Relaciones entre Poder, Ciencia
y Poesía.
I.
Una
vez observadas con largueza las relaciones que, a través de la historia, han
mantenido el poder y la poesía, la tentación de describirlas como una estrecha
alianza se vuelve irresistible.
Y sin
embargo qué dos cosas tan distintas.
No es
por supuesto, que nunca se hayan dado juntas y ese respecto podemos aludir a los casos de Góngora, capellán de Felipe III,
Quevedo, agente del duque de Osuna o Lope y Calderón, por la aparición de el
personaje El Rey al final de sus dramas de hornor, de Juan de Mena, secretario
de Juan II, de Goethe ministro de Weimar, de Virgilio y Horacio, refiriendo en
cada caso la dependencia que cada uno de ellos mantuvo respecto de sus
respectivos mecenas. Pero en otro orden de cosas cabría también citar a Marcel
Detiennne, que demostró que, en las eras originarias de la civilización griega,
el estatus de poeta gozó de tanto predicamento social que estuvo no sólo
relacionado con el fenómeno del poder, sino que en cierto modo le fue
inherente, por no decir que formó parte integrante del mismo. En efecto: el
poeta, investido de prestigios mágicos, era considerado intérprete de dioses,
por lo que su voz era sagrada: algo tan tenido en cuenta socialmente que sus
alabanzas a los poderosos eran causa de confirmación de estos en sus cargos
políticos, mientras que sus críticas ocasionaban la pérdida de la autoridad de
los jefes, ya que dejaba de ser considerada ésta legítima ante los ojos de la
tribu como consecuencia de que el prestigio que la sustentaba se veía
menoscabado por efecto de la palabra poética.
La
poesía pasó a ser una ocupación privada y -en consecuencia íntima- sólo en
tiempos modernos; y sólo cuando el poder ha encontrado otros métodos rituales y
propagandísticos más eficaces ha sido cuando la poesía, sintiéndose
despreciada, se ha pasado a la oposición, tendiendo a convertirse en un acto de
impotente rebeldía.
A
pesar de estas relaciones de amor y odio, no hay, como dije al principio, dos
cosas más distintas que poder y poesía: No hay nada más absurdo que eso que
hacen los poetas: hablar en verso, que es como cantar sin música o por lo menos
sin melodía. Hablar raro. Porque después
de todo qué cosa más absurda es cantar. Qué cosa más improductiva. El poder,
por el contrario, se fundamenta en la productividad y sus beneficios. Los
propios.
¿Hay,
empero, alguien que considere la música como algo desagradable, o que prefiera
el ruido a la música?
No obstante es cierto que, hoy día,
hablar de esa forma tan rara está a menudo considerado como algo poco serio: un
juego acaso, que sirvió para impresionar a las mentes primitivas y salvajes
como lo hizo la púrpura y el oropel ritual de los sacerdotes pero que no puede
impresionar a una mente civilizada y moderna: los poetas han hecho
tradicionalmente con el lenguaje todo lo contrario a lo que hacen los
científicos: han buscado la ambiguedad y el efectismo verbal, y no la claridad
y la exactitud.
De
ahí la reacción de los poetas a la moda: en vez de perseguir la vaguedad que
permite esa convivencia confusa de mensajes plurales y diversos y a veces hasta
contradictorios y encontrados, en vez de buscar la riqueza de la expresión y la
profundidad -a veces tenebrosa y, por lo tanto, susceptible de varia
interpretación- de los contenidos, hay que buscar, como hace la ciencia
-disciplina poderosa en nuestro tiempo como en otros la religión- claridad,
sencillez, exactitud, realismo: hechos constatables por la experiencia.
Yo,
modestamente, creo que la solución debería ser otra. Pero acaso mi solución sea
demasiado poética, y ya sabemos, como dice Luis García Montero, que no debemos
hoy día ponermos demasiado poéticos en materia de poesía.
Yo
entiendo que la poesía, al menos la mejor, es siempre humorística. Si un poeta
se toma totalmente en serio a sí mismo y a su poesía correrá siempre el peligro
de caer en el ridículo.
Y
para no caer en el ridículo, para que las mentes utilitarias no se rían de uno,
uno tiene que adelantárseles. La única manera de contraatacar la risa del
vecino es reírnos de nosotros mismos antes de que lo haga él, de manera que si
quería ofendernos con su hilaridad, observe que somos inmunes a su capacidad
ofensiva, porque nos divertimos autoagradiéndonos con las armas con las que él
pensaba causarnos desazón.
Además, desde mi punto de vista, el humor es un ingrediente fundamental
de la inteligencia, y un manifiesto síntoma de afirmación vital, por lo que el
humor es ingrediente y síntoma de la mejor poesía (lo cual no quiere decir, por
supuesto, que sea condición suficiente).
Y la
inteligencia, como ya lo aventuró el propio Ortega y Gasset al respecto de la
razón, acaso no sea más que una parte de la fantasía. La inteligencia, para
existir, necesita de imágenes mentales, y las imágenes son la sustanciao ls
ingredientes de la imaginación.
Lo
que yo le pido a un poema es que sea, más que inteligible, inteligente.
Un poema
que no sea inteligente no es un poema: es una manifestación de subnormalidad.
La
poesía es el modo más profundo y completo de la inteligencia. Porque la poesía
es el único espacio donde se encuentran todos los modos de la inteligencia
humana, no sólo los modos deductivos y racionales de los filósofos y los
científicos, tan graves y serios.
El
humor siempre someterá al objeto de la observación o del evocación -que puede consistir en el
propio sujeto- a un sano distanciamiento a través del ingenio, que es el modo
más inteligente de manipulación de imágenes mentales.
En
este sentido, para mí un poeta debe ser un ingeniero de la imaginación.
A un
texto filósofico standard, pero sobre todo a un texto científico, les está
vedada la ironía, que es el modo más completo -e ingenioso- del lenguaje -y,
por lo tanto, del pensamiento-, por cuanto la ironía es el único medio de decirlo todo: se dice lo que
aparentemente se dice, y se dice, además, lo contrario. La ironía es una de las
maneras más eficaces de enfrentarse a las censuras del poder. La ironía, por
ende, es un de las formas más sutiles del humor.
Porque la ironía es puro distanciamiento inteligente del objeto de la
evocación, o de la invocación y, paradójicamente, una de las formas más
eficaces de la captación, pues cerca al objeto por todas partes: por el anverso
de su afirmación y por el reverso de su negación.
