jueves, 30 de mayo de 2019

PROYECCIÓN DE CULPAS (y Otras Lacras).

Ensayo poético de un estudio psico-antropológico y social del los Chivos Expiatorios (Podemos, Venezuela, Cataluña) como Comentario Introductorio a El médico de su honra, de Calderón.

(*Nota previa: uso, por impedimentos técnicos, asterisco tras paréntesis en lugar de Nota al Pie.)


I. (Exposición)

He vivido con intensidad, y no sólo una vez, el fenómeno psíquico de la Proyección de Culpa, estudiado por Freud y Lacan, pasando por la Gestalt. No me refiero, por supuesto, a ninguna vivencia propia en tanto que Protagonista de la Acción Proyectiva, cosa de la que no podría ser consciente sin ayuda externa, sino, ya no sólo como blanco o diana, o chivo expiatorio, de la psico-peli proyectada, en efecto sobre mí por el causante o dire de la misma, sirviendo este servidor de Vds. como involuntario intérprete del papel de fortuita y especular pantalla escogida al azar para la Ocasión, sino también como objetivo de una agresión previa sobre este sufrido menda por parte del que luego sería proyector de su culpa en su propia víctima, siendo así que en ese momento mi humilde persona era ajena al tema sobre el que me dispongo a ensayar una aventurada hipótesis.
Como no es éste un ensayo dictado por el rencor, no describiré ningún caso clínico en concreto, máxime si exhibo una, al menos, mucho más que mínima vergüenza si confieso en público que no soy psiquiatra ni psicólogo ni psicoanalista profesional, sino un mero y curioso investigador que ha leído cuanto le ha caído en manos, y alguna cosa más, respecto de lo cabría ser englobado dentro del lato y laxo concepto de alma o psique humana, estudio necesario cuando se aspira a filantropólogo, si se me permite el neologismo de cuño propio, o si prefieren el aparente oxímoron: antropólogo de la cultura escrita; pero aun así, lo advierto, voy a echar mano de tecnicismos que de aquel campo provienen, y de algún otro, si bien adaptados a las intenciones de mis torpes entendederas.
(*Verbi gratia: hay tres conceptos psicoanalíticos que aunque terminológicamente no coinciden, según el uso que de ellos hicieron los que los acuñaron como tecnicismos, yo he reorganizado semánticamente aquí, apropiándomelos y haciendo, por ende, un uso impropio o heterodoxo de los mismos: Marx acuñó el termino Superestructura, para referirse a ese brote ideológico -ético, religioso, etc.- que, enraizado en la en la Estructura de la materialidad económica, refleja el social conflicto de la lucha de clases que toda sociedad implica, dando lugar no sólo a la Explotación de los muchos por unos pocos, sino también a la Alienación (su acepción tanto psocoanalítica como marxista) de los Oprimidos; Freud acuñó el término Superego, queriendo referirse con él a esa presencia que integra parte del Inconsciente de la psique humana, y cuyo prestigio (en el sentido, o casi, mágico de la palabra) se nos impone como autoridad juzgadora y moral de nuestra conducta; y Lacan hizo lo propio con el término Gran Otro, entendido como un reticulado simbólico, extraño al orden de las causas físicas, cuya prestigiosa Autoridad inspira casi totalitariamente nuestro comportamiento y personal mentalidad, cuyo Ego preconsciente siempre se halla en íntimo conflicto con Aquella, siendo la única solución de dicha contrariedad el Autoengaño, para eficaz engaño de los otros que, identificados por nosotros con ese Otro, nos someten mediante nuestro miedo a su qué-dirán.
Yo he querido siempre ver, y no soy el único, en esa tríada un trío de vértices interconectados en un triángulo: porque, si bien el Superego, que se pliega la marxiana Superestructura de forma, de nuevo, conflictiva, suele estar, otra vez, en conflicto con el gran Otro, es precisamente esa conflictividad lo que caracteriza la relación entre esas 3 instancias.
Un ejemplo: la Autoridad ética del gran Otro tiende a predicar la pecaminosidad de la promiscuidad sexual pero, en el caso del semicionsciente del Macho, el Superego prestigia la conducta contraria, y en el de la hembra lo contrario a lo dicho. El mujeriego, así pues, está mal visto, pero el Don Juan Arquetípico, más propio de la Fantástica Trascendental de Durand que del Inconsciente Colectivo de Jung, siempre se nos exhibe como ejemplar modelo.)
De modo que inventaré la ficción de un/a paciente comodín que reúna los síntomas característicos del trauma.
Imaginemos una persona que ha sido múltiples veces objeto de nuestra desinteresada generosidad. Viéndola acosada por la necesidad y la postración del abandono, y no con poca frecuencia solicitados por ellas, les hemos hecho una serie de favores y prestado ayuda y dinero que jamás nos ha sido devueltos y que por otra parte no nos esperábamos que así fuera, porque, dada la precariedad de su ruinosa situación, prestábamos dinero y ayuda a fondo perdido. Imaginemos que, viéndonos nosotros en situación más o menos semejante, hemos solicitado su favor, y éste nos ha sido denegado, bien por imposibilidad, bien por su alto grado de dificultad. Hemos resuelto nuestra problemática acudiendo a otros remedios y remediadores, y hemos olvidado la negativa del anterior favorecido. Pues bien:
1) El favorecido en cuestión, a la primera oportunidad se comporta con nosotros deslealmente.
2) El favorecido, que no hace favores ni los devuelve, dado el caso de que se lo solicitemos por gratitud, nos echa en cara nuestra racanería, conferenciando desde su cátedra de ética o sermoneando desde su púlpito que “los favores si se hacen con la intención de que sean devueltos al favorecedor no son favores, sino baja y ruin transacción comercial impropia de un buen amigo” y que esa exigencia de devolución es ajena a sus obligaciones y deberes, porque los favores de los que los favorecedores hayamos hecho prestación a los favorecidos se hicieron so la responsabilidad de una voluntaria decisión que sólo compete al libre albedrío de cada tomador de decisiones.
3) El favorecido acusa al favorecedor de ser, por soberbio y egoísta, asquerosamente ingrato con el don de su amistad traicionada, por estar el acreedor más interesado en la recuperación de su deuda que en la gracia y mercedes de su propia y amigable persona.
4) El favorecido acusa al favorecedor de estar en deuda con el deudor, habida cuenta de tantos favores por él prestados a fondo perdido y sin obvia devolución.
5) El favorecido acusa a su favorecedor de ser una piltrafa humana que, desde el punto de vista moral, ejerce la desvergüenza y desfachatez de imputarle ingratitud a él, el deudor, cuando tanto favor el acreedor le debe.
Y 6) El favorecido acusa a su benefactor de haberse aprovechado de su inocencia.
Corolario: el favorecido acusa al favorecedor de haberle prestado a éste favores llevados a cabo sólo en propio interés y, asimismo, de haberse aprovechado de su -de aquél- generosa amistad desinteresada.
Por supuesto que esta actitud tiene muchos registros y se da en todo el mundo: pero hay serias diferencias, abismales, en el grado de su gravedad y su agudeza.
La culpa pesa, y su carga no se soporta ni aguanta con levedad, por lo que antes de enfrentarnos con el remordimiento que implica, preferimos exonerarnos de su gravamen escupiéndola sobre el vecino, y aún mejor y más eficaz resulta si ese prójimo es el favorecedor con que el favorecido se niega a estar en deuda.
No sé, dado que, lo ha dicho suso, no soy especialista, si fue Freud el primero que llamó a este fenómeno psíquico Proyección. Pero sí sé que el término ha hecho fortuna en el psicoanálisis: se trata de hundir y lastrar en el Subconsciente o en el Ello, o en el Inconsciente, como prefería llamarlo Jung, lo que nunca ha querido ser dolorosa conciencia de Infelix Culpa
(*invirtiendo el sintagma de s. Agustín, cuando hablaba del Pecado Original del que nos redimió Cristo, un trascendente Cordero que quita los Pecados de todo el Mundo, padeciendo el justo castigo en lugar del Pecador -no lo olvidemos-), una culpa que impediría el ápice de narcisismo o amor propio que es inherente a todo ego para su supervivencia -y evitación de síndromes depresivos por falta de autoestima-: un ego, especialmente en el caso que estudiamos, que niega sus defectos con el arte (7º) de verlos, y mirarlos, reflejados en el Otro.
Y escribo este pronombre indefinido con mayúscula por hacer precisamente alusión a Lacan: el lacaniano y marxista Slavoj Zizek (la máquina no me deja colocar los signos diacríticos, ^, sobre la zetas), uno de los filósofos actuales de más enjundia y lucidez de entre los que yo conozco, en su Lacrimae Rerum, una colección de ensayos sobre cine, reflexiona sobre el tema que nos ocupa elevándolo, si no al Inconsciente Colectivo -cosa que yo sí-, a categoría social: si el gran Otro -en terminología del psicoanalista francés-, según las propias y divulgativas palabras del filósofo esloveno, puede entenderse como la trama o urdimbre simbólica a quien sentimos que debemos obedecer como Autoridad, y de ese modo nos exime de la responsabilidad de obrar y pensar libremente, la propensión que se da en este postmoderno presente, propia de una vulgar cultura de masas, a negar toda autoridad que no sea la Propia Opinión, a menudo infundamentada en datos o información contrastables o fidedigna, resulta y desemboca en paradoja: se le acusa al Otro, la Autoridad simbólica
(*yo la llamaré Simbológica, para evitar usos indebidos de conceptos ajenos -e impropios-, puesto que, parafraseo a Durand de nuevo, todo Mito es Símbolo narrativamente desarrollado -e incluso podríamos, siguiendo a Roque Rouger, por inspiración de Hugo de Los, que os presenté en mi Sapere aude raps, Litoral, 2018, llamar Logomítica: la Razón del Mito, del Mito de la Razón, o las razones, en el mejor de los casos, o las excusas, en el peor, que justifican nuestra creencia en el Mito Oficial de la Cultura a la que pertenezcamos, y que funciona para la mayoría y la media aritmética como verdad irrefutable, no-falsable, como calificaba Popper de todas las teoría acientíficas)
de tener la culpa no sólo de no existir, sino de no haber existido nunca.
Así pues, el Fantasma (Dios, o cualquier otro “Gran Relato” ideológico) es el culpable de nuestras insuficiencias.
La cosa no puede ser más necia, desde luego. Pero es lo que hay. En nuestra psique.
Es habitual y estadístico: gran parte de nuestras decisiones está arraigadas en el freudiano y subconsciente Id.
No somos conscientes de que, por ejemplo, cuando votamos, o simpatizamos con una opción política o ideológica, no lo hacemos después de un análisis que nos encauce a un juicio racional fundamentado. Somos del Madrid o del Barça, manque pierdan, o de derechas, centro o izquierdas, o fascistas o demócratas, por lo mismo. Y todo tiene que ver, en última instancia, con la sensación de seguridad que da la Pertenencia a un Grupo. Es algo paleo-antrópico. No tenemos feroces colmillos ni garras, ni veneno ni telarañas, ni camuflaje ni gran velocidad ni gran tamaño ni etc., y el grupo que nos acoge es nuestra protección y defensa, y su unión o cohesión la fuerza de nuestro ataque. La primera educación en la familia nos determina o influye, bien sea siguiendo una herencia ideológica, bien por reacción en contra de una autoridad paternal que nos resultara asfixiante y que, por ello, provocó en su día un ruptura generacional y drástica.
Y lo mismo pasa con otras actitudes vitales. No soy culpable de mis fracasos: lo es la Mala Suerte. O, y aquí tocamos llaga y fondo, una Conspiración Secreta (de Judíos -para los nazis-, de Rojos -para estos y los Capi-, de una Mafiosa Cúpula Capitalista -para los Comunistas-, de ¡Extraterrestres! -incluso-). Del Diablo: del Enemigo.
Y esa es la cuestión: al enemigo se le necesita, primero para que cargue con la Culpa de Todo, y segundo para justificar nuestras malas acciones -nuestra inmoralidad o, en términos sociales, las injusticias que se cometen contra los oprimidos, cosa que cuando los oprimidos se las creen, a consecuencia del Terror a ese Adversario Fantasmal, terminan postrados ante el Ídolo que representa el poder de los gobernantes corruptos y prevaricadores: “…que es cosa fácil para ser creída/ lo que es del engañado deseada.” (Félix Lope, Corona trágica. Cátedra, 2014)
Y, aunque sabemos que los fantasmas no existen sino como alucinaciones, el mecanismo psíquico funciona con igual eficiencia.
La mayoría mediana de la gente, por ejemplo, no le perdona a Podemos una minucia, pero le perdona a la Derecha todos sus delitos y sus crímenes de corrupción, porque el nuevo grupo está proyectivamente demonizado como el gran Culpable de Todo, o es fácil su demonización si se emplean métodos pantuflos de propaganda a la Goebbels, e incluso se usa a una policía ilegalmente (en toda democracia) política para crear pruebas falsas que calumnien a los nuevos opositores.
Pero aquí hay un solo culpable. Que es plural. Cada uno de todos aquellos individuos que proyectan sus miserables faltas en el primer inocente que su pecado mortal elige como víctima propiciatoria.


