jueves, 27 de junio de 2019

SOBRE LAS RAZONES DEL GUSTO ARTÍSTICO Y SUS CAMBIOS.


ACTUALIDAD DE ALEIXANDRE.

I.
Siempre se ha dicho que sobre gustos no hay nada escrito, pero todos sabemos que es mentira. Porque sobre gustos no se ha dejado de escribir desde por lo menos la Poética de Aristóteles.
Herrera, por ejemplo, no tenía por buen poeta a quien no gustara de los excelentes antiguos.
Y Don Marcelino Menéndez y Pelayo, era capaz de utilizar el concepto de buen gusto incluso para descalificar a poetas que, por lo demás, y así lo reconocía el eximio erudito, de no haber sido por eso, por su falta de buen gusto, podrían haber sido considerados sin empacho poetas eximios.
La cuestión en cuestión puede parecer trivial, pero es más importante de lo que parece. Oculto en el concepto de gusto se encuentra la única explicación empírica para el concepto de belleza, sin el cual mucho me temo que el arte y, por lo tanto, la poesía no tengan mucha razón de ser ni, en consecuencia, mucha explicación. Pero afirmar tal cosa, como acabo de hacer, es obviamente problemático, porque en el concepto de gusto también se esconde siempre un sustrato ideológico determinante. De hecho Don Marcelino opinaba que algún poeta, Joaquín María Bartrina en concreto, pese a su gracia e ingenio, no era un buen poeta por causa de su mal gusto, lo que para el egregio exégeta era lo mismo que decir que por causa de sus ideas, propias de un ateo y un materialista, cosa que al crítico inquisidor y perseguidor de vidas heterodoxas le parecía contrario a toda norma, incluida la poética.
Y he ahí el problema: que la única manera como puede definirse belleza es apelando al gusto: belleza es eso que gusta, que nos da gusto. Ahora bien: ¿por qué gusta lo que gusta? ¿Y a quién? A mi personalmente me gustan las democracias no confesionales y laicas, pero a Don Marcelino le gustaban los sacroimperios romano-germánicos; y, en fin, a unos, en verdad, nos gustan las mujeres, a otros, los hombres; a unos, el fútbol, a otros la ópera; a unos, Mozart, a otros, el bacalao (¿o es bakalao?); total: que a cada uno le gusta una cosa distinta y a todos imagino que les parecerán hermosas las cosas que les gustan, y feas las que no. ¿Pero cuál es la verdadera belleza? Platón dijo que el Bien, acaso pensando que nos gusta lo que nos resulta beneficioso. Pero aludir a Platón hoy día se sabe que es cosa de supersticiosos obsoletos que todavía no saben que todo idealismo es falaz. Será mejor citar a otro filósofo de mejor reputación. Creo que era el ateo Bertrand Russell el que afirmaba que la belleza, si queremos enjuiciarla desde el punto de vista más objetivo posible, hay que valorarla siguiendo un parámetro evolucionista, es decir: que consideraremos bello todo lo que nos aporte un gusto eficaz respecto al aumento prolífero de las probabilidades de supervivencia, por lo que un perfecto ejemplo de belleza sería una puerca-espín, claro que sólo desde la particular visión de una puerco-espín, perspectiva que yo me niego a considerar universal.