Los
censores del poder nunca suelen estar entrenados para orientarse entre tan
complejas sutilezas.
Porque si una de las características de la poesía es la inteligencia
mediante la sensibilidad, la del poder es la de la insensibilidad mediante la
ignorancia voluntaria de lo que es bello, bueno y verdadero: porque el poder es
una herramienta del Estado, y al Estado no le interesa en absoluto la Verdad,
la Calidad y la Belleza, sino sólo el Interés, o los intereses de los grupos
que lo administran, y estos grupos suelen estar cegados por la fuerza hipnótica
del poder que creen poseer y que, en el fondo, les posee. Y por lo tanto están
ciegos para todo lo que no sea la acumulación codiciosa de más y más poder.
Porque aunque no podamos -tal como querían los anarquistas- considerar al Estado como fuente de todas
nuestras desdichas -puesto que el poder nos es desgraciadamente necesario-, sí
que debemos considerarlo como máximo responsable de las mismas.
La
poesía demuestra su inteligencia negando los absolutos -y los absolutismos-
porque se construye a base de dudas, interrogaciones y afirmaciones plurales y
plurisignificativas.
El
poder demuestra su mostrenquez tendiendo al monolitismo y a la monolatría.
El
poder y la poesía son incompatibles, porque la poesía se fundamenta en la
búsqueda de la verdad y el poder en la instauración oficial de la mentira.
Porque la poesía sabe que la verdad no puede poseerse; en todo caso sólo
podemos aproximarnos a ella.
El
poder, sin embargo, se cree en posesión de la verdad y de la razón, aun
teniendo conciencia de que cuando expone sus razones, miente.
El
poder y la poesía son incompatibles porque la poesía es el único campo donde es
posible la libertad ilimitada. Mientras que la libertad siempre ha sido un
serio problema para el poder.
La
poesía y el poder son incompatibles porque la poesía es un goce sutilísimo de
la inteligencia, mientras que el poder, cuando no es brutalidad tiránica es,
como mucho, astucia maquiavélica.
La
poesía y el poder son incompatibles porque la una, como dice Ernesto Sábato,
busca la profundidad, el núcleo esencial común de las cosas -por eso el símil y
la metáfora tienen tanta fortuna entre las figuras poéticas, ya que establecer
imaginativamente una relación entre dos cosas distintas pone de manifiesto su
solidaridad ontológica- mientras que el
poder busca la apariencia, el lavado de cara que oculte las torcidas y
egolátricas intenciones del poderoso, la cal de los sepulcros.
Pero
que la poesía y el poder sean incompatibles no quiere decir que los poetas sean
incompatibles con los detentadores del poder.
Los
poetas son hombres y, por lo tanto, están sometidos a las tentaciones de la
ambición como cualquier otro hijo de vecina.
Y el
poder es un fenómeno mucho más complejo de lo que a simple vista pudiera
parecer.
El
poder, tanto en las dictaduras como en las democracias, está sostenido por la
adoración que la autoridad suscita en las masas.
No
obstante la poesía nunca ha sido un fenómeno masivo, si no más bien de
minorías.
Eso
explica por qué los poetas del régimen alcanzan, salvo excepciones, el mismo
predicamento que los poetas de la oposición, e incluso menos: porque al poder
no le interesa la poesía porque no puede comprenderla. Porque los poetas pueden
ser hombres con ambiciones políticas en tanto que hombres, pero no en tanto que
poetas. La poesía es algo más grande que el poeta, aunque no pueda prescindir
de él para manifestarse. Ese es el misterio.
La
poesía pudo ser una aliada del poder cuando el poder era una necesidad para la
humanidad y sólo en esa medida.
En la
medida en que el poder, a lo largo de la evolución social del ser humano, vaya
dejando de ser necesario, o al menos vaya dejándose controlar y relativizar más
y más, la poesía debe ser una de las fuerzas que se le opongan con el fin de
controlarlo, con lo que tenderíamos, si la evolución humana no se ve truncada
por una fuerza mayor, a un futuro que consistiera en un retorno al origen,
cuando la fuerza moral de los poetas -esto es, de la imaginación- pudiera
servirles a los poderosos de inspiración en el arte de su ejercicio.
No en
vano el viejo mito hesiódico describía a las Musas, hijas de la Memoria y de
Zeus, como inspiradoras de los poetas, pero también de los gobernantes.
II.
Uno,
cuando habla de poder, piensa siempre en el poder político. Pero un buen día
cae en la cuenta de que no hay mal que cien años dure ni gobierno que perdure.
Los gobiernos caen y son sustituidos. Los sistemas políticos también. Hace
escasamente 40 años Franco y la Unión Soviética nos parecían eternos.
Sin
embargo, por detrás de los gobiernos y sistemas se alza un poder social que a
veces no es tan perceptible, pero que es el que determina los cambios, todos
los cambios.
Porque los cambios, aunque la mayoría de las veces de modo inconsciente,
son realizados por hombres que actúan. Y los hombres siempre están determinados
por una mentalidad. Cada época tiene su mentalidad característica. Esa
mentalidad es lo que algunos llaman el espíritu de los tiempos. Y el espíritu
de los tiempos es la corriente de la historia.
El
poder más poderoso del mundo es la fuerza de la corriente. Sin un motor potente
-sin un ingenio potente- no se puede navegar a contracorriente. Todo lo más,
uno podrá desviarse de la corriente, pero sólo para alcanzar -y a veces
traspasar- alguna de sus márgenes. Después de todo, sólo acaban siendo
marginados aquellos que se salen de la corriente, esto es, aquellos que se
salen de lo corriente.
La
fuerza de la corriente es una fuerza poderosa porque es una fuerza corriente,
esto es, normal, o sea, normativa, hecha de normas. Quien se sale de la norma
es un anormal. Y los anormales nunca son tenidos en cuenta por los dictadores
de la norma ni por sus jueces y críticos.
Aunque sólo aquellos que se atreven a transgredir las normas son los que
a la postre dejan una huella en la corriente de la historia. Esta es la gran
paradoja.
La
corriente es lo corriente en cada tiempo. Lo corriente del tiempo actual es la
moda, y todo aquel que no sigue la moda no es moderno; y quien no es moderno es
un pasado de moda. Quien se enfrenta a la moda corre el peligro de ser
hermanado con los dinosaurios u otras criaturas a extinguir.
