DE LA VIGENCIA FILOSÓFICA Y CIENTÍFICA DE CIERTOS MITEMAS ANTIGUOS. Sobre Enuma Elish, Teogonía, De rerum natura,
Metamorfosis, Cantos órficos, Paradise Lost...
Al principio fue el Caos (el Hiato, el Bostezo, la Abertura, la Raja:)
el Abismo Sin Fondo, o peor dicho: Nada.
Y de pronto, un buen día, mucho tiempo después, algún animalejo
inteligente, algún ser animado por un ánima o alma, quiero decir –acaso- un sapiens sapiens, empezó a preguntarse
cuánto tiempo llevarían, llevaremos existiendo nosotros, y cuánto tiempo
llevará existiendo Todo (en latín: Universum),
y cuánto tiempo llevarán existiendo algunas cuantas cosas más que no sepamos
ver y que es probable o posible que también existan. Y aún todavía más: que si
eran tantas y si todo en conjunto parecía tan grande, tan grandioso, y además
tan sólido, tan fuerte, tan potente, cómo diría yo (el animalillo inteligente)
tan consistente en sí, como tan siendo lo que es, tan existiendo de verdad…, cómo sería o
habría sido la cosa de donde este Todo había salido.
Entonces, así pues, hace unos pocos años, no muchos, unos cinco mil o
así, o, bueno, acaso el doble o el triple o, bien mirada la cosa, más generosamente
y por el pundonor de ser más justos, pongamos que cien mil, y si me apuran unos
cientos de miles, pero no más de cuatro, que ahí me planto, aquel animalejo
inteligente, que por cierto soy yo, quiero decir uno muy parecido a mí, o sea
mi prójimo, y tan próximo en el tiempo que casi puede decirse parece que fue
ayer, en fin, todos nosotros, inventamos, hemos tenido tiempo a lo largo de ese
tiempo de inventarnos (del latín invenire:
encontrar, descubrir) millones de teorías de diverso carácter, pero todas
producto de un mismo tipo de órgano, el cerebro, ése que bien pulsado emite esa
suerte de armonía musical que algunos llaman mente, y algunos, muchos otros, de otras muchas maneras, y que yo,
por razones que luego se verán, voy a llamar psiqué, aunque su nombre castellano es alma, bien, decía, que la variada serie de teorías que produjera
nuestra imaginación de alimañas (del latín animalia)
inteligentes tenían, han tenido, pese al vario y a veces adversario carácter de
muchísimas de ellas, una cosa en común: casi todas decían −dicen− que el
conjunto de todo lo que existe, que debe ser enorme, con todo lo que es, ha
salido de un Abismo Sin Fondo, una Abertura, una Raja, un Hiato o un Caos, que
fue a la postre el término que mayor fortuna tuvo, y que al principio
significaba algo así como Nada, Vacío Sin Nada Dentro (bueno, quizás con Todo
dentro pero sin forma ni orden ni concierto, sin distinguirse unas cosas de
otras, sin diferencia: Todo siendo a la vez la misma cosa: materia informe,
amorfa, sin forma y, lo que es más extraño, sin ni siquiera materia: algo como
si Nada), o incluso Nada impura, quiero decir Vacío puro, porque los muy
puristas dicen que el vacío considerado en puridad contiene espacio, y que el
espacio es algo, que tiene sus propiedades, para empezar 3 dimensiones, y por
tanto no Nada, y para colmo y de remate vienen los físicos modernos y nos dicen
que el vacío contiene una energía formidable (y que quien tiene cero en energía
es Todo Lo Que Existe, el Universo), y no está casi nunca vacío porque él mismo
crea de continuo partículas virtuales que salen de la nada y que enseguida
normalmente se escapan de vuelta del universo al vacío, igual que entraron, por
el mismo camino y se vuelven a volver nada, pero oiga, mire usted, mucho cuidado,
que he dicho normalmente, pero hay excepciones, y a veces excepciones
maravillosas: que la teoría cosmológica moderna dice que el universo entero
salió de ahí también, de ese vacío, sólo que por favor llámelo usted ahora con
nombre y apellido: diga Vacío Cuántico.
