lunes, 17 de junio de 2019

DEL TEMA DE LA HONRA EN EL TEATRO ÁUREO. El médico de su honra, de Calderón.

Como sé, y he señalado en otra parte, que los tecnicismos de Marx, Freud, Jung y Lacan y Durand, han sido apropiados impropiamente por la curiosidad intelectual del que suscribe, hago la advertencia  liminar de que ese uso impropio está asumido por este comentarista, por lo que ya en su momento avisé de que amalgamaba en sintético sincretismo  unos cuantos de esos términos, para hacer desembocar su sentido en algún neologismo propio. Recuerde el alma dormida que Superestructura, Superego, gran Otro, e Inconsciente Colectivo y Fantástica Trascendental, entidades de hecho simbólicas y fantásmáticas, pero existentes, son la raíz maestra que fundan mis conceptos de Simbológica -o Simbologismo- y Logomítica: entidades significativas pero fantasmales que sólo habitan en las psiques de los ántropes asociados dentro de una Clausurura cultural (Castoriadis) regidas (según este filósofo)  por un sistema de SIS (Significaciones Imaginarias Sociales) que yo he querido hacer equivalentes a los matizables palabros antedichos.
Pues bien: uno de los más evidentes símbolos logomíticos -o logomitemas- presentes y entitativos, u ónticos, tomados por reales y, de facto, influyentes en las mentes alucinatorias que conforman toda mundo social clausurado es ese fantasma que imperara en nuestra sociedad de nuestro Siglo Áureo y que tanto preocupó y ocupó a nuestros grandes poetas dramáticos: la honra.
He hablado en mi El canon en castellano de Lope de V. Carpio, y podría hablar sobre Alarcón (Ruiz de). En el primer caso, tanto en Fuenteovejuna y Peribáñez y otras muchas reivindacaba don Félix el derecho de los villanos, o plebeyos, al honor, a modo de defensa contra los abusos de los poderosos de sangre noble e innoble corazón o moral. En el 2º, sobre el que volveré en otra ocasión, basta con recordar cómo Bermudo, hermano de la dama bajo sospecha de ultraje a la honra familiar, no duda en proponer la muerte de su hermana junto con su amante mancillador, caso de que se descubra su culpabilidad. Sin remordimientos de conciencia alguna: la pureza de la entrepierna femenina entraña el honor de toda la familia, que es más importante que la vida de su fraterna y sororal poseedora.
Pero es en don Pedro C. de la Barca, y no sólo en El Alcalde de Zalamea -en donde se continúa el rastro lopesco-, sino en El médico de su honra, en donde podemos observar con mayor nitidez la fantasmalidad paranoica del aludido logomitema: la Honra, entendida como Fama, esclava del Quedirán, o el Quedirá-el-gran-Otro, que son/somos todos los miembros de la sociedad que estemos sometidos a su autoridad simbológica (por entender que el mito, o el mitema, no es un mito, sino un logos, una racionalidad real, objetiva y sensata, con sentido), determina en esta ocasión dramática a un personaje,  Gutierre, el marido celoso de su honra, a cometer un injusto y trágico disparate:  puesto que no se atreve a enfrentarse contra -y vengarse de- el criminal, el Hermano del Rey, el único culpable del atropello, por otra parte no consumado, contra su esposa, Mencía, se siente obligado a lavar o sanar, como un médico, la mancha o herida de su honor, matando, como un asesino maltratador moderno, a su inocente mujer.
Por salvar la honorabilidad de su noble, o nobiliario, linaje, relacionado con la legítima heredabilidad patrilineal de sus Títulos y Propiedades, comete la innoble inmoralidad  delictiva de segar una vida humana, en nombre de su Buen Nombre.
Ese médico se comporta, así lo insinúa De la Barca, como un mal curandero sangrador y matasanos, sobre todo porque deja claro  en la obra que no es esa honra la que está enferma, sino que es la misma honra la que consiste toda ella en una enfermedad: una psicopatía paranoide, diríamos hoy.
La honra y su Quedirán, adscrita a, e inscrita en el Superyó inconsciente del uxoricida, lo ha condenado, por respeto obediente al logomítico y supergoico gran Otro superestructural, arqutípicamente patriarcal y fantástico/fantasmático trascendental, a comportarse como una impune mala bestia.
Y ¿qué dice el Monarca?: bien hecho.
El fantasma, la Entelequia, es más importante que la vida de una persona humana no culpable de carne y hueso.
Pero lo más trascendental, e incluso trascendente, de este poema dramático, es que es rigurosamente actual:
¿Cuál es el espectro que ha heredado en nuestra postmodernidad la categoría de la honra áurea? Se pensará: la mentalidad machista. Y será cierto. Pero hay más.
Piénsese en el uso que del PATRIarcal concepto de PATRIa están haciendo los PATRIcios PATRIoteros del CAPITalismo -de latín, Caput, capitis: cabeza-, esos CABECillas políticos, sus representantes, votados por sus víctimas. Esa España Una, defendida para tapar fantasmalmente los desfalcos y latrocinios y fraudes reales de los delincuentes en el poder, siervos de esa KAPUT, es inconsciente herencia del Caudillo (del latín, CAPITellus, -i: CABECilla) que nos hace preferir esa, por otra parte, deseable Unidad, antes que una Justicia Social aún más necesaria, absolutamente necesaria, por competir a inocentes víctimas -la mayoría del pueblo- de esos CABEZas, ya no de Familia -como el superegoico título de Papa, santo PADRe, CABEZa visible de la Iglesia, tan  patriarcalista ella-, pero sí de la Sociedad -y la Tribu- que son los CAPITostes, y sus CAPITanes, tan manifiestamente Deseantes del domino sobre la CAPITAL, y los/las CAPITales, tan Deseados –como lo fue el rey fernadp VII) por las hordas masivas de los vulgos votantes de Populares Voces pópuli Ciudadanas.
Y, por fin, reflexiónese en la lectura analítica “lapsus-lingüística” que podemos deducir de las ilustres etimologías de esas de ese paparalelismo simbológico entre los campos semásticos de los archilexemas Padr- y Cabez-: se supone que sólo los Padres tienen derecho a servir de Cabezas por sólo a ellos les funciona en tanto que autoridad organizativa del grupo, cuando han sido siempre las Madres las que han cumplido siempre esa función interna a base dedicar su MATRImonio y sus vidas al cuidado del macho Cabezón, Padre de sus hijos.
Todo un logomito que entra con El instinto del lenguaje (Pinker) a la hora del inconsciente aprendizaje de la lengua Materna, junto a cuyo código gramatical penetran esos valores ideológicos y, como tales y por ende, falsos: un mito fantasmal al que se le otorga la categoría de existente Ente de Razón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario