miércoles, 5 de junio de 2019

DEL POEMA DIDÁCTICO CLÁSICO y el Ensayo Poético actual (de El Canon Planetario)

I. Introducción.-

Siempre quise escribir un De Rerum Natura lucreciano aggiornato con el Paradigma Estándar de la cosmofísica vigente y no me quedé descansando hasta que lo hice y lo publiqué en Fuera de Sí (Genesian, 2003; recogido en Gaya Ciencia, Centro Cultural del 27, 2015) y todavía tengo la ilusión de continuar por esa senda, y en ello, estoy; pero, mientras tanto, escribo lo que ya he dado muchas veces en subtitular Ensayo Poético sobre X.
Pienso en el Enuma Elish sumerio que nos cuenta la creación cósmica, y en la Teogonía de Hesíodo, de similar catadura temática, los Peri Phýseos (De Rerum Natura en latín) de los presocráticos, las Geórgicas virgilianas, que como la hesiódica Los Trabajos y los Días tratan de agricultura y ganadería, la parodia ovidina del Ars Amandi, una de la fuentes de nuestro Juan Ruiz y su Libro de Buen Amor, y del Arte de la Putas de Nicolás F. de Moratín, que es otra de sus secuelas, y el fundamental Essay of Man, de Alexander Pope, poema antropológico en alabanza de Newon y su descubrimientos físicos. Y etc.
Y me paro aquí porque esa es mi nueva tentación: ensayar un poema didáctico o ensayístico, que trate sobre el Hombre y la Mujer, el asunto de la antropología, pero más bien desde un punto de vista social y político, desde ahora Antropolitología (con apócope de un feo y repetitivo "po"), y en cierto modo ya lo he ensayado tanto en Sapere aude raps (Litoral, 2018) como en Casandra maudite (Pre-Textos, 2019).
Pero de lo que se trata ahora, según mi ambición literaria como poeta, es de intentar escribir un texto en verso que, sometido a los rigores métricos y formales, como siempre ha sido, se obliguen a exprimirse y expresarse en estilo figurativo, propio de la figuración, o imaginación, propia de las figuras y las imágenes poéticas que, inherentes a los Actos de Habla (Searle) y la chomskiana Competencia de los Códigos Lingüísitcos y de ese Instinto del Lenguaje del que habla el psicolingüísta Pinker.


II.

Breve Historia del Género.-

La poesía consiste en docere et delectare -Horacio dixit-, enseñar deleitando, se suele traducir. Docente es el que enseña, y puedo asegurar, lo sé por experiencia, que hacerlo es un deleite, por lo que la definición del poeta latino atufa a redundancia. Tan gran poeta, empero, no pudo redundar jamás, como no fuera por arte de pleonasmo, de modo que en el dicho del autor de tan bella Ars poetica y didáctica en verso, Epistola ad Pisones, se señala, más que al deleite como método incentivador o motivador de aprendizaje, a la docencia como fuente de deleite: la enseñanza, si es vocacional, es tarea propicia al entusiasmo, al menos para el maestro, si bien el entusiasmo del maestro es, como se sabe, empáticamente contagioso para el discípulo: si enseñar es gustoso, lo será por el punto de poesía que tenga la didáctica.
Primero: porque el que enseña -de verdad- aprende de sí mismo, pues sus explicaciones implican un esfuerzo de organización conspicua de los propios conocimientos, que desemboca en la claridad semántica de las propias ideas y proposiciones respecto de las informaciones aprehendidas por los propios sentidos, y de los propios conceptos aprendidos -en tanto que ya gestados-, y que son los elementos de toda teoría, concebida (conceptos mediantes) para engendrar clases de conjuntos conformados por los bits que nuestra percepción nos haya ministrado.
Toda didáctica auténtica es autodidáctica. Y aprender es un deleite. Salvo para quien, como dijera Huarte de San Juán allá por el siglo XVI en su Examen de ingenios, jamás quiera ser enseñado: no podrá aprender nada aquel díscolo discípulo que se niegue a aprender, cosa común y habitual para el palurdo y el bruto que, ya lo dijo Machado, desprecia cuanto ignora y, así pues, no acepta ninguna disciplina. También lo dice Blumenberg, comentando a Platón y su caverna: quién tuvo la fortuna de ver la verdadera realidad, de interés para tan pocos, jamás será creído por los pobres esclavos doblegados por el hábito, que es, como se sabe, una segunda Naturaleza; la primera dicta sus inexorables leyes físicas como la otra dicta las leyes consuetudinarias de la experiencia habitual que, si confiere algún conocimiento, siempre será rudimentario y a todas luces ingenuo y superficial, administrado por una tradición cultural hecha de prejuicios convencionales, a veces tan incultos -por silvestres- que acaban reduciéndose tan sólo a la que rige la unidad emblemática del grupo o de la tribu (Bacon dixit), necesaria para sobrevivir en mundos sociales donde impera una única ley: la del más fuerte. La unión hace la fuerza: las cosas son como decimos nosotros y los nuestros, que somos los buenos. Y los demás, los bárbaros, son enemigos potenciales: son los malos. Los esclavos del hábito expulsarán al maestro de la comunidad y lo tomaran por orate de peligrosa catadura, sólo porque sus enseñanzas no encuentran hornacina entre sus ídolos.
Y segundo: porque el que enseña de verdad a veces encuentra la respuesta de un pupilo dócil -palabra cuyo étimo porta el mismo lexema que docente-, que, dada su docilidad, su dejarse enseñar, termina haciendo preguntas inteligentes e interesantes que establecen un diálogo con el educador (del latín educare: guiar hacia fuera ─hacia el objeto) quien, obligado a reflexionar, ha de usar la herramienta del lenguaje para poner sus ideas en orden y concierto, estableciéndose así una harmonía de curiosidades intelectuales y saberes compartidos en diálogo.
Salvedad hecha de las primeras obras didácticas, escritas en verso, desde la Teogonía a De rerum natura, pasando por todos los Peri physeos de los presocráticos (Parménides, Empédocles, Jenófanes…), los primeros escritos didácticos en prosa, si olvidamos los aforismos de Heráclito o Demócrito, fueron los diálogos de Platón que, modelos de las comedias humanísticas del Renacimiento (los Valdés o Mejía o Fray Luis por ejemplo), incidieron en ese deleite de la conversación argumentada racionalmente como método de investigación deductiva sobre temas a veces insondables e irresolubles por la mera razón misma. Pero, casi a la vez que la comedia humanística, el XVI dio a luz un nuevo género didáctico que, a partir de Montaigne, tomó el nombre de ensayo.
Ensayar es probar a ver qué pasa. Un ensayo es una prueba. A ver qué sale. El sujeto ensayista se enfrenta con el objeto/mundo, o sus ideas sobre él, desde su propio punto de vista subjetivo: no se buscan tanto verdades universales y objetivas como conceptos válidos para la vida y la superviviencia: ensayo y error son los medios más prácticos para enfrentarse con lo desconocido, siempre que no se arriesgue uno demasiado y sepa columbrar el error desde lejos para poder rectificar la orientación de la andadura, antes de sea demasiado tarde y hayamos caído en la trampa voraz de un espejismo o una fata morgana.
Sólo cuando se persigue una verdad universal el ensayo se convierte en tratado. Y, aunque los primeros tratados no distaran mucho del género didáctico primigenio, puesto que eran dirigidos a un aprendiz concreto, como en el caso del propio poema de Lucrecio y de tantos escritos semejantes en prosa -lo cual hace aparecer el subgénero epistolar como muy oportuno al objetivo pedagógico- pronto empezaremos a encontrarlos dirigidos al potencial público lector, a quien no pocas veces se apela vocativamente en singular y tildado de curioso, hasta que tal costumbre quede relegada paulatinamente a prólogos y prefacios rematados con un Vale, y con el tiempo ni siquiera a eso. Así por ejemplo los escritos filosóficos de un Spinoza, su delicioso y rotundo Tratado Teológico-político y en especial su Ética demostrada al modo geométrico, todo un sistema de razonamientos lógicos empeñado en demostrar las verdades del espíritu con rigores matemáticos encaminados a rechazar toda posible refutación, y que en el fondo no demasiado pedagógico, por tratarse de una lectura difícil para los no iniciados.
Arte magna es el Tratado y no con poca asiduidad se ha confundido tal grandeza con el tamaño del escrito que contiene el sapiencial sistema de proposiciones coherentes que, conformando una teoría, producen obras de erudición que son modelo de tesis doctorales. Pero bueno es advertir que el volumen del libro no tiene nada que ver con su grandeza, ya que ésta nunca fue referida al espacio que ocupa el objeto físico llamado libro, sino a la magnanimidad y trascendencia cultural –antroposémica- de las ideas que en él queden expuestas y significadas. Aún así los estudios eruditos que no necesiten abultados recipientes, si no más bien lo contrario, breves textos sintéticos, acabarán, por su tamaño, denominándose artículos, cultismo latino que podría traducirse etimológicamente como artecillo, arte menor –o mínimo-, o de menor –o poca- erudición, porque el cúmulo abarrotado de los datos nunca serán ahí lo más importante, sino que su relevancia se hallará más bien en sus pocas ideas temáticas sobresalientes o centrales y directrices y en su organización argumental llevada por un arte estilística no sólo inteligible, sino por ende inteligente.
Finalmente, con el invento de la prensa y el éxito darwininiano y tecnológico del concepto de información, artículo será todo texto más o menos breve que contenga alguna novedad informativa interesante (valga el sintagmático trío recíproco de horacianas redundancias, no siempre obvias), y eso sucederá tanto en la prensa popular como en las revistas más especializadas, si bien en inglés todavía damos su valor originario al término essay que podremos traducir por artículo, aunque más justo sería usar en toda lengua el vocablo correspondiente al castellano ensayo.
El ensayo, escrito esté en la lengua que sea, siempre será el más genérico género o subgénero didáctico y el más cercano a lo artístico y por tanto a lo poético, y esto es así porque es el espacio textual más libertario que uno pueda permitirse, sea cual sea su estado; es como la novela en tanto que subgénero narrativo: en ambos cabe de todo. Y por ello es su grado de creatividad (originalidad, figuración estilística y recursos del ingenio) lo que más y mejor puede definir, antes que su longitud, su carácter y personalidad de subgénero. Y un síntoma de ello viene dado por el grado de abundancia mayor o menor de su llamado aparato crítico, uno de cuyos signos delatores son las notas a pie de página; no suele fallar: a más notas al pie, más erudición y menos genialidad. Y viceversa.
No obstante nada de esto quiere decir que la erudición o la crítica no sean necesarias ni aun imprescindibles, y no pueden en consecuencia faltar en los estudios, más cuanto más exhaustivos sean. Pero, como tanto y tan bien se sabe, el exceso de erudición no pocas veces ahoga la poesía, impidiendo así el desarrollo del genio, y es que en el fondo todo aparato crítico indica cierto complejo de inferioridad o al menos cierta prudencia rayana a veces en la pusilamidad, quiero decir en la falta de audacia: temer demasiado al ridículo produce la sordidez plúmbea de una complicada simpleza, del mismo modo que no temer al disparate fecunda y fertiliza el talento para la ideas novedosas, realmente informativas, en todos los sentidos. Claro que sin el freno erudito de la autocrítica todo sería un puro disparate con sólo la utilidad de la curiosa diversión absurda: de hecho toda crítica busca, al menos en principio, poner al objetivo del estudio en brete hasta no poder más, de modo que el residuo que quede después de tanto combate contra la falsedad sin sostén propio, sea el de una mínima pero valiosísima verdad indiscutible, puesto que en ese punto ya se habrá discutido todo lo que sea posible discutir.
La crítica literaria actual, sin embargo, adolece de ese espíritu radical, de raíces de las que árboles y bosques y selvas luego brotarían, porque hoy día la crítica, y en especial la reseña suele ser siempre encomiástica, y no pocas veces basada en razones no literarias, puesto que los libros criticables suelen ser condenados por juicio sumarísimo a la ignorancia activa, sin que se pongan de manifiesto las razones de su condena a la muy censurable y absoluta censura de su irreconocimiento, o síndrome de su oficial inexistencia.
Pero es claro que no era ese su espíritu originario.


III. Notas sobre algún modelo.-

José Bergamín: uno de los ensayistas más creativos del siglo XX, basó su arte en un estilo aforístico a modo de variación sobre dichos populares, proverbios y refranes, retorcidos y exprimidos con nuevos giros de tuerca que dieran un jugo superior y exquisito: en Don José el lenguaje es una fuente de sabiduría: dejar hablar al propio lenguaje siguiéndole su juego y haciéndole dar a luz todas sus posibilidades expresivas, comunicativas, dan en un diálogo con todo el patrimonio cultural organizado que en ese lenguaje mora y que con ese lenguaje se sujeta, convirtiendo su método en una eficacísima herramienta del pensamiento poético, y al ensayista en posiblemente el más inspirado de cuantos a menudo pasaron por Litoral –e, insisto, el XX (es lo mismo)-, que le dedicó, tal como se merece, muchos números.
María Zambrano: la filósofa de la razón poética, será su justo complemento a modo de fundamentación del método del anterior ensayista. Llega ella a hablar aquí de la libertad como algo que debe revelarse al ser humano, tal si fuera una suerte de diosa no alcanzable por la mera razón, si no se cuenta con el apoyo de la poesía; y debo decir que me parece justísimo su testimonio, porque los seres humanos no conocemos a esa diosa, como no sea por huellas que la imaginación poética humana haya dejado por aquí o por allá. Hemos inventado o descubierto (es lo mismo, dice la buena heurística) conceptos como libertad y justicia, y todavía tenemos que perseguir su entidad o su ousía, su sustancia y su esencia, que no acaba de revelársenos, porque con qué facilidad se nos escapa. Todas las divinidades necesitan de su poeta, su intérprete creador de artificios semánticos y lingüísticos que sirvan para mostrarla a los miopes y estrechos de mollera, y la filósofa de Vélez así lo defendió siempre, constituyéndose ella misma, acaso sin darse cuenta, en uno de los divinos portavoces de quienes tanta necesidad tenemos, según la sabia predicaba.

Y hay más, claro: todos los textos poéticos y literarios clasificables en género aparte (pienso en Rafael Pérez Estrada) de los que se puede aprender más que de cualquier otro ex professo diseñado a tal fin, siempre que doña Imaginación, la trujamana universal, nos guíe por esos Mas Allás de vértigo, sólo aptos para los que se aventuren por vocación a los abismos que se abren al otro lado del Non Plus Ultra.
Ésa es, o debería ser en el fondo, la verdadera función de todo genuino ensayo, porque no es legítimo ni provechoso enseñar obviedades ya sabidas a un lector que, por serlo de ensayos, ha de suponérsele culto; no: un ensayo debe ser una investigación que el ensayista lleva a cabo merced a los artificios que el arte ensayística pone a su mano, a los que se añadirán aquellos que el ensayista mismo debe inventar por medio de su ingenio poético, para con ellos descubrir él mismo verdades que ni él mismo sabía antes de iniciar su investigación, de tal modo que mediante ese acto autodidacta los lectores aprendan de su ejemplar ejercicio el camino de la nueva revelación propuesta; por lo que cabe decir que el mejor ensayista será aquel que combine en sí mismo de modo sintético su doble naturaleza de poeta y de filósofo.


V. 1ª conclusión.-

Los mejores ensayistas serán, pues, los que, usando de los datos de la erudición a la vez que de los restos que permanezcan incólumes después del ataque de la crítica más carnicera, se den con ellos al juego del lenguaje (sostén semiótico de los significados y conceptos, y sostén semántico de los sentidos proposicionales -y textuales-), juego que no tiene más remedio que contar con las reglas de la razón (que dependen, como se sabe, en alto grado de la sintaxis de la lengua) pero que deben aspirar al alcance de esos ideales ocultos que sólo una imaginación inteligente será capaz (cuando el ensayo no haya dado en error -cosa que también sería válida, porque indicaría un camino que no se debería volver a seguir-) de alumbrar y vislumbrar, y que podrán convertirse en hipótesis de trabajo para estudios experimentales posteriores que puedan demostrar, sino su verdad, al menos su provisional verosimilitud.


IV. Mis propuestas.-

Para no extenderme demasiado:

1) Cualquiera que tenga la amable curiosidad de ojear alguno de los ensayos que he publicado, recúperándolos de viejas hemerotecas, en mis blogs,  éste y El Baúl de Fortuny, y alguna cosa más que reste en el Blog de Fortuny de Los, podrá comprobar que se caracterizan, si bien siempre fundamentados en las datos más contrastados por la ciencia de vanguardia o más admitidos por la comunidad científica, por un alto grado de especulación que frisa en la fantasía. La Imaginación Poética es para mí un modo aproximativo de intuición de la Verdad, como, a su modo, lo fueron los mitos: un mito en síntesis con la razón es una criatura híbrida que aúna 2 de los métodos más potentes de la Búsqueda de Sentido, que empezó con el nacimiento de la Humanidad, sumultáneo del Lenguaje.

2) Pero también habrá podido comprobar cómo con el ejemplo he predicado la reivindicación de un subgénero poético didáctico: el del poema más o menos breve, en verso, que de un modo menos fantástico, reflexiona analíticamente sobre algún asunto de mi interés. V. gr.: "Filosofía de la Historia" o "España, s. XXI", aquí mismo hojeables.

Y 3) Y abundando en ello, en la onda del Essay on Man, de Alexander Pope, por humilde imitación de este tan poco leído Maestro, algo similar a lo defendido en el punto 2, pero de más extensión, que amplíe los horizontes del discurso filosófico.
Mostraré resultados aquí mismo, si los dioses me son propicios.

Vale.




No hay comentarios:

Publicar un comentario