sábado, 24 de agosto de 2019

Zoológico de símbolos poéticos.

    Sagaz como lince o astuto como zorro, majestuoso como águila o león fiero o feroz como lobo, o manso como buey o bravo como toro o leal como perro, o voraz como caimán o cocodrilo, etc., la relación del ser humano con los animales data, no ya de la prehistoria o el paleolítico, como suele decirse, sino de siempre: del inicio de la hominización. Desde el primer (luengo) instante (millones de años) en que una especie de simio no arborícola se alzó en erguida bipedestación, resultándole aquello ventajoso para sobrevivir, se produjo una tajante diferenciación entre dichos homínidos y el resto de los otros brutos, cosa que repercutiría en la conciencia que de los segundos acabarían por tener los primeros: en un terreno africano que había dejado de ser selva para pasar ser sabana, liberada la boca de sus antiguas funciones prensiles, quedando preparada y lista  para otras funciones superiores como la del lenguaje, y liberadas sus extremidades delanteras de su función de apoyo en tierra para poder pasar a ejercer otras funciones como pinzar y agarrar objetos, y lanzarlos como, en principio, piedras y cantos rodados que los ayudarían en la carrera y lucha por la supervivencia del más hábil (Wilson, 2002), porque imagínense vds. qué suerte de defensa puede ser una lluvia de naturales adoquines irregulares arrojados por un grupo numeroso de peludos hombrecillos con buena puntería; desde aquel largo instante evolutivo (cientos de miles de años) en que se infló el cerebro (la encefalización) y aquel bípedo mono se  volviera cazador estratégico, quizá al principio sólo carroñero y espantador de buitres y de hienas; sí, desde aquel instante interminable en que se hizo ser humano, ya podemos decir que, una vez nacida la diferencia (bipedalismo, mano, lenguaje, imaginación, conocimiento), los animales fueron, lo primero, objeto de observación (e imitación: somos monos miméticos) y enseguida señal de alguna cosa de importancia, deixis necesaria para la búsqueda y hallazgo ─verbi gratia─ de alimento: los buitres sobrevolando en espirales descendentes indicaban la presencia y situación del animal recién muerto, restos despreciados y abandonados por alguna fiera ya saciada (Reichhof, 1996) o, una vez cazador, la huella de las presas se tornaron indicio del animal a rastrear y perseguir, “signos naturales” que muy bien pueden haber dado origen al lenguaje simbólico (Mithen, 1998).
  Aventurera conjetura, cierto, pero hipótesis verosímil que podemos reforzar haciendo uso de una (muy) cierta idea que el matemático René Thom defiende en su Esbozo de una semiofísica (Thom, 1990): con el objeto de explicar la física del signo inventa el término “catexia” para, basándose en las pruebas de Pavlov, nombrar un proceso que estaría en la base psicobioquimiofísica de la significación: asociamos por catexia metonímica dos hechos que se dan contiguos (como la música y la carne simultáneas del experimento con los famosos perros del científico ruso), hasta que una cosa sustituye a la otra (los perros babean de avidez cuando la suena música extremada, que ellos asocian por costumbre a la carne). Primero, como el humo es indicio natural del fuego y  las oscuras nubes lo son de la posible tormenta, pudieron ser los buitres indicio de carroña, y pudo ser  luego la huella indicio de animal, y pronto el animal, indicio de satisfacción y vientre lleno, y alegría y motivo de fiesta (“¡hoy comemos, hurra!”), porque un buen bisonte es algo digno de celebrarse, y así la bestia, objetivo de la caza, se convierte en indicio metonímico ─ya no tan natural: la caza es un arte, una tecné─ de un sentimiento de gratitud a la naturaleza viva que nos nutre lo mismo que de críos nuestra mamá nos nutrió con sus tetas ubérrimas; y así, sin darnos cuenta hemos pasado de la metonimia al símil,  de modo que ya sólo queda un paso (la sustitución del término real por la imagen, ─Naturaleza por Madre─) para la metáfora, apareciendo el sentido figurado, que es el siguiente peldaño hacia la eclosión bigbángica del la imaginación y el pensamiento creativos, o sea el lenguaje (indicio deíctico + sentido figurado = lenguaje, en principio poético, decía Vico, y luego referencial o científico).
  Es decir: si el primer paso en la vía de la significación o simbolización es metonímico, diremos ahora que el segundo es metafórico y el tercero, conceptual: Oscar Vilarroya (Vilarroya, 2002) habla de “vivencias” o más técnicamente pancepciones: asociamos vivencias con vivencias (por ejemplo, sonidos escuchados de palabras con manipulación de objetos o experiencia de hechos) y adquirimos lenguaje; y asociamos objetos con objetos y hechos con hechos y adquirimos pensamiento: porque si asociamos vivencialmente dos cosas según su parecido estamos en camino metafórico de crear un significado conceptual: si la metáfora puede definirse como la atribución de cualidades de un objeto a otro, o de sustitución de un término por otro, tendremos que un siguiente eslabón es la abstracción, ya que desde Aristóteles se define el concepto casi al revés que la metáfora: abstraer es no tener en cuenta las diferencias particulares del objeto clasificado, mientras que metáfora es fijarse en los parecidos de varios objetos; pero ¡ojo!: téngase en cuenta que el concepto de, por ejemplo, “blanco” sólo puede nacer cuando se ha visto tal cualidad en diversos objetos muy diferentes que son, en efecto, blancos: la espuma, la nieve, la harina, los dientes, la perla, la nube…, de modo que podemos afirmar que al principio fue la metáfora y el símil, que son la madre y el padre del concepto y en consecuencia del significado y el conocimiento “teórico”, en origen basado en una deixis en fantasma (Bühler, 1979).