Lo
más paradójico de las modas es que nacen para morir antes de que llegue la
próxima temporada. Y lo más paradójico de quienes siguen las modas -al menos
las literarias- es que lo hacen para intentar durar eternamente. Si uno no se
deja arrastar por la corriente de la moda, si uno es rebelde a sus normas
transitorias, corre el peligro de quedarse en tierra, en una de las márgenes:
fuera de la foto por haberse movido sin la consigna revolucionaria de la
temporada.
Las
modas son instaladas y desmanteladas por el tiempo. Pero el tiempo es acción, o
conjunto de acciones. Y toda acción tiene un sujeto. Las modas son montadas
frecuentemente por un conjunto de sujetos especializados en diseñar y lanzar la
moda. La moda es creada por modistos.
La
moda es la característica definitoria de la modernidad. Lo cual es una
tautología: moderno significa lo mismo que "a la moda". Pero esto no
siempre ha sido así. Hasta el siglo XVIII estuvo, desde tiempos inmemoriales,
de moda, la poética de la imitación. La poética de la imitación fue,
paradójicamente, una moda que se creó para conservar la cultura antigua: era
una moda conservadora, que se mantuvo vigente durante siglos. Tal como ahora vuelve
a estar de moda.
Con
la modernidad es diferente. Desde aquel moviminto ilustrado llamado
Prerromanticismo la poética del respeto a los modelos ilustres de los
ilustrados tiende a desaparecer, y a partir del Romanticismo empezará a ponerse
de moda un nuevo valor estético: el de la novedad. Más que volver a los
orígenes se preferirá ser original. Pero para ser original y novedoso no queda
más remedio que inventar algo nuevo y original continuamente. Y lo nuevo tiene
que hacerse sitio en el mundo arrumbando lo viejo en los trasteros (o en los
asilos). La poética moderna es una poética efímera, lo que, contemplado desde
una perspectiva macrohistórica, significa una proliferación sucesiva de
poéticas apiñadas en cortísimo espacio de tiempo. Es lo que se ha dado en
llamar "la aceleración de la historia" y que comienza como todos
sabemos en el s. XVIII.
Comencemos nosotros también por el principio:
III.
La
primera manifestación de la corriente se produce con el fenómeno de la
Ilustración.
La
elevación de la Razón a la categoría de único método de conocimiento válido
deja a la poesía, disciplina de intuición y de sensiblidad, ejercicio de
ingenio y de fantasía, en un segundo término.
La
primera poesía del s. XVIII fue también una poesía de la imitación, pero con
fuertes dosis añadidas de racionalismo utilitario. Y ésa quizá sea la razón que
explique la baja calidad de la poesía neoclásica en general: un poema
racionalmente utilitario está condenado a ser un fracaso o como poema, o como
útil racional, habida cuenta de que la poesía no sirve para nada ni sirve a la
razón.
Porque aunque la poesía puede y debe ser racional, o al menos,
razonable, no es la razón el elemento primordial que constituye una de sus
rasgos básicos, sino el sentimiento, entendido este término en su sentido
etimologíco: facultad de sentir, de recibir algo en propio seno y conocerlo por
contacto psíquico, por vecindad o afinidad o solidaridad emotiva, para luego
expresar lo sentido mediante la creación de un sentido o unos sentidos, unos
significados que, como quería Giambattista Vico son una copia simbólica de la
realidad y, por lo tanto, están en origen estructurados sobre la base de las
relaciones analógicas: todo lo que se siente con hondura, hasta sondar su
misteriosa y última profundidad debe ser expresado con un analogía consistente
en comparar la impresión que lo desconocido deja en la conciencia con algo que
sí nos sea familiarmente conocido. De ahí la ancestral tendencia de la psique
humana a identificar las fuerzas misteriosas de la Naturaleza con poderes
antropomórficos: de ahí los mitos, que son, si no los padres, al menos los
abuelos de toda poesía.
Pero
todos estos misteriosos modos de conocimiento parecieron a los ilustrados pura
charlatanería. La observación directa y su posterior análisis racional era el
único modo de conocimiento admitido. La poesía se había convertido en poco
menos que un juego inútil e insignificante.
Frente a esta tendencia reaccionaron, por supuesto, los poetas, de dos
maneras diferentes.
La
manera corriente que consistió en querer demostrar la utilidad social de la
poesía como método didáctico y pedagógico o divulgativo -es decir, su utilidad
como método propagandístico al servicio de las ideas ilustradas (u otras).
Como
ilustración de este caso podríamos citar al poeta ilustrado inglés Dryden, que
defendía que las "Geórgicas" de Virgilio era "el mejor poema del
mejor poeta": porque mediante su docere et delectare divulgaba los
pricipios de una técnica social fundamental y necesaria como la agricultura, y
era un poema que enseñaba deleitando cómo satisfacer las necesidades sociales y
productivas del Estado.
Por
otra parte, la manera de la contracorriente consistió en una rebeldía orgullosa
y luciferina contra la tiranía de la Diosa Razón y de sus métodos, que dio
lugar al Romanticismo.
Pero
no debemos olvidar, tal como advierte Sábato en "Hombres y
Engranajes", que la Razón no es raíz solitaria de la modernidad: en la
raíz de la modernidad está también el dinero. A partir del XVIII el dinero se
convierte en la fuerza más poderosa de la sociedad. En la Edad Media lo fue la
tierra, las economías autosuficientes de los feudos. En la modernidad, el
comercio: la interdependencia de esos mercados céntricos llamados ciudades -o
burgos- que daría con el tiempo origen a la moderna concepción de Nación y de
Estado. Frente al poder inamovible del las herencias nobiliarias se alzaba el
poder móvil de las iniciativas de los hombres de negocios.
Y
pronto los poetas acabarían por darse cuenta de que la poesía no era negocio.
Unos
porque no querían denigrarla convirtiéndola en un producto de intercambio
comercial.
Otros
porque se dieron cuenta de que no había manera de hacerlo.
De
hecho, creo que la polémica en torno a la utilidad social de la poesía que tuvo
lugar en nuestra postguerra, esto es, la poesía en tanto que arma política, o
"cargada de futuro" como decía Celaya, no es más que un resto, de
aquella voluntad ilustrada, tan clara en la afirmación antes citada de Dryden,
solo que ahora la poesía, en vez de servir al Estado representado por el
poderoso, debería servir a la fuente de donde brota toda legítima autoridad
social: el Pueblo.
