Pues bien: uno de los más evidentes símbolos logomíticos -o logomitemas-
presentes y entitativos, u ónticos, tomados por reales y, de facto, influyentes
en las mentes alucinatorias que conforman toda mundo social clausurado es ese
fantasma que imperara en nuestra sociedad de nuestro Siglo Áureo y que tanto
preocupó y ocupó a nuestros grandes poetas dramáticos: la honra.
He hablado en mi El
canon en castellano de Lope de V. Carpio, y podría hablar sobre Alarcón
(Ruiz de). En el primer caso, tanto en Fuenteovejuna
y Peribáñez y otras muchas reivindacaba
don Félix el derecho de los villanos, o plebeyos, al honor, a modo de defensa
contra los abusos de los poderosos de sangre noble e innoble corazón o moral.
En el 2º, sobre el que volveré en otra ocasión, basta con recordar cómo
Bermudo, hermano de la dama bajo sospecha de ultraje a la honra familiar, no
duda en proponer la muerte de su hermana junto con su amante mancillador, caso
de que se descubra su culpabilidad. Sin remordimientos de conciencia alguna: la
pureza de la entrepierna femenina entraña el honor de toda la familia, que es
más importante que la vida de su fraterna y sororal poseedora.
Pero es en don Pedro C. de la Barca, y no sólo en El Alcalde de Zalamea -en donde se
continúa el rastro lopesco-, sino en El
médico de su honra, en donde podemos observar con mayor nitidez la
fantasmalidad paranoica del aludido logomitema: la Honra, entendida como Fama,
esclava del Quedirán, o el Quedirá-el-gran-Otro, que son/somos todos los
miembros de la sociedad que estemos sometidos a su autoridad simbológica (por
entender que el mito, o el mitema, no es un mito, sino un logos, una
racionalidad real, objetiva y sensata, con sentido), determina en esta ocasión
dramática a un personaje, Gutierre, el
marido celoso de su honra, a cometer un injusto y trágico disparate: puesto que no se atreve a enfrentarse contra -y
vengarse de- el criminal, el Hermano del Rey, el único culpable del atropello,
por otra parte no consumado, contra su esposa, Mencía, se siente obligado a
lavar o sanar, como un médico, la mancha o herida de su honor, matando, como un
asesino maltratador moderno, a su inocente mujer.
Por salvar la honorabilidad de su noble, o nobiliario, linaje,
relacionado con la legítima heredabilidad patrilineal de sus Títulos y
Propiedades, comete la innoble inmoralidad
delictiva de segar una vida humana, en nombre de su Buen Nombre.
Ese médico se comporta, así lo insinúa De la Barca, como un
mal curandero sangrador y matasanos, sobre todo porque deja claro en la obra que no es esa honra la que está
enferma, sino que es la misma honra la que consiste toda ella en una enfermedad:
una psicopatía paranoide, diríamos hoy.
La honra y su Quedirán, adscrita a, e inscrita en el Superyó
inconsciente del uxoricida, lo ha condenado, por respeto obediente al
logomítico y supergoico gran Otro superestructural, arqutípicamente patriarcal
y fantástico/fantasmático trascendental, a comportarse como una impune mala
bestia.
Y ¿qué dice el Monarca?: bien hecho.
El fantasma, la Entelequia, es más importante que la vida de
una persona humana no culpable de carne y hueso.
Pero lo más trascendental, e incluso trascendente, de este
poema dramático, es que es rigurosamente actual:
¿Cuál es el espectro que ha heredado en nuestra
postmodernidad la categoría de la honra áurea? Se pensará: la mentalidad
machista. Y será cierto. Pero hay más.
Piénsese en el uso que del PATRIarcal concepto de PATRIa
están haciendo los PATRIcios PATRIoteros del CAPITalismo -de latín, Caput,
capitis: cabeza-, esos CABECillas políticos, sus representantes, votados por
sus víctimas. Esa España Una, defendida para tapar fantasmalmente los desfalcos
y latrocinios y fraudes reales de los delincuentes en el poder, siervos de esa
KAPUT, es inconsciente herencia del Caudillo (del latín, CAPITellus, -i:
CABECilla) que nos hace preferir esa, por otra parte, deseable Unidad, antes
que una Justicia Social aún más necesaria, absolutamente necesaria, por
competir a inocentes víctimas -la mayoría del pueblo- de esos CABEZas, ya no de
Familia -como el superegoico título de Papa, santo PADRe, CABEZa visible de la
Iglesia, tan patriarcalista ella-, pero
sí de la Sociedad -y la Tribu- que son los CAPITostes, y sus CAPITanes, tan
manifiestamente Deseantes del domino sobre la CAPITAL, y los/las CAPITales, tan
Deseados –como lo fue el rey fernadp VII) por las hordas masivas de los vulgos votantes
de Populares Voces pópuli Ciudadanas.
Y, por fin, reflexiónese en la lectura analítica “lapsus-lingüística”
que podemos deducir de las ilustres etimologías de esas de ese paparalelismo simbológico
entre los campos semásticos de los archilexemas Padr- y Cabez-: se supone que
sólo los Padres tienen derecho a servir de Cabezas por sólo a ellos les
funciona en tanto que autoridad organizativa del grupo, cuando han sido siempre
las Madres las que han cumplido siempre esa función interna a base dedicar su
MATRImonio y sus vidas al cuidado del macho Cabezón, Padre de sus hijos.
Todo un logomito que entra con El instinto del lenguaje (Pinker) a la hora del inconsciente
aprendizaje de la lengua Materna, junto a cuyo código gramatical penetran esos
valores ideológicos y, como tales y por ende, falsos: un mito fantasmal al que
se le otorga la categoría de existente Ente de Razón.
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