Es sabido de todos que el gran Platón excluyó a los poetas de su utopía
porque, según opinaba el filósofo, todos los poetas son unos mentirosos. Y eran
unos mentirosos porque vivían del cuento. O, lo que es lo mismo, del mito: los
poetas eran unos señores que se ganaban la vida cantando las hazañas de los
Dioses.
Acaso esta afirmación pueda parecer en un principio disparatada o al
menos paradójica: es difícil entender cómo un espíritu religioso como el de
Platón, místico pitagórico e idealista de altos vuelos del alma, pudiera
considerar engañosos los mitos y lo dioses de su propia religión. Pero a poco
que se profundice en el asunto es fácil intuir que las razones del maestro se
reducían a una mera cuestión de competencia y de lucha dialéctica de dos
productos culturales, uno nuevo (la filosofía) y otro viejo (la poesía).
En efecto, eran los poetas (y no tanto los sacerdotes) los enemigos o
rivales que los filósofos debían o creían que debían combatir, por cuanto
Platón intentaba vender a la sociedad griega un producto de propio diseño que
él creía mucho más eficaz para la captación de la Verdad que las antiguas
fábulas mitopoéticas. Y, como intuyera admirablemente León Felipe, los mitos son
invenciones que los poetas prestamos a los sacerdotes y que ellos desvirtuaron
convirtiéndolos en dogmas cuya única función es, tal como deduce Marvin Harris,
facilitar la gobernabilidad aborregada de la población a fin de hacerla
productora de los excedentes necesarios para la manutención ociosa de los
poderosos, esto es, de los propios sacerdotes que, en los orígenes de la
civilización y la historia, no se ditinguieron de los políticos (entiéndase:
los profesionales del poder).
Platón era ambicioso y anhelaba el poder político, y su frustrado
intento de construir su utopía en la polis del tirano Dión lo demuestra con
creces. Pero el propio Platón tenía un corazón de poeta y no creo desbarrar
mucho al apuntar que acaso sea la belleza de su filosofía más que su aportación
al conocimiento puro y duro lo que la salva de no ser un mero disparate, al
menos desde una perpectiva moderna. Platón no le temía a los sacerdotes de los
diversos templos griegos porque no los consideraba rivales a la hora de
sostener la valía de sus métodos de conocimiento de la verdad, porque sabía que
los sacerdotes no entendían la verdadera esencia poética de sus mitos. Pero
temía a los poetas porque los consideraba eficaces creadores de belleza y,
siendo así que para él la Verdad y la Belleza eran una sola cosa, el peligro
que para la defensa de su sistema suponía la poesía era excesivo y arrasador.
Los Dioses de los poetas eran fuertes porque los poetas eran maestros de
Belleza y Verdad. Y él quería revelar una Verdad nueva, o al menos un
método más preciso para captarla: la filosofía.
Como se sabe, la filosofía es el primer intento serio de explicar el
mundo al margen de los mitos. Donde los poetas habían puesto imaginación los
filósofos pusieron razón. Y no es que los filósofos renegaran de la
imaginación: sólo se trataba de extirparle a la imaginación su arbitrariedad,
creando un nuevo tipo de imaginación lógicamente reglamentada: la especulación
filosófica. Así Platón acabó sustituyendo de una manera difusa pero firme a los
dioses por las Ideas. Las Ideas eran la Verdad de la cual las cosas son sólo
como copias imperfectas. Las cosas del mundo están sometidas a la corrupción
porque sólo son una mala imitación de las entidades perfectas. El alma
pertenece al reino de las Ideas y es eterna. El cuerpo no.
Como se ve la innovación es cataclísmica: los poetas desde tiempos
inmemoriales habían cantado y conmemorado la sacralidad de la Naturaleza. El
rayo, el sol, el agua, los vientos, la tierra y el fuego, la vegetación y su
fertilidad, y todos los elementos de la naturaleza eran sagrados y los poetas
los cantaban antropomorfizándolos, conscientes de que dicha sacralidad nacía en
los propios corazones de los seres conscientes que se extasiaban ante el
encanto de la belleza de las cosas. La vida era un acto sagrado. Para Platón
no.