Desde
aquellos primeros tiempos de la modernidad las dos corrientes vienen
alternándose en su lucha por la hegemonía cultural, y momentos ha habido en que
el Romanticismo parecía triunfar. Nada más falso que tal espejismo. El
Romanticismo estaba condenado a ser perdedor desde el principio, porque no se
puede luchar contra el poder de la corriente.
Porque lo que ha hecho y conseguido la corriente es identificar la
categoría de realismo con la de verdadero y el concepto de realidad -de
realidad objetiva- con el de verdad, a pesar de que verdad y realidad son,
evidentemente, dos cosas distintas: nada más real que la mentira, y no podemos
decir que la mentira sea verdadera.
En
efecto la tradición universal del la humanidad preilustrada hacía verdaderos a
una serie de productos subjetivos -dioses, almas, espíritus- y poblaba con
ellos la realidad objetiva.
El
racionalismo ilustrado comenzó a poner en su lugar todos esos productos,
defendiendo que lo eran de la imaginación de los hombres y que en absoluto lo
eran de la Naturaleza. Y entendieron, al parecer, que todo lo que no tuviera
categoría de objetivo era sospechoso de no exitencia real (lo cual era incurrir
en la perogrullesca tautología que hay en la afirmación de que sólo las cosas
son cosas, puesto que real es adjetivo de la voz latina res que significa cosa,
y objetivo es adjetivo del vocablo objeto que, como ustedes saben, también
significa cosa).
El
racionalismo ilustrado, pues, y después el cientifista, relegó la subjetividad
a la categoría de productora de mentiras y falsedades, o cuanto menos en
productora de ficciones que velan la luz brillante que emerge de los objetos
materiales. La única verdad debía encontrarse en la materia que integra los
objetos.
El
racionalismo científico, al producir la tecnología moderna, ganó tanto
prestigio social que sus afirmaciones se hicieron indiscutibles.
Es
significativa a este respecto la conocida anécdota de Laplace cuando,
interpelado por Napoleón acerca del lugar que ocupaba Dios en su teoría de la
Naturaleza, el científico respondió: -Sire, no he necesitado de tal hipótesis.
Lejos
quedaban ya, o iban quedando, obras como "Crítica de la Religión y del
Estado" del padre Jean Meslier donde
se defendía de modo racional la inexistencia de Dios y se explicaban las
religiones como un mero sistema de dominio de los pueblos, una engañifa
milenaria de la que había que liberarse. Ahora parecía que la religión no
servía para nada porque no aportaba ninguna verdad que pudiera constatarse
experimentalmente. El método científico empezaba a asumir el poder absoluto de
la sociedad o por lo menos de la cultura.
Y a
lo largo de todo el s. XIX se irá afianzando e irá contaminando todas las otras
disciplinas del saber que, para no perder su estatus de disciplinas sabias
querrán asumir el método científico.
En el
Reino Unido, en los Estados Unidos y en Francia (los tres países
revolucionarios) y en Alemania (un país
convertido a una religíon -la de la Reforma- en que la acumulación de dinero se
consideró una bendición de Dios) esto era absolutamente explicable.
Así
pues, la corriente dió allí sus productos más característicos.
Pero
la contracorriente los dio también, y más poderosos aún. Wordsworth, uno de los
fundadores del Romanticismo (y uno de los nombres indiscutibles de la lírica
moderna), cantó:
"¿Deseamos recordar pasadas ilusiones?
¿Para instaurar de
nuevo la brava Fantasía ocultaríamos
verdades cuyo
espeso velo la ciencia ha descorrido?
No. Deja que esta
Edad instale tan alto como pueda en su estima
la Sed que ha
propiciado la Caída del Hombre.
El Universo es
vasto e infinito.
Y la Razón
conquistadora, por mucho
que se
autoglorifique, siempre se topará con algún muro
o golfo de
misterio, que sólo tú,
Fe Imaginativa,
puedes sobrepasar (...)"
Lo
más importante de este fragmento de "Isla de Man" es el concepto de
Fe Imaginativa. La Razón ilustrada y cientifista estaba desacralizando el mundo
y dejando al hombre huérfano de todo sentido trascendente ("la Caída del
Hombre"). Los románticos encontraron en la Imaginación un camino hacia el
Logos -el Sentido- que había desaparecido con las conquistas del Racionalismo.
Los ejemplos podrían multiplicarse.
Pero
¿y en España? En España casi no había habido Ilustración por lo que resulta
lógico que nuestro Romanticismo fuera prácticamente inexistente, pues que no
había en España ningún racionalismo victorioso frente al que rebelarse. Y no
tuvimos ciencia hasta Ramón y Cajal por lo que la corriente estaba más atenuada
y la contracorriente era prácticamente nula. Esto explica que Baudelaire y
Campoamor, siendo aproximadamante coetáneos, sean dos productos tan
diametralmente diversos. El primero, cuatro años más joven, es una culminación
del Romanticismo luciferino o satánico. Un poeta de la más feroz de las
contracorrientes. El segundo es un poeta de la corriente que, muy adulterada
como consecuencia de su paso por los pirineos cuando la guerra antinapoleónica
-que fue una guerra conta la Ilustración que terminó con aquello de
"¡vivan las caenas"!-, al fin llegaba a España -más vale tarde que
nunca-, y se iba haciendo fuerte, esto es, corriente.
El
denostado Campoamor en su tiempo fue un innovador a pesar de sus ideas.
Quitando a Fernán Caballero era mayor que todos nuestros novelistas del
realismo, y tenía exactamente la misma edad que nuestro último romántico,
Zorrilla. El prosaísmo realista de los versos ripiosos de sus en absoluto
despreciables poemas lo convierten en un valor histórico capital. No hubiéramos
tenido un Machado si no le hubiera precedido un Campoamor.
Sin
embargo la comparación con el francés nos hace pensar en nuestro poeta como en
algo aguachinado y facilón, tan aguachinado y facilón como el agua que se deja
arrastrar por la corriente.
Más
interesente me parecen algunos poemas de Gaspar Núñez de Arce -una de las
posibles fuentes de nuestro modernismo- sobre todo cuando reivindicaba la fe
"la fe, que
surge luminosa y viva
como del seno de
la noche el alba.
