Sagaz como lince o
astuto como zorro, majestuoso como águila o león fiero o feroz como lobo, o
manso como buey o bravo como toro o leal como perro, o voraz como caimán o
cocodrilo, etc., la relación del ser humano con los animales data, no ya de la
prehistoria o el paleolítico, como suele decirse, sino de siempre: del inicio
de la hominización. Desde el primer (luengo) instante (millones de años) en que
una especie de simio no arborícola se alzó en erguida bipedestación,
resultándole aquello ventajoso para sobrevivir, se produjo una tajante
diferenciación entre dichos homínidos y el resto de los otros brutos, cosa que
repercutiría en la conciencia que de los segundos acabarían por tener los
primeros: en un terreno africano que había dejado de ser selva para pasar ser
sabana, liberada la boca de sus antiguas funciones prensiles, quedando
preparada y lista para otras funciones
superiores como la del lenguaje, y liberadas sus extremidades delanteras de su
función de apoyo en tierra para poder pasar a ejercer otras funciones como
pinzar y agarrar objetos, y lanzarlos como, en principio, piedras y cantos
rodados que los ayudarían en la carrera y lucha por la supervivencia del más
hábil (Wilson, 2002), porque imagínense vds. qué suerte de defensa puede ser
una lluvia de naturales adoquines irregulares arrojados por un grupo numeroso
de peludos hombrecillos con buena puntería; desde aquel largo instante
evolutivo (cientos de miles de años) en que se infló el cerebro (la encefalización) y aquel bípedo mono
se volviera cazador estratégico, quizá
al principio sólo carroñero y espantador de buitres y de hienas; sí, desde
aquel instante interminable en que se hizo ser humano, ya podemos decir que, una
vez nacida la diferencia (bipedalismo, mano, lenguaje, imaginación,
conocimiento), los animales fueron, lo primero, objeto de observación (e
imitación: somos monos miméticos) y enseguida señal de alguna cosa de importancia, deixis necesaria para la búsqueda y hallazgo ─verbi gratia─ de alimento: los buitres sobrevolando en espirales
descendentes indicaban la presencia y situación del animal recién muerto,
restos despreciados y abandonados por alguna fiera ya saciada (Reichhof, 1996)
o, una vez cazador, la huella de las presas se tornaron indicio del animal a rastrear y perseguir, “signos naturales” que
muy bien pueden haber dado origen al lenguaje simbólico (Mithen, 1998).
Aventurera
conjetura, cierto, pero hipótesis verosímil que podemos reforzar haciendo uso
de una (muy) cierta idea que el matemático René Thom defiende en su Esbozo de una semiofísica (Thom, 1990):
con el objeto de explicar la física del
signo inventa el término “catexia” para, basándose en las pruebas de
Pavlov, nombrar un proceso que estaría en la base psicobioquimiofísica de la
significación: asociamos por catexia metonímica dos hechos que se dan contiguos
(como la música y la carne simultáneas del experimento con los famosos perros
del científico ruso), hasta que una cosa sustituye a la otra (los perros babean
de avidez cuando la suena música extremada, que ellos asocian por costumbre a
la carne). Primero, como el humo es indicio
natural del fuego y las oscuras
nubes lo son de la posible tormenta, pudieron ser los buitres indicio de
carroña, y pudo ser luego la huella
indicio de animal, y pronto el animal, indicio de satisfacción y vientre lleno,
y alegría y motivo de fiesta (“¡hoy comemos, hurra!”), porque un buen bisonte
es algo digno de celebrarse, y así la bestia, objetivo de la caza, se convierte
en indicio metonímico ─ya no tan natural: la caza es un arte, una tecné─ de un sentimiento de gratitud a
la naturaleza viva que nos nutre lo mismo que de críos nuestra mamá nos nutrió
con sus tetas ubérrimas; y así, sin darnos cuenta hemos pasado de la metonimia
al símil, de modo que ya sólo queda un
paso (la sustitución del término real por la imagen, ─Naturaleza por Madre─)
para la metáfora, apareciendo el sentido
figurado, que es el siguiente peldaño hacia la eclosión bigbángica del la
imaginación y el pensamiento creativos, o sea el lenguaje (indicio deíctico +
sentido figurado = lenguaje, en principio poético, decía Vico, y luego
referencial o científico).
