En "Brontosaurus" o la nalga del ministro,
recientemente dado a la luz pública por NBA, aunque también asequible en una
más hermosa -y más cara- edición en Círculo de Lectores, el prestigioso
paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould hace la siguiente afirmación:
"Nuestra mente funciona en gran parte a través de metáfora y comparación,
no siempre (o no con frecuencia) mediante lógica inexorable. Cuando resultamos
atrapados en trampas conceptuales, la mejor salida suele ser un cambio de
metáfora; y no porque la nueva pauta sea más fiel a la naturaleza (puesto que
ni la vieja metáfora ni la nueva se encuentran allá afuera en los
bosques), sino porque necesitamos un cambio a perspectivas más fructíferas, y
la metáfora suele ser el mejor agente de transición conceptual". Pero lo
más curioso de todo es que el eminente científico no está hablando de poesía,
ni siquiera de literatura o filosofía: está hablando de la metamorfosis de
larva a imago que se opera en una especie de luciérnaga neozelandesa.
Tradicionalmente, afirma Gould, se ha considerado la
trasformación larva-imago bajo la perspectiva metafórica de trasformación
antropomórfica infante-adulto, esto es, que el periodo de larva u oruga
equivaldría comparativamente al estado de infancia o niñez del bicho en
cuestión, mientras que el estado de mariposa o imago equivaldría al de adulto
hecho y derecho. Esta comparación es totalmente inexacta, según el avezado
evolucionista, pero no por su antropomorfismo, como cabría esperar, sino
sencillamente porque no se corresponde con los hechos: un niño se convierte en
adulto por incremento cuantitativo de sus caracteres específicos humanos: de
mayor será más grande, más fuerte y más listo que de pequeño, pero no será
cualitativamente distinto.
Con las criaturillas objeto del estudio de Gould no ocurre
exactamente lo mismo: en realidad el estado de imago, de mariposa es el
producto del desarrollo en el capullo de unas células que ocupan mínimamente el
cuerpo de la larva, del que podemos decir que muere como individuo cuando nace
el de la mariposa que le sustituye. O sea: que más que de una transición de un
estado a otro en el mismo individuo, cabría hablar de la sustitución de un
individuo por otro, por lo que la metáfora niño-adulto no es apropiada. Gould
propone en su lugar otra, también -no puede remediarse- antropomórfica, tomada
en este caso de Las riquezas de las naciones del padre de la economía,
Adam Smith: la división del trabajo.
El estado de larva parece ser que está especializado en una
tarea exclusiva: alimentarse -para crear un cuerpo rollizo que sea un hábitat
adecuado para la inminente mariposa del capullo, pues puede decirse que será la
reserva de alimento del cuerpo de la oruga la que nutra al de la imago durante
su crecimiento dentro de la crisálida-; mientras que el estado de imago o
mariposa está especializado casi exclusivamente en otra tarea muy distinta: la
reproducción. Parece que la gula y la lujuria corresponden a dos periodos
especializados y excluyentes en el cuerpo esquizosomático -si se me
permite la palabrota neologista- de tan curioso individuo.
Así pues, el cambio de metáfora nos ha ayudado, cambiando
nuestra perspectiva, a comprender mejor el fenómeno de las metamorfosis de los
lepídopteros y otras bestezuelas de naturaleza afín.
Pero lo más curioso de todo es cierta coincidencia con otro
autor muy diverso del anterior en otro libro citado en un anterior artículo a
raíz de otros conceptos a discutir: David Bohm, físico eminente, llega a
afirmar lo que sigue: "en el contexto histórico de la ciencia se produce
una importante brecha en la comunicación entre ideas y conceptos que se
consideran, usando los términos de Thomas Kuhn, inconmensurables. Si embargo,
nosotros sugerimos que ninguna de estas rupturas es inevitable y que, de hecho,
pueden relacionarse mediante el uso crativo de alguna forma de pensamiento
metafórico" (subr. mío.)
Para ilustrar su idea pone Bohm un ejemplo histórico. A lo
largo del siglo XIX los fenómenos magnéticos y eléctricos fueron considerados
fenómenos distintos, porque había dos teorías diferentes para explicar cada uno
de los dos tipos de fenómenos. La unificación de ambos en el todo teórico al
que pertenecen hoy día fue hecha por J. C. Maxwell, con sus ecuaciones del
campo electromagnético pero "fue Einstein con su teoría especial de la
relatividad (1905) quien mostró cómo puede conseguirse una total simetría
mediante la metáfora: la electricidad es magnetismo y el magnetismo es
electricidad."
Por otra parte: "los datos de observación recogidos por
Arquímedes en su bañera, por ejemplo, tuvieron poco valor en sí mismos. Lo significativo
fue lo que dijeron al ser percibidos a través de la mente en un acto de imaginación
creativa". (subrayados míos.)
Aún más: "la noción de metáfora puede servir para
ilustrar la naturaleza de la creatividad científica, al equiparar, de manera
metafórica, un descubrimiento científico con una metáfora poética. Porque en la
ciencia, al descubrirse una nueva idea, la mente se ve envuelta en una forma de
percepción creativa similar a cuando percibe una metáfora poética. Sin embargo,
para la ciencia es esencial desarrollar el significado de la metáfora de manera
más detallada, mientras que en poesía la metáfora puede quedar expresada de
manera más o menos implícita".
En resumen: un descubrimiento científico va precedido de una
percepción mental que implica una intuición poética, en última instancia, una
interpretación metafórica, una equiparación imaginativa de un fenómeno.
Y es que el lenguaje poético va mucho más allá del campo en
donde cierto tipo de poetillas modernos se han empeñado en restringirlo, acaso
porque la poesía sea un objeto de conocimiento oculto que requiere un intenso
esfuerzo de imaginación para ser descubierto.
No es de extrañar que cada vez más a menudo los científicos
hablen de la elegancia y la belleza matemáticas de las teorías científicas.
Asimismo me da lástima que el concepto de belleza -y el de
elegancia- esté con tanta frecuencia ausente de nuestra literatura.
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