Existe sólo una poesía.
No es la basada en la
inconsciencia,
o la vulgar
bisutería
de lo trivial que su experiencia
superflua dicta, el
propio ombligo
admirándose en
reverencia,
poniendo al cielo por testigo
crepuscular de su
congoja
existencial, e
importa un higo
a la Polis y al alma roja
del Gran Cañón de carne
viva
que obuses críticos arroja
contra un gobierno en comitiva
cometedora de
delitos.
Ni la autómata que se
priva
de la razón, porque sus gritos
prosaicos quieren ser
modernos,
de la vanguardia, en
pos de mitos
viejos, de un siglo ya, y eternos
para el estudio, mas
caducos
para hoy. Si queremos
vernos
con la poesía, sobran trucos
de esos que ya al
burgués ni epatan,
habituado por mamelucos
del soberano pueblo, al que atan
como esclavos etimológicos
del Pez que engordan
más y matan
de hambre al chico demagógicos
sin censura, para
que, rústico
tú, a quien someten
en eglógicos
áuschwitzes, tragues por acústico
tubo al nazi ˗por su
careta
ciudadana, donjuán
finústico˗
y creas, si oyes a tal profeta,
que eres libre, en
los reyes magos
y en panaceas de
receta
miedica: ¿Ignoras que en Chicago s-
chool ˗of
banksters˗ a poner vetos
aprendió a tu líquido,
a tragos
malos darte? Y analfabetos
tele-educados en su
cole,
se creen, jurados por
poetos,
que, aunque al poeta libre mole,
le está prohibido
hacer sonetos.
¿Son como el padre de
la Chole
o, simplemente, son
catetos?
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