martes, 30 de abril de 2019

ÁUREA MAEDIOCRITAS IV


el Monstruo del Poder cómo me roba
gran parte de mi Dicha, pues me manda
hacer lo que no quiero en su nefanda
insensibilidad, cómo me soba
su repulsiva piel, su baba boba
cómo me llueve mientras él agranda

su Dominio chupando de mi rojo
humor, como un enjambre de vampiros,
buitres que vuelan esperando en giros
mi muerte, mi carroña, mi despojo
y me producen mal. todo mi arrojo,
todas mis ganas de liarme a tiros

contra ese Bicho, o de brearlo a bombas,
alimentaron más su orondo buche.
ya es el momento de que se me escuche.
mas no escucha el Poder: ya sea en trombas
de muchedumbre que en la calle luche
por su derecho a gritos, ya en las combas

gradas en donde grazna la asamblea,
el Poder no se inmuta, y sigue tieso
mirándose a sí mismo, y no menea
más que ese miembro que le fue ex profeso
puesto para chupar; ay ¿todo es eso?
¿y siempre así? Señor, que no lo sea:

extiéndeme Tus manos poderosas
─pues Tú la Autoridad tienes del mundo,
ya que Tú eres Su Autor— y al Bicho inmundo
que quiere destituirte dale rosas
de fuego que lo abrasen con hermosas
llamaradas, y a mí dame el profundo

Sentido de Tu Fuerza sin violencia
para andar por Tus llamas sin quemarme.
ponme, oh Dios, Tu Razón en mi conciencia,
déjame guerrear por el desarme
de la Tierra, y la Paz, como un gendarme,
pastor del caos que Te reverencia,

déjame entrar al Trono, a la Poltrona
o al menos a la Cátedra, y concede
a éste Tu humilde siervo que intercede
por él, por todos, lo que ya ambiciona
caramente: infiltrado en esa zona,
si no sucumbe al virus ─lo que puede

pasar perfectamente— haz que en conflicto
interior entre con el ensamblaje
arácnido, y cargado de coraje
quiebre la norma de rigor estricto
que nos pone a parir: vuélvelo invicto
como Tú mismo, Dios, y el camuflaje

no contagie su ser. mas si fracasa
en tan heroico y solidario intento
éste, Señor, que Reconocimiento,
Dinero y la defensa de su Casa
Te pidió, chupe el hombre tan contento,
ya que al que chupa ningún mal le pasa.


(Horación -Cielo rasante-, Pretextos, 1992 También en Gaya Ciencia 2015)

jueves, 25 de abril de 2019

Geometrías



  Es sabido de todos que el gran Platón excluyó a los poetas de su utopía porque, según opinaba el filósofo, todos los poetas son unos mentirosos. Y eran unos mentirosos porque vivían del cuento. O, lo que es lo mismo, del mito: los poetas eran unos señores que se ganaban la vida cantando las hazañas de los Dioses.
  Acaso esta afirmación pueda parecer en un principio disparatada o al menos paradójica: es difícil entender cómo un espíritu religioso como el de Platón, místico pitagórico e idealista de altos vuelos del alma, pudiera considerar engañosos los mitos y lo dioses de su propia religión. Pero a poco que se profundice en el asunto es fácil intuir que las razones del maestro se reducían a una mera cuestión de competencia y de lucha dialéctica de dos productos culturales, uno nuevo (la filosofía) y otro viejo (la poesía).