Es decir: si el
primer paso en la vía de la significación o simbolización es metonímico,
diremos ahora que el segundo es metafórico y el tercero, conceptual: Oscar
Vilarroya (Vilarroya, 2002) habla de “vivencias” o más técnicamente pancepciones: asociamos vivencias con
vivencias (por ejemplo, sonidos escuchados de palabras con manipulación de
objetos o experiencia de hechos) y adquirimos lenguaje; y asociamos objetos con
objetos y hechos con hechos y adquirimos pensamiento: porque si asociamos
vivencialmente dos cosas según su parecido estamos en camino metafórico de
crear un significado conceptual: si la metáfora puede definirse como la
atribución de cualidades de un objeto a otro, o de sustitución de un término
por otro, tendremos que un siguiente eslabón es la abstracción, ya que desde
Aristóteles se define el concepto casi al revés que la metáfora: abstraer es no
tener en cuenta las diferencias particulares del objeto clasificado, mientras
que metáfora es fijarse en los parecidos de varios objetos; pero ¡ojo!: téngase
en cuenta que el concepto de, por ejemplo, “blanco” sólo puede nacer cuando se
ha visto tal cualidad en diversos objetos muy diferentes que son, en efecto,
blancos: la espuma, la nieve, la harina, los dientes, la perla, la nube…, de
modo que podemos afirmar que al principio fue la metáfora y el símil, que son
la madre y el padre del concepto y en consecuencia del significado y el
conocimiento “teórico”, en origen basado en una deixis en fantasma (Bühler, 1979).
El paso primario fue
convertir a toda la naturaleza y al cosmos en signos y símbolos de alguna cosa
otra, por lo que podríamos hablar de una cosmosemántica primitiva, que hoy
todavía vige aunque le pese a los incrédulos y cientifistas ideológicos.
El temor y el
respeto y la veneración y el amor a los animales como fuente de nutrición
empezó a nutrir los espíritus de simbolismo animal, y ya en el neolítico, tras
el lentísimo instante (miles de años) del invento de la agricultura y, en
consecuencia, de la necesidad de fijarse
en los astros para intuir un calendario que informara del tiempo de siembra y
de cosecha (etc.), la adoración del animal pasó a esos indicadores celestes que brillan en la noche señalando las épocas diversas de labor, y eso explica cuántos
animales fueron asociados al cielo y cuántas constelaciones y estrellas tienen
nombre de animales: el carnero, el toro, el león, el escorpión, los peces; los
perros cazadores, Sirio; de manera que de seres terrestres dotados de ánima, ─porque todos la animales están animados por algo invisible como el viento (anemós, en griego, anima,
en latín), lo mismo que los seres humanos que los cazaban─, pasaron a objeto de
culto, reflejado en el tótem, ícono del
alma colectiva de una familia o tribu (incluidos en ella las ánimas de los venerables antepasados) análoga a sus veneradas presas y a sus
temidos predadores, respetados, en fin, con reverencia, para después pasar,
convertidos en héroes divinizados o en dioses, a los cielos, y de ahí las
facciones y aspectos animales de la mitología egipcia (la Vaca Hathor, el buey
Apis, Anubis el Chacal, Horus Halcón) y la consagración de animales a dioses antropomorfos
como los griegos (la paloma y el cisne a Afrodita, los felinos a Artemisa y
Dioniso y el Carnero también a éste último, el águila a Zeus, el Toro a Poseidón, el Chivo a Pan, la
Serpiente a Perséfone y al alado Hermes, y así una larga, inacababable lista).
