Yo también, tras escuchar a un
supuesto experto muy pagado de sí, me pareció, a través de la radio, me creí en
un principio que el maldito coronavirus había sido cultivado en un laboratorio,
con el fin de hacernos cargar a todos nosotros, quiero decir a los medianos y
menesterosos, con las cargantes cargas impositivas necesarias para
contrarrestar, con la excusa de la sanidad universal, la re-crisis que se
aproxima amenazante, cerniéndose como un buitre apocalíptico sobre estos semi
cadáveres andantes o zombis hipnotizados en que los desigualitarios, egoístas y
opresivos capitalistas neodecimonónicos han querido y en gran medida conseguido
convertirnos a tantas de sus víctimas expiatorias de sus hábitos de bestias
depredadoras de los por ellos cada vez más desposeídos.
Si hay algún rasgo que
caracteriza y define esa inmunda ideología monetarista, incentivadora de la
especulación financiera de alto riesgo, o de riesgo absoluto, mal llamada también,
para engaño del crédulo, neoliberalismo, es el impune ejercicio de su rastrera actividad,
lograda gracias al soborno a base de puertas giratorias con que premian a los
políticos corruptos, con jubilaciones multimillonarias a cambio de una perpetua
transferencia del dinero del pueblo llano y trabajador a las insaciables arcas
y cajas de caudales y cuentas corrientes y fiscales paraísos de esa panda de
tunantes y mafiosos que son los beneficiaros de nuestro empobrecimiento desde
2008.
Desde luego si esto nos pasa bajo
un gobierno de derechas, estoy seguro de que la probabilidad de la exculpación
de los culpables de la próxima re-crisis, propiciada y agravada por las
contraproducentes medidas de austeridad y recortes en servicios públicos, y la consiguiente
penalización onerosa de gravámenes sobre los recursos de los inocentes del
precariado, ya habría comenzado, o poco le faltaría, o, al menos, llegaría el momento, si no echamos
antes a esa chusma cómplice de un potentado sindicato del crimen, en que se
usaría la pandemia como excusa y justificación de la fustigante aplicación de
esas medidas de represivo desposeimiento sobre nuestros ya doloridos lomos,
blanco y diana de sus abusos estridentes y tenebrosos.
Era
verosímil. Siempre hacen lo mismo:
gobiernan contra los intereses de las mayorías que los votan. Y mienten. Y
apelan a fantasmas inexistentes que -mienten- son los culpables de nuestros
males. Y nosotros, cándidos y crédulos, nos lo creemos y odiamos a los
comunistas. Y votamos a nuestros enemigos, que vuelven a esquilmarnos para
darle lo nuestro a sus patrones microminorotarios.
Estaba, pues seguro de que mis
enemigos estafadores en el poder, los de toda la vida, los que se disfrazan de
demócratas, aunque el que no sabe que son franquistas de corazón es porque no
quiere saberlo o porque no quiere saber que es él mismo más franquistas aún en
su in- o pre-consciente, pobres almas angelicales, o diablos cabroncetes sin
empatía ni solidaridad por asnos, estaba seguro, decía, de que esos atracadores
de todo el pueblo (del griego: pan y
demos, de donde pandemia) habían fraguado un virus pandémico para fastidiar de
nuevo a su presa tradicional, Todo-el-pueblo,
para que luego el pueblo, con la coherencia lógica que le caracteriza, volviera
a echar la culpa a los comunistas.
Y, además, esta vez, uno de los
posibles y justamente imputables e inculpables reos de malevolencia o al menos
de negligencia podían ser los comunistas chinos, esos traidores de ideal de la
revolución de la democracia del campesinado y el proletariado de China, esos estalinistas,
esos estato-capitalista neoliberales que tiene la cara de llamarse comunistas
como si su partido único tuviera algo en común con nadie.
Luego, leyendo y reflexionando
con calma sobre el asunto he llegado a dudar, lo que me honra, al menos ante mí
mismo, porque como dijera el sabio y genial José Bergamín, “quien nunca duda
nunca está en lo cierto”.
Desde
Luego, si mi primera hipótesis o mera creencia aventurada e irreflexiva hubiera
coincidido con la verdad, habría que considerar a los malévolos autores de la
tropelía un tanto tontos por imprudencia temeraria, porque del contagio con
este virus no está a salvo ni el impresentable presidente de los Estados
Unidos, posiblemente el político más poderosos del mundo y lo bastante majarón
como para concebir un plan tan psicopático, así que, de ser él el causante, le
habría salido el tiro por la culata. Pero es que hubieran sido demasiado
tontaina que los chinos rojos si, para contagiar al enemigo, hubieran
infectado, no ya sus propios compatriotas, cosa de la que los creo muy capaces
como ocurre con todos los dictadores o grupos dictatoriales, y en especial esos
capitalistas de Estado sin escrúpulos morales para con el sufrimiento de su
pueblo que son los estalinistas que, hoy por hoy, armados de poder fundamentalmente
económico, están restringidos a ese gigante que es el Estado sinántropo
moderno, sino más bien que hubieran estado tan lilas como para tirarse el
primer petardo virológico justo a la vera de sus más adelantados laboratorios
experimentales de cultivo biológico de esos tozudos microbichos.