  El paso primario fue convertir a toda la naturaleza y al cosmos en signos y símbolos de alguna cosa otra, por lo que podríamos hablar de una cosmosemántica primitiva, que hoy todavía vige aunque le pese a los incrédulos y cientifistas ideológicos.
  El temor y el respeto y la veneración y el amor a los animales como fuente de nutrición empezó a nutrir los espíritus de simbolismo animal, y ya en el neolítico, tras el lentísimo instante (miles de años) del invento de la agricultura y, en consecuencia, de  la necesidad de fijarse en los astros para intuir un calendario que informara del tiempo de siembra y de cosecha (etc.), la adoración del animal pasó a esos indicadores celestes que brillan en la noche señalando las épocas diversas de labor, y eso explica cuántos animales fueron asociados al cielo y cuántas constelaciones y estrellas tienen nombre de animales: el carnero, el toro, el león, el escorpión, los peces; los perros cazadores, Sirio; de manera que de seres terrestres dotados de ánima, ─porque todos la animales están animados por algo invisible como el viento (anemós, en griego, anima, en latín), lo mismo que los seres humanos que los cazaban─, pasaron a objeto de culto, reflejado en el tótem,  ícono del alma colectiva de una familia o tribu (incluidos en ella las ánimas de  los venerables antepasados) análoga a sus veneradas presas y a sus temidos predadores, respetados, en fin, con reverencia, para después pasar, convertidos en héroes divinizados o en dioses, a los cielos, y de ahí las facciones y aspectos animales de la mitología egipcia (la Vaca Hathor, el buey Apis, Anubis el Chacal, Horus Halcón) y la consagración de animales a dioses antropomorfos como los griegos (la paloma y el cisne a Afrodita, los felinos a Artemisa y Dioniso y el Carnero también a éste último, el águila a Zeus,  el Toro a Poseidón, el Chivo a Pan, la Serpiente a Perséfone y al alado Hermes, y así una larga, inacababable  lista).
 Se ha producido, pues, una triple asociación: el animal al astro y al astro con un dios, un espíritu divino que mueve el universo y que lo anima  en un cierto Sentido: “Todo está bajo el signo de  designio divino”, que diría Rubén.
 La religión institucionalizada equivale a la lexicalización de una metáfora. La primera metáfora o metonimia o cualquier otra figura o tropo o recurso poético es invento de un poeta: alquien a quien se le ocurre una figura, una expresión con sentido figurado, que a veces tiene éxito y se extiende y al final se institucionaliza como norma lingüística y se convierte en término léxico fijo, lexicalizado (Ricoeur, 2001) de una lengua (dando, por cierto, lugar a polisemias): y es que un concepto es un significado que ha olvidado que hubo un tiempo en que fue una metáfora (Vilarroya, op. cit).
  Los mitos (o fábulas) son, según Durand (Durand, 2005) desarrollos narrativos de símbolos, figuras complejas que, en un principio y desde siempre, fueron tema y trama de poetas, ergo es lógico que los animales sean con frecuencia personajes y agonistas   sus poemas, y valga como ejemplo  especial por su relación con nuestro asunto las Metamorfosis del genial Ovidio. La religión es anquilosamiento e interpretación literal de lo que nació con voluntad e intención de sentido figurado, o sea  literaria (aun cuando se tratara, en un principio, de literatura oral) y eso ha creado serios problemas hermenéuticos que al final dieron lugar a descreimientos y ateísmos porque, desde luego, el sentido literal de los mitos es increíble y sólo pueden entenderse en sentido figurado: la letra mata, el espíritu vivifica y libera: el vicio de la fidelidad fanática a la literalidad engendra Inquisiciones, y toda entrada léxica conceptual es metáfora muerta ─viva al nacer (Ricoeur, op. cit.). No es raro que el Diablo en forma de gran Cabrón, fuera imagen de adoración en aquelarres: las supuestas brujas continuaban la tradición ritual de un antiguo culto pagano (o campestre) relacionado con Dioniso y Pan.
  Todos lo mitos tienen algo de animal o hay un animal implicado: así Leda y el Cisne, y Aracné y Atenea, y todo el índice ovidiano, y el Zorro y el Coyote entre los amerindios, y la serpiente y el dragón en casi todas la mitologías desde los benéficos dragones chinos hasta la maléfica serpiente del Génesis saltando hasta Quetzalcoátl, la Serpiente Emplumada, que es signo y símbolo compuesto de algo complejísimo uránico─telúrico, además de prueba de una profecía que esta vez sí se cumplió.