Pues bien, digámoslo: al principio de todo era un Vacío Cuántico, y todo
concluido. Pues no señor, no tiene usted razón, so animalucho: lo que hubo al
principio de todo no fue un Vacío Cuántico, sino una cosa rara de volumen cero
(o sea nada: ni siquiera espacio vacío) y densidad infinita (o sea todo, pero
junto, a lo bestia), una cosa que los matemáticos relativistas llaman una Singularidad. Y qué singular cosa es esa
singularidad, tan singular que por lo visto no es singular, sino plural, porque
hay varias, o muchas: una dentro de cada boquete negro sideral; pero aún más
singular porque lo más curioso de esa Cosa física es que la física se queda
corta frente a Ella, es su límite, su finis
terrae, su non plus ultra, su ya “no puedo más y aquí me quedo”, no tengo Más Allá. Lo más curioso de
todo esto es, en efecto, el chasco que se lleva nuestra curiosidad intelectual
ante ese abismo insondable para nuestra facultad de experiencia deseñada por
las leyes de la Naturaleza.
Pero recuerden: que ser animalete inteligente quiere decir lo mismo que
ser animalín curioso: somos especie cuya naturaleza es el ejercicio
perennemente insatisfecho de la curiosidad: queremos ver lo que se oculta
detrás de la Puerta Prohibida y no podemos resistir la tentación de enfocar el
ojo propio por el ojo de la cerradura hacia el interior, lo cual es un problema
porque desde esa perspectiva no puede verse casi nada de lo escondido dentro,
sobre todo si el ocultador ha sido listo y ha escondido el tesoro secreto en alguna
de las zonas ocultas, que son al menos dos: puede atisbarse lo que se ofrece
más o menos al frente, pero no lo que queda en los dos rincones a los lados de
la puerta cerrada: en sus ángulos muertos. Que alguno de ellos será el que
seguramente contiene lo que estamos buscando.
Pues bien: la Singularidad de los orígenes, al igual que las otras, nos
deja incluso sin el ojo; aún peor: sin los dos: sin el de la cerradura y sin el
nuestro. Por eso tal vez, cuando miramos con nuestros ojos habituales, los de
la teoría cosmológica, que es relativista y cuántica, no estemos viendo nada,
bien porque, como ocurre en los cuentos (y como dice Hawking), no haya nada que
ver (era sólo una Prueba, y eres malo -curioso- porque la has suspendido con un
Cero), o bien porque no estemos mirando ni con
el ojo adecuado (la teoría actual -que es incompleta, como decía Einstein de la
Física Cuántica, y dice aún Penrose tanto de ésta como de la Relatividad
General de su Maestro, que falla porque no es cuántica-) ni por el ojo adecuado: si el enigma se esconde
en un ángulo muerto, mirar por el ojo de la cerradura no sirve para nada,
máxime cuando, que sepamos, no hay siquiera cerradura, porque nunca hubo
puerta: la Singularidad se abrió a lo bruto: rompiendo paredes y muros irrompibles
(que lo eran porque, para más burla, no existían): hemos llegado pues al borde
del precipicio, en concreto, de una tan abstracto que no tiene borde -o no:
mejor: nos hemos dado de bruces contra un bastión infranqueable: ese punto
fatal del que rehúyen todos los científicos, filósofos y (aunque no todos)
sabios: la inadmisible Paradoja.
Cómo mirar y ver a través de una abertura que no existe. Como ver cosas
lejanas con ojos miopes.
Y es que es verdad que una paradoja jamás te sirve para la verdad; pero
no porque sea falsa, sino porque no puede ser falsa ni verdadera, porque bien
mirada la cosa debería ser las dos cosas a la vez, y eso, como se ve a las
luces cuerdas de la razón, es absurdo de locos. O de místicos. O de poetas.
Porque ni filósofos ni científicos suelen caer en la cuenta de un hecho
importantísimo: antes que un invento de la lógica o de los juegos lógicos, la
paradoja fue una figura literaria. Y esto quiere decir que jamás deberá ser
interpretada en sentido literal, sino en sentido literario, es decir: sentido
figurado; porque el sentido de toda figura ha de ser figurado, de donde se
sigue que son dos cosas distintas sentido literal y sentido literario, o mejor:
poético, porque todas las figuras literarias son figuras poéticas, y el sentido
de toda poesía debe ser figurado porque, si no, ya no estamos haciendo poesía,
porque no se puede hacer poesía sin figuración poética, porque eso sería como
hacer poesía en sentido literal: o sea: una paradoja inadmisible.
Mi pregunta, la de este animal del s. XXI que se cree inteligente, es la
que sigue: ¿puede el sentido figurado, propio de la poesía (y de la literatura)
mirar y ver ahí donde no llega el sentido literal, el propio de la filosofía y
de la ciencia?
Mi respuesta -que todavía desconozco, y que no sé si lograré- es este
ensayo poético al que ahora dan luz verde −de esperanza- estas pocas palabras
liminares.