Normalmente se considera que la capacidad de degustación de la belleza artística aumenta en proporción al grado de cultivo intelectual del individuo degustante: cuanto más bruto y asilvestrado sea uno, más gustará del bakalao y el fútbol, y al revés con el gusto por Mozart y la ópera. Pero es ésta una consideración que no hacen precisamente los personajes silvestres, cuya opinión sería más bien la contraria. Después de todo a muchos artístas de fina sensibilidad les gusta el fútbol y al cultísimo Menéndez y Pelayo le gustaba la Inquisición.
Toda esta digresión introductoria ha sido traída a cuento por la razón siguiente: entiendo que es evidente que, dado que la percepción de un objeto, aunque causada por éste, está determinada por la estructura del aparato perceptor del sujeto que percibe, la belleza debe ser localizada, habida cuenta de la diferencia de gustos, más en el aparato perceptor del sujeto que en el objeto percibido.
Y he ahí de nuevo el problema: la estructura interna de lo sujetos cambia. Puede ser cambiada por la educación y el cultivo de las facultades perceptivas e intelectuales, pero puede cambiar también por otras razones. De entre ellas cabe que destaquemos dos: la moda y la ideología.
La razón por la cual un poeta contemporáneo puede encontrar más belleza en Lezama que en Darío puede estar determinada por la moda: Lezama es más moderno que el poeta modernista, porque durante el siglo XX hemos querido considerar que todo lo que se parezca al arte tradicional o clásico no es moderno, y Darío se parece a Baudelaire, a Góngora o a Horacio, mientras que Lezama no se parece a nadie anterior a 1900.
La razón por la que un poeta actual encuentre más belleza poética en Gil de Biedma que en Lezama está seguramente determinada por cierta ideología: Gil de Biedma fue un izquierdista de derechas: un antifranquista rico y señorito que sólo creía en el reino de este mundo. Mentalidad mayoritaria en los tiempos que vigen.
La razón por la que yo no encuentro tanta belleza poética en Gil de Biedma o Lezama como en Darío, son sin embargo, estrictamente técnicas: Rubén Darío hasta borracho dominaba las técnicas del lenguaje poético mejor que los otros dos juntos. Claro que esto último también puede estar determinado por una ideología: uno a lo mejor piensa que la técnica es más importante de lo que en realidad es, porque piensa, un tanto desfasada y retrógradamante, que la chapuza improvisada no es un canon de belleza poética universal y eterna.
Pero lo que me interesa en verdad destacar de todo esto no es tanto la diferencia de gustos que hay entre un lector y otro como la diferencia de gustos que yo encuentro en mi mismo a lo largo de mi historia evolutiva como lector.
Me pasó con muchos poetas a los que leí con ilusión y pasión en mi juventud lectora. Saint-John Perse, por ejemplo, pasó de fascinarme a no suscitar en mí más que extrañeza ante las razones de la antigua fascinación. Es obvio que la propia lectura trasforma la estructura del aparato perceptor, lector en este caso, del sujeto, y el mío parece haber cambiado tal como demuestra mi historia personal como lector de muchos de esos poetas que entonces fueron mis ídolos. Uno de ellos era Aleixandre.

