Tengo la impresión de que siempre que
afirmo en público tener una concepción mágica del lenguaje poético, algún
rostro, casi siempre el de una persona de esas que creen en la realidad tal
como nos la sirve la experiencia, me dirige una mirada tiznada de sospechas al
respecto de mi salud mental.
En efecto, la magia hoy día se
considera un cuento para niños y otros locos crédulos. Pero a veces en un
cuento de hadas hay más verdad que en los períodicos.
La palabra magia tiene su origen
en una vieja voz sánscrita: maya, que significa ilusión. Un mayin
era, pues, un mago: alguien capacitado para manipular la ilusión y para
crearla: un ilusionista, claro que no exactamente en el sentido actual de la
palabra. Para los antiguos indios la Ilusión era una clase de energía psíquica
a veces divina y a veces demoníaca: ese poder mágico y misterioso que tenían
los dioses y los demonios para crear ilusiones y engaños, algunos tan
tozudamente perseverantes como la misma realidad. Los antiguos Vedas
eran, pues, más que oraciones a los dioses védicos, fórmulas mágicas hechas a
base de palabras, mediante las cuales los poetas sagrados procuraban manipular
el mundo de la Ilusión con el fin de volverla favorable. Porque la ilusión de
la vida era tan enérgica que poseía la facultad de hacernos felices o
desgraciados.
Y a tal punto llegaba la fascinación
que en los indios producía el poder de las fórmulas verbales sagradas que la
palabra con que tal idea se mencionara en sánscrito, brahma, un antiguo
epíteto que solía acompañar el nombre de Brhaspati o Señor de la Plegaria,
acabó, si las similitudes etimológicas no engañan, por convertirse ni más ni
menos que en Brahma, el priemr Dios de la Trinidad Suprema del panteón
hindú y que cumple el papel de Creador del Universo. Siendo así, su método
creativo tenía que ser un método creador de ilusiones: porque según el
Hinduismo, el mundo no es otra cosa que el sueño de Brahma, por lo que
desaparecerá cuando Éste se despierte. Somos, pues, conforme a esto, el sueño
de una Fórmula Verbal Mágica prosopopéyica. La Ilusión de un Verbo Soñador. Pura
Poesía, según definiciones que dicen obsoletas.
La vida sencilla de los antiguos indios
podía crearles la ilusión de que la vida podía dar lugar a la alegría y la
desdicha, pero la más complicada vida de tiempos muy posteriores, cuando la
civilización los acose con su peso, los hará ser un poco más pesimistas. Así,
en los tiempos civilizadísimos del Buda, unos cuantos siglos antes de
Jesucristo, nos encontramos con un Iluminado (tal es la traducción al
castellano de la palabra Buda) que, al no encontrar en el mundo otra
cosa que dolor y sufrimiento, quiso atacar el problema de raíz erradicando las
fuentes de Maya, la Ilusión Cósmica. Descubrió que esas fuentes no eran más (ni
menos) que los deseos humanos. Anulándolos se experimentaba el Nirvana, una nada
sensual, único sitio donde habita la paz, donde el poder maligno de la Ilusión
no llega. Como se vé, acaso haya sido Buda el primero en proponer la realidad
como un proceso de la mente.
Pero quien con más claridad y
radicalismo hizo esto por primera vez fue un obispo anglicano de finales del
XVII y principios del siguiente: George Berkeley. Como es sabido, este filósofo
empirista partió precisamente de lo único que tenemos, nuestra experiencia,
para llegar a una curiosa conclusión: que la materia no existe y que todas las
cosas que vemos y sentimos no existen sino sólo en nuestro espíritu. En efecto,
Berkeley en sus Principios del conociomiento humano nos demuestra
mediante un uso impecable y brillante del método racional, que nuestras
experiencias son sensaciones e "ideas" de las cosas, pero no la
cosa en sí, a la cual no podemos llegar, dice el obispo, porque no está.
"Ser es ser percibido" y si no hay espíritu que perciba, no hay cosa
alguna. No obstante, hay cosas que no se han percibido jamás, v. gr., nuevas
galaxias, y, empero, "haberlas, haylas", porque acaban por ser
descubiertas. Esto es posible porque, continúa Berkeley, esos chismes existían en
otro espíritu, un Espíritu superior que, al ser omnisciente, percibe todas las
cosas, mejor dicho, "sensaciones o ideas" que existen. El Universo es
pues un conjunto de ideas -en el sentido etimológico de "visiones"-
que se aparecen a los espíritus o las mentes de los hombres o de Dios).
Evidentemente el inmaterialismo de
Berkeley perdió su batalla particular contra todos los materialismos del XVIII
y el XIX, de modo que su filosofía quedó como mera curiosidad y como modelo del
arte de razonar impecablemente.
Pero llegó el siglo XX con sus
descubrimientos experimentales sobre la materia subatómica y al menos un
servidor (no soy el único) no está seguro de que los argumentos de Berkeley
-tan indobudistas- hayan quedado definitivamente superados.