Se ha producido,
pues, una triple asociación: el animal al astro y al astro con un dios, un
espíritu divino que mueve el universo y que lo anima en un cierto Sentido:
“Todo está bajo el signo de designio
divino”, que diría Rubén.
La religión
institucionalizada equivale a la lexicalización de una metáfora. La primera
metáfora o metonimia o cualquier otra figura o tropo o recurso poético es
invento de un poeta: alquien a quien se le ocurre una figura, una expresión con
sentido figurado, que a veces tiene éxito y se extiende y al final se
institucionaliza como norma lingüística y se convierte en término léxico fijo,
lexicalizado (Ricoeur, 2001) de una lengua (dando, por cierto, lugar a
polisemias): y es que un concepto es un significado que ha olvidado que hubo un
tiempo en que fue una metáfora (Vilarroya, op. cit).
Los mitos (o
fábulas) son, según Durand (Durand, 2005) desarrollos narrativos de símbolos,
figuras complejas que, en un principio y desde siempre, fueron tema y trama de
poetas, ergo es lógico que los animales sean con frecuencia personajes y
agonistas sus poemas, y valga como
ejemplo especial por su relación con
nuestro asunto las Metamorfosis del
genial Ovidio. La religión es anquilosamiento e interpretación literal de lo
que nació con voluntad e intención de sentido figurado, o sea literaria (aun cuando se tratara, en un
principio, de literatura oral) y eso
ha creado serios problemas hermenéuticos que al final dieron lugar a
descreimientos y ateísmos porque, desde luego, el sentido literal de los mitos
es increíble y sólo pueden entenderse en sentido figurado: la letra mata, el
espíritu vivifica y libera: el vicio de la fidelidad fanática a la literalidad
engendra Inquisiciones, y toda entrada léxica conceptual es metáfora muerta
─viva al nacer (Ricoeur, op. cit.). No es raro que el Diablo en forma de gran
Cabrón, fuera imagen de adoración en aquelarres: las supuestas brujas
continuaban la tradición ritual de un antiguo culto pagano (o campestre)
relacionado con Dioniso y Pan.
Todos lo mitos
tienen algo de animal o hay un animal implicado: así Leda y el Cisne, y Aracné
y Atenea, y todo el índice ovidiano, y el Zorro y el Coyote entre los amerindios,
y la serpiente y el dragón en casi todas la mitologías desde los benéficos
dragones chinos hasta la maléfica serpiente del Génesis saltando hasta
Quetzalcoátl, la Serpiente Emplumada, que es signo y símbolo compuesto de algo
complejísimo uránico─telúrico, además de prueba de una profecía que esta vez sí
se cumplió.
Pero el paso
paulatino y nunca total del mito al logos (Blumenberg, 2003) primero allá en la
Grecia antigua y después y con más y definitiva contundencia a partir de
nuestra Ilustración y nuestras ideologías cientifistas del siglo XIX, puso a
toda religión en situación de figurar como tradición supersticiosa y
reaccionaria y lastre para el desarrollo y el progreso de la moral y la
cultura, y hoy hablar de Dios en público es casi desvergüenza, en Occidente al
menos, porque parece atavismo prerracionalista.
Sin embargo sigue
habiendo poetas que siguen fascinados por los teosímbolos animales y por los animales mismos, aportando al
símbolo tradicional de la criatura su propio matiz semántico de original
creatividad, y así el cuello del cisne es pregunta por el sagrado misterio
cósmico ( “con la interrogación de tu cuello divino” que decía Darío), la
serpiente del Árbol de la Ciencia es Madre Naturaleza y Sabiduría Vital en la
“Oración de Eva”, del gran poeta ─Rubén Darío dixit─ Marquina, porque es
la iniciadora a la conciencia y al conocimiento y al disfrute de esta vida que
merece el alto precio que nos cuesta (el dolor y la muerte); y si en El
collar de la paloma de Ibn Hazm era ese pájaro símbolo del eros,
en la primera Epístola de San
Juán había sido ágape , porque “Dios es Amor”, y por lo tanto pudo simbolizar al
Espíritu Santo (Verbum spirans amorem,
según la consabida definición de teólogos escolásticos y otros); veterano
(veterotestamentario) símbolo de cese de un conflicto universal como en la
fábula de Noé y su paloma con un brote de olivo
ateneico en su pico divino, símbolo de la calma chicha universal, la Paz,
que, como en Alberti puede ser paloma “equivocada”.