II.
Aleixandre me fascinó cuando joven. Y me pareció más que maestro, gurú, cuando se convirtió en aquella especie de ídolo vivo para los novísimos. Eran tiempos de inocencia lectora, en que uno creía que todo lo que rezumara fama era bueno de necesidad, y que si yo no lo entendía, o si me parecía un pestiño insoportable, o le encontraba maldita la gracia, eso seguramente debería ser porque yo no era un entendido, o no estaba lo bastante entrenado en el trabajo arduo de leer, o mi sensibilidad ante la belleza del lenguaje poético estaba atrofiada, dormida, y había que despertarla con la disciplina.
Empecé a flagelarme rigurosamente con esa disciplina, y acaso como consecuencia de la voluntaria y sacrificada mortificación, llegué a creerme que aquello de las Espadas como labios me resultaba alucinante: me daba así como la sensación de que volaba por paraísos verbales, o al menos por sus sombras. Uno quería ser considerado un entendido, y por eso parecía -le parecía a uno- que uno entendía. Pero se trataba de un mal entendido: uno no podía entenderse con el maestro, el des sus primeros libros surrealistas, porque al maestro surrealista no había quien lo entendiera; es más: el maestro mucho me temo que no pretendiera ser entendido.
La verdad es que, con el tiempo, eso cambió hasta en el maestro, porque sus libros posteriores a La destrucción o el amor fueron más inteligibles para un lector inteligente. Pero no eran esos los libros que me fascinaban, tal vez porque podía entenderlos sin dificultad y eso los volvía sospechosos: no sé quién me había metido en la cabeza que la mejor poesía era la que no se entiende, porque la poesía no le habla a la razón, sino a no se sabe qué, acaso al inconsciente, puesto que el corazón andaba por entonces muy desprestigiado como lector. La verdad es que la mayoría de los poemas que solía leer entonces, no me refiero sólo los de Aleixandre, eran poco propicios al ejercicio del entendimiento, por lo que yo entendí que no tenía por qué entender ningún poema que en mis manos cayera, y acabé por juzgar la calidad de los mismos y su interés ya no en virtud de su oscuridad sino en virtud de su ininteligibilidad, o lo que es lo mismo, su falta de inteligencia.
Pero con el tiempo yo también cambié, de tal manera que un día me descubrí a mí mismo leyendo poemas que entendía sin dificultad. Al principio uno pensó que eso era porque uno había aprendido a entender. Pero no: pronto ví que lo que pasaba era que los textos que ahora estaban de moda y se encontraba uno en las librerías eran textos que perseguían la complicidad con el lector, y que por tanto se entendían bien con él. Textos que con tal de no caer en el oscurantismo vanguardista caían, cierto es, en la clara simpleza de las obviedades sin sentir ningún tipo de vergüenza.
Fue entonces cuando volví a repasar a maestros de la infancia, y resultó que todo había cambiado: los libros del Aleixandre surrealista ya no me fascinaban, ni me decían nada, ni yo tenía empacho en reconocérmelo a mí mismo: ahora me interesaban los libros escritos por el maestro después de la guerra, a partir de Sombra del paraíso, pero excluyendo esa pretenciosidad que se marcó el maestro cuando le llegó, como a todos nos llega, la senilidad, y que pretendían ser Diálogos del conocimiento, libro en donde se conoce que unos personajes dialogan sobre lo que parece que no conocen, o donde no se conoce sobre qué dialogan.
En especial me emocionaban los poemas de Historia del corazón.
Hoy puedo estar seguro de que me interesan unos poemas concretos de Aleixandre diseminados por toda su obra. De la primera época, “Unidad en ella” y todos esos en que la pasión erótica se convierte en ascesis para una suerte de mística panteísta. También esa especie de rebeliones contra la evidencia que aparecen en, por ejemplo, Mundo a solas: “Sólo la luna conoce la verdad/ y es que el hombre no existe”. Versos atinados por cuanto manifiestan como verdad lunática algo que es a todas luces (diurnas) claramente incierto, aparte de expresar mediante su tangencia connotativa verdades diurnas, evidentes, como la insignificancia de la condición humana, rayana en la inexistencia, verdad que, no obstante, sólo conocemos algunos lunáticos. Y enseguida algunos poemas típicos de Sombra del paraíso, porque en la evocación nostálgica de una infancia feliz en la Málaga pre-bélica se encuentra, a modo de crítico agravio comparativo tácito, una protesta contra la injusticia y la fealdad del mundo de la postguerra, extensible a todo el reino de este mundo: la realidad humana. También me siguen emocionando ciertos poemas de Historia del corazón, que me parecen mejores que todos los que del mismo tipo se escribieron en España por aquella época.
En Aleixandre, como en tantos poetas de su generación hay, pues, poemas para todos los gustos. Quizás si alguna vez mis gustos vuelven a cambiar como consecuencia de una saturación lectora que me promueva a la jubilación, quién sabe, a lo mejor hasta acaban por gustarme esos poemas en prosa loquísima que constituyen Pasion de la Tierra.
Por fin, creo que debe reconocérsele al maestro su gusto por la lengua española, de la que siempre hizo un rico uso, a veces acaso demasiado; razón por la que se convierte el maestro en uno de los poetas contemporáneos de obligada lectura, ya que el uso usual que de la lengua se ha hecho después de él ha sufrido una vertiginosa tendencia, salvo en honrosas y prestigiosas ocasiones, hacia el más analfabeto de los empobrecimientos.
Pero insisto: esto último es una visión subjetiva de este sujeto, de modo que con toda probabilidad no coincidirá con la de muchos. Este sujeto, no obstante, hace tiempo que no tiene el menor interés en seguir patrones estéticos que no respondan a sus propios intereses y gustos, y no está dispuesto a degustar productos de mal gusto como consecuencia de las influencias externas. Los externos pueden hacer lo mismo: allá ellos con sus gustos, si se sienten a gusto, pues que la libertad, al menos para mí, es hermosa.
Por eso, en lo que a mí respecta, el gusto es mío.

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