 Pero el paso paulatino y nunca total del mito al logos (Blumenberg, 2003) primero allá en la Grecia antigua y después y con más y definitiva contundencia a partir de nuestra Ilustración y nuestras ideologías cientifistas del siglo XIX, puso a toda religión en situación de figurar como tradición supersticiosa y reaccionaria y lastre para el desarrollo y el progreso de la moral y la cultura, y hoy hablar de Dios en público es casi desvergüenza, en Occidente al menos, porque parece atavismo prerracionalista.
  Sin embargo sigue habiendo poetas que siguen fascinados por los teosímbolos animales y por los animales mismos, aportando al símbolo tradicional de la criatura su propio matiz semántico de original creatividad, y así el cuello del cisne es pregunta por el sagrado misterio cósmico ( “con la interrogación de tu cuello divino” que decía Darío), la serpiente del Árbol de la Ciencia es Madre Naturaleza y Sabiduría Vital en la “Oración de Eva”, del gran poeta ─Rubén Darío dixit  Marquina, porque es la iniciadora a la conciencia y al conocimiento y al disfrute de esta vida que merece el alto precio que nos cuesta (el dolor y la muerte);  y si en El collar de la paloma de Ibn Hazm era ese pájaro símbolo del eros,  en  la primera Epístola de San Juán  había sido ágape , porque “Dios es Amor”, y por lo tanto pudo simbolizar al Espíritu Santo (Verbum spirans amorem, según la consabida definición de teólogos escolásticos y otros); veterano (veterotestamentario) símbolo de cese de un conflicto universal como en la fábula de Noé y su paloma con un brote de olivo ateneico en su pico divino, símbolo de la calma chicha universal, la Paz, que, como en Alberti puede ser paloma “equivocada”.
  Los animales con los que nos comparamos o que observamos atribuyéndoles nuestra propia perspectiva de animales racionales con imaginación comportan siempre una carga simbólica que, pudiendo variar con cada poeta tiende siempre a conectarse con los viejos arquetipos junguianos, adquiridos a lo largo de la hominización: es por ello que me gustaría concluir con un liviano análisis de lo que considero un texto paradigmático: al respecto: se trata del soneto “El sueño del caimán” de José Santos Chocano.
 Como se sabe, empieza comparando al animal con un objeto trivial: “Enorme tronco que arrastró la ola/ yace el caimán verado en la rivera.” El bichazo parece un tronco o una tosca canoa varada. Pero en seguida las metáforas sufren un crescendo simbológico: …”y parece lucir cota y cimera/ cual monstruo de metal que reverbera”… Ahora el tropo alude a un monstruoso héroe bélico forrado de metálicas defensas, “cota y cimera”, haciéndose, de paso, referencia a la cruenta y monstruosa guerra de todos los tiempos en relación con nuestra naturaleza animal y caimánica de terrible predador casi caníbal. “Inmóvil como un ídolo sagrado”─sigue─ y en efecto caimanes y cocodrilos han sido siempre objeto de temor y respetuosa reverencia, y así el dios e “ídolo” egipcio Sebek, por ejemplo, lo muestra. Aunque eso lo hace “a manera de príncipe encantado/ que vive eternamente prisionero/ en el palacio de cristal de un río”: dentro del tronco idolátrico y terrible de la alimaña voraz hay algo mágico: un príncipe que espera el beso de una dama para dejar de ser un sapo, u otro bicho peor, un cocodrilo, y convertirse en algo maravilloso, pero que, por desgracia, sólo existe en los cuentos de hadas: en la imaginación del pueblo, de su lengua y la de sus poetas, que lo utilizan para simbolizar algo más profundo y a lo que no se alude sino tácitamente: si ver una huella es suficiente para poder imaginarse al animal; si ver un animal vale para imaginarse a un brutal héroe o un feroz dios antiguos; si imaginar un feroz dios guerrero sirve para figurarse un príncipe encantado: figurarse un príncipe encantado dentro de una animal repulsivo basta para tener intuición de toda la  posible maravilla que se oculte detrás de las brutas apariencias.
  La descripción metafórica, por ende, coincide con la serie evolutiva de la historia de la cultura humana: animal, héroe bélico, dios, personaje mágico de cuento fantástico o maravilloso.
  Maravillosa y fantástica coincidencia.

  BIBLIOGRAFÍA
  Blumenberg, Hans: Trabajo sobre el mito, Barcelona, Paidós, 2003. 
  Bühler, Kart: Teoría de lenguaje, Madrid, Alianza, 1979.
  Durand, Gilbert: Las estructuras antropológicas del imaginario, Madrid, FCE, 2005.
  Mithen, Steven: Arqueología de la mente, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1998.
  Reichhof, Josef H., La aparición del hombre, Grijalbo Mondadori, 1990.
  Ricoeur, Paul: La metáfora viva, Trotta/Cristiandad, Madrid, 2001.
  Thom, René: Esbozo de un semiofísica, Barcelona, Gedisa, 1990.
  Vilarroya, Oscar: La disolución de la mente, Barcelona, Tusquets, 2002.
  Wlson, Frank R.: La mano, Barcelona, Tusquets, 2002.

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