  En efecto, eran los poetas (y no tanto los sacerdotes) los enemigos o rivales que los filósofos debían o creían que debían combatir, por cuanto Platón intentaba vender a la sociedad griega un producto de propio diseño que él creía mucho más eficaz para la captación de la Verdad que las antiguas fábulas mitopoéticas. Y, como intuyera admirablemente León Felipe, los mitos son invenciones que los poetas prestamos a los sacerdotes y que ellos desvirtuaron convirtiéndolos en dogmas cuya única función es, tal como deduce Marvin Harris, facilitar la gobernabilidad aborregada de la población a fin de hacerla productora de los excedentes necesarios para la manutención ociosa de los poderosos, esto es, de los propios sacerdotes que, en los orígenes de la civilización y la historia, no se ditinguieron de los políticos (entiéndase: los profesionales del poder).
  Platón era ambicioso y anhelaba el poder político, y su frustrado intento de construir su utopía en la polis del tirano Dión lo demuestra con creces. Pero el propio Platón tenía un corazón de poeta y no creo desbarrar mucho al apuntar que acaso sea la belleza de su filosofía más que su aportación al conocimiento puro y duro lo que la salva de no ser un mero disparate, al menos desde una perpectiva moderna. Platón no le temía a los sacerdotes de los diversos templos griegos porque no los consideraba rivales a la hora de sostener la valía de sus métodos de conocimiento de la verdad, porque sabía que los sacerdotes no entendían la verdadera esencia poética de sus mitos. Pero temía a los poetas porque los consideraba eficaces creadores de belleza y, siendo así que para él la Verdad y la Belleza eran una sola cosa, el peligro que para la defensa de su sistema suponía la poesía era excesivo y arrasador. Los Dioses de los poetas eran fuertes porque los poetas eran maestros de Belleza y Verdad. Y él quería revelar una Verdad nueva, o al menos un método más preciso para captarla: la filosofía.
  Como se sabe, la filosofía es el primer intento serio de explicar el mundo al margen de los mitos. Donde los poetas habían puesto imaginación los filósofos pusieron razón. Y no es que los filósofos renegaran de la imaginación: sólo se trataba de extirparle a la imaginación su arbitrariedad, creando un nuevo tipo de imaginación lógicamente reglamentada: la especulación filosófica. Así Platón acabó sustituyendo de una manera difusa pero firme a los dioses por las Ideas. Las Ideas eran la Verdad de la cual las cosas son sólo como copias imperfectas. Las cosas del mundo están sometidas a la corrupción porque sólo son una mala imitación de las entidades perfectas. El alma pertenece al reino de las Ideas y es eterna. El cuerpo no.
  Como se ve la innovación es cataclísmica: los poetas desde tiempos inmemoriales habían cantado y conmemorado la sacralidad de la Naturaleza. El rayo, el sol, el agua, los vientos, la tierra y el fuego, la vegetación y su fertilidad, y todos los elementos de la naturaleza eran sagrados y los poetas los cantaban antropomorfizándolos, conscientes de que dicha sacralidad nacía en los propios corazones de los seres conscientes que se extasiaban ante el encanto de la belleza de las cosas. La vida era un acto sagrado. Para Platón no.
  Para platón, hete aquí la novedad, lo sagrado era la inteligencia que sabía bucear bajo las apariencias de los ilusos y corruptibles objetos encontrando su modelo verdadero e ideal en el mundo imperecedero y perfecto de los Arquetipos mentales de las cosas. Así la geometría se convierte para platón en una disciplina sagrada. Un triángulo, una pirámide, un cono son ideas incorruptibles y perfectas, tal como demuestra primero el hecho de la proporción matemática que guardan sus elemntos entre sí, pero segundo y sobre todo el hecho de que tales formas no aparezcan nunca en la Naturaleza. En cierto modo podemos decir que el filósofo idealista entendía que una montaña era la copia imperfecta de una Forma ideal: el cono.
  Poetas, sacerdotes y filósofos convivieron siglos y siglos, siendo el auge de la filosofía frente a la poesía observable en el hecho de que los sacerdotes dejaron de robarle mitos a los poetas para robarles teorías a los filósofos, dando lugar al nacimiento de la teología.
  Pero las cosas no quedaron ahí. Un día apreció una nueva disciplina, la ciencia, que acabó manteniendo respecto de la filosofía la misma relación que la filosofía había mantenido con la poesía en los tiempos de Platón. Los científicos no pugnaron con los sacerdotes (aunque los sacerdotes con ellos sí) sino más bien con los filósofos, frente a los cuales defendían un nuevo método de conocimiento de la Verdad. Y no porque los científicos no creyeran en las verdades de la razón, sino porque pensaban que la razón nada valía sin la experiencia, último integrante del Método Científico.
  Así, si comparamos la geometría del filósofo con la más reciente geometría científica, la geometría fractal de Mandelbrot, en seguida captaremos las diferencias, y las transformaciones culturales y antropológicas que tales diferencias implican.
  La geometría fractal de Mandelbrot es inversa a la de Platón. Para el filósofo lo real son las ideas, las formas geométricas puras. Para el científico lo real son las formas impuras, mientras que las otras son construcciones mentales que copian la realidad simplificándola para que nuestra mente pueda operar con sus valores sin perderse en la complejidad casi infinita de los objetos. La geometría tradicional es falsa porque no es exacta: no hay triángulos perfectos en la Naturaleza. La nueva geometría es más verdadera porque intenta ser una descripción matemática de las formas reales, es decir, imperfectas que encontramos en la Naturaleza. Porque la realidad y la vida son eso, imperfección. Y son imperfección porque su forma es corruptible desde el momento en que cambia con el tiempo, pero aún más importante, desde el momento en que cambia según la distancia -la perspectiva- desde donde es observada. Así desde una distancia considerable, pongamos por ejemplo, desde la Luna, la Tierra es una esfera: la superficie que delimita su contorno es redonda. Pero desde una perspectiva cercana, por ejemplo, la propia Tierra, las cosas cambian: vemos que la superficie de la tierra es abruptamente irregular, llena de montañas y valles que niegan la redondez de esa superficie. ¿Y cuál de las dos descripciones matemáticas será la correcta, la terrestre o la lunática? La nueva geometría contesta: las dos, siempre que en la descripción añadamos un número relativo a la distancia que media entre el objeto observado y el punto desde donde se hayan realizado las observaciones.
  Las dos geometrías -la platónica y la fractal-  implican dos concepciones de lo real totalmente diferentes: Platón despreció la experiencia porque no se fíaba del testimonio de los sentidos, mientras que Mandelbrot, no fiándose tampoco del testimonio de los sentidos -puesto que, además de ser conocedor de Platón, sabe, como todo el mundo, que las apariencias engañan-, y no teniendo, por otra parte, suficiente con el "testimonio" de las ideas-al no poseer una creencia espiritualista que supusiera un origen no material de las mismas- intenta una solución sintética que unifique en un conjunto homogéneo las diferentes variables deducibles de las diversas observaciones generadoras de diversas perspectivas, tratando de conseguir un modelo matemático que incluya en un todo armónico la subjetividad del observador con la objetividad observada, algo que ya habían hecho las dos disciplinas científicas más revolucionarias de nuestro siglo: la mecánica cuántica y la cosmología relativista.
  Parece ser que al fin los sabios se han dado cuenta de que las interioridades subjetivas de los sujetos hacedores de sabiduría (poesía, filosofía, ciencia, etc.) tienen tanto derecho a formar parte de la realidad, o al menos del conjunto de las cosas existentes y verdaderas, como los objetos desposeídos de toda subjetividad que postulara la física clásica, y como los sujetos conocedores de la verdad que, desvinculados de toda experiencia de los sentidos, postulara la filosofía tradicional de corte platónico.
  Los científicos se han dado cuenta. Pero ¿se han dado cuenta los folósofos? El invento de una nueva disciplina filosófica, la Filosofía de la Ciencia, parece indicar que sí. Y los poetas, ¿se han dado cuenta los poetas? La abrumadora tendencia a una poesía de registro de la realidad inmediata medida u observada según los parámetros usuales, propios de todo el mundo, y especialmente de los no poetas -léase: políticos, comerciantes, trepas-, condimentada con una afición a sobrecargar la importancia de la propia experiencia individual de sujeto registrante en tanto que patrón por el que deben medirse y observarse todos los hechos vitales del mundo, me induce a pensar que no.
  Pero cuidado: la existencia de poetas que niegan al valor de la experiencia incluso como punto obligado desde el que partir o elevarse para conseguir visiones más panorámicas de los hechos y la vida me parece aún más perniciosa: no debemos dejar de tener en cuenta que los poetas primigenios cantaban la sacralidad, ciertamente; pero cantaban la sacralidad de las cosas de la experiencia: el rayo, los vientos, la fertilidad, el eros. O sea: la Naturaleza y la Vida. A ninguno se le ocurría ni por asomo contarnos sus problemas sentimentales con su última novia si no era para enfocar el tema desde una perspectiva panorámica y casi me atrevería a decir que fractal, salvando las distancias. Se trataba de cantar la cosas de la experiencia pero intentando trascender la propia e insignificante individualidad hasta alcanzar una perspectiva visionaria que contemplara dicho hecho de la experiencia desde un punto de vista que desvelara su significación macroscópica. De tal manera los detalles anodinos se convertían en valores estéticos, esto es, criterios de verdad.
  Porque, en última instancia, de lo que se trata, de lo que siempre se ha tratado es de elevar los hechos objetivos insignificantes a la categoría de hechos signifcativos para toda una comunidad. Una comunidad que al principio sólo se extendía en el espacio -la nación- pero que con el tiempo ha terminado por extenderse al mismo tiempo: Octavio Paz definía una obra clásica como un texto capaz de producir significación de una manera perenne y duradera. Y mucho me temo que mirarse el ombligo no es buen método para construir un texto con la universalidad suficiente para producir perenne significación. Decir disparates desconectados de los datos de la experiencia, tampoco.  Mitificar los hechos, poetizarlos, es, pues, una de las pocas maneras que tiene el ser humano para escaparse de la perspectiva estrecha de su experiencia cotidiana y personal, que normalmente, excepto en casos biográficamente espectaculares, está demasiado restringida a un individuo como para resultar significativa a todos los individuos de hoy y a los muy distintos de mañana. La inverosimilitud de los mitos es, por ende, el número necesario que indica el punto de vista desde donde se ha realizado la observación del hecho de experiencia: su "fractalidad".
  Sorprendentemente la última ciencia experimental y matemática es la que nos está devolviendo el sentido de la poesía que con motivo de la filosofización del mundo (Dioses por Ideas) y su posterior cientificación newtoniana (Ideas por cosas),id est: su prosaicación, habíamos perdido los contemporáneos, a pesar de los muchos y enconados intentos (románticos, simbolistas, modernistas, vanguardistas) que desde el siglo pasado han venido haciéndose en sentido contrario.
  Los fractales nos dan una idea de cómo mirar los hechos poetizados o mitificados sin perder de vista sus raíces experienciales y humanas: nos ayudan a entrever el camino hacia una visión plural del universo.
  Han pasado los tiempos de las monolatrías.

sábado, 20 de abril de 2019

SOLIPSISMO CÓSMICO (Poema ensayístico en prosa técnica)


            Por experiencia sé que las depresiones y melancolías consisten en una suerte de desconexión del mundo y de la vida, que nos hunden en el círculo vicioso de la casi regodeante, aunque siempre angustiosa, contemplación de la desgracia propia.
            Por experiencia sé que, si uno siente ánimo y conecta con la vida y el mundo, y tiene fe en lo que hace o quiere hacer, de pronto, inexplicablemente, todo funciona, no solamente en lo que se refiere a las armonías del cuerpo, explicables por relaciones de psicosomatismo, sino también a ese conjunto reticular de casualidades que se entretejen en los nodos de lo que solemos llamar realidad.
            Y es como si la mente, pletórica de fuerza espiritual, pudiera, por una extraña conexión causal, influir, además de en la materia de que están hechas las cosas, en el propio y general destino.
            A cierto nivel de análisis micro- (o nano-) scópico, podríamos dejarnos llevar por la palabras de aquel Premio Nobel, Eugène Wigner, cuando dijo que era la conciencia del observador la que crea el colapso de la función de onda cuántica subatómica que convierte la probabilidad difusa en que consisten los ladrillos mínimos y básicos de la materia, sus partículas (en latín “partecillas”), en un hecho de experiencia real.
            O por otro grande, Archibald Wheeler, cuando afirmó que, habida cuenta de lo susodicho, había que sustituir el término obsoleto “observador” por el más cientifico “participador”.
            Pero lo cierto es que son hiperbólicas tales aseveraciones hipotéticas, porque por encima de cierto nivel nalítico no existe explicación que pueda hacernos causantes y responsables de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa de la mundaneidad.
            Tras de infinitésimas vueltas reinando sobre el asunto, se me ha ocurrido una disparatada solución:
            Figurémonos que existe algo así como un Observador Cósmico al estilo de Berkeley, no hace falta que lo llamemos Dios, aunque desde la perspectiva antropológica del panorama cultural de toda etnia humana, ese tecnicismo, propio de la Historia de las Religiones, nos resultaría a todos comprensible.
            Pues bien: figurémonos también que ese Numen es un Solipsista Cósmico: teniendo en cuenta que nuestro Universo, aunque no tiene bordes ni límites, no es infinito, porque tiene un tamaño, si bien cambiante y en expansión, podríamos aventurar la conjetura de que Todo es producto de la experiencia de ese Observador o Participador Universal, un Mundo de Apariencia (Fenómeno, en griego) en el que nosotros y todo lo demás seríamos entes fenoménicos, de modo que toda la Realidad sería Virtual.
            Por experiencia sé que los productos de nuestra mente, pese a que están creados por nosotros, influyen, recíprocos y reflexivos, en sus creadores: una idea, un sueño, una metáfora, un fábula, un mito, una ficción, un personaje de novela o drama, una obsesión, una Manía (en griego: Locura), nacidas y criadas en nuestra psique, a veces nos cambian el carácter y, por ende, como dijera Heráclito, el Destino.
            Después de todo, eso que llamamos materia también es como una abstracción hecha a partir de una metáfora: materia es esa cosa que todas las cosas perceptibles por los sentidos tienen en común, como la nieve, la nata y la espuma tienen en común el color blanco.
            Y si nosotros somos entidades de la “materia mental” de la experiencia fenomenal de Dios, la conexión mente/materia, y también la tan discutida cuerpo/alma tiene su explicación: todo está hecho de es misma materia que (como diera el Premio Nobel de Física, el cosmólogo sir Arthur Eddington por un lado, y por otro uno de los más grandes poetas que en el mundo han sido, Fernando Pessoa), “es de naturaleza espiritual”: “Sursum corda: toda la materia es espíritu”.
            Y por estudio y reflexión filosófica sé que los clásicos hablaron de Sentido Común (en griego: Koiné Aisthesis) como una Sexto Sentido que, recogiendo los datos inmediatos de la experiencia, los convierte en Imágenes de esa Imaginación que el mismísmo Kant estableció como indispensable para el conocimiento del fenómeno real, ya que el noúmeno o la cosa-en-sí no puede ser conocida ni captada en puridad: su pureza siempre estará velada –y simplificada− por esa suerte de espejo que es nuestro aparato de percepción imaginante, que se figura a su modo lo que le llega de ese afuera nouménico, y que yo doy en figurarme divina fuente fundamental de todo, tanto desde la panorámica de la sensibilidad consciente “sincrónicamente” considerada, como desde un punto de vista “diacrónico”: lo que hizo explotar al cosmos, ese big bang cuya onda expansiva aún continúa, creándolo y creándonos, es lo mismo que lo que está más allá del velo de la experiencia, esa linde donde lo micro y lo macro empiezan a comportarse de una manera absolutamente imposible para lo que nuestra experiencia tiene por realidad: un partícula subatómica, por ser a la vez onda, puede pasar por dos orificios a la vez, y el Horizonte de Sucesos de un Agujero Negro se traga en un nanosegundo lo que para nostros permanece en ese mismo acto una eternidad.
              Id est: la Realidad, la completa realidad, no es como nos dice el estrecho realismo: es puro fenómeno. Y la raíz léxica de esta voz griega está emparentada, y no insinúo nada que no sepa más de uno, con los lexemas de “fantasía” y de “fantasma”.
            El que tenga oídos para oír que oiga, y que los miopes sigan pensando que la realidad es totalmente ajena a nuestros deseos.
            Pero desear algo con la fuerza de la fe en nuestras posibilidades trae, y lo sé por experiencia, a nuestra experiencia real el fantástico y fantasmático objeto de tal volitivo deseo.
            Que los ántropos de buena voluntad deseemos, juntos y solidarios, lo mejor que puede sucederle a este nuestro mundo, donde habitamos toda la humanidad.