Prologos
De esa misma manera comenzaron, comienzan todos aquellos grandes -en
todos los sentidos- libros que me dejaron indeleble huella: los poemas de
Ovidio, de Milton, de Lucrecio -y también del anónimo autor del sumerio Enuma Elish, mesopotamio génesis),
empezaron así, igual que yo lo he hecho a modo de modesto homenaje a losgigantes,
a cuyos hombros me he decido a subir: todos hablaron del Origen: el Caos (o
Dios, o la Naturaleza como Genitora de todo, o la Nada, o la Nonada, o alguna
idea sobre la imposibilidad de que la Nada dé lugar al Ser ni a Cosa alguna).
Supe pronto que estos mis poemas admirados tenían sus modelos y sus fuentes: el
Paraíso perdido remitía al Génesis y
a un mito extrabíblico pero muy popular en la literatura judía y cristiana y
gnóstica de los primeros siglos de esta era: la rebelión del Soberbio: Luzbel,
la bella Iluminación (o de la soberbia Sabiduría -Sofía- de Dios, según
gnósticos), o Lucifer, desde entonces Satán o Satanás, y que tiene que ver -y
mucho- con un antiguo mito pagano relativo a la caída del Lucero del Alba (que
Isaías usó para aludir a la caída del soberbio y poderoso Nabucodonosor, u otro
rey babilonio), y que como se sabe no es otro que Venus: el planeta del Eros,
de la fecundidad y la fertilidad: de la creatividad de la Naturaleza. Razón
seguramente por la cual Lucrecio da comienzo a su De rerum natura con su famosa invocación a Venus Madre (de todo).
Es obvio que el poeta aquí usa el mito de manera alegórica, porque Lucrecio en
realidad a lo que quiere aludir es al Principio o a la Fuerza Natural que lo
produce y mueve todo. Si no, no podría entenderse por qué, unas cuantas tiradas
de versos más abajo este mismo poeta nos escande la explicación de las falacias
y crímenes de toda religión: óyeme Memio -dice más o menos- los dioses puede
ser que existan, pero no hay que temerlos (ni adorarlos), ¿sabes por qué?
Porque ni tú ni yo ni nadie les importamos el más mínimo bledo y además no son
tan poderosos: para empezar ellos no son los creadores –ni siquiera
organizadores- de este Cosmos: igual que tú y que yo son un conjunto de átomos,
mejor organizados, eso sí, que nosotros, y por eso serán inmortales y felices,
porque la suerte, la Fortuna, los ha hecho mejores, pero a ti qué te tienen que
importar, si tú a ellos, menos todavía.
Talvez por eso Ovidio, que admiraba el De rerum, comienza su Libro de los Cambios o las Metamorfosis hablando del gran Cambio:
al principio fue el Caos, donde todas las cosas disputaban juntas y revueltas,
en lid brutal destruyéndose unas a otras en un perpetuo enfrentamiento radical
y absoluto, sin diferencias de ningún tipo porque hasta los contrarios estaban
unos remezclados con los otros en un confuso lío en que nada era nada (porque
todo era todo), hasta que al fin un día “Dios, y mejor Naturaleza” (traduzco
yo: Supernaturaleza) puso fin a la barahúnda y empezó crear las diferencias,
los límites, los lugares, las formas (las morfés)
y, paso seguido, puso cada cosa en su lugar y dio lugar al Cosmos
(etimológicamente: el Orden organizado,
la Harmonía). Pero lo más interesante de todo esto es la duda −enseguida
resuelta− del poeta del Cambio: por qué deja de haber Caos y en su lugar
aparece -se crea: supercamabia- un orden cósmico.