Para platón, hete aquí la novedad, lo sagrado era la inteligencia que
sabía bucear bajo las apariencias de los ilusos y corruptibles objetos
encontrando su modelo verdadero e ideal en el mundo imperecedero y perfecto de
los Arquetipos mentales de las cosas. Así la geometría se convierte para platón
en una disciplina sagrada. Un triángulo, una pirámide, un cono son ideas
incorruptibles y perfectas, tal como demuestra primero el hecho de la
proporción matemática que guardan sus elemntos entre sí, pero segundo y sobre
todo el hecho de que tales formas no aparezcan nunca en la Naturaleza.
En cierto modo podemos decir que el filósofo idealista entendía que una montaña
era la copia imperfecta de una Forma ideal: el cono.
Poetas, sacerdotes y filósofos convivieron siglos y siglos, siendo el
auge de la filosofía frente a la poesía observable en el hecho de que los
sacerdotes dejaron de robarle mitos a los poetas para robarles teorías a los
filósofos, dando lugar al nacimiento de la teología.
Pero las cosas no quedaron ahí. Un día apreció una nueva disciplina, la
ciencia, que acabó manteniendo respecto de la filosofía la misma relación que
la filosofía había mantenido con la poesía en los tiempos de Platón. Los científicos
no pugnaron con los sacerdotes (aunque los sacerdotes con ellos sí) sino más
bien con los filósofos, frente a los cuales defendían un nuevo método de
conocimiento de la Verdad. Y no porque los científicos no creyeran en las
verdades de la razón, sino porque pensaban que la razón nada valía sin la experiencia,
último integrante del Método Científico.
Así, si comparamos la geometría del filósofo con la más reciente
geometría científica, la geometría fractal de Mandelbrot, en seguida captaremos
las diferencias, y las transformaciones culturales y antropológicas que tales
diferencias implican.
La geometría fractal de Mandelbrot es inversa a la de Platón.
Para el filósofo lo real son las ideas, las formas geométricas puras. Para el
científico lo real son las formas impuras, mientras que las otras son
construcciones mentales que copian la realidad simplificándola para que
nuestra mente pueda operar con sus valores sin perderse en la complejidad casi
infinita de los objetos. La geometría tradicional es falsa porque no es exacta:
no hay triángulos perfectos en la Naturaleza. La nueva geometría es más verdadera
porque intenta ser una descripción matemática de las formas reales, es
decir, imperfectas que encontramos en la Naturaleza. Porque la realidad
y la vida son eso, imperfección. Y son imperfección porque su forma es
corruptible desde el momento en que cambia con el tiempo, pero aún más
importante, desde el momento en que cambia según la distancia -la
perspectiva- desde donde es observada. Así desde una distancia considerable,
pongamos por ejemplo, desde la Luna, la Tierra es una esfera: la superficie que
delimita su contorno es redonda. Pero desde una perspectiva cercana, por
ejemplo, la propia Tierra, las cosas cambian: vemos que la superficie de la tierra
es abruptamente irregular, llena de montañas y valles que niegan la redondez de
esa superficie. ¿Y cuál de las dos descripciones matemáticas será la correcta,
la terrestre o la lunática? La nueva geometría contesta: las dos, siempre que
en la descripción añadamos un número relativo a la distancia que media entre el
objeto observado y el punto desde donde se hayan realizado las observaciones.
Las dos geometrías -la platónica y la fractal- implican dos concepciones de lo real
totalmente diferentes: Platón despreció la experiencia porque no se fíaba del
testimonio de los sentidos, mientras que Mandelbrot, no fiándose tampoco del
testimonio de los sentidos -puesto que, además de ser conocedor de Platón,
sabe, como todo el mundo, que las apariencias engañan-, y no teniendo, por otra
parte, suficiente con el "testimonio" de las ideas-al no poseer una
creencia espiritualista que supusiera un origen no material de las mismas-
intenta una solución sintética que unifique en un conjunto homogéneo las
diferentes variables deducibles de las diversas observaciones generadoras de
diversas perspectivas, tratando de conseguir un modelo matemático que incluya
en un todo armónico la subjetividad del observador con la objetividad
observada, algo que ya habían hecho las dos disciplinas científicas más
revolucionarias de nuestro siglo: la mecánica cuántica y la cosmología
relativista.