Mas no la fe que
semejante al ave
entre dorados
hierros prisionera,
entumecida y
tímida no sabe
ni el vuelo inútil
ensayar siquiera;
no la medrosa fe
que cuando escucha
la voz del trueno
sin vigor se postra,
sino la fe que la
tormenta arrostra,
sonda el abismo y
con los monstruos lucha"
porque esa fe activa y luminosa que lucha contra los monstruos y surge
como de la noche, es lo más parecido que tenemos a la Fe Imaginativa de
Wordsworth, y no es de extrañar tal cosa en Núñez, dada su admiración por el
Romanticismo inglés, rastreable en su magnífico poema "Ultima lamentación
de Lord Byron".
Núñez
de Arce es plenamente consciente de las consecuencias filosóficas e ideológicas
que pueden inferirse del auge del método científico y del desastre que tal cosa
supondría para el mundo espiritual que él cree ínsito en el mundo de la poesía:
"Que en este siglo de sarcasmo y duda
sólo una Musa
vive. Musa ciega,
implacable,
brutal.¡Demonio acaso
que con los
hombres y los dioses juega!
La Musa del
análisis, que armada
del árido
escalpelo, a cada paso
nos precipita en
el oscuro abismo
o nos asoma al
borde de la nada.
¿No la ves? ¿No la
sientes en ti mismo?"
Esa
comparación del método científico con una Musa demoníaca habla de la
desacralización de la Naturaleza y de sus consecuencias morales para la
Humanidad: Núñez piensa que la ciencia entraña un programa antidivino tan
convincente que puede extirpar el sentido trascendente de la vida humana y
condenarlo a la inmoralidad, lo que sería, a la postre, un triunfo de Satanás.
Pero
la crítica más inteligente contra las consecuencias del triunfo de la ciencia
se produce con la sabia ironía de Joaquín Bartrina (1850):
"¡Todo lo sé! Del mundo los arcanos
ya no son para mí
lo que llama
misterios sobrehumanos
el vulgo baladí.
Sólo la ciencia a
mi amistad responde.
Y por la ciencia
sé
que no existe ese
Dios que siempre esconde
el último porqué.
Sé que soy u
mamífero y humano
(que no es poco
saber).
Y sé lo que es el
átomo, ese arcano
del ser y del no
ser.
Sé que el rubor
que enciende las facciones
es sangre
arterial;
que las lágrimas
son las secreciones
del saco lacrimal,
que la virtud que
al bien al hombre inclina
y el vicio sólo
són
partículas de
albúmina y fibrina
en corta
proporción;
que el genio no es
de Dios sagrado emblema,
no señores, no
tal:
el genio es un
producto del sistema
nerviosa cerebral
y sus creaciones
de sin par belleza
sólo están en
razón
del fósforo que
encierra la cabeza,
¡no de la
inspiración!"
Como
puede verse Bartrina acepta los triunfos de la ciencia y las consecuencias
filosóficas que de ello se deducen, pero a diferencia de Núñez de Arce se ríe
escépticamente de ese triunfo.
Bartrina será significativamente imitado por José Asunción Silva (1865),
uno de los pioneros del modernismo hispanoamericano, movimiento al que Octavio
Paz en Los hijos del Limo se ha
referido como "el Romanticismo que no tuvimos", esto es, otra
manifestación de la contracorriente:
"Compara religiones y sistemas
de la Biblia a
Stuart Mill,
desde los
escolásticos problemas
hasta lo más sutil
de Spencer y de Wundt, y consagrado
a sondear el
abismo
lograrás este
hermoso resultado:
no creer ni en ti
mismo."
Como
puede observarse se denuncia en estos versos el escepticismo que conlleva el
éxito del método científico, presente en toda la cultura del s. XIX. Las consecuencias estrictamente morales
habían sido denunciadas por Bartrina en esta parodia de la Epistola Moral a
Fabio, impresionante por su vigencia:
"Fabio, consejos me pides
que sirvan para
guiarte
en las mundanales
lides,
y consejos voy a
darte;
¡ojalá no los
olvides!
(...) Aunque olvides los demás
sigue siempre este
consejo:
no quieras a nadie
más
que aquel que
dentro verás
cuando mires a un
espejo.
Sé bondadoso, sé humano,
sé sobre todo,
sencillo,
y lleva, cual
todos, llano
el corazón en la
mano...
y la mano en el
bolsillo.
(...)No sea libre
tu opinión,
ponla antes, si
bien la tratas,
hoy, bajo la
advocación
de San Éxito,
patrón
de las personas
sensatas.
(...)Tu propio ser
estudiar
te recomiendo y no
en vano;
estúdiate a ti y
llegar
podrás pronto a
despreciar
a todo el género
humano.
Emplea la adulación,
pero nunca a manos
llenas;
un simple ¡oh! de
admiración
basta a embriagar
seis docenas
de reyes de la
creación.
En fin: haz por ser virtuoso
de una manera
agradable;
no quieras hacer
el oso;
sé con todos
bondadoso
y aprende a tirar
el sable."
Esta
moral del egoísmo provechoso y del arte de trepar son, según Bartrina,
consecuencia de la desconexión con lo sagrado que la moderna corriente cultural
impone a sus creyentes.
Pero
entre una cosa y otra nos hemos metido en el Modernismo (Silva es de la Edad de
Rubén y Bartrina apenas siete años mayor que Salvador Rueda, cronológicamente
el primer modernista).
Y
hablar de Modernismo es hablar de contracorriente porque frente al prosaísmo de
la vida narrada por Campoamor y denunciado por la ironía de Bartrina los
paisajes de Ensueño -palabra emblemática- empiezan a pulular por la poesía
modernista hispanoamericana, mientras que en la península se produce un Modernismo
sui generis llamado generación del 98 donde los mitos paganos son sustituidos
por le mito del Dios Cristo vivido de modo angustiosamente existencial y en
donde los paisajes simbólicos del exótico oriente son sustuidos por el paisaje
simbólicamente histórico de una Castilla hundida en la miseria. A estos modernismos de la contracorriente los sustituirá un nueva
Ilustración que se llamó Novecentismo y a la que sólo por edad perteneció Juan
Ramón Jimenez, diáfano representante de la contracorriente, tal como lo
manifiesta su poética del panteísmo místico, fuente de la contracorriente
espesa que daría lugar a la generación del 27, mezcla de juanramonismo con las
contracorrientes de los vanguardismos europeos, en especial el surrealismo, al
que sucedería la corriente de la poesía social de postquerra que sería sucedida
por la contracorriente de los novísimos que serían sucedidos por la corriente
de la Poética de la Experiencia de los años 80.