Los animales con los
que nos comparamos o que observamos atribuyéndoles nuestra propia perspectiva
de animales racionales con imaginación comportan siempre una carga simbólica
que, pudiendo variar con cada poeta tiende siempre a conectarse con los viejos
arquetipos junguianos, adquiridos a lo largo de la hominización: es por ello
que me gustaría concluir con un liviano análisis de lo que considero un texto
paradigmático: al respecto: se trata del soneto “El sueño del caimán” de José
Santos Chocano.
Como se sabe, empieza
comparando al animal con un objeto trivial: “Enorme tronco que arrastró la ola/
yace el caimán verado en la rivera.” El bichazo parece un tronco o una tosca
canoa varada. Pero en seguida las metáforas sufren un crescendo simbológico:
…”y parece lucir cota y cimera/ cual monstruo de metal que reverbera”… Ahora el
tropo alude a un monstruoso héroe bélico forrado de metálicas defensas, “cota y
cimera”, haciéndose, de paso, referencia a la cruenta y monstruosa guerra de
todos los tiempos en relación con nuestra naturaleza animal y caimánica de terrible predador casi
caníbal. “Inmóvil como un ídolo sagrado”─sigue─ y en efecto caimanes y
cocodrilos han sido siempre objeto de temor y respetuosa reverencia, y así el
dios e “ídolo” egipcio Sebek, por ejemplo, lo muestra. Aunque eso lo hace “a
manera de príncipe encantado/ que vive eternamente prisionero/ en el palacio de
cristal de un río”: dentro del tronco idolátrico y terrible de la alimaña voraz
hay algo mágico: un príncipe que espera el beso de una dama para dejar de ser
un sapo, u otro bicho peor, un cocodrilo, y convertirse en algo maravilloso,
pero que, por desgracia, sólo existe en los cuentos de hadas: en la imaginación
del pueblo, de su lengua y la de sus poetas, que lo utilizan para simbolizar
algo más profundo y a lo que no se alude sino tácitamente: si ver una huella es
suficiente para poder imaginarse al animal; si ver un animal vale para
imaginarse a un brutal héroe o un feroz dios antiguos; si imaginar un feroz
dios guerrero sirve para figurarse un príncipe encantado: figurarse un príncipe
encantado dentro de una animal repulsivo basta para tener intuición de toda
la posible maravilla que se oculte
detrás de las brutas apariencias.
La descripción
metafórica, por ende, coincide con la serie evolutiva de la historia de la
cultura humana: animal, héroe bélico, dios, personaje mágico de cuento
fantástico o maravilloso.
Maravillosa y
fantástica coincidencia.
BIBLIOGRAFÍA
Blumenberg, Hans: Trabajo sobre el mito, Barcelona,
Paidós, 2003.
Bühler, Kart: Teoría de lenguaje, Madrid, Alianza,
1979.
Durand, Gilbert: Las estructuras antropológicas del
imaginario, Madrid, FCE, 2005.
Mithen, Steven: Arqueología de la mente, Barcelona,
Grijalbo Mondadori, 1998.
Reichhof, Josef H., La aparición del hombre, Grijalbo
Mondadori, 1990.
Ricoeur, Paul: La metáfora viva, Trotta/Cristiandad,
Madrid, 2001.
Thom, René: Esbozo de un semiofísica, Barcelona,
Gedisa, 1990.
Vilarroya, Oscar: La disolución de la mente, Barcelona,
Tusquets, 2002.
Wlson, Frank R.: La mano, Barcelona, Tusquets, 2002.
No hay comentarios:
Publicar un comentario