lunes, 15 de abril de 2019

MAYA, EL BUDA, EL OBISPO BERKELEY Y EL GATO DE SCHROEDINGER.



Tengo la impresión de que siempre que afirmo en público tener una concepción mágica del lenguaje poético, algún rostro, casi siempre el de una persona de esas que creen en la realidad tal como nos la sirve la experiencia, me dirige una mirada tiznada de sospechas al respecto de mi salud mental.

En efecto, la magia hoy día se considera un cuento para niños y otros locos crédulos. Pero a veces en un cuento de hadas hay más verdad que en los períodicos.

La palabra magia tiene su origen en una vieja voz sánscrita: maya, que significa ilusión. Un mayin era, pues, un mago: alguien capacitado para manipular la ilusión y para crearla: un ilusionista, claro que no exactamente en el sentido actual de la palabra. Para los antiguos indios la Ilusión era una clase de energía psíquica a veces divina y a veces demoníaca: ese poder mágico y misterioso que tenían los dioses y los demonios para crear ilusiones y engaños, algunos tan tozudamente perseverantes como la misma realidad. Los antiguos Vedas eran, pues, más que oraciones a los dioses védicos, fórmulas mágicas hechas a base de palabras, mediante las cuales los poetas sagrados procuraban manipular el mundo de la Ilusión con el fin de volverla favorable. Porque la ilusión de la vida era tan enérgica que poseía la facultad de hacernos felices o desgraciados.

Y a tal punto llegaba la fascinación que en los indios producía el poder de las fórmulas verbales sagradas que la palabra con que tal idea se mencionara en sánscrito, brahma, un antiguo epíteto que solía acompañar el nombre de Brhaspati o Señor de la Plegaria, acabó, si las similitudes etimológicas no engañan, por convertirse ni más ni menos que en Brahma, el priemr Dios de la Trinidad Suprema del panteón hindú y que cumple el papel de Creador del Universo. Siendo así, su método creativo tenía que ser un método creador de ilusiones: porque según el Hinduismo, el mundo no es otra cosa que el sueño de Brahma, por lo que desaparecerá cuando Éste se despierte. Somos, pues, conforme a esto, el sueño de una Fórmula Verbal Mágica prosopopéyica. La Ilusión de un Verbo Soñador. Pura Poesía, según definiciones que dicen obsoletas.

La vida sencilla de los antiguos indios podía crearles la ilusión de que la vida podía dar lugar a la alegría y la desdicha, pero la más complicada vida de tiempos muy posteriores, cuando la civilización los acose con su peso, los hará ser un poco más pesimistas. Así, en los tiempos civilizadísimos del Buda, unos cuantos siglos antes de Jesucristo, nos encontramos con un Iluminado (tal es la traducción al castellano de la palabra Buda) que, al no encontrar en el mundo otra cosa que dolor y sufrimiento, quiso atacar el problema de raíz erradicando las fuentes de Maya, la Ilusión Cósmica. Descubrió que esas fuentes no eran más (ni menos) que los deseos humanos. Anulándolos se experimentaba el Nirvana, una nada sensual, único sitio donde habita la paz, donde el poder maligno de la Ilusión no llega. Como se vé, acaso haya sido Buda el primero en proponer la realidad como un proceso de la mente.

Pero quien con más claridad y radicalismo hizo esto por primera vez fue un obispo anglicano de finales del XVII y principios del siguiente: George Berkeley. Como es sabido, este filósofo empirista partió precisamente de lo único que tenemos, nuestra experiencia, para llegar a una curiosa conclusión: que la materia no existe y que todas las cosas que vemos y sentimos no existen sino sólo en nuestro espíritu. En efecto, Berkeley en sus Principios del conociomiento humano nos demuestra mediante un uso impecable y brillante del método racional, que nuestras experiencias son sensaciones e "ideas" de las cosas, pero no la cosa en sí, a la cual no podemos llegar, dice el obispo, porque no está. "Ser es ser percibido" y si no hay espíritu que perciba, no hay cosa alguna. No obstante, hay cosas que no se han percibido jamás, v. gr., nuevas galaxias, y, empero, "haberlas, haylas", porque acaban por ser descubiertas. Esto es posible porque, continúa Berkeley, esos chismes existían en otro espíritu, un Espíritu superior que, al ser omnisciente, percibe todas las cosas, mejor dicho, "sensaciones o ideas" que existen. El Universo es pues un conjunto de ideas -en el sentido etimológico de "visiones"- que se aparecen a los espíritus o las mentes de los hombres o de Dios).

Evidentemente el inmaterialismo de Berkeley perdió su batalla particular contra todos los materialismos del XVIII y el XIX, de modo que su filosofía quedó como mera curiosidad y como modelo del arte de razonar impecablemente.

Pero llegó el siglo XX con sus descubrimientos experimentales sobre la materia subatómica y al menos un servidor (no soy el único) no está seguro de que los argumentos de Berkeley -tan indobudistas- hayan quedado definitivamente superados.

La Física Cuántica descubrió que la materia subatómica, esa que no puede ser percibida sino sólo inferida experimental y matemáticamente, no se comporta como lo hacen los objetos perceptibles integrados por ella. Hay partículas, o sea, "partecillas" subatómicas de materia que hacen cosas raras impropias de las cosas materiales y más propias de las cosas inmateriales, espirituales, mágicas, fantásticas.

Pongamos un ejemplo. El Premio Nobel Erwin Schroendinger ideó un experimento que modificó el matemático Roger Penrose para hacerlo más claro, por lo que lo describiré conforme a esa última versión. Consiste en lo que sigue: en una urna de cristal introducimos un gato y un frasco de gas venenoso. Sobre este último pende un martillo conectado a un artilugio que, caso de activarse, hará caer el martillo sobre el frasco rompiéndolo y liberando el gas. La consecuencia de esta acción sería, claro está, la muerte del gato. El artilugio accionador se acciona a su vez con una célula fotoeléctrica hipersensible sobre la que se ha colocado un espejo semi-reflectante, esto es, que deja pasar exactamente la mitad de la luz que incide sobre él, reflejando la otra mitad hacia otra dirección. Si dirigimos un haz de luz sobre ese espejo el mecanismo fotoeléctrico hará bajar el martillo fatal y el gato morirá. Pero si disparamos un sólo fotón sobre el espejo en cuestión ¿qué ocurrirá? ¿Se reflejará, salvando así la vida del gato o atravesará la semi-trasparencia del espejo, aniquilándo al pobre animal? Si en vez de una partícula subatómica se tratara de una cosa o parte de cosa perceptible, está claro que tal objeto haría una de las dos cosas: pasar o reflejarse. Pero las partículas no se comportan como cosas ni como partes de cosas. El fotón no elegirá uno de los caminos sino los dos. Habrá, por tanto un momento en que el mortal mecanismo habrá sido activado produciendo la muerte del felino como consecuencia de la incidencia del fotón en la célula fotosensible, y en que a la vez el mecanismo NO se habrá disparado porque ese mismo fotón se habrá reflejado alejándose de la célula sensible y salvando, consecuentemente, la vida del gato. Ergo: el gato estará muerto y vivo a la vez.