Pero
aquí conviene detenerse un momento a hacer una reflexión.
El
último romanticismo histórico, el surrealismo, llevando su rebelión contra la
razón y el racionalismo hasta su último extremo se metió él solito en un
callejón sin salida y en un río sin retorno. Bretón defendió la escritura
automática: la inspiración por el azar. Tal cosa como modo de ruptura supuso
una indiscutible valentía. Pero su resultado era la destrucción del sentido.
Los poemas surrealistas pueden servir -de hecho lo hacen- al poeta. Pero nunca
al lector, puesto que, al no haber sentido, la comunicación no es posible. No
se puede comunicar un no mensaje. Y, si no hay comunicación, se rompe la
comunidad autor-lector. La poesía pierde con el Surrealismo el apoyo del
posible lector de poesía, que ya era escaso. Si siempre se ha leído poca poesía,
a partir de entonces se leerá menos. Sólo los poetas -y no todos- leerán
poesía.
Se le
había dado un arma definitiva a la corriente: la corriente defendía la
claridad, la comunicación, la importancia de los contenidos a comunicar sobre
las formas que poetizan (aunque, dicho sea de paso, sólo las formas poéticas,
hacen poesía, y la ausencia de ellas harán magníficos artículos periodísticos o
ensayos filosóficos, pero no poemas).
Así
pues, después del conato pasajero de los novísimos por apostar por la
antiquísima contracorriente (imaginación, ingenio, referencia cultural, mitos
modernos) la poesía de la corriente se alza con el poder y en estos momentos
parece inabatible.
Y
después de casi tres siglos de triunfo del racionalismo, de la observación y la
demostración propias del método científico, después de casi tres siglos de
victorias del sentido realista y objetivista de la vida parece que tal triunfo
está plenamente justificado, porque es el triunfo de la corriente de la
historia. Los descubrimientos de la realidad por parte del método científico
son hoy día más evidentes que nunca, y si no, que se lo pregunten a alguno de
los que les pilló todo el peso de la ciencia en Hiroshima o Nagasaki al final
de la Segunda Guerra Mundial.
De
los descubrimientos científicos de la ciencia a lo largo del s. XVIII y sobre
todo del XIX, surgen una conclusiones filosóficas que por fin han hecho mella
en los poetas que han comprendido que deben servir a la Realidad Objetiva
cantándola, celebrándola o criticándola en versos sencillos y claros en que
predomine el contenido de lo que se ha experimentado personalmente, según las
experiencias personales que de esa realidad se hayan tenido. Experiencia y
razón, las claves de la filosofías empiristas que posibilitaron el método científico,
las claves del mismísimo método científico, son también las claves de la poesía
de la experiencia.
La
descralización del mundo y de los cielos -y de la trascendencia- llevada a cabo por la ciencia no deja otra
opción a la inteligencia poética actual: hay que cantar la resignada decepción
que constituye el hecho de vivir una vida que puede ser alegre o no, pero que
ha sido creada por el azar y que en nada se convertirá después de la muerte, y
eso hay que hacerlo sin angustias unamunianas o sartrianas: hay simplemente que
ver y registrar en simples versos esta experiencia de lo único que existe, que
es la realidad material. Por lo tanto hay que vivir el momento presente a tope
y, en consecuencia, fundirse las pesetas en mejorar la calidad de vida: hay que
consumir: el dinero -y su aliada la razón- lo mandan.
Las
religiones y las magias son productos de una subjetividad desmadrada y hay que
obviarlas.
Todos
los romanticismos que nacen de la creencia en el poder mágico de la palabra no
tienen razón. No existe ningún espíritu femenino que inspire al poeta, que ya
no es vate ni intérprete de Dioses como quería Horacio, ni vaso de un mundo
superior y fantástico como quería Bécquer, porque tal mundo no existe. Sólo
existe un mundo, éste, y ese es el único mundo que debe cantar un poeta. Y el
poeta no es más que otro hombre más: un hombre normal y corriente.
Yo,
ante el peso aplastante de tales argumentos debería estar de acuerdo.
Y en
realidad lo estoy, a pesar de que no me entra en la cabeza la paradoja de un
poeta que no crea en la poesía.
Porque para mí la poesía es un producto espiritual y mágico, o no es
nada. Pero comprendo que mi visión de la poesía es obsoleta.
Pero
ahora viene el pero:
Las
conclusiones filosóficas en que se apoya la mayoría de la poesía y la cultura
contemporánea están basadas en los descubrimientos y teorías científicos de los siglos
XVII, XVIII y XIX.
Pero,
es curiosa la coincidencia, a partir de exactamente 1900, el principio del
siglo, las teorías científicas decimonónicas empezarán a ser puestas en
entredicho y toda una nueva serie de teorías científicas irán apareciendo a lo
largo del siglo XX que obligarán a los científicos a corregir su visión del
mundo de una manera radical.
En
efecto, en 1900 Max Planck da comienzo a lo que hoy se llama física cuántica. Y
en 1905 y 1915/16 respectivamente Einstein publicará las dos teorías (especial
y general) de la relatividad.
A
partir de esas dos correcciones a la teoría de Newton toda una serie de físicos
y matemáticos empezarán a ahondar en la estructura del átomo y en la estructura
cósmica del espaciotiempo, hasta superar definitivamente todos los supuestos de
la física clásica.
Pero
¿qué podía importarle esto a los poetas? Y sobre todo qué podía importarles a
ellos la ciencia y sus teorías, si ellos no tuvieron nunca conciencia de que su
poética tuviera sus lejanos orígenes en el método científico? Realmente
¿cuántos poetas del siglo XX han leído, no ya a Einstein, sino a Newton?
Porque la influencia del prestigio de la ciencia y del método científico
no ha llegado a la poesía a través de los libros de ciencia, ni mucho menos. Ha
llegado, en realidad, a través de la mentalidad moderna que está, sin saberlo
ella misma, totalmente permeada del espíritu científico. Pero ¡atención! del
espíritu científico DECIMONÓNICO.
El
espíritu científico vigésimo, quiero decir, del siglo XX -y me temo que también
del XXI- será totalmente distinto.
No
tengo tiempo ni espacio aquí para explicar en qué consisten estas diferencias
de mentalidad que vaticino.
