado Ahura Mazda por Zaratustra, se separó de las Tinieblas de Ahrimán,
Señor del Mal, comenzó la batalla cósmica: nosotros, los Buenos tenemos que
apoyar la Sabia Luz del Día y del Bien, que nos pone a cada uno en su sitio,
que ya se encargarán los Malos de apoyar al Enemigo, Señor de la Noche.
Pero entonces, ¿por qué los hombres más santos de la
historia de la humanidad han sido tan nocturnos?
El zoroastrismo es y fue la religión prototipo de todos los
maniqueísmos que en el mundo han sido, incluido el de Mani, fundador del
primero de ese nombre. Y aunque Mani (y Zaratustra) fueron santos profetas, no
dejaron de ser tampoco y sobre todo fundadores de una nueva religión y por
tanto creadores de una nueva dogmática: hay que distinguir a los Nuestros de
los Ajenos, los herejes, los disidentes: los videntes que ven por sí mismos,
sin filtros dogmáticos, no sólo lo evidente (que, por cierto, casi todo el
mundo se niega a ver como no sea a través de sus apriorismos ideológicos), sino
también y además lo que está más allá de lo evidente, el trasfondo de todo: lo
que trasciende a todo y, en el fondo, ES todo.
Por ello a Zoroastro le salió una herejía, la zervanita:
antes de que existieran Ormuz, el Buen Señor del Día, y Angra Mainyu, el Malo
de la Noche, antes de su escisión existió la Unidad: Zurván, dios que contenía
en sí mismo los contrarios conciliados, dios paradójico de la luz y las
tinieblas, pero todavía dios de la Noche: de la noche iluminada por los astros
que, siendo sabia lectura de los astrólogos, iluminan nuestro destino y convierten
a la divinidad primaria en un dios del Tiempo infinito y cíclico.
Los astros fueron identificados con dioses ya en la antigua
Mesopotamia y, aunque el tema no está exento de polémica, los caldeos de por
allí ya exportaron a nuestra ecumene la divinidad luminosa y sabia de los
cielos nocturnos: en las alturas celestes de la noche impera la etérea harmonía
cósmica, mientras que aquí, en el mundo sublunar, reina la corrupción, el
deterioro, el sufrimiento, la muerte. Por encima reina la mansa y elevada divinidad.
Decía Fray Luis: “Cuando contemplo el cielo/ de innumerables luces adornado/ y
miro hacia el suelo/ de noche rodeado/ en sangre y en olvido sepultado,/ el
amor y la pena/ despiertan en mi pecho un ansia ardiente;/ despiden larga vena/
los ojos hechos fuente,/ Loarte, y digo así con voz doliente:/ Morada de
grandeza,/ templo de claridad y hermosura,/ mi alma que a tu alteza/ nació,
¿qué desventura/ la tiene en esta cárcel honda, escura?”
Juan de Yepes fue más radical: la noche oscura del alma es
amable más que la alborada: no hay nada que ver, si quieres ver el todo.
La Noche de los místicos es el espacio de la identificación
de lo distinto, de la disolución de esos conjuntos de propiedades que llamamos forma
y sirven para diferenciar a los individuos, objetos y sujetos, para verlos bajo
el prisma de su pureza indiferenciada de la pre-creación eterna, cuando todo
era, cuando todo ES Uno. Y una vez que el místico se funde con su noche del
alma encuentra paradójicamente la iluminación extática: comprende la Verdad: no
existe en el fondo (de los fondos) la desdicha, y detrás del engañoso velo real
de las apariencias y los fenómenos físicos espaciotemporales no hay más que el
absoluto campo libre de nuestra más honda identidad: la Nada trascendente; pero
una nada que es fuente de todo lo real y lo posible: una nada que es la
absoluta felicidad de un Dios que se contempla a Sí Mismo y cuyo reflejo
produce la infinita variedad de todo.
La noche absoluta de la incorpórea eternidad precósmica es
concepto afín a otro importantísimo: el Vacío o la Vacuidad budista que se
alcanza en el Nirvana: el mundo es ilusión arraigada en nuestros deseos:
eliminados estos, todo fenómeno doloroso desaparece y queda sólo el divino
No-Dios del No Ser que es la calma que colma.
No resulta para nada extraño que el mayor poeta místico
contemporáneo, Ernesto Cardenal, haya elegido, en su superpoema El cántico
cósmico, lo que los cosmólogos actuales llaman una singularidad como
símbolo a ultranza de su místico sentimiento: hace aprox. 14.000 millones de
años toda la materia y la energía y el espaciotiempo de todo el universo
estaban concentrados en un punto singular de volumen cero y densidad infinita:
ahí no había tiempo ni espacio ni materia ni, por tanto, corporeidad, pero esa
nada puntual contenía una cantidad infinita de energía potencial, bastante a
crear cualquier cosa, inclusive un sinfín de universos, por ejemplo, pluribus
unum, éste, que es el único del que tenemos noticia. Faltaba todavía mucho
para que hubiera Luz digna de ese nombre: el místico moderno mira, pues, hacia
la Noche de los Tiempos para aproximarse a una iluminación que sólo puede
hallarse Más Allá de las tinieblas.
Pero el simbolismo de la noche estaba ya arraigado en la
experiencia nocturna de nuestra infancia: ¿quién, al despertarse en medio de la
noche, no se ha asustado alguna vez de niño creyendo contemplar un amenazante
horror informe en lo que a la luz del día solo era un pantalón doblado sobre la
espalda de una silla? Sólo quien nunca haya temido al Más Allá y se haya
conformado desde siempre con la diurna visión oficial sancionada por los
ordenamientos ideológicos de las dogmáticas que dicen con su característa
soberbia, propia de los ignorantes, que sólo existe lo que creen ver
nuestros ojos a la luz ramplona del día.
Porque, para intuir la verdad, hay que enfrentarse con
singular valentía al misterio que simbólicamente representa el abismo
insondable de la Noche.
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