Este texto
es un antropológico ensayo -en el sentido más dramático de la palabra- sobre la
función cognitiva de la ficción poética. De la Función de la Ficción. Casi una
paronomasia maltraída, pero que da mucho juego. Así que, siguiéndole el juego
al juego de palabras parónimas complementadas por dichos adjetivos, advertimos
que le hemos dado entrada a un casi oxímoron etimológico, o al menos a una casi
paradoja de oximorónica desembocadura: la ficción no puede ser -literalmente-
cognitiva, porque ficción es sustantivo derivado del verbo fingir, que
significa engañar simulando, mentir mediante actos, actuando. Y
la mentira no puede ser cognitiva porque el conocimiento o es conocimiento de
la verdad o es conocimiento falso, es decir: no conocimiento, desconocimiento.
Se puede conocer la mentira, sí, pero sólo en el sentido de que se puede
conocer que es verdad que alguna cosa es mentira, puesto que si uno conoce un
mentira creyéndose que es verdad, no está conociendo ni sabiendo nada.
Pero los
sentidos literales, que son los que la ciencia persigue en su afán de
objetividad absoluta construyendo lenguajes en que predomine al máximo la
función referencial (ésa sería, por ende, una buena definición de ciencia), son
en la práctica hablada de la lengua poco menos que un imposible, porque la
exactitud y fidelidad referencial es algo que no sirve para nada en la
experiencia de la vida cotidiana, en donde todo es más o menos, aproximativo: y
cuando una cosa es más o menos verdad, es siempre también más o menos mentira.
De hecho, la mentira no puede ser verdad, por definición. Pero bien real que
es. A tal punto que el filósofo francés Jean-François Revel llegó a decir en su
memorable libro El conocimiento inútil que “La primera de todas las
fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Id est: que nada más real.
Por lo que
el sentido figurado del oxímoron veraz mentira, sinsentido literal,
puede llevarnos a alcanzar, como suelen hacer todas la figuras poéticas, una
pero que muy interesante y semántica iluminación.
La mejor
definición que de ficción podemos dar es ésa: una mentira veraz. En qué sentido
puede ser veraz una mentira, pregunto. Pues en el sentido de que las ficciones
son mentiras que no están hechas para engañar, para que la gente se las crea
literalmente, sino para que no se las crea literalmente, o sea, que se las crea
literaria o poéticamente, que crea en su sentido figurado: porque toda ficción
es el resultado de un complejo proceso de figuración. Y como tantas veces digo
y recuerdo: figurarse algo es imaginárselo. De modo que la figuración es el
fundamento de la imaginación. No hay imagen sin figura.
Ergo: la
Función cognitiva de la Ficción literaria o poética, que es lo mismo, radica en
el sentido figurado de su figuración imaginativa, basada en el conjunto
articulado y coherente de sus figuras. Sentido que alude, no a la letra de lo
que se dice, a su literalidad, sino a su espíritu. A su espíritu semántico,
imaginario.
Y a qué
alude ese espíritu. Pues otra paradoja: según la definición clásica,
adecuacionista, aristotélica de verdad, si el espíritu semántico de una ficción
tiene algo de cognitivo, es porque alude a alguna Cosa Real. Bien: pero hay
cosas reales que son verdaderas, y hay cosas reales que son falsas. Y de hecho,
ya lo adelantamos, la mentira es muy, pero que muy real: no puede dirigir el
mundo una cosa que no exista. Sí una que sea falsa o mentirosa.
La madre
del problema está en la misma naturaleza humana: el hombre es un animal
mentiroso: homo mendax. Y es un homo mendax porque es un homo fingens,
un animal que finge.
De hecho
siempre me ha llamado la atención el hecho diariamente constatable de la
mentira gratuita y arbitraria. La gente miente por costumbre y por sistema. Y,
aunque con frecuencia la mentira se utiliza para obtención de fines específicos,
lo cual, pese a ser inmoral, es explicable, lo que a mí más antropológicamente
curioso me resulta es que, con más frecuencia aún, la gente miente sin razón
que pueda explicar tan inmoral conducta. O, sencillamente, porque sí.
Por
supuesto que la mentira nunca es absoluta. De serlo, no funcionaría, porque
nadie le daría crédito. Piénsese en eso del boca a boca. Yo le doy al vecino
una información de grano de arena, y cuando la noticia vuelve a mí después de
dar la vuelta al mundo me llega convertida en montaña monstruosa.
Pero la
mentira es más poderosa todavía. El ser humano posiblemente sea el único animal
que se cree sus propias mentiras: las mentiras que uno sabe que uno mismo se ha
inventado. Posiblemente la fuerza de las religiones tenga que ver con ese
aspecto de nuestra naturaleza.
