lunes, 15 de abril de 2019

MAYA, EL BUDA, EL OBISPO BERKELEY Y EL GATO DE SCHROEDINGER.



Tengo la impresión de que siempre que afirmo en público tener una concepción mágica del lenguaje poético, algún rostro, casi siempre el de una persona de esas que creen en la realidad tal como nos la sirve la experiencia, me dirige una mirada tiznada de sospechas al respecto de mi salud mental.

En efecto, la magia hoy día se considera un cuento para niños y otros locos crédulos. Pero a veces en un cuento de hadas hay más verdad que en los períodicos.

La palabra magia tiene su origen en una vieja voz sánscrita: maya, que significa ilusión. Un mayin era, pues, un mago: alguien capacitado para manipular la ilusión y para crearla: un ilusionista, claro que no exactamente en el sentido actual de la palabra. Para los antiguos indios la Ilusión era una clase de energía psíquica a veces divina y a veces demoníaca: ese poder mágico y misterioso que tenían los dioses y los demonios para crear ilusiones y engaños, algunos tan tozudamente perseverantes como la misma realidad. Los antiguos Vedas eran, pues, más que oraciones a los dioses védicos, fórmulas mágicas hechas a base de palabras, mediante las cuales los poetas sagrados procuraban manipular el mundo de la Ilusión con el fin de volverla favorable. Porque la ilusión de la vida era tan enérgica que poseía la facultad de hacernos felices o desgraciados.

Y a tal punto llegaba la fascinación que en los indios producía el poder de las fórmulas verbales sagradas que la palabra con que tal idea se mencionara en sánscrito, brahma, un antiguo epíteto que solía acompañar el nombre de Brhaspati o Señor de la Plegaria, acabó, si las similitudes etimológicas no engañan, por convertirse ni más ni menos que en Brahma, el priemr Dios de la Trinidad Suprema del panteón hindú y que cumple el papel de Creador del Universo. Siendo así, su método creativo tenía que ser un método creador de ilusiones: porque según el Hinduismo, el mundo no es otra cosa que el sueño de Brahma, por lo que desaparecerá cuando Éste se despierte. Somos, pues, conforme a esto, el sueño de una Fórmula Verbal Mágica prosopopéyica. La Ilusión de un Verbo Soñador. Pura Poesía, según definiciones que dicen obsoletas.

La vida sencilla de los antiguos indios podía crearles la ilusión de que la vida podía dar lugar a la alegría y la desdicha, pero la más complicada vida de tiempos muy posteriores, cuando la civilización los acose con su peso, los hará ser un poco más pesimistas. Así, en los tiempos civilizadísimos del Buda, unos cuantos siglos antes de Jesucristo, nos encontramos con un Iluminado (tal es la traducción al castellano de la palabra Buda) que, al no encontrar en el mundo otra cosa que dolor y sufrimiento, quiso atacar el problema de raíz erradicando las fuentes de Maya, la Ilusión Cósmica. Descubrió que esas fuentes no eran más (ni menos) que los deseos humanos. Anulándolos se experimentaba el Nirvana, una nada sensual, único sitio donde habita la paz, donde el poder maligno de la Ilusión no llega. Como se vé, acaso haya sido Buda el primero en proponer la realidad como un proceso de la mente.

Pero quien con más claridad y radicalismo hizo esto por primera vez fue un obispo anglicano de finales del XVII y principios del siguiente: George Berkeley. Como es sabido, este filósofo empirista partió precisamente de lo único que tenemos, nuestra experiencia, para llegar a una curiosa conclusión: que la materia no existe y que todas las cosas que vemos y sentimos no existen sino sólo en nuestro espíritu. En efecto, Berkeley en sus Principios del conociomiento humano nos demuestra mediante un uso impecable y brillante del método racional, que nuestras experiencias son sensaciones e "ideas" de las cosas, pero no la cosa en sí, a la cual no podemos llegar, dice el obispo, porque no está. "Ser es ser percibido" y si no hay espíritu que perciba, no hay cosa alguna. No obstante, hay cosas que no se han percibido jamás, v. gr., nuevas galaxias, y, empero, "haberlas, haylas", porque acaban por ser descubiertas. Esto es posible porque, continúa Berkeley, esos chismes existían en otro espíritu, un Espíritu superior que, al ser omnisciente, percibe todas las cosas, mejor dicho, "sensaciones o ideas" que existen. El Universo es pues un conjunto de ideas -en el sentido etimológico de "visiones"- que se aparecen a los espíritus o las mentes de los hombres o de Dios).

Evidentemente el inmaterialismo de Berkeley perdió su batalla particular contra todos los materialismos del XVIII y el XIX, de modo que su filosofía quedó como mera curiosidad y como modelo del arte de razonar impecablemente.

Pero llegó el siglo XX con sus descubrimientos experimentales sobre la materia subatómica y al menos un servidor (no soy el único) no está seguro de que los argumentos de Berkeley -tan indobudistas- hayan quedado definitivamente superados.