La Física Cuántica descubrió que la
materia subatómica, esa que no puede ser percibida sino sólo inferida
experimental y matemáticamente, no se comporta como lo hacen los objetos
perceptibles integrados por ella. Hay partículas, o sea, "partecillas"
subatómicas de materia que hacen cosas raras impropias de las cosas materiales
y más propias de las cosas inmateriales, espirituales, mágicas, fantásticas.
Pongamos un ejemplo. El Premio Nobel
Erwin Schroendinger ideó un experimento que modificó el matemático Roger
Penrose para hacerlo más claro, por lo que lo describiré conforme a esa última
versión. Consiste en lo que sigue: en una urna de cristal introducimos un gato
y un frasco de gas venenoso. Sobre este último pende un martillo conectado a un
artilugio que, caso de activarse, hará caer el martillo sobre el frasco
rompiéndolo y liberando el gas. La consecuencia de esta acción sería, claro
está, la muerte del gato. El artilugio accionador se acciona a su vez con una
célula fotoeléctrica hipersensible sobre la que se ha colocado un espejo
semi-reflectante, esto es, que deja pasar exactamente la mitad de la luz que
incide sobre él, reflejando la otra mitad hacia otra dirección. Si dirigimos un
haz de luz sobre ese espejo el mecanismo fotoeléctrico hará bajar el martillo
fatal y el gato morirá. Pero si disparamos un sólo fotón sobre el espejo en
cuestión ¿qué ocurrirá? ¿Se reflejará, salvando así la vida del gato o
atravesará la semi-trasparencia del espejo, aniquilándo al pobre animal? Si en
vez de una partícula subatómica se tratara de una cosa o parte de cosa
perceptible, está claro que tal objeto haría una de las dos cosas: pasar o
reflejarse. Pero las partículas no se comportan como cosas ni como partes de
cosas. El fotón no elegirá uno de los caminos sino los dos. Habrá, por
tanto un momento en que el mortal mecanismo habrá sido activado produciendo la
muerte del felino como consecuencia de la incidencia del fotón en la célula
fotosensible, y en que a la vez el mecanismo NO se habrá disparado porque ese
mismo fotón se habrá reflejado alejándose de la célula sensible y salvando,
consecuentemente, la vida del gato. Ergo: el gato estará muerto y vivo a la
vez.
Pero si miramos al gato ¿cómo estará?
Cuando percibamos el interior de la urna después de cada experimento el gato
estará vivo o muerto, pero no las dos cosas a la vez. Pero tiene tantas
probabilidades de lo uno como de lo otro.
¿Qué es, entonces, lo que decide la
salvación o condena del animalito? Pues según Eugéne de Wigner, otro premio
Nobel de física, la conciencia del perceptor. El que mira al gato después del
experimento lo mata o le perdona la vida con su acto de percepción.
Y todo esto, les recuerdo, no lo dice
un esoterista de revista barata para chiflados crédulos. Lo dice todo un premio
Nobel de Física.
El acto de percepción trasforma el
objeto percibido. De ahí a determinarlo hay un solo paso. Y de ahí a crearlo,
sólo otro paso teórico más. La distancia infinita entre mente y materia ha sido
salvada. No es, por tanto inverosímil entender la realidad como un proceso de
la mente y en, última instancia, como ilusión. Pero ojo: hablar del carácter
ilusorio de la materia y la realidad puede ser un arma de doble filo. Que lo
real sea ilusión puede significar que lo real es mentira, vale. Pero también que
la ilusión, o mejor, las ilusiones son verdad. La materia y el objeto como base
de la verdad no es más que un prejuicio moderno, sólo que muy persistente. Hay,
frente a esto algún viejo refrán que afirma una antigua sabiduría: de ilusiones
también se vive. Yo matizaría: sea el pan de cada día una ilusión o no , lo
cierto es que de ilusiones es casi de lo único que vivimos, puesto que, cuando
no las hay, esto no es vida. Acaso no lleguemos nunca a ver nuestros sueños
realizados pero mientras suframos su ilusión tendremos ilusión de vivir. Sentir
ilusión es, por otra parte, dar un sublime valor a algo que sin nuestra
apreciación sería insignificante. Y cuando algo tiene valor es porque tiene
para nosotros algún significado. Significado es la parte mental del lenguaje,
esa herramienta que la inteligencia ha inventado para hacernos capaces de
significar: de dotar a las cosas de sentido. Porqué no utilizarlo para dotar de
sentido nuestra propia vida. Eso y no otra cosa es lo que tiene que hacer la
poesía: ayudarnos a ver las cosas cargadas con el sentido que le confiera un
verbo soñador, una palabra ilusionista e ilusionada, un lenguaje mágico y
poético.
Piénsese finalmente que misterios tan
cotidianos como la fascinación amorosa solo pueden explicarse merced a esa
magia, esa poderosa maya de la ilusión sagrada, fuente verdadera
de toda significación y sentido.
Que la poesía está en la vida y en la
experiencia es, pues, una gran verdad. Pero sólo si no nos olvidamos del
carácter mágico -"espiritual" hubiera dicho el obispo- de las tres.
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