Todo esto
puede explicarse atendiendo a la naturaleza social y comunicativa del homo:
uno usa el lenguaje para sentirse bien en el seno de su grupo. Uno, cuando
habla de sí, tiende a hablar mejorando lingüísticamente la versión de sí que
guarda en su conciencia íntima. Uno tiende a exagerar. A usar de la figura
poética conocida como hipérbole. Pero cuando la versión de sí mismo que hay en
nuestra conciencia no nos es en absoluto satisfactoria, uno tiende a ocultarla
y mostrarse contrario a la verdad. Uno tiende a olvidarla. Y cuando la olvida
acaba por creerse su propia mentira.
En verdad
ocurre esto porque el hombre es un animal lingüístico, vale decir simbólico,
como quería Cassirer, homo simbolicus. Y es un animal simbólico porque
es un animal mítico: no puede vivir sin la ilusión del mito: es mitómano. Y es
mitómano porque es hablador: porque como se sabe, hablador viene del latín fabulator,
que fabula, y hablar de fabulare, contar fábulas, y fabula es la
palabra latina para mito. Y la palabra palabra viene de la palabra parabola,
que también significa fábula, cuento, sólo que con un matiz: cuento basado en
una comparación: aludir a una realidad mediante un rodeo comparativo o
metafórico.
Y al fin
nos hemos topado con la parte buena del asunto: se puede aludir a la realidad
verdadera mediante un fabuloso mito parabólico, basado en figuras poéticas de
la familia de la comparación y la metáfora. Toda ficción basada en la
figuración poética ha sido construida y cifrada mediante ingenio e imaginación,
de manera que para descifrarla e interpretarla debemos usar del ingenio y de la
imaginación. Y vuelve a parecer paradoja: para encontrar la verdadera realidad
debes usar de la imaginación.
Porque el
hombre es un animal imaginativo. Lo cual, como todo, es bueno y es malo. Lo
segundo porque la imaginación sirve para fraguar mentiras. Lo primero porque la
imaginación sirve para intuir la verdad -figurada- cuando entendemos la cosa en
clave de fabulación parabólica.
Pero el
problema básico de todo esto está precisamente ahí: qué y cuál es la verdadera
realidad: qué es real en verdad.
Cuando
pensamos en el término realidad pensamos en la ralidad objetiva, fenoménica, la
que percibimos por los sentidos. Y, aparte de que los sentidos fallan más que
una escopeta de caña, los sentidos nos remiten a fenómenos, o sea apariencias,
y ya se sabe que las apariencias engañan.
Por eso
Kant distinguió entre fenómeno, realidad aparente, percibida, y noúmeno o cosa
en sí. Y hete aquí la dificultad: la realidad (del latín res, cosa) en
sí es un incognoscible y, digo yo, lo mismo ni existe, que eso no podemos
saberlo: todo lo que podemos saber versa sobre la realidad percibida, el
fenómeno, que es apariencia. Y somos, en realidad, nosotros mismos los que nos
imaginamos esas apariencias. O sea que lo que llamamos habitualmente realidad
es imaginación. Lo que percibibos no son las cosas, sino los objetos que
nosotros imaginamos cuando dirigimos la percepción consciente sobre las cosas. Y
como decía Schopenhauer los objetos sólo existen para un sujeto: sin éste
último aquellos no pueden existir. Ergo, como dijo Nietzsche, los objetos son
subjetivos. O intersubjetivos. Así que decir realidad objetiva es un
contrasentido. Toda realidad cognoscible es realidad subjetivamente percibida,
aparente. Engañadora. Falsa. Mentirosa.
Y no sólo
los filósofos. La física, ciencia de fundamentos, afinando los métodos
perceptivos artificialmente hasta un grado que podemos calificar de inhumano,
descubrió en el s. XX que las cosas fundamentales o elementales no se comportan
como los objetos de experiencia humana: una partícula cuántica puede pasar por
dos agujeros a la vez: ningún objeto puede hacer eso. Porque los quanta no son
objetos. A lo mejor no son ni cosas, si bien es cierto que la palabra cosa
puede significar, en efecto, cualquier cosa.
En
cualquier caso, la realidad en sí NO es objetiva. Y la realidad objetiva no es
real: es imaginación.
Pues bien:
ahora es cuando la poesía puede venir a sacarnos de este lío: la verdad de la
realidad fenoménica no está en su sentido literal, sino en su sentido figurado:
la realidad hay que interpretarla -figurarse su verdad-: no se la puede tomar
uno al pie de la letra. Así que si aplicamos a los objetos de la imaginación
fenoménica el método hermenéutico que aplicamos a las ficciones poéticas, no
conoceremos la realidad en sí, vale, pero al menos conoceremos que la realidad
objetiva no es la realidad, lo cual será siempre más verdadero que confundir la
realidad de las mentiras -que dirigen el mundo- con su imposible verdad.
Que al
final a lo mejor, una vez aplicada la poética hermeneusis imaginativa a la
cosa, resulta que la realidad verdadera es realmente fantástica.
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