Parece ser que al fin los sabios se han dado cuenta de que las
interioridades subjetivas de los sujetos hacedores de sabiduría (poesía,
filosofía, ciencia, etc.) tienen tanto derecho a formar parte de la
realidad, o al menos del conjunto de las cosas existentes y verdaderas, como
los objetos desposeídos de toda subjetividad que postulara la física clásica, y
como los sujetos conocedores de la verdad que, desvinculados de toda
experiencia de los sentidos, postulara la filosofía tradicional de corte platónico.
Los científicos se han dado cuenta. Pero ¿se han dado cuenta los
folósofos? El invento de una nueva disciplina filosófica, la Filosofía de la
Ciencia, parece indicar que sí. Y los poetas, ¿se han dado cuenta los poetas?
La abrumadora tendencia a una poesía de registro de la realidad inmediata
medida u observada según los parámetros usuales, propios de todo el mundo, y
especialmente de los no poetas -léase: políticos, comerciantes, trepas-,
condimentada con una afición a sobrecargar la importancia de la propia
experiencia individual de sujeto registrante en tanto que patrón por el que
deben medirse y observarse todos los hechos vitales del mundo, me induce a
pensar que no.
Pero cuidado: la existencia de poetas que niegan al valor de la
experiencia incluso como punto obligado desde el que partir o elevarse para
conseguir visiones más panorámicas de los hechos y la vida me parece aún más
perniciosa: no debemos dejar de tener en cuenta que los poetas primigenios
cantaban la sacralidad, ciertamente; pero cantaban la sacralidad de las cosas
de la experiencia: el rayo, los vientos, la fertilidad, el eros. O sea: la
Naturaleza y la Vida. A ninguno se le ocurría ni por asomo contarnos sus
problemas sentimentales con su última novia si no era para enfocar el tema
desde una perspectiva panorámica y casi me atrevería a decir que fractal,
salvando las distancias. Se trataba de cantar la cosas de la experiencia pero
intentando trascender la propia e insignificante individualidad hasta alcanzar
una perspectiva visionaria que contemplara dicho hecho de la experiencia desde
un punto de vista que desvelara su significación macroscópica. De tal manera
los detalles anodinos se convertían en valores estéticos, esto es, criterios de
verdad.
Porque, en última instancia, de lo que se trata, de lo que siempre se ha
tratado es de elevar los hechos objetivos insignificantes a la categoría de
hechos signifcativos para toda una comunidad. Una comunidad que al principio
sólo se extendía en el espacio -la nación- pero que con el tiempo ha terminado
por extenderse al mismo tiempo: Octavio Paz definía una obra clásica como un
texto capaz de producir significación de una manera perenne y duradera. Y mucho
me temo que mirarse el ombligo no es buen método para construir un texto con la
universalidad suficiente para producir perenne significación. Decir disparates
desconectados de los datos de la experiencia, tampoco. Mitificar los hechos, poetizarlos, es, pues,
una de las pocas maneras que tiene el ser humano para escaparse de la perspectiva
estrecha de su experiencia cotidiana y personal, que normalmente, excepto en
casos biográficamente espectaculares, está demasiado restringida a un individuo
como para resultar significativa a todos los individuos de hoy y a los muy
distintos de mañana. La inverosimilitud de los mitos es, por ende, el número
necesario que indica el punto de vista desde donde se ha realizado la
observación del hecho de experiencia: su "fractalidad".
Sorprendentemente la última ciencia experimental y matemática es la que nos
está devolviendo el sentido de la poesía que con motivo de la filosofización
del mundo (Dioses por Ideas) y su posterior cientificación newtoniana
(Ideas por cosas),id est: su prosaicación, habíamos perdido los
contemporáneos, a pesar de los muchos y enconados intentos (románticos,
simbolistas, modernistas, vanguardistas) que desde el siglo pasado han venido
haciéndose en sentido contrario.
Los fractales nos dan una idea de cómo mirar los hechos poetizados o
mitificados sin perder de vista sus raíces experienciales y humanas: nos ayudan
a entrever el camino hacia una visión plural del universo.
Han pasado los tiempos de las monolatrías.
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