I. Por sordos, ciegos
Hasta donde yo sé, no hay ser humano
que tenga toda la razón. Defiende
su ideal sacro cada cual, profano
siendo, y no entiende
que una idea no es
más que una herramienta
escópica mental,
sea micro- o tele-,
para ver o tener lo real en cuenta
-y ahí nos duele,
porque a veces no vemos otra cosa
que casi nada, y puede que no exista
nada casi: la vista es tan borrosa
que es mala vista.
Por las ideas tanta gente sufre
y aun se entrega a la muerte, incluso mata,
que a cuerno chamuscado huele, a azufre,
y es una lata
pública plaza en que se acoge a tanto
cosmovidente vario con tertulia
si hay paz y entendimento, que esperanto,
si no hay abulia
y sí interés en enterarse de algo
que merezca la pena y la esperanza
de aprender, haría falta para al talgo
en contradanza
subir y hacer la vía que se acerque
cada vez más al Reino de lo Justo
y no andarse a la gresca en este empuerque
ya de mal gusto:
antidemócrata me llamas, primo,
sin saber ni siquiera lo que es eso.
La democracia para ti es el timo
al pueblo: Creso,
el plutócrata clásico, es tu Ídolo
y Caco y Marte, el Cancerbero y Hermes:
“Lo que es verdad yo soy el que decídolo”.
Sin sueño, duermes.
Voluntad de aprender del otro clave
es del dïálogo que nos solapa
en lo real común, y el que no sabe
no oyó ni papa
manduca otra que no sea su carne:
auto-antropófago, al final, boquete
negro se torna: goza y se desguarne
y hoza, zoquete.
Pero el que escucha a veces halla boya
en el naufragio, y a la Ocasión retoma
por un mechón. Y escapa de su Troya.
Y funda Roma.
II. Ciegos de ser estrellas
Y llega, tras monarcas (el Pompilio
y el Severo Tarquinio, de memoria
triste, y alegre
-me olvidaba a Hostilio
y a Marcio-, escoria
que acabó en la Tarpeia, por tirano),
la romana república; y la plebs, si
no ëra aún el pueblo soberano,
como las webs y
la prensa independiente, un cierto influjo,
hoy, ejercía, entonces, con el veto
posible del tribuno, si, por lujo,
poco respeto
guardándole a la masa de los rústicos,
el Senado una Ley dictaba injusta,
o justo en interés de esos finústicos
ricos, que fusta
usaban con los siervos, al labriego
queriéndole imponer el mismo trato.
El villano tenía honor y su ego
no timorato
era y. como en los dramas del de Vega
Carpio, pintaba, si llegaba a extremos
la injusticia: no fue como la griega
polis; podemos
pensar que aquello del Poder del Demos
en Asamblea, gracoladina Iglesia,
para parar abusos, los que vemos
en Indonesia
bajo la Compañía de los Bajos
Países, por ejemplo, pues Sauróctonos
como el Lord of the
Rings, cuántos trabajos
a los autóctonos
les dieron para el paro y la miseria
y la ruina, robándoles la prima
materia, porque sólo esa materia
era la cima
que quería alcanzar para el bolsillo
suyo, o también el Colonial Británico
Imperio en India, que ambos con el grillo
pluto-satánico
de su ley esquilmaron, tal se ha visto
siempre que pasa con las mayorías:
los aristos las tratan como a Cristo,
economías
crucificando de esas clases bajas
propias o ajenas. Si pasamos hojas,
tras las revoluciones, pues del Raj has-
ta aquellos rojas-
pieles estaban la corona chica
(posposición se llama
esta figura)
por culpa de la Grande, de la rica,
o la tonsura,
(aunque peor les fue con los de América
United States, que
casi los extingue
-y un poco menos en la zona Ibérica,
porque la pringue
macha dio en mestizajes-), la emancipa-
ción, los dejó tal cual, si ya globales,
con esa su valiente mala pipa
neoliberales
corporaciones, vueltas a la carga
imperialista, el cuerpo, el de los músculos
y huesos, de las hómines, embarga
con sus mayúsculos
atropellos a todos estos hijos
de vecino, si aquellos de la Grande
se empeñan en dejarlos bien canijos
en su desmande
totalitario. Yo no sé de ciencia
política económica; sé sólo
que han acabado ya con mi paciencia,
e imploro a Apolo
que les dé luz. Porque lo que está claro,
sin duda alguna y es seguro y cierto,
es que dejar a todos en el paro
tener de muerto
es vocación: si mueren los currantes
que crean las riquezas, los patriarcas
patrones, patrioteros, luego o antes
verán sus arcas
vacías y, sin ellos, nada de ellas
van a poder sacarles, y es el cuello
perder, por ser -y verse las- estrellas.
Cuenten con ello.
III. Luna menstrual
Puedo escribir lo versos más triste
estanoche,
Escribir, por ejemplo: la noche está
estrellada
Y tiritan azules los astros a lo lejos.