Por otra parte, la negligencia y
la torpeza o la falta de seguridad no es algo imposible ni aun con respecto a los más peligrosos experimentadores,
pero me extraña que cuando se trata de armas tan peligrosas y de tan largo alcance
las medidas de seguridad no hayan sido extremas, sean los culpable quienes
sean, bien la CIA de Trump, bien la China (in)comunista.
Por lo tanto, sólo me queda sino ponerme
en lo mejor. No se trata de un arma virológica de infección masiva, que la
Historia demuestra que al final, después de guerras, matanzas, masacres y
desgracias de todo tipo y crímenes contra la humanidad, se descubre que nunca han
existido. No: de lo que sí se trata es que como consecuencia de la dificultad
de erradicación de este tipo de microengendros víricos, que tienen la capacidad
de mutar para regenerarse conviertiéndose en versiones de sí mismos cada vez más
resistentes al más feroz anticuerpo del inmunológico sistema, una de ellas nos
ha desobedecido díscola, y ha asaltado nuestras defensas sin pedirnos permiso,
y en un principio no nos lo hemos tomado lo bastante en serio porque a cosa
tenía toda la pinta de ser un tema perfecto para ser manipulado por la prensa
tendenciosa en manos los crea-crisis o crisígenos
de siempre, para que no pensáramos en sus repugnantes añagazas contrarias al
bienestar de todos los seres humanos, a los que, como ya una vez fracasaron
pero reincidieron al encontrarse con el chollo de “si vuelvo a perder otra vez mis
apuestas y negocios de riesgo sobre deudas no pagaderas e incluso impagables,
no pasa nada, porque le vuelvo a exigir a mis esbirros políticos que me la
repongan con el dineral público de sus contribuyentes”, y puesto que sabían que
esta vez a más de uno iban a pillarnos confesados, y no in albis como la vez primera, y, además, formando parte del
Gobierno de Coalición, quería hacer pagar de nuevo el pato de sus platos rotos,
por lo cual necesitaban cegarnos con un electroimán que atrajera nuestra
atención hacia algo en apariencia más preocupante, y el coronavirus le vino de
perlas.
Pero, tranquilos: la cosa no es tan
grave como parece: Cuba ya tiene una vacuna o antídoto que le ha pasado a China,
y esta se muestra propicia a cedérnosla, y casi ya se ha obtenido otra en a Alemania,
de la que Trump pretende el monopolio para vendérnosla cara el muy ladino;
aunque si no somos demasiados soberbios y tontos deberíamos negociar en vivo y
directo con los cubanos para parar la dichosa pandemia: la vida está por encima
de todo, porque sin ella, obvio, no hay nada de nada.
Y tenemos un gobierno progresista
o, lo que es lo mismo, pro pueblo, o a
favor de las desfavorecidas vidas de los compatriotas a los que gobiernan y no
pro entelequias abstractas como la Patria, Dios y el Rey, entidades por las que
ya se han sacrificado demasiadas vidas en la Historia del Homo (In)Sapiens.
Ahora no es el momento de la
desunión ni de la incentivación de las mezquinas diferencias ideológicas, y es
muy ruin utilizar la amenaza universal para aprovechar la agobiante situación de
un gobierno entre las espada y la pared, a fin de sacar un miserable partido
para nuestro partido: que un gobierno haya tomado la impopular decisión de
declarar el Estado de Alarma para aislarnos de tan virulento virus en nuestras
casas dice mucho bueno de él: no está pensando en votos sino en salvarnos a
todos los españoles, también a sus críticos y aprovechados rivales de malhomía.
Si nos dedicamos a intrigar como
maldicientes y cotillas marujos del mentidero a ver qué sacamos con vistas a
las próximas elecciones, nos estaremos comportando, ya no sólo como pescadores
en río revuelto, de dudosa moralidad oportunista, sino como criminales
contrarios a la Humanidad, mórbidos psicópatas obsesionados sólo con las
ganancias y beneficios económicos de sus Grandes Jefecillos microminoritarios mundiales
y, por ende, colaboracionistas con el Mal.
Sí: colaboracionistas con el
enemigo de todo el pueblo (pandemos, pandemia), no cooperadores con los defensores y distribuidores del
bien común.
Estoy seguro de que el Gobierno
de Coalición, a diferencia de sus opositores, está cumpliendo con su deber. Y a los segundos invito a hacer lo mismo.
Y si no fuera así, si las medidas fueran exageradas o acientíficas o sólo en función de la salud de los ricos o, sencillamente, sólo se trtaba de como pensé al principio, en un asusta-mansos para tener fácil el atropello de nuestros derechos constitucionales, cosa que ahora no me creo para nada, de perdidos,
al río: como de todas formas estaríamos condenados, concentrémonos, una vez
traicionados, ante las puertas de las Instituciones públicas y a cada autoridad
que pillemos démosle un beso de amor en los morros para que se contagien, y
veréis como la sanidad empieza a funcionar en su sentido correcto.
Y, alcanzado el objetivo,
procuremos que sea irreversible.
Laus Humanitate.
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