La Física Cuántica descubrió que la materia subatómica, esa que no puede ser percibida sino sólo inferida experimental y matemáticamente, no se comporta como lo hacen los objetos perceptibles integrados por ella. Hay partículas, o sea, "partecillas" subatómicas de materia que hacen cosas raras impropias de las cosas materiales y más propias de las cosas inmateriales, espirituales, mágicas, fantásticas.

Pongamos un ejemplo. El Premio Nobel Erwin Schroendinger ideó un experimento que modificó el matemático Roger Penrose para hacerlo más claro, por lo que lo describiré conforme a esa última versión. Consiste en lo que sigue: en una urna de cristal introducimos un gato y un frasco de gas venenoso. Sobre este último pende un martillo conectado a un artilugio que, caso de activarse, hará caer el martillo sobre el frasco rompiéndolo y liberando el gas. La consecuencia de esta acción sería, claro está, la muerte del gato. El artilugio accionador se acciona a su vez con una célula fotoeléctrica hipersensible sobre la que se ha colocado un espejo semi-reflectante, esto es, que deja pasar exactamente la mitad de la luz que incide sobre él, reflejando la otra mitad hacia otra dirección. Si dirigimos un haz de luz sobre ese espejo el mecanismo fotoeléctrico hará bajar el martillo fatal y el gato morirá. Pero si disparamos un sólo fotón sobre el espejo en cuestión ¿qué ocurrirá? ¿Se reflejará, salvando así la vida del gato o atravesará la semi-trasparencia del espejo, aniquilándo al pobre animal? Si en vez de una partícula subatómica se tratara de una cosa o parte de cosa perceptible, está claro que tal objeto haría una de las dos cosas: pasar o reflejarse. Pero las partículas no se comportan como cosas ni como partes de cosas. El fotón no elegirá uno de los caminos sino los dos. Habrá, por tanto un momento en que el mortal mecanismo habrá sido activado produciendo la muerte del felino como consecuencia de la incidencia del fotón en la célula fotosensible, y en que a la vez el mecanismo NO se habrá disparado porque ese mismo fotón se habrá reflejado alejándose de la célula sensible y salvando, consecuentemente, la vida del gato. Ergo: el gato estará muerto y vivo a la vez.

Pero si miramos al gato ¿cómo estará? Cuando percibamos el interior de la urna después de cada experimento el gato estará vivo o muerto, pero no las dos cosas a la vez. Pero tiene tantas probabilidades de lo uno como de lo otro.

¿Qué es, entonces, lo que decide la salvación o condena del animalito? Pues según Eugéne de Wigner, otro premio Nobel de física, la conciencia del perceptor. El que mira al gato después del experimento lo mata o le perdona la vida con su acto de percepción.

Y todo esto, les recuerdo, no lo dice un esoterista de revista barata para chiflados crédulos. Lo dice todo un premio Nobel de Física.

El acto de percepción trasforma el objeto percibido. De ahí a determinarlo hay un solo paso. Y de ahí a crearlo, sólo otro paso teórico más. La distancia infinita entre mente y materia ha sido salvada. No es, por tanto inverosímil entender la realidad como un proceso de la mente y en, última instancia, como ilusión. Pero ojo: hablar del carácter ilusorio de la materia y la realidad puede ser un arma de doble filo. Que lo real sea ilusión puede significar que lo real es mentira, vale. Pero también que la ilusión, o mejor, las ilusiones son verdad. La materia y el objeto como base de la verdad no es más que un prejuicio moderno, sólo que muy persistente. Hay, frente a esto algún viejo refrán que afirma una antigua sabiduría: de ilusiones también se vive. Yo matizaría: sea el pan de cada día una ilusión o no , lo cierto es que de ilusiones es casi de lo único que vivimos, puesto que, cuando no las hay, esto no es vida. Acaso no lleguemos nunca a ver nuestros sueños realizados pero mientras suframos su ilusión tendremos ilusión de vivir. Sentir ilusión es, por otra parte, dar un sublime valor a algo que sin nuestra apreciación sería insignificante. Y cuando algo tiene valor es porque tiene para nosotros algún significado. Significado es la parte mental del lenguaje, esa herramienta que la inteligencia ha inventado para hacernos capaces de significar: de dotar a las cosas de sentido. Porqué no utilizarlo para dotar de sentido nuestra propia vida. Eso y no otra cosa es lo que tiene que hacer la poesía: ayudarnos a ver las cosas cargadas con el sentido que le confiera un verbo soñador, una palabra ilusionista e ilusionada, un lenguaje mágico y poético.

Piénsese finalmente que misterios tan cotidianos como la fascinación amorosa solo pueden explicarse merced a esa magia, esa poderosa maya de la ilusión sagrada, fuente verdadera de toda significación y sentido.

Que la poesía está en la vida y en la experiencia es, pues, una gran verdad. Pero sólo si no nos olvidamos del carácter mágico -"espiritual" hubiera dicho el obispo- de las tres.

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