Neruda
Las estrellas titilan
a lo lejos
(o ¿tiritan?). Da
igual. Es el momento
de escribir esos versos, tristes, viejos:
Pulvis memento…
Estamos hechos polvo. Lo estuvimos
desde siempre, cuando las supernovas,
al estallar, sus átomos, racimos
libres, las trovas
trabadas en la trama de insepultos
cuerpos de ecclesias
entonaron salmos
a la chiripa de vivir, y cultos
a cielos calmos
(donde radia la Luna que se muta,
dirigiendo mareas y período
de gazmoña Dïana y Venus puta,
cantaba Hesíodo,
con palabras más serias-), a esa bóveda
estrellada que indica la cosecha
y la siembra o el ocio, aun cuando Jove da
-con la derecha-
sus zambombazos, alternando el lloro,
si se emociona la fecunda Gea
-o, si echa un riego a, con su lluvia de oro,
Dánae, o quien sea-),
le oficiamos, de risa compasiva
y alegría, a esa madre acogedora
que mira a sus criaturas, se motiva
íntima y llora,
al ver nuestro respeto. Qué respeta,
qué ha respetado el mundo desde el día
posterior al neolítico, en que un jeta
con osadía
descarada echó manos a la sobra
o el excedente del granero y dijo
“esto es mío y si no, el primero cobra,
ahora que rijo,
más hostias que cabellos en la testa
tenga, que soy el fuerte, y para eso
lucho, y jefe; a mí
nadie me protesta:
dado mi peso
pesado, desde ahora que os defiendo,
este es mi precio”. Y el politicastro
plantó el esqueje de lo que, corriendo,
largo de rastro,
el tiempo, llamaríamos Imperio.
Y, fastidiada la marrana masa
ab-origen, creyó daño más serio
y arduo la brasa
de la preda agresiva del vecino,
cnadidata a ser presa. Y el erróneo
cnadidata a ser presa. Y el erróneo
evolutivo se emprendió camino
menos idóneo.
Pero puede aprenderse, nunca es tarde,
del grave error del Sapiens,
y otro ensayo
hacer distinto: en vez de ser cobarde
ante el desmayo
que induce la agresión o su amenaza,
sea externa, o interna desde arriba,
huyendo liebre, que el podenco caza,
pensar que estriba
la clave en que el más fuerte, que lo es tanto
que da espanto, un defecto tiene grave:
es sólo uno y, juntos, el espanto
-ésa es la clave-
va padecerlo él, unidos fuerza
haciendo, al excretarnos en tamaña
suya nazión, hasta que se retuerza,
dándole caña.
IV. Del fin de la poesis.
Caña de Pan, timón, de la Siringa
o tortuga sin carne de la Lira
con nervios de Carnero, que se pringa,
nunca mentira
diga, y cante verdades, aunque finja;
que siempre es la ficción más adivina
que el rollo -léase en vulgar:- del Ninja
Muriente (si Na-
ciente es el sol (lo
he dicho por la rima,
-como dijera Morgenstern- en India
o China), o que Se Mata,
pues ni mima,
(con ese fin dia-
bólico) a gente propia, (de la guita
no perder), ante todo -patria occisa
de Occidente, ya Globo-, que lo excita
sólo, con prisa
de grupo afanador, y Ariete embista,
en vista de que el Perro es una lima
que traga como Lobo, y dé su pista
al que no ïma-
ginación tenga mucha y, pues, no guipa
lo que tiene delante: no sea prensa
pantufla, porque tiene mala pipa,
si bien se piensa
usar de la palabra, que es un medio
para ser en común, no para estafa
informativa, a modo
de epicedio,
siendo piltrafa
ella, de su rival, por justo, sierva
del Hashishin Occidental, que mata
y se mata, por ciego, como cuerva
crïada rata
por su pueblo masoca. Si el poeta
que canta la verdad sólo en su casa
es conocido y llega no a su meta,
porque no pasa
nada si nadie lee lo que escribe,
es que el mundo está enfermo y la belleza
y el ingenio no capta ni percibe,
y su cabeza
ha perdido y ya tiene el precio propio
que le ha puesto su Dueño, que su Presi
representa, y no a él, y el periscopio
ya quiere asesi-
narlo con el torpedo que ya apunta
a su barriga. En Usa manda: el mundo
tiene en sus manos, y le pone yunta,
y en lo profundo
de su incosciente al
Loco sus locuras
lo enseñorean; pero no es el mío.
(Este poema espeso de figuras,
cínico tío,
es para ti: lo he hecho en tu provecho.
Si no lo entiendes, nunca me presumas
de sabio, que no tienes tal derecho.
Cuando me abrumas
con tus insultos si me llamas cero
a la izquierda, comprende que el que sabe
leer es Sapiens, y el que no, de agüero
malo es un ave:
que he visto cómo llamas ignorante
a un experto, teniendo tú ni idea,
y, además, te has quedado tan campante:
la cosa fea
está, porque no sabes de qué hablas,
pobre sabiondo y, sin embargo, azotas
con la leche de todas la diablas,
no a los idiotas,
como yo, sino al culto de los ritos
didactas, que repudias, como a esposa
fiel, por cuernos ponerles y delitos
cometer. Osas
sentirte superior por tu tozuda
caballerosidad, más
bien de mulo,
u onagrez de sangrienta barracuda,
sin disimulo.
Pero no creas que te tengo tirria:
yo no soy como tú: sólo una murria
me da, al pensar que tu inconciencia es birria,
por gusto al zurria-
gazo al contrario, por esbirro: es burro
ese del que no bajas, ni por pienso,
del que crees que es
algo, por cazurro,
dado tu Censo,
de comer, de censuras al distinto
de ti. ¿Te das por aludido? Pienso,
ergo existo, que no: sigue en tu plinto,
de zarpas tenso
retráctiles, o el podio de tu odio,
dispuestas a sacarlas, pobre lince
por voluntad cegato. Y tu episodio
actual de esguince
moral te haga feliz. Pero dïana
comprende que eres para el arte misa
-cultismo: enviada- a
la Postrema Nana,
por ti decisa
-también- opción: impides el progreso
y la superviencia. No te importa
ni que le cueste al mundo su deceso:
la vida es corta,
empero, y yo prefiero que sea larga
para el género, y siga tan prolija,
aunque para nosotros sea amarga:
tengo una hija.