Decían
los esbirros de las élites,
mientras caían
sus desahucios, bólidos
que todo hogar convierten en sepulcro,
guardadas sus espaldas por satélites
políticos,
la escoria de su pulcro
beneficio a recaudo: «Ya
no hay sólidos
negocios: no se puede
mover el Aparato, porque hiede
a caos».
Y les dije: «Dadme
un fulcro
y moveré
este mundo». Y,
tan estólidos
como animales de rebuzno y coces
ante lo que dijera el sabio Arquímedes,
mandáronle
decir al Portavoces:
—No
hace falta, expiatorio, que tú a mí
me des
consejos sobre cómo
se administra
tu renta, que tu ristra
de soluciones a la cruda crisis
son sólo
solución de electrolisis
para las viejas estructuras clave
de las Corporaciones Económicas,
sostén
de todo: sólo üno
sabe
cómo
se hacen las cosas, aunque cómicas
resulten a tu cínico,
crítico
humor. La crisis sí que
es crítica.
Y tu crítica
roja está ya artrítica
por vieja y fracasada y obsoleta.
Eres un caso clínico:
Vuelve al redil, a nuestro sacro Templo
de la patria, poeta so pro ETA.
—¿Pro
ETA, yo? ¡Quién
dicta ese dicterio!
¿Acaso
en alta fiebre me destemplo
de vïolencia
contra el suelo patrio,
ése que
es cuartos en el vasto atrio
—el
Arca del Imperio—,
roque sin techo de tu Dánae
ávida
de la áurea
lluvia del logrero Jove,
que, por más
que nos robe, sigue impávida,
sin terror a ese embate
que tras dejarla, como Banca, grávida,
a un Perseo para,
que a tus monstruos mate?
¿Y
aludes a qué
patria?: ¿a la raquítica
y empobrecida por tus malos tratos,
o te refieres a otra patria, adversa,
de correcta política?
Nos hartan ya tus argumentos chatos
que hacen sentido sólo
en viceversa.
Sólo
quieres sostenes,
no para los pilares de los Bienes
Comunes de tus pueblos, los patriotas
verdaderos, sino para las ubres
ubérrimas
que encubres
para dar de mamar a tus compinches.
Mira, tú:
de pelotas
adeptos al Padrino hasta las mismas
estoy; no me las hinches
ni me toques las trompas de falopio,
que mi razón
abismas
en depresiones y en hiperestesias.
Yo a tu Templo no voy ni harto de opio.
Hay más
Iglesias.
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