Pero si miramos al gato ¿cómo estará? Cuando percibamos el interior de la urna después de cada experimento el gato estará vivo o muerto, pero no las dos cosas a la vez. Pero tiene tantas probabilidades de lo uno como de lo otro.

¿Qué es, entonces, lo que decide la salvación o condena del animalito? Pues según Eugéne de Wigner, otro premio Nobel de física, la conciencia del perceptor. El que mira al gato después del experimento lo mata o le perdona la vida con su acto de percepción.

Y todo esto, les recuerdo, no lo dice un esoterista de revista barata para chiflados crédulos. Lo dice todo un premio Nobel de Física.

El acto de percepción trasforma el objeto percibido. De ahí a determinarlo hay un solo paso. Y de ahí a crearlo, sólo otro paso teórico más. La distancia infinita entre mente y materia ha sido salvada. No es, por tanto inverosímil entender la realidad como un proceso de la mente y en, última instancia, como ilusión. Pero ojo: hablar del carácter ilusorio de la materia y la realidad puede ser un arma de doble filo. Que lo real sea ilusión puede significar que lo real es mentira, vale. Pero también que la ilusión, o mejor, las ilusiones son verdad. La materia y el objeto como base de la verdad no es más que un prejuicio moderno, sólo que muy persistente. Hay, frente a esto algún viejo refrán que afirma una antigua sabiduría: de ilusiones también se vive. Yo matizaría: sea el pan de cada día una ilusión o no , lo cierto es que de ilusiones es casi de lo único que vivimos, puesto que, cuando no las hay, esto no es vida. Acaso no lleguemos nunca a ver nuestros sueños realizados pero mientras suframos su ilusión tendremos ilusión de vivir. Sentir ilusión es, por otra parte, dar un sublime valor a algo que sin nuestra apreciación sería insignificante. Y cuando algo tiene valor es porque tiene para nosotros algún significado. Significado es la parte mental del lenguaje, esa herramienta que la inteligencia ha inventado para hacernos capaces de significar: de dotar a las cosas de sentido. Porqué no utilizarlo para dotar de sentido nuestra propia vida. Eso y no otra cosa es lo que tiene que hacer la poesía: ayudarnos a ver las cosas cargadas con el sentido que le confiera un verbo soñador, una palabra ilusionista e ilusionada, un lenguaje mágico y poético.

Piénsese finalmente que misterios tan cotidianos como la fascinación amorosa solo pueden explicarse merced a esa magia, esa poderosa maya de la ilusión sagrada, fuente verdadera de toda significación y sentido.

Que la poesía está en la vida y en la experiencia es, pues, una gran verdad. Pero sólo si no nos olvidamos del carácter mágico -"espiritual" hubiera dicho el obispo- de las tres.

domingo, 14 de abril de 2019

AUNQUE ES DE NOCHE. (De la Noche como escenario simbológico de la vivencia mística)



Qué bien se yo la fonte…
S. Juan

Todas las religiones institucionalizadas, todas las iglesias y sectas, todas las organizaciones de comunidades de creencia y culto ritual e incluso todas las comunidades de creencia a secas, como por ejemplo los partidos políticos, e incluso también las organizaciones sindicales, etc., tienen un credo, un sistema de dogmas de fe, un paquete de ideas prefijadas y fijas, id est, una ideología –en el sentido más puramente marxiano (aunque tal vez ya no marxista) de la palabra- que las diferencia, que distingue las unas de las otras y a veces, a menudo, demasiado a menudo, las enfrenta cruentas por un insignificante filioque o cualquier otro bizantinismo. Y esa es la razón por la cual la historia de las ideologías, religiosas o no, está tan cubierta de sangre y de basura. Las ideologías, religiosas o no, son excluyentes y exclusivistas, por lo que todas pretenden portar en su seno de forma meridiana la única y absoluta verdad. Hablar de la “religión verdadera” es ofender la inteligencia de todos los que no me son correligionarios, pobres presas del error a los que debo convertir a la única verdad, la mía, quieran o no. O excluirlos del mundo.
En este sentido todas las religiones y todas las ideologías son sistemas de símbolos cuyo significado es en el fondo trivial, pues lo que importa en el fondo no es el fondo semántico último de las mismas, sino la presencia grave y relevante de una bandería o un tótem, unos colores y figuras con los que uno se identifica como miembro adepto de un grupo dentro del cual se siente más fuerte e importante que enfrentado a la miseria vertiginosa de su paupérrima soledad. Yo soy de mi equipo de fútbol manque pierda, de mi partido magüer cometa las más evidentes cacicadas y tropelías (ante las que me empeño en ser invidente), y me creo el credo de mi religión tal como me lo sirvieron mis contextos culturales, no porque haya meditado en el sentido o sinsentido de su ideario y su praxis, sino porque es el mío y Nosotros somos los Buenos.
Desde un punto de vista sociológico todas las religiones institucionalizadas y comunidades organizadas bajo sistemas ideológicos semejantes cumplen, y no descubro nada que no se sepa a estas alturas, una función de cohesión (aunque no necesariamente de coherencia) del grupo en cuyo seno me siento protegido de mi propia insignificancia como individuo. Los sistemas dogmáticos e ideológicos clasifican y etiquetan el mundo indicándonos lo que debemos creer cuando miramos las cosas.
Pero desde un punto de vista antropológico más humanista, el de, por ejemplo, lo que podríamos llamar una simbología cognitiva arquetipológica del fenómeno religioso, las cosas pueden verse de otra manera: todo dogma ideológico consiste en la institucionalización de un antiguo mitema o, lo que es lo mismo la lexicalización de una antigua metáfora viva.
Si los mitos, religiosos o no, son, como se sabe, símbolos desarrollados narrativamente, y todo símbolo es en su origen una figura poética -no pocas veces una metáfora-, debemos entender que, cuanto más se ahonde en la arqueología del dogma -mitema lexicalizado (institucionalizado)-, más cerca estaremos de lo más profundo de su significación, que siempre resume y expresa un arquetipo del inconsciente colectivo de la humanidad: hay una vena ideológica en toda religión, cierto; pero no menos cierto es que también hay en todas ellas una vena poética, cuyo descubrimiento y asimilación nos acerca más a los orígenes antropológicos de su simbolismo mítico y, por lo tanto a lo más originario de lo humano que, como fuente de creatividad, debe calificarse siempre de poético.
Las religiones más antiguas eran menos dogmáticas y más míticas que las actuales; famoso es el caso de Alejandro de Macedonia pidiendo permiso a Tiro para adorar en su templo al dios fenicio Melqart, que el Grande identificaba sin mayor problema con su Heracles; sabemos qué propensa fue la antigüedad grecolatina a la importación de dioses de lejano origen, con frecuencia asiáticos o egipcios; sabemos cómo el sustrato dravídico indio fue absorbido sin problema por la védica religión de sus conquistadores arios. Y aunque se ha llegado a decir que los paganismos y los politeísmos nunca tuvieron místicas, no debemos comportarnos como invidentes ante la evidencia de las iniciaciones dionisíacas, órficas o eleusinas que, como todas los procesos iniciáticos, son preparatorio camino ascético hacia la iluminación mística; y qué decir de nuevo de la india, donde es posible que un primitivo chamanismo autóctono evolucionara hacia técnicas de purgación y meditación que, heredadas y mejoradas acaso por el budismo, siguen teniendo vigencia incluso en el mundo contemporáneo.
Todas las culturas han tenido rituales iniciáticos que implican un mayor o menor grado de misticismo. Y aquí viene lo curioso: pese a las diferencias ideológicas de credo de todas las iglesias y religiones, todos los místicos de todas ellas (cosa que puede decirse también de todos los chamanismos) han descrito experiencias semejantes: han visto lo mismo:
Todas las místicas, sean del color dogmático-ideológico religioso que sean, hablan de la anulación de las diferencias, de indistinción entre el sujeto y el objeto, de la Verdad como Unidad, o sea: de que la única verdad es que todo es uno: que en el fondo más profundo de todos lo fondos posibles nuestro Sí-Mismo, nuestro self, es idéntico o incluso es lo mismo que la Fuente, el Origen, la Creación, que es trascendente al universo sensible (y cognoscible) y que es su fundamento verdaderamente real: que atman es Brahma, que nuestro espíritu es gota de un mar que, una vez vuelta a caer en él pierde sus límites diferenciadores como individuo/gota y vuelve a ser mar inmensurable, aunque en el fondo, insisto, la gota y la mar tienen en común una misma cosa: las dos son agua.
Esa experiencia de fusión mística del alma, de la psique (el soplo, el airecillo) con el Espíritu (el viento) creador y mantenedor del universo, siendo por naturaleza y definición inefable, ha sido no obstante siempre expresada a través de símbolos complejos basados casi siempre en metáforas y paradojas, o metáforas paradójicas, que sorprenden en primera lectura por parecer contrarias al dogma de la religión que el místico profesa: el amor heterosexual, la sexualidad y el orgasmo (dogmáticamente pecados nefandos de la carne), para hablar del éxtasis espiritual más limpio de materia y corporeidad que imaginarse quepa; la borrachera (pecado capital), para dar versión aproximada de los efectos místicos; la música (pecado de sensualidad, si profana) como armonía pura de significado conceptual imposible de captar.
Y la Noche.
La noche oscura en que las forma definidas se indefinen y diluyen, la noche en que se pierden los colores, en que todos los gatos son pardos, en que no se ve nada, en que no se ve ni se puede ver la realidad (o eso que llamamos realidad, y que sólo es una ilusión, una ilusión dolorosa y terrible, agresiva y tenaz, insufrible, un decorado con sus tentadoras formas maravillosas −y con sus deformes monstruosidades y terrores y embelecos, Lope dixit, ocultos y acechantes en la sombra, en las tinieblas, cuyo Príncipe indiscutido es, ahí es nada, Lucifer, el Demonio, el Mal, el peligro de la destrucción que nos roba la forma diurna y esclarecida de lo clasificado y etiquetado por los órdenes sistemáticos y nos sume en lo indistinto de lo informe o de lo que ostenta formas informales para nosotros, la tenebrosa zona donde nuestras individualidades corren el riesgo de desaparecer en las borrosidades letales de la indiferenciación y del caos amorfo e indistinto de los oscuros orígenes primigenios…)
No me extraña que todos los místicos de las religiones dogmato-ideológicas hayan estado en un tris de convertirse en herejes y que, de hecho, así hayan sido considerados por los dogmáticos tribunales ideológicos de los santos oficios inquisitoriales, los que te dicen los que debes ver y lo que no.
Al principio Dios Elohim, después de hacer la luz, la separó de las tinieblas y las llamó día y noche respectivamente, creando la primordial diferencia. Pero antes no había ni una cosa ni otra, aunque la tierra estaba OSCURA y VACÍA y el Espíritu de Dios se cernía sobre el ABISMO de las AGUAS.
Las aguas informes, capaces de adoptar cualquier forma, la de cualquier recipiente, o la de mera gota, estaba en un abismo, una abertura insondable, según Hesíodo un formidable bostezo llamado en griego Caos. Y ¿qué fue lo primero que salió del Caos?: la tierra con su Tártaro o caótico infierno dentro, y enseguida Eros y la Noche acompañada por Érebo, otro infierno caótico.
Pues bien: cuando la Luz del buen Señor de la Sabiduría, llamado Ahura Mazda por Zaratustra, se separó de las Tinieblas de Ahrimán, Señor del Mal, comenzó la batalla cósmica: nosotros, los Buenos tenemos que apoyar la Sabia Luz del Día y del Bien, que nos pone a cada uno en su sitio, que ya se encargarán los Malos de apoyar al Enemigo, Señor de la Noche.
Pero entonces, ¿por qué los hombres más santos de la historia de la humanidad han sido tan nocturnos?
El zoroastrismo es y fue la religión prototipo de todos los maniqueísmos que en el mundo han sido, incluido el de Mani, fundador del primero de ese nombre. Y aunque Mani (y Zaratustra) fueron santos profetas, no dejaron de ser tampoco y sobre todo fundadores de una nueva religión y por tanto creadores de una nueva dogmática: hay que distinguir a los Nuestros de los Ajenos, los herejes, los disidentes: los videntes que ven por sí mismos, sin filtros dogmáticos, no sólo lo evidente (que, por cierto, casi todo el mundo se niega a ver como no sea a través de sus apriorismos ideológicos), sino también y además lo que está más allá de lo evidente, el trasfondo de todo: lo que trasciende a todo y, en el fondo, ES todo.
Por ello a Zoroastro le salió una herejía, la zervanita: antes de que existieran Ormuz, el Buen Señor del Día, y Angra Mainyu, el Malo de la Noche, antes de su escisión existió la Unidad: Zurván, dios que contenía en sí mismo los contrarios conciliados, dios paradójico de la luz y las tinieblas, pero todavía dios de la Noche: de la noche iluminada por los astros que, siendo sabia lectura de los astrólogos, iluminan nuestro destino y convierten a la divinidad primaria en un dios del Tiempo infinito y cíclico.
Los astros fueron identificados con dioses ya en la antigua Mesopotamia y, aunque el tema no está exento de polémica, los caldeos de por allí ya exportaron a nuestra ecumene la divinidad luminosa y sabia de los cielos nocturnos: en las alturas celestes de la noche impera la etérea harmonía cósmica, mientras que aquí, en el mundo sublunar, reina la corrupción, el deterioro, el sufrimiento, la muerte. Por encima reina la mansa y elevada divinidad. Decía Fray Luis: “Cuando contemplo el cielo/ de innumerables luces adornado/ y miro hacia el suelo/ de noche rodeado/ en sangre y en olvido sepultado,/ el amor y la pena/ despiertan en mi pecho un ansia ardiente;/ despiden larga vena/ los ojos hechos fuente,/ Loarte, y digo así con voz doliente:/ Morada de grandeza,/ templo de claridad y hermosura,/ mi alma que a tu alteza/ nació, ¿qué desventura/ la tiene en esta cárcel honda, escura?”
Juan de Yepes fue más radical: la noche oscura del alma es amable más que la alborada: no hay nada que ver, si quieres ver el todo.
La Noche de los místicos es el espacio de la identificación de lo distinto, de la disolución de esos conjuntos de propiedades que llamamos forma y sirven para diferenciar a los individuos, objetos y sujetos, para verlos bajo el prisma de su pureza indiferenciada de la pre-creación eterna, cuando todo era, cuando todo ES Uno. Y una vez que el místico se funde con su noche del alma encuentra paradójicamente la iluminación extática: comprende la Verdad: no existe en el fondo (de los fondos) la desdicha, y detrás del engañoso velo real de las apariencias y los fenómenos físicos espaciotemporales no hay más que el absoluto campo libre de nuestra más honda identidad: la Nada trascendente; pero una nada que es fuente de todo lo real y lo posible: una nada que es la absoluta felicidad de un Dios que se contempla a Sí Mismo y cuyo reflejo produce la infinita variedad de todo.
La noche absoluta de la incorpórea eternidad precósmica es concepto afín a otro importantísimo: el Vacío o la Vacuidad budista que se alcanza en el Nirvana: el mundo es ilusión arraigada en nuestros deseos: eliminados estos, todo fenómeno doloroso desaparece y queda sólo el divino No-Dios del No Ser que es la calma que colma.
No resulta para nada extraño que el mayor poeta místico contemporáneo, Ernesto Cardenal, haya elegido, en su superpoema El cántico cósmico, lo que los cosmólogos actuales llaman una singularidad como símbolo a ultranza de su místico sentimiento: hace aprox. 14.000 millones de años toda la materia y la energía y el espaciotiempo de todo el universo estaban concentrados en un punto singular de volumen cero y densidad infinita: ahí no había tiempo ni espacio ni materia ni, por tanto, corporeidad, pero esa nada puntual contenía una cantidad infinita de energía potencial, bastante a crear cualquier cosa, inclusive un sinfín de universos, por ejemplo, pluribus unum, éste, que es el único del que tenemos noticia. Faltaba todavía mucho para que hubiera Luz digna de ese nombre: el místico moderno mira, pues, hacia la Noche de los Tiempos para aproximarse a una iluminación que sólo puede hallarse Más Allá de las tinieblas.
Pero el simbolismo de la noche estaba ya arraigado en la experiencia nocturna de nuestra infancia: ¿quién, al despertarse en medio de la noche, no se ha asustado alguna vez de niño creyendo contemplar un amenazante horror informe en lo que a la luz del día solo era un pantalón doblado sobre la espalda de una silla? Sólo quien nunca haya temido al Más Allá y se haya conformado desde siempre con la diurna visión oficial sancionada por los ordenamientos ideológicos de las dogmáticas que dicen con su característa soberbia, propia de los ignorantes, que sólo existe lo que creen ver nuestros ojos a la luz ramplona del día.
Porque, para intuir la verdad, hay que enfrentarse con singular valentía al misterio que simbólicamente representa el abismo insondable de la Noche.

sábado, 13 de abril de 2019

LA METAFORA COMO BASE DE LA INTELIGENCIA.



En "Brontosaurus" o la nalga del ministro, recientemente dado a la luz pública por NBA, aunque también asequible en una más hermosa -y más cara- edición en Círculo de Lectores, el prestigioso paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould hace la siguiente afirmación: "Nuestra mente funciona en gran parte a través de metáfora y comparación, no siempre (o no con frecuencia) mediante lógica inexorable. Cuando resultamos atrapados en trampas conceptuales, la mejor salida suele ser un cambio de metáfora; y no porque la nueva pauta sea más fiel a la naturaleza (puesto que ni la vieja metáfora ni la nueva se encuentran allá afuera en los bosques), sino porque necesitamos un cambio a perspectivas más fructíferas, y la metáfora suele ser el mejor agente de transición conceptual". Pero lo más curioso de todo es que el eminente científico no está hablando de poesía, ni siquiera de literatura o filosofía: está hablando de la metamorfosis de larva a imago que se opera en una especie de luciérnaga neozelandesa.
Tradicionalmente, afirma Gould, se ha considerado la trasformación larva-imago bajo la perspectiva metafórica de trasformación antropomórfica infante-adulto, esto es, que el periodo de larva u oruga equivaldría comparativamente al estado de infancia o niñez del bicho en cuestión, mientras que el estado de mariposa o imago equivaldría al de adulto hecho y derecho. Esta comparación es totalmente inexacta, según el avezado evolucionista, pero no por su antropomorfismo, como cabría esperar, sino sencillamente porque no se corresponde con los hechos: un niño se convierte en adulto por incremento cuantitativo de sus caracteres específicos humanos: de mayor será más grande, más fuerte y más listo que de pequeño, pero no será cualitativamente distinto.
Con las criaturillas objeto del estudio de Gould no ocurre exactamente lo mismo: en realidad el estado de imago, de mariposa es el producto del desarrollo en el capullo de unas células que ocupan mínimamente el cuerpo de la larva, del que podemos decir que muere como individuo cuando nace el de la mariposa que le sustituye. O sea: que más que de una transición de un estado a otro en el mismo individuo, cabría hablar de la sustitución de un individuo por otro, por lo que la metáfora niño-adulto no es apropiada. Gould propone en su lugar otra, también -no puede remediarse- antropomórfica, tomada en este caso de Las riquezas de las naciones del padre de la economía, Adam Smith: la división del trabajo.
El estado de larva parece ser que está especializado en una tarea exclusiva: alimentarse -para crear un cuerpo rollizo que sea un hábitat adecuado para la inminente mariposa del capullo, pues puede decirse que será la reserva de alimento del cuerpo de la oruga la que nutra al de la imago durante su crecimiento dentro de la crisálida-; mientras que el estado de imago o mariposa está especializado casi exclusivamente en otra tarea muy distinta: la reproducción. Parece que la gula y la lujuria corresponden a dos periodos especializados y excluyentes en el cuerpo esquizosomático -si se me permite la palabrota neologista- de tan curioso individuo.
Así pues, el cambio de metáfora nos ha ayudado, cambiando nuestra perspectiva, a comprender mejor el fenómeno de las metamorfosis de los lepídopteros y otras bestezuelas de naturaleza afín.
Pero lo más curioso de todo es cierta coincidencia con otro autor muy diverso del anterior en otro libro citado en un anterior artículo a raíz de otros conceptos a discutir: David Bohm, físico eminente, llega a afirmar lo que sigue: "en el contexto histórico de la ciencia se produce una importante brecha en la comunicación entre ideas y conceptos que se consideran, usando los términos de Thomas Kuhn, inconmensurables. Si embargo, nosotros sugerimos que ninguna de estas rupturas es inevitable y que, de hecho, pueden relacionarse mediante el uso crativo de alguna forma de pensamiento metafórico" (subr. mío.)
Para ilustrar su idea pone Bohm un ejemplo histórico. A lo largo del siglo XIX los fenómenos magnéticos y eléctricos fueron considerados fenómenos distintos, porque había dos teorías diferentes para explicar cada uno de los dos tipos de fenómenos. La unificación de ambos en el todo teórico al que pertenecen hoy día fue hecha por J. C. Maxwell, con sus ecuaciones del campo electromagnético pero "fue Einstein con su teoría especial de la relatividad (1905) quien mostró cómo puede conseguirse una total simetría mediante la metáfora: la electricidad es magnetismo y el magnetismo es electricidad."
Por otra parte: "los datos de observación recogidos por Arquímedes en su bañera, por ejemplo, tuvieron poco valor en sí mismos. Lo significativo fue lo que dijeron al ser percibidos a través de la mente en un acto de imaginación creativa". (subrayados míos.)
Aún más: "la noción de metáfora puede servir para ilustrar la naturaleza de la creatividad científica, al equiparar, de manera metafórica, un descubrimiento científico con una metáfora poética. Porque en la ciencia, al descubrirse una nueva idea, la mente se ve envuelta en una forma de percepción creativa similar a cuando percibe una metáfora poética. Sin embargo, para la ciencia es esencial desarrollar el significado de la metáfora de manera más detallada, mientras que en poesía la metáfora puede quedar expresada de manera más o menos implícita".
En resumen: un descubrimiento científico va precedido de una percepción mental que implica una intuición poética, en última instancia, una interpretación metafórica, una equiparación imaginativa de un fenómeno.
Y es que el lenguaje poético va mucho más allá del campo en donde cierto tipo de poetillas modernos se han empeñado en restringirlo, acaso porque la poesía sea un objeto de conocimiento oculto que requiere un intenso esfuerzo de imaginación para ser descubierto.
No es de extrañar que cada vez más a menudo los científicos hablen de la elegancia y la belleza matemáticas de las teorías científicas.
Asimismo me da lástima que el concepto de belleza -y el de elegancia- esté con tanta frecuencia ausente de nuestra literatura.

viernes, 12 de abril de 2019

La dimensión mítica de las teorías científicas. Notas para un ensayo poético de teofísica.


            Este texto NO es (ni puede ser, ni lo pretende) una artículo científico. ES un ensayo poético. Tomo datos e ideas de las ciencias, de aquí y de allá, pero hago uso de ellos sólo en tanto que imágenes que, integradas en un texto complejo, den lugar, no al descubrimiento de una verdad científica, sino a la creación de una fantasía que podrá tener todo lo más un valor de ficción heurística que es, como sabemos todos los lectores del genial Ricoeur, inherente al concepto de verdad metafórica o simbológica: o mítica. Y hecha esta obligada, que no obligatoria, advertencia, al asunto:
            “Un poco de filosofía nos aleja de Dios; mucha, nos acerca” decía Bacon, según nos lo recuerda Daniel Dennett, actualísimo filósofo de pro, en su libro La peligrosa idea de Darwin, si bien con el objetivo de, basándose en su propia experiencia, refutar al lord: Dennett, confeso sabedor de mucha filosofía, no se siente cerca de algo respecto de lo cual dice no hay evidencia científica. Pero humilde me pregunto: ¿sabe la suficiente? Y: ¿en verdad no las hay? Sobre todo porque al final del libro habla de modo sorprendente de la sacralidad del universo: interesante.
            Interesante porque en pleno desarrollo de su por otra parte solidísimo libro hace profesión de fervoroso ateísmo enfrentándose a Leibniz: si éste decía que, puesto que lo creó Dios, éste es el mejor de los universos posibles, ya que si fuera posible otro mejor, sería ése el que existiría en lugar de éste, y el mal no existiría (¿o casi?), aquél dice que, puesto que surgió al azar, éste es el peor de los universos posibles porque, si fuera aún peor, no se sostendría y se derrumbaría o se iría al caos o a la nada.
            Es evidente que ambos filósofos, salvando las distancias culturales entre sus tiempos, coinciden con sabiduría en los hechos y en los datos que, interpretados correctamente, nos dan información sobre la naturaleza del universo; es flagrante que ambos están en radical desacuerdo como consecuencia de un pre-juicio ideológico y, por lo tanto, extracientífico: para Leibniz Dios es una realidad incuestionable, por lo que tiene el dichoso filósofo que inventar una teodicea que haga compatible la bondad de Dios con la maldad de Su mundo; para Dennett el concepto Dios no hace referencia a realidad alguna por tratarse de una hipótesis indemostrable y, en consecuencia, acientífica, siendo para él, como para todo ideólogo cientifista, los criterios de la ciencia los únicos admisibles como selectivas ventanas a la Verdad.
            El gran filósofo actual adora la ciencia, y sabe que hablar de Dios será considerado poco serio por la comunidad científica (a quien tanto respeta y por la cual es tan respetado, cosa no demasiado común entre filósofos y científicos). Quiere hacer de la filosofía una disciplina científica, por lo que tiene que negar a Dios sin haber indagado seriamente sobre la cientificidad de Su concepto. Lo cual es poco científico.
            Dennett acaso hubiera tenido razón si se apoyara en el paradigma del siglo XIX, pero un filósofo tan al día en lo que a novedades científicas respecta debería haber tenido más en cuenta las consecuencias lógicas y filosóficas que deberían haberse extraído ya de los hechos y los datos que la ciencia del paradigma actual considera constatados.
            El siglo XX hizo una lujosa ristra de descubrimientos de órdago: Einstein tenía ya deducida la teoría general de la relatividad para el año 16, y en el 17 una solución de sus ecuaciones encontrada por De Sitter predijo un universo en movimiento implosivo (o explosivo, pero dinámico en cualquier caso), y una observación telescópica de Hubble anunció en el 29 la expansión del universo, aunque ya en el 27 De Maistre, basándose en De Sitter, había propuesto la teoría del átomo primigenio, más tarde corregida por Gamow, quien predijo la radiación de fondo fósil del big bang, que luego detectarían Penzias y Wilson en los 60, y serviría a Smoot ya en los 90 como material de análisis donde encontrar las pruebas que confirmarían la hipótesis de la gran explosión cósmica, cuya fons et origo, después de aplicaciones de la teoría cuántica formulados a partir del 27, sabemos que fue de tamaño aún muchísimo menor que un átomo, e incluso una partícula: una casi nada esférica, simétrica, y caótica e inestabilísima, cuyo diámetro habrá sido como mucho la longitud de Planck, por debajo de la cual no tiene sentido hablar de espacio. Todo ello como consecuencia de que la fuerza atractiva de la gravedad inherente a toda la masa del universo junta rompería la materia atómica hasta descomponerla en sus integrantes mínimos (¿quarks, supercuerdas, twístores, ¡psicones, paradoxones!?) que, fundidos unos con otros, producirían una singularidad: una entidad (o pre-entidad) de volumen cero y densidad infinita.
            Pensémoslo: si el universo se expande y, en consecuencia, se enrarece, entonces tuvo que haber un momento en un lejano pasado en que todo su contenido material y energético se hallara infinitamente condensado en un punto sin volumen, sin tamaño: sin espacio. Esa pre-entidad, ese algo, no obstante contendría, en potencia al menos, toda la energía necesaria como para dar lugar a todo cuanto existe: Todo, en latín Universus; ergo: en cierto sentido podríamos decir que esa entidad era, si no omnipotente, monipotencial. Rasgo interesante.
            Y en consecuencia, al estar toda esa energía potencial concentrada en un punto sin volumen, un rasgo que es una propiedad de la materia, no habría espacio para contener ningún cuerpo material, por lo que esa pre-entidad sería incorpórea e inmaterial, y recuerden que tradicionalmente (: míticamente) a todo lo que no es cuerpo ni materia siempre se le ha llamado alma o espíritu. Interesante rasgo.
            Y como sabemos desde Minkowski que el tiempo y el espacio son una sola entidad, podemos ver cómo no sólo la materia y el espacio sino también el tiempo quedan absorbidos y anonadados en ese pre-bigbang, por lo que dicha pre-entidad a que nos referimos, al no estar, por ser su origen, sometida al tiempo, sería eterna. (Pueden postularse maravillas teóricas como la siguiente: han existido universos en que el tiempo era circular, o caótico o de ida y vuelta: el tiempo se expandió unos instantes en una dirección para, por razón gravitatoria, ipso facto implotar en sentido contrario, lo que desde nuestro punto de vista quiere decir que esos existentes universos no han existido nunca: no han tenido tiempo –o lo han perdido: en naderías). Esto se pone cada vez más interesante.
            Y, una vez que hubiera ocurrido dicha explosión, esa pre-entidad estaría alimentando con su energía potencial actualizada (o actualizándose) toda la vida del universo, y sería ubicua porque estaría en todas partes: sería omnipresente. ¿Puede haber mayor interés?
            Y díganme ustedes: ¿Qué le falta esa pre-entidad para tener en sí todos los atributos con que los teólogos (doctores de teología: de mono-mitos racionalizados a ultranza) occidentales se ha referido tradicionalmente a Dios?
            Contestaré yo mismo: la omnisciencia. Cosa que a simple vista no parece poder encontrarse por ninguna parte.
            Pero sigamos pensando. El indiscutible segundo principio de la termodinámica asevera que en todo sistema cerrado la entropía siempre aumenta hasta alcanzar su estado más probable: el equilibrio termodinámico, estado donde no suele ocurrir nada interesante. El universo es un sistema de ese tipo. O casi: en él no se puede alcanzar jamás el grado máximo de entropía, porque ese grado máximo cambia y varía con la expansión del espacio y, por lo tanto, con el tiempo: esa dilatación perpetua del espaciotiempo coloca el estado de máxima entropía del universo en un siempre distante horizonte de sucesos.
            Definimos entropía como la degradación de la energía que se produce en todo sistema cerrado, o que se produce como desecho en todo sistema abierto o conectado a una fuente de alimentación energética, y que consiste en la imposibilidad de volver a utilizar toda la energía presente, o “inyectada”, en todo proceso físico dinámico, o destinado a producir trabajo: siempre hay una cantidad de energía que se disipa como calor que no puede volver a utilizarse para el mismo proceso, algo que, es interesante, permite la existencia de sistemas disipativos que, en efecto disipan energía irrecuperable aumentando la entropía de su entorno, pero disminuyen su propia entropía interna hasta su mínimo posible, y que se stablacen en las zonas alejadas del equilibrio termodinámico o, dicho de otra forma, sitas al borde del caos, lugar en donde el proceso de información y complejidad autoorganizadora resulta siempre maximizador, lográndose a menudo la producción de entropía negativa o neguentropía dentro de sus lindes con el mundo restante. Bien mirado, podríamos entender este principio desde un opuesta perspectiva: los sistemas neguentrópicos son, si no necesarios, muy útiles al universo, porque aumentan el ritmo del incremento de entropía cósmica, que es por lo demás, propensión a su estado más probable, toda vez que, por ende, antropomórficamente hablando, es lo que en verdad “quiere” hacer el cosmosistema.
            Por otra parte y como se acaba de insinuar, la entropía en aumento puede entenderse como pérdida de información o como crecimiento del ruido, según la teoría de la comunicación, fundada por Shannon y Weaver. Todo sistema físico organizado contiene implícitamente más información cuanto más complejo sea, en tanto que el grado de complejidad es proporcionalmente inversa al grado de entropía, y no digamos ya si se trata de un sistema disipativo neguentrópico, como lo son todos los sistemas vivos, y más aún los sistemas inteligentes como el cerebro humano.
            Y si la entropía siempre aumenta, nada nos cuesta imaginar, si miramos, como hacíamos al principio, otra vez hacia el pasado, que conforme lo hacemos, la entropía total del universo va disminuyendo, lo que implica el paulatino incremento total de complejidad e información, llegando el momento en que toda la entropía del cosmos alcanza el cero absoluto (o menos aún que cero) en aquel mínimo caos hipercomplejo ˗implicado, plegado (v. Bohm) o implexo, (v. D´Espagnat, Taité de phylosofie et de physique)˗ del origen, o que incluso en el borroso e indeterminado confín de su obligada inestabilidad caótica se produzca un estado de neguentropía absoluta en que toda la información del universo se procese a una velocidad infinita. Ese sistema neguentrópico sería desde luego, no ya superinteligente, sino, teniendo en cuenta que contiene toda la información posible del universo, omnisciente.
            Y ahora sí que la cosa se ha puesto del todo interesante, porque, al fin, todos esos atributos interesantes son, como anunciaba, los que tradicionalmente se han usado para describir la naturaleza de Dios.
            Habrá por supuesto algún experto en termodinámica que se escandalice ante lo descabellado de mi argumentación, porque en el pre-bigbang, dirá, no hubo ni materia ni tiempo ni espacio suficiente como para que funcionara allá ningún sistema neguentrópico, porque toda neguentropía tiene que surtir dentro del marco legal de la irremediable Segunda Ley de la Termodinámica que es una disciplina que estudia el comportamiento trabajador de la materia (pero ojo: cuya masa es energía multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz, según Einstein), para lo cual se necesita espacio y tiempo, ley que prescribe el aumento de la entropía como principio de obligado cumplimiento, y allá en la singularidad no había espaciotiempo suficiente en donde cupiera el movineinto necesario para todo trabajo, ni exterior donde expulsar todo el creciente desecho entrópico necesario para tan desmesurado proceso superinformático (aunque me parece que la energía no tiene el tamaño como propiedad).
            Y yo (pese a que Wiener o, más recientemente, Dembski nos recuerden que información es información: ni materia ni energía) no me atrevería a disentir.
            Pero es que mire usted: se da el hecho de que fue eso mismo lo que ocurrió, ha ocurrido, ocurre y seguirá ocurriendo mientras tenga existencia el universo: la información, mediante la explosión se hizo, se abrió espacio, espacio en expansión y, en consecuencia, tiempo, en donde pudiera caber el trabajo y sus desecho, puesto que tal cosa era lo que aquella pre-entidad del origen necesitaba para procesar el total de la información posible del universo. Y este universo es, pues, la consecuencia creativa de aquella Necesidad (o Urgentísimo Propósito, si se me permite la antropomórfica prosopopeya y, de paso, el pleonasmo).
            No tiene, pues, nada de raro que los sistemas neguentrópicos inteligentes existan en este universo. Porque eso era precisamente lo que pretendía (o a lo que propendía, si desantropomorfizamos la prosopopeya) aquella pre-entidad pre-cósmica al crear a su imagen y semejanza un universo que pudiera contener sistemas inteligentes capaces con el tiempo de construir, en las biosferas, unas noosferas que, vueltas a combinar sistémicamente en los supersistemas galácticos e intergalácticos, dieran lugar a una suerte de noosfera cósmica, de la que no podemos ser conscientes, primero por hallarse por encima de nuestra individualidad, y segundo por tener posible lugar en un futuro cosmoevolutivo todavía muy remoto respecto de nosotros.
            Y tal dato sería toda una buena nueva porque de él podría deducirse un teleologos para este universo, que dotaría a nuestra vida de infinito sentido al posibilitarnos la concepción de una esperanza de lo Siempre Mejor (Polkinghorne), haciéndonos sentir parte de la organización progresiva y autopoiética de una inteligencia cósmica, dado el espíritu de autosuperación del universo.
            Pero lo mejor de todo esto es que Todo Esto podría incluso fundamentar el Principio Antrópico (ojo: no he escrito Entrópico) que usan muchos cosmólogos para explicar un molestísimo misterio cosmológico: las constantes fundamentales del universo (velocidad de la luz, constante de Planck, masa del protón, carga del electrón, constante gravitatoria…) parecen estar tan exacta y atinadamente ajustadas que da la metafórica impresión de que han sido manipuladas y afinadas por una inteligencia superior, de tal modo que este universo resultaría, no el peor ni el mejor, sino sencillamente, a partir de esas condiciones iniciales, el más probable (con casi el 100% de probabilidades) de todos los universos posibles: un cosmos diseñado para la vida, la inteligencia, la conciencia y el espíritu: si cualquier valor de una de esas constantes variara lo más mínimo, este universo no podría haber existido: hubiera vuelto a colapsar implotando al instante, o la explosión hubiera sido tan potente que no habría habido espacio ni tiempo (ni materia, ni nada) lo suficientemente estables como para crear este universo proclive a su autoorganización en sistemas complejos, organismos y biosferas.
            El principio antrópico, en su versión fuerte, viene a decir que el universo es como es porque de alguna manera nuestra presencia en él determina el valor de esas constantes fundamentales. Formulado así, desde luego, ese principio más se parece a un disparate vanidoso que a una explicación científica. Y sin embargo un supersistema antrópico, neguentrópico y noocósmico sí que podría, al ser capaz de procesar una cantidad casi infinita de información, encontrar la forma de determinar con su presencia futura en el punto omega las constantes básicas del punto alfa del principio: porque basándose, bien en las interacciones no locales de entrelazamiento cuántico que se da en ciertos pares de partículas que, según demostró el famoso experimento de Alain Aspect , se producen “fuera del” o “sin contar con” el espaciotiempo; bien basándose en los hipotéticos taquiones de Einstein que podrían existir con tal que no sobrepasen hacia abajo el límite absoluto de la velocidad de la luz y que, por tanto, podrían viajar a qualquier velocidad, pudiendo en consecuencia llegar a destino antes de partir, o sea viajando hacia atrás en el tiempo; o bien basándose en alguno de los descubrimientos de información superlumínica habidos en laboratorios a partir del año 2000 (Ranfagni; Wang, Kuzmich y Dogariu; o Chiao y Mitchel –v. Ben Bova, Historia de la luz, Madrid, Espasa, 2004, p. 171-, o sabe Dios qué otra cosa para entonces descubierta), aquel Noocosmos neguen-antrópico podría influir, desde ese su más allá, en el diseño de su propio origen determinando las constantes fundamentales como mediante una suerte de todopoderoso feedback.
            Por otra parte, tenemos que admitir que cuando más remoto el objeto de una ciencia más especulativo y por lo tanto mítico se vuelve. Y esto es porque la ciencia es en realidad un tipo muy específico de mito: esos que pueden, contrastados con la experiencia, informarnos de su siempre provisional certeza, ya que en ciencia nada se postula como verdad irrefutable, sino más bien al contrario: toda teoría científica debe poder ser refutable, y tal es una condición sine qua non para que ese tipo de mitos que son las teorías científicas puedan ser considerados tales. Ninguna teoría científica puede tomarse el lujo de tratar de ser una verdad incuestionable, y eso es lo que las hace tan especiales y eficaces y distintas a otros tipos de creaciones míticas. Las verdades de los mitos escritos en los libros sagrados sí pretende contener ese tipo de verdad absoluta, y es eso lo que los hace no sólo anticientíficas, sino, si las tomamos en su sentido literal, verdaderamente falsas. Sólo si se las toma en sentido figurado, poético, pueden contener algún tipo de mensaje verdadero. Lo mismo que está uno intentando hacer aquí: porque un texto científico que debe ser tomado en su sentido figurado NO es (ni puede ser, ni lo pretende) un texto científico. Por lo que paso a permitirme un juego de palabras poético con uno de esos mitos fijados por escrito: los evangelios (todos).
            Creo que la metáfora de la gran explosión, aunque heurísticamente válida, no es la adecuada. Una explosión no crea: destruye. Y esa es la razón por la que un servidor quiere proponer, finalmente, otra, de dimensiones míticas apropiadas. Creo que la metáfora del Sacrificio (etimológicamete: acción sacra) es más adecuada y significativa que la del big bang: piénsese que aquella pre-entidad cósmica, que era (y en cierto sentido es) supersimétrica, en tanto que las actuales cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza eran allá y entonces una sola, se autoprodujo una serie de rupturas de simetría que propiciaron las transiciones de fase que han ocasionado la creación de la materia, la vida, la conciencia, el entendimiento, la imaginación y el espíritu. Su Pasión, el sufrimiento sacrificial de su continua y autodestructiva entrega a su morir para que exista este universo con nosotros dentro, esa Pasión, digo, ese deseo urgente e insaciable de aquella pre-entidad por la creación de nuestro universo, la generativa, por no decir pasionalmente generosa destrucción progresiva de sus atributos negativos, o de valor cero o infinito, ha posibilitado y nos ha otorgado el don de nuestra vida y la del cosmos, y no es imposible que, una vez alcanzado el fin de esa su pasión cósmica, su muerte definitiva pueda dar ocasión a un supersistema neguen-antropo-noocósmico, cosa que sería lo mismo que decir que Dios habría muerto para que el Hiperántropo –del que somos parte- viviera.
            Es obvio que el mito de la Pasión y Muerte de Cristo repite a escala humana lo que la singularidad presustancial del cosmos inició hace unos 15.000 millones de años.
Muchos ya sabemos de hecho que los mitos (y el de la Pasión y Muerte de Jesús es un mito, por mucho que haya existido, o no, un personaje histórico cuya vida lo fundamente, o no) expresan con frecuencia grandes intuiciones ─a veces hasta místicas─ de nuestro transconsciente.
            Por tanto, un modelo crístico del universo (y no estoy hablando ni por asomo de religión, sino de cosmofísica poética), como quería Theilard, es hoy día científicamente verosímil, porque ya, a estas alturas, no podemos, ignorando tanto las investigaciones cosmológicas de la actualidad como las teológicas del pasado, decir que no tenemos, si no evidencias, o al menos obvios indicios bastantes a formular una hipótesis científica de Dios. Si insistimos en negarlo, nos estaremos aferrando a un pre-juicio ideológico cientifista que funcionaría como uno de los, en este caso negativos, ídolos tribales que criticaba Bacon, y que (como tal ─y por lo tanto) sería, además de acientífico, falso.
            E insisto: hipótesis, no teoría: nos faltan, aparte de más hechos y datos constatables, experimentos que contrasten con la experiencia la solvencia científica de la hipótesis: sólo hay que tener un imaginación libre de prejuicios para diseñarlos.
Como un servidor se niega a pensar a base de prejuicios, y todavía no se siente con autoridad para proponer uno de esos experimentos, renuncio a emitir ningún juicio y quedo en esperanzada epojé: a la espera de nueva información que, estoy seguro, la ciencia experimental y teórica nos va a seguir dando día a día.
Porque, después de todo, la ciencia está empezando a ser, si no lo es ya, una especie de noosfera neguentrópica.
            Ciencia y arte, ciencia y poesía, ciencia y mito, ciencia y ficción, conjuntas pueden crear, creo estar demostrándolo, universos fantástico-teóricos la mar de sugestivos y, aún mejor, sugerentes.
            Claro que yo no soy un físico, sino acaso un filósofo amateur y en definitiva un pobre poeta con mucha imaginación.