lunes, 1 de julio de 2019

GAYA CIENCIA


No fue sólo el prenio Nobel Louis de Broglie quien intuyera que las ideas de invención y descubrimiento, cuando de teorías científicas se trate, son con frecuencia equivalentes, por no decir sinónimas. Siempre fue llamativo para los entendidos en el asunto que, cuando Albert Einstein intuyó que la fuerza gravitatoria era un fenómeno que tenía su razón causal en la extraña geometría de la textura espaciotemporal, los instrumentos matemáticos necesarios para describir esas extrañas propiedades geométricas ya habían sido inventados por los geómetras.
Las geometrías no euclidianas habían sido, en efecto, inventadas algún tiempo antes, y lo cuiroso del caso es que esa invención había sido gratuita y sin paraqué.
Sencillamente a alguien se le había ocurrido inventar una geometría que, en vez de fundarse en el plano plano de la geometría euclidiana, se fundara en un plano curvo, por ejemplo el plano que constituye la superficie de una esfera. En esa geometría las reglas geométricas de Euclides no sirven: una recta NO es la distancia más corta entre dos puntos: esa distancia tiene que ser curva, supongo que porque en un plano de ese tipo toda recta es imposible.*
Pues bien: el maestro Einstein descubrió que el universo es así: curvado sobre sí mismo, como consecuencia de la deformación combante que todo objeto masivo provoca en la textura del espaciotiempo.
La cantidad total de masa del universo curva el espacio universal porque toda concentración de masa, o sea, todo objeto densamente masivo produce una consecuente deformación del espacio que le rodea, impidiendo así la posibilidad de trayectorias rectas en su proximidades.
Esas deformaciones combantes del espacio próximo al objeto masivo explican el misterio de la fuerza gravitatoria, misterio que consistía en que la concepción de una fuerza ejercida a distancia, sin mediación de nada, es absurda. Desde el momento que se descubre que el propio espacio es la causa de interacción gravitatoria el problema queda resuelto y el misterio aclarado: cualquier objeto que se desplace en línea recta en las proximidades de un objeto masivo se desviará ligeramente hacia éste como consecuencia de la naturaleza curvada del espacio que atraviesa. Conforme se acerque más a dicho objeto masivo la curvatura será mayor: eso explicaría porqué ciertos objetos trazan trayectorias orbitales unos en torno de otros: la mayor curvatura del espacio lo hace avanzar por la única senda posible a esa distancia del núcleo del objeto. Y eso explicaría por qué si arrojamos un objeto cualquiera desde la superficie del Objeto Masivo la cosa arrojada tenderá a describir una línea parabólica que la devolverá inexorablemente a la superficie de donde partiera: porque la curvatura del espacio es tanta que sólo las trayectorias con forma de parábolas cerradas son posibles.
Todo esto, muy trivial y vulgarmente descrito, fueron intuiciones de Einstein que éste no hubiera podido formular teóricamente de no encontrarse ya inventado lo que al final se revelaría como descubrimiento: las geomatrías no euclidianas, que parecían desafiar toda experiencia y que, no obstante, existen en la misma realidad no sólo cósmica, sino también cotidiana y vulgar: porque la gravedad es un hecho que se nos impone a diario aunque no seamos conscientes del asunto: la ley de la gravedad no puede infringirse.
Inventar algo es, pues, descubrirlo: todo lo que inventamos está latente en el universo y nuestro ingenio sólo tiene que darlo a la luz.
Y una vez más y casi como siempre, resulta que esa genial intuición habida por un monstruo de la ciencia vigésima ya había sido sentida, puede ser que tácitamente, por los poetas antiguos, en este caso un tipo muy específico de poeta: los trovadores provenzales del los siglos XII y XIII.
Según Martín de Riquer, la palabra trovador se forma a partir de la voz romance trobar que significa dos cosas a la vez, quizá porque, como ya se ha visto, sean la misma: encontrar, como en italiano actual trobare, por una parte, y por otra inventar, exactamente igual que el verbo latino invenio que significó toparse con, encontrar pero también inventar, que es de ahí de donde procede esta palabra castellana.
Los trovadores se llamaron tales a sí mismos porque fueron hombres dedicados a encontrar cosas a base de inventárselas: sus ficciones poéticas eran descubrimientos: había que descubrir, quitar la cobertura de las apariencias a la realidad para contemplarla tal como uno se la encontraría si estuviese desnuda, descubierta. Y lo curioso es que inventaron algo que fue todo un descubrimiento: el amor. Antes del amour curtois el amor era otra cosa: los trovadores inventaron, o sea, descubrieron un modo de amor que según Denis de Rougmont todavía determina nuestra manera de experimentar tan universal sentimiento. El amor cortés, sensual y espiritual a la vez, existía pero sólo como una posibilidad latente en el psiquismo humano. Los trovadores lo dieron a la luz de los significados.
No es de extrañar que el tema amoroso haya sido durante cinco o seis siglos el tema poético por excelencia, habida cuenta de que fue y es un descubrimiento -o invento- de la poesía.
Sólo la poesía auténtica, la que es capaz de inventar la verdad, puede obrar prodigios semejantes.
Pero no se olvide que cuando yo hablo de poesía no me refiero sólamente a la que los poetas escriben sobre el papel y que es a veces la menos poética de las poesías. Me refiero a esa poesía inherente a todo acto inteligente.
Tal vez ser poeta no sea más -ni menos- que hacer uso de una inteligencia capaz de inventar descubrimientos tan importantes como la razón y las razones de la gravedad y del amor. Y en ese sentido todos -menos los tontos y los fraudulentos- tenemos algo de poetas.
Por algo Dante dijo: "Amor que mueve el sol y las estrellas". Según el divulgador científico Isaac Asimov ese verso del Dante sólo puede entenderse si consideramos al Amor como una personificación de la Interacción Gravitatoria.
Muy bien. Pero ¿por qué no al revés? La interacción gravitatoria como una despersonalización del amor. Claro que esto último lo digo desde un punto vista exclusivamente poético.

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