II. (Conclusión)

La urdimbre simbólica, o sombológica, o logomítica, fue aludida por otro filósofo mayor, me refiero a Cornelius Castoriadis, con las siglas SIS: Significados Imaginarios Sociales. Estos SIS deberían de equivaler al Otro de Lacan -y Zizek- en tanto que todo significado y toda imaginación son fenómenos psíquicos y, en este caso, como que citado, sociales. En torno a ellos, según el pensador heleno, se establece una Clausura en que, puesto que funcionan en su interior como verdades absolutas para la sociedad en que vigen, impide la perversas influencias de los errores de exterior -los bárbaros, los comunistas, o los capitalistas para estos- o las falsedades de los extraños del interior -los judíos. O los podemitas, o la Venezuela de Chávez y Maduro, gran Cabra Expiatoria de Occidente, o los independentistas que quieren extrañarse de la Unidad Española.
Por otra parte, el antropólogo René Girard en sus estudios sobre el concepto de Chivo Expiatorio nos da una lección: cuando alguien no puede protestar o contestar a un Representante legítimo de la Autoridad, que es sagrada como núcleo de la clausura SIStemática de una cultura, suele pagarlo con la primera víctima que le sale al paso en su micromundo, ya que, por ser aquél Alguien un Superior en Jerarquía, no puede contestarle rebelándose, so pena de perder empleo o cualquier otra cosa: así que le da una patada a su perro o maltrata su mujer, que ipso facto pasan ambos a jugar involuntariamente el rol de cordero (de Dios) que quita su pecado de impotencia, frustración o cobardía.
El pequeño (otro) paga. Y cobra. El débil se desahoga con el más débil y, por tanto, indefenso.
Pues bien:
Los partidarios de la Autoridad en Clausura, pese a negar toda autoridad que no provenga de su opinión, dogma enraizado es su más inconsciente pánico a la soledad, consecuencia de la amenaza de exclusión del grupo al que se acoge para sentirse protegido ante las inclemencias e intemperancias de lo extraño, son siempre contrarios de lo novedoso, porque lo nuevo es siempre distinto de aquello a lo que los tiene acostumbrados la Clausura de los SIS. El gran Otro, responsable no reconocido, por su inexistencia oficial, de sus actos, pasa en la diegética cronotópica del drama social logomítico a ser representado por ese parvulus alter. Todo partido nuevo es ajeno, si no representa los SIS del gran Otro, al hábito, o a las costumbres (Mores) internos de la clausura. Y se convierte, ipso facto, en candidato ideal a chivo expiatorio, o cordero del dios inexistente (en tanto que gran Otro).
Es el papel que juega, como susodije, Podemos, por una parte, y los independentistas, por otra, en España, y Venezuela en Occidente, en drama logomítico de los alienados (en ambos sentidos, marxista y freudiano) de sus propios intereses -por la propaganda del Poder-, contra el que no se rebelan por miedo (a lo bueno por conocer) y los hace fans de los Causantes de su mal. Causantes, sí, pero no Responsables, porque en una sociedad democrática el único responsable de las injusticias sociales que el poder ejerza es la mayoría media -aritmética- o mediana, mediatizada mediáticamente, del pueblo votante.
Si, concentrándonos en el plano individual, volvemos al contenido del primer párrafo de este párvulo ensayo alternativo (alternativo a Lo que Suele Haber, por obediencia al Hábito), comprobaremos que todo lo antedicho explica el fenómeno psíquico de la Proyección: en estos tiempos de negación, aunque, en el fondo conflictivamente sumisa, del gran Otro (Dios ha muerto o, según la variación de Lacan: siempre ha estado muerto, pero no lo sabíamos) la infundada Opinión, convertida al Egolatrismo, busca expiaciones en todo Benefactor.


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