Pero
puedo hacer dos cosas. Resumir en una frase o un párrafo el principio que las
tres disciplinas científicas del siglo pasdo el presente (la Mecánica Cuántica,
la Cosmología y la Matemática Relativistas y la recientísima Geometria Fractal de
Mandelbrot, muy relacionada con la Teoría del Caos y las Catástrofes de
Prigoguine, aunque el concepto del tecnicismo “catástrofe” es de René Thom), el
principio que estas disciplinas científicas, decía, tienen en común y poner algunos ejemplos de
sus inusitados decubrimientos, para pasar posteriormente a deducir de ellos
alguna conclusión que afecte a la mentalidad por venir y de rebote a la posible
poética corriente de s. XXI.
En
primer lugar, parece ser que la ciencia vigésima cada vez tiene más claro que
no existe en realidad eso que tradicionalmente se ha llamado realidad objetiva.
Parece ser que la frontera entre el sujeto y el objeto no es en absoluto
nítida, por no decir que, si el oximorónico “objeto puro” existe -la cosa en sí
de Kant- no puede aprehenderse por experiencia directa, puesto que la
experiencia siempre se producirá como consecuencia del impacto de una serie de
ondas de diversa frecuencia y longitud de onda en nuestras células sensibles,
que mandarán una señal eléctrica a las neuronas del cerebro que procesarán esa
señal y la convertirán en fenómeno, apariencia, realidad, sí, pero una realidad
que sólo existe en el procesador de datos de nuestro cerebro. Vemos objetos y
cosas donde sólo hay ondas electromagnéticas y partículas invisibles. Vemos materia
compacta donde hay una abrumadora mayoría de vacío: el espacio que media entre
los núcleos de los átomos y los electrones de sus órbitas, que es inmensamente
más voluminoso que el volumen total de la materia de todas las partículas
juntas.
Añadamos a eso el Principio de Indeterminación de Heisenberg, que viene
a decir que todo observador modifica mediante la observación el fenómeno
observado. Añadamos a eso el Principio de la Relatividad de Einstein, que hace
depender las propiedades físicas de un objeto del sistema de coordenadas
espaciotemporales en que se sitúa el observador. Añadamos a eso el método de
Mandelbrot que quiere medir, no el
volumen y la forma, sino la complejidad de los objetos reales mediante una
geometría cuyo patrón es relativo a la distancia en que el medidor se encuentra
del objeto a medir, única forma de construir un geometría aplicable a la
realidad y no meramente a esos productos de la Razón como el punto, la línea,
el triángulo, la pirámide o la esfera, que nunca aparecen en la realidad no
artificial, id est, en la Naturaleza, tal como los formula la geometría
clásica.
Y una
vez añadido todo esto tendremos que necesariamente concluir que, según la
ciencia vigésima, la perspectiva del sujeto es básica para conocer la realidad
objetiva porque es parte integrante y
fundamental de la misma. Curiosa paradoja.
Pero
lo más paradójico del caso es que esta nueva aparición del sujeto y de la
subjetividad como parte integrante y básica del mundo real y verdadero no ha
sido reivindicada por ningún poeta romántico medio majara que sintiera
nostalgia de tiempos pasados que a saber si no fueron iguales que estos, por
mucho que él los imaginara mejores. No: a esta presencia del sujeto en la nueva
ciencia se ha llegado a través del mismo método científico que ha convertido a
la ciencia en la soberana indiscutible de nuestro mundo desde el s. XVIII.
Mediante la observación, la experimentación y la deducción racional y
matemática.
Por
otra parte y para no abrumarles y aburrirles con excesivas abstracciones
físico-matemáticas, párense un momento conmigo e intenten comprender en qué
consite una singularidad, esa cosa que se encuentra en el interior de los
llamados agujeros negros y en elseno del big bang, y piensen cómo ese producto
de la razón científica es algo que desafía al sentido común: una singualridad
es un objeto de volumen cero y densidad infinita. O sea: una nada que posee una
atracción gravitatoria tan fuerte que puede tragarse una estrella con todo su
sistema solar incluido. Y -más todavía- que tiene por causa la curvatura en el
espaciotiempo que produce su excesiva gravedad como consecuencia de su inmensa
cantidad de masa concentrada. Porque ahora -desde Einstein- como consecuencia
de la gravedad de toda la materia del universo, resulta que el espacio es curvo
y que si navegamos en línea recta hacia el infinito acabaríamos llegando al
punto de partida. ¡Justo lo que decía Nicolás de Cusa sobre Dios: que era el
límite de un espacio que se extiende infinito en todas las direcciones por
igual, por lo que dicho límite debería de tener la forma de una circunferencia
que fuera curva y recta a la vez: la coincidencia de los contrarios, la proeza
imposible, sólo posible en Dios, pero hoy día posible en el mismo confín del
Universo.
Pero
un momento: ¿es que el Universo tienen confines? Pues agárrense. No sólo tiene
confines sino que desde Hubble sabemos que esos confines, los del espacio que
ocupa el Universo se dilatan: sí señores, el espacio se está estirando hacia el
infinito en estos momentos arrastrando con él los mundos y las galaxias. Pero
insisto: no son las galaxias las que se alejan por el espacio infinito, es el
espacio finito el que se estira y dilata separando las galaxias unas de otras,
como cuando pintamos dos puntos en la superficie esférica de un globo
desinflado y conforme vamos hinchádolo con aire esos puntos se separan, pero no
porque se estén dando un paseo por la superficie del globo sino porque esa
superficie se está ensanchando, arrastando en su ensanchamiento a los puntos
pintados en ella hacia distancias cada vez más vastas. Pues sí, señores, ahora
resulta que el espacio es elástico como un globo o un chicle sólo que, en vez
de constar de dos dimensiones curvadas esféricamente, consta de tres -o cuatro- dimensiones curvadas
esféricamente. Pueden ustedes imaginárselo.
Y por
fin la teoría vigésima más impresionante de todas. Si el espacio se está
dilatando y las galaxias se separan, es
porque antes ese espacio ha estado menos dilatado y las galaxias mas juntas, de
hecho puede haber habido un momento en que la materia estuviera tan junta en un
espacio tan comprimido que la gravedad habría sido tan grande, o sea, el
espaciotiempo habría estado tan enrollado sobre si mismo que la materia total
del Universo se habría concentrado en un punto apretándose sobre si misma hasta
producir un singularidad monstruosa, un nada absoluta que estuviera preñada de
toda la materia y de todo el orden del Universo.
Después de todo va a resultar que
efectivamente el Universo ha sido creado de la nada. Si señores: se ha calculado
que hace aproximadamente 14.000 millones de años el Universo entero, con toda
su complejidad y su materia habría cabido en la punta de una aguja. ¿Se lo
imaginan? ¡Todo el universo ahí? Pero vamos, hombre, eso cómo va a ser, me
dirán ustedes, de qué manicomio se ha escapado el científico que haya dicho
eso.
Y tal
pregunta, hecha por el sentido común, por la razón decimonónica, parecería
tener todo el sentido del mundo. Podría decirse: todo eso no son más que
teorías que no podrán demostrarse nunca jamás.
Pues
¿saben ustedes lo que pasó hace escasamente unos años? Pues que un tal George
Smoot, un científico salido de la universidad de Berkeley, California,
consiguió con ayuda de satélites artificiales prestados por la NASA,
demostrar que la teoría del Big Bang era
absolutamente cierta y constatable. Ese absurdo del Universo entero constreñido
en un punto que explotó creando el espacio y el tiempo y toda la materia de
todas las galaxias del Universo actual, no sólo es una teoría fiable si no que
es un hecho demostrado por la experiencia y por la razón.
Y
este descubrimiento, el más importante de todos los tiempos, según Stephen
Hawking, está fundamentado en Einstein y en la físicos cuánticos, aquellos
científicos que incluyeron el sujeto como parte fundamental de la realidad
científica.
¿No
resultará al final -yo me pregunto- que los románticos tenían razón y que los
productos de la subjetividad siempre llevan más lejos que la experiencia y la
razón?
Pues
sí y no: no es ésa la conclusión exacta desde mi punto de vista. La ciencia
vigésima y actual ha demostrado con su ejemplo que el camino hacia la verdad es
el camino de la síntesis: La razón y la
experiencia deben fundirse con la imaginación, para superar conjuntamente una
etapa histórica desfasada.
La
imaginación es, si no la sometemos a la disciplina de la razón y la
experiencia, un puro disparate y de esos ya tuvimos bastantes con las
vanguardias.
Pero
no debemos olvidar que toda imaginación tiene su origen en la experiencia, pues
toda imagen es una representación mental de la realidad. Ni debemos olvidar
tampoco que la única realidad que podemos percibir es la realidad representada,
por lo que la experiencia es también subjetividad imaginativa. La Síntesis que
predico consiste, pues, en hacer consciente a la experiencia de que someterse
al realismo es un acto de estrechez mental impropio de espíritus libres y
curiosos. El realismo ha cometido el error de considerar lo subjetivo como algo
fuera de la realidad, sin caer en la cuenta de que la realidad es una categoría
subjetiva. La conciencia es una parte de la naturaleza, y más aún, la
conciencia es el último capítulo por ahora escrito de la historia de la
Evolución. La Conciencia es el sentido de la Evolución. Y puesto que es obvio
que la materia evoluciona hacia la Conciencia, resulta curioso que las
criaturas más conscientes de los dos o tres últimos siglos hayan despreciado
con tanto énfasis todos los productos de la conciencia, y especialmente el de
la imaginación, siendo así que toda conciencia, para serlo, no tiene más
remedio que ser imaginativa.
La
única manera de alcanzar la intuición de lo desconocido es hacer un esfuerzo de
imaginación que nos permita hacernos una idea de cómo son las cosas que no
están a tiro de nuestra experiencia inmediata. La imaginación sensata es, pues,
la base del conocimiento.
Pero
la sensatez por sí sola, sin una buena dosis de imaginación, no es
absolutamente nada.
Hay,
por tanto, que volver a creer en el poder visionario y mágico de la palabra y
en el sentido, la razón de ser de la poesía, pero sin desdeñar la razón y la
experiencia, tal como hiciera la Modernidad. Hoy es el momento de la Síntesis.
Pero atención: la Síntesis de Imaginación y Razón, de Fantasía y Experiencia,
no puede solucionarse por el método fácil de por ejemplo cantar la Realidad
mediante un lenguaje imaginativo, ni, al contrario, cantar la Fantasía mediante
un lenguaje realista. Tales soluciones manifiestan una buena intención pero no
son suficientes. A la Síntesis debe llegarse por un paso evolutivo de la
Conciencia, un paso evolutivo que suponga un salto cualitativo -en el sentido
marxiano de la palabra- por acumulación cuantitativa de nuevos datos y
revelaciones, un paso o salto que suponga una verdadera trasformación de la mentalidad
camuflada e inconscientemente decimonónica que impera en la mayoría de las
mentes de nuestros intelectuales. Una trasformación que nos haga comprender de
una vez el carácter (tal como dice Alfred Hoyle) "inteligente" del
Universo, carácter que ha hecho hablar ya a muchos científicos de la misma
talla de Hoyle de un Principio Antrópico que explicaría sus fundamentos según
una especie de teleologismo intelectual invertido que permitiría suponer que el
conocimiento de sí mismo es la razón de ser del Universo, lo cual ubica a la
conciencia humana en una situación de gozne básico para la articulación de todo
el proceso evolutivo cósmico.
Después de todo la visión científica del
Universo como una gigantesca Explosión que partió hace 14.000 millones de años
de un punto inferior en tamaño a la cabeza de un alfiler, y que todavía
continúa explotando, es algo mucho más visionario que las visiones más
descabelladas y fantásticas de todas las mitologías. Pero las cosas son así y a
ello se ha llegado combinando imaginación especulativa con razón y
experimentación.
Sin
embargo, los poetas de la corriente
actual -como pasó con los primeros poetas ilustrados al respecto de la
fecha de caducidad de la poética de la mímesis- aún no se han enterado de todo
esto o, si lo han hecho, no se han dado cuenta de su trascendencia. Así, por
ejemplo, mi querido amigo Felipe Benítez Reyes, uno de los más altos y
premiados poetas de la experiencia actual ha escrito estos versos que ha
continuación cito, y que coinciden con el tipo típico de opinión de un poeta
realista instalado en la poesía del poder de la corriente, pero que no cree en
la corriente de poder de la poesía. Una opinión de la poesía normal y
corriente.
"La lenta concepción de una metáfora
o bien ese temblor
que a veces queda
después de haber
escrito algunos versos
¿justifica una
vida? Sé que no."
Yo,
más humildemente que Felipe Benítez Reyes, y de todos sus simétricos semejantes
creo que sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario