viernes, 12 de abril de 2019

HOMO FINGENS



Este texto es un antropológico ensayo -en el sentido más dramático de la palabra- sobre la función cognitiva de la ficción poética. De la Función de la Ficción. Casi una paronomasia maltraída, pero que da mucho juego. Así que, siguiéndole el juego al juego de palabras parónimas complementadas por dichos adjetivos, advertimos que le hemos dado entrada a un casi oxímoron etimológico, o al menos a una casi paradoja de oximorónica desembocadura: la ficción no puede ser -literalmente- cognitiva, porque ficción es sustantivo derivado del verbo fingir, que significa engañar simulando, mentir mediante actos, actuando. Y la mentira no puede ser cognitiva porque el conocimiento o es conocimiento de la verdad o es conocimiento falso, es decir: no conocimiento, desconocimiento. Se puede conocer la mentira, sí, pero sólo en el sentido de que se puede conocer que es verdad que alguna cosa es mentira, puesto que si uno conoce un mentira creyéndose que es verdad, no está conociendo ni sabiendo nada.
Pero los sentidos literales, que son los que la ciencia persigue en su afán de objetividad absoluta construyendo lenguajes en que predomine al máximo la función referencial (ésa sería, por ende, una buena definición de ciencia), son en la práctica hablada de la lengua poco menos que un imposible, porque la exactitud y fidelidad referencial es algo que no sirve para nada en la experiencia de la vida cotidiana, en donde todo es más o menos, aproximativo: y cuando una cosa es más o menos verdad, es siempre también más o menos mentira. De hecho, la mentira no puede ser verdad, por definición. Pero bien real que es. A tal punto que el filósofo francés Jean-François Revel llegó a decir en su memorable libro El conocimiento inútil que “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Id est: que nada más real.
Por lo que el sentido figurado del oxímoron veraz mentira, sinsentido literal, puede llevarnos a alcanzar, como suelen hacer todas la figuras poéticas, una pero que muy interesante y semántica iluminación.
La mejor definición que de ficción podemos dar es ésa: una mentira veraz. En qué sentido puede ser veraz una mentira, pregunto. Pues en el sentido de que las ficciones son mentiras que no están hechas para engañar, para que la gente se las crea literalmente, sino para que no se las crea literalmente, o sea, que se las crea literaria o poéticamente, que crea en su sentido figurado: porque toda ficción es el resultado de un complejo proceso de figuración. Y como tantas veces digo y recuerdo: figurarse algo es imaginárselo. De modo que la figuración es el fundamento de la imaginación. No hay imagen sin figura.
Ergo: la Función cognitiva de la Ficción literaria o poética, que es lo mismo, radica en el sentido figurado de su figuración imaginativa, basada en el conjunto articulado y coherente de sus figuras. Sentido que alude, no a la letra de lo que se dice, a su literalidad, sino a su espíritu. A su espíritu semántico, imaginario.
Y a qué alude ese espíritu. Pues otra paradoja: según la definición clásica, adecuacionista, aristotélica de verdad, si el espíritu semántico de una ficción tiene algo de cognitivo, es porque alude a alguna Cosa Real. Bien: pero hay cosas reales que son verdaderas, y hay cosas reales que son falsas. Y de hecho, ya lo adelantamos, la mentira es muy, pero que muy real: no puede dirigir el mundo una cosa que no exista. Sí una que sea falsa o mentirosa.
La madre del problema está en la misma naturaleza humana: el hombre es un animal mentiroso: homo mendax. Y es un homo mendax porque es un homo fingens, un animal que finge.
De hecho siempre me ha llamado la atención el hecho diariamente constatable de la mentira gratuita y arbitraria. La gente miente por costumbre y por sistema. Y, aunque con frecuencia la mentira se utiliza para obtención de fines específicos, lo cual, pese a ser inmoral, es explicable, lo que a mí más antropológicamente curioso me resulta es que, con más frecuencia aún, la gente miente sin razón que pueda explicar tan inmoral conducta. O, sencillamente, porque sí.
Por supuesto que la mentira nunca es absoluta. De serlo, no funcionaría, porque nadie le daría crédito. Piénsese en eso del boca a boca. Yo le doy al vecino una información de grano de arena, y cuando la noticia vuelve a mí después de dar la vuelta al mundo me llega convertida en montaña monstruosa.
Pero la mentira es más poderosa todavía. El ser humano posiblemente sea el único animal que se cree sus propias mentiras: las mentiras que uno sabe que uno mismo se ha inventado. Posiblemente la fuerza de las religiones tenga que ver con ese aspecto de nuestra naturaleza.
Todo esto puede explicarse atendiendo a la naturaleza social y comunicativa del homo: uno usa el lenguaje para sentirse bien en el seno de su grupo. Uno, cuando habla de sí, tiende a hablar mejorando lingüísticamente la versión de sí que guarda en su conciencia íntima. Uno tiende a exagerar. A usar de la figura poética conocida como hipérbole. Pero cuando la versión de sí mismo que hay en nuestra conciencia no nos es en absoluto satisfactoria, uno tiende a ocultarla y mostrarse contrario a la verdad. Uno tiende a olvidarla. Y cuando la olvida acaba por creerse su propia mentira.
En verdad ocurre esto porque el hombre es un animal lingüístico, vale decir simbólico, como quería Cassirer, homo simbolicus. Y es un animal simbólico porque es un animal mítico: no puede vivir sin la ilusión del mito: es mitómano. Y es mitómano porque es hablador: porque como se sabe, hablador viene del latín fabulator, que fabula, y hablar de fabulare, contar fábulas, y fabula es la palabra latina para mito. Y la palabra palabra viene de la palabra parabola, que también significa fábula, cuento, sólo que con un matiz: cuento basado en una comparación: aludir a una realidad mediante un rodeo comparativo o metafórico.
Y al fin nos hemos topado con la parte buena del asunto: se puede aludir a la realidad verdadera mediante un fabuloso mito parabólico, basado en figuras poéticas de la familia de la comparación y la metáfora. Toda ficción basada en la figuración poética ha sido construida y cifrada mediante ingenio e imaginación, de manera que para descifrarla e interpretarla debemos usar del ingenio y de la imaginación. Y vuelve a parecer paradoja: para encontrar la verdadera realidad debes usar de la imaginación.
Porque el hombre es un animal imaginativo. Lo cual, como todo, es bueno y es malo. Lo segundo porque la imaginación sirve para fraguar mentiras. Lo primero porque la imaginación sirve para intuir la verdad -figurada- cuando entendemos la cosa en clave de fabulación parabólica.
Pero el problema básico de todo esto está precisamente ahí: qué y cuál es la verdadera realidad: qué es real en verdad.
Cuando pensamos en el término realidad pensamos en la ralidad objetiva, fenoménica, la que percibimos por los sentidos. Y, aparte de que los sentidos fallan más que una escopeta de caña, los sentidos nos remiten a fenómenos, o sea apariencias, y ya se sabe que las apariencias engañan.
Por eso Kant distinguió entre fenómeno, realidad aparente, percibida, y noúmeno o cosa en sí. Y hete aquí la dificultad: la realidad (del latín res, cosa) en sí es un incognoscible y, digo yo, lo mismo ni existe, que eso no podemos saberlo: todo lo que podemos saber versa sobre la realidad percibida, el fenómeno, que es apariencia. Y somos, en realidad, nosotros mismos los que nos imaginamos esas apariencias. O sea que lo que llamamos habitualmente realidad es imaginación. Lo que percibibos no son las cosas, sino los objetos que nosotros imaginamos cuando dirigimos la percepción consciente sobre las cosas. Y como decía Schopenhauer los objetos sólo existen para un sujeto: sin éste último aquellos no pueden existir. Ergo, como dijo Nietzsche, los objetos son subjetivos. O intersubjetivos. Así que decir realidad objetiva es un contrasentido. Toda realidad cognoscible es realidad subjetivamente percibida, aparente. Engañadora. Falsa. Mentirosa.
Y no sólo los filósofos. La física, ciencia de fundamentos, afinando los métodos perceptivos artificialmente hasta un grado que podemos calificar de inhumano, descubrió en el s. XX que las cosas fundamentales o elementales no se comportan como los objetos de experiencia humana: una partícula cuántica puede pasar por dos agujeros a la vez: ningún objeto puede hacer eso. Porque los quanta no son objetos. A lo mejor no son ni cosas, si bien es cierto que la palabra cosa puede significar, en efecto, cualquier cosa.
En cualquier caso, la realidad en sí NO es objetiva. Y la realidad objetiva no es real: es imaginación.
Pues bien: ahora es cuando la poesía puede venir a sacarnos de este lío: la verdad de la realidad fenoménica no está en su sentido literal, sino en su sentido figurado: la realidad hay que interpretarla -figurarse su verdad-: no se la puede tomar uno al pie de la letra. Así que si aplicamos a los objetos de la imaginación fenoménica el método hermenéutico que aplicamos a las ficciones poéticas, no conoceremos la realidad en sí, vale, pero al menos conoceremos que la realidad objetiva no es la realidad, lo cual será siempre más verdadero que confundir la realidad de las mentiras -que dirigen el mundo- con su imposible verdad.
Que al final a lo mejor, una vez aplicada la poética hermeneusis imaginativa a la cosa, resulta que la realidad verdadera es realmente fantástica.  

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