Para esto la tradición daba dos tipos de respuesta:
1ª) Respuesta tradicional antigua, id est, mítica: porque un Dios así lo
decidió y así lo hizo. Un Dios o un Espíritu (según cuentan los órficos, un
Aire luminoso llamado Éter que fecundó a la alada Noche, Pájara del Misterio
-temida, dice Homero, incluso por el poderoso Zeus-, y que pondría un Huevo de
Plata de donde nacería el todopoderoso demiurgo Eros); o una pareja de Dioses,
por ejemplo Tiamat, que siempre estuvo en Apsu, el Abismo sumerio del Enuma
Elish, y concibió de este último a los dioses, o incluso, en otro orden de
cosas, el de la Teogonía hesiódica,
una Diosa: la propia Gaia, que habiendo sido la primera en salir
espontáneamente del Caos, impidió que continuara para siempre una situación
caótica: había parido partenogenéticamente a Urano, el Cielo estrellado, quien
en seguida se le había tirado encima y la empreñaba de contino; pero como al
tío le iba la marcha, no se levantaba ni descansaba nunca, de modo que los
hijos no podían nacer y a Gaia empezaba ya a dolerle la barriga de tanto crío
dentro y sin salir: así que un día la gran jodida Gaia produjo una hoz de
brillante metal que Cronos usó para poner en su lugar definitivamente al Cielo
y a la Tierra, cortando por lo sano y separando lo que no se acababa de
diferenciar, en fin: poniendo Orden en el mundo: el Cielo salió pitando de
dolor en sus partes para arriba, su lugar, habiendo ya perdido sus atributos de
Padre o de gran Macho (de los cuales, caídos al mar, nacería Afrodita), y que
heredarían sus hijos o sus nietos, ahora ya con espacio suficiente entre Urano
y la Tierra -que se quedaría en su lugar, abajo- para crear, ordenándolas,
todas las cosas, y así armar la de Dios. O de los dioses. O, en especial, los
dioses de las nubes, la tormenta y el rayo: Zeus, Júpiter, el védico Indra, el
mesopotamio Enlil/Marduk, que son los que al final del proceso creativo suelen
detentar el poder sobre los dioses de la naturaleza.
2ª) Respuesta tradicional novedosa, id est, lucreciana, o sea, epicúrea
y por tanto democriteana, y por extensión ya podríamos decir presocrática, pues
que los presocráticos fueron los primeros pensadores y poetas antimíticos (o
eso pretendían, aunque esto también es matizable, o, en fin, llamémosla
respuesta filosófica: Porque sí. O sea: porque así son las cosas, porque esa es
la naturaleza de las cosas, o la naturaleza de la Naturaleza. De rerum natura.
Ovidio parece dudar un instante, pero
enseguida parece inclinarse por la respuesta moderna (de seis siglos de
tradición entonces), pese a que su poema va a tratar de mitos sobre
trasformaciones de dioses, semidioses y otras divinidades, incluso de seres
humanos influenciados, con mucha frecuencia eróticamente, por los dioses.
“Dios, y mejor Natura”, según tradujo Pedro Sánchez de Viana allá por el
Renacimiento. “…un dios, o más bien la naturaleza” traducen especialistas del
siglo XX, resolviendo -correctamente desde el punto de vista gramatical- el
problema gramatical de que en latín no hay artículos, mientras que en
castellano, sí. Sánchez de Viana era seguramente cristiano y escribía para un
público cristiano que, sin duda, iba a ver que Dios (y no un dios) era
naturalmente el creador de la Naturaleza (aunque Él fuera sobrenatural, o
quizás precisamente por eso). Y por eso, o por lo otro, los traductores
modernos ponen artículos donde no los había, o donde, de haber habido algo,
habría habido otra cosa, pero no artículos, que en castellano deben aparecer
por el arte mágica de la traducción: en castellano se dice así. Bien. Sin
embargo: si en el caso de Viana, y mejor -o más bien- en el de Milton, el
artículo delante de Dios, o God, no tenía sentido, ¿es seguro que, puesto que
en latín no los hay, los traductores modernos, del XXI, debamos colocarlo,
siendo así más fieles a la gramática y a la traducción literal, que a las posibles
dudas (¿o intenciones?) de Ovidio? ¿De dónde había salido ese dios (“o más bien
Natura”,) de las Metamorfosis, si al
principio todas las cosas estaban en confuso revoltijo y, aunque estaban allí,
aún no eran nada las cosas ni los dioses (ni la –mejor- natura), porque no tenían su forma, ni los había, y ni
siquiera, ya no sólo los dioses, sino tampoco los titanes, que según Hesiodo
(que Ovidio tenía en mente) aparecieron antes, y que fueron sus padres?
En el caso de Milton la cosa estaba clara: sólo hay un Dios que es el
Creador del Cosmos, y por lo tanto el Destructor del Caos, o mejor o más bien
su incubador fecundo: Milton concibe el Caos según la metáfora del Huevo
Cósmico (de orígenes clásicos, pero mejor más bien preclásicos, órficos, esto
es orientales: ver supra) y concibe al Espíritu de Dios, el que en el Génesis
se cernía sobre el Abismo (de las aguas), como una gran Paloma, o Palomo (que
recuerda el símbolo del Espíritu Santo) de grandiosas alas posándose en el Caos
e incubándolo para dejarlo preñado. Un visión, por cierto, un tanto andrógina
de Dios (sin artículo). Pero al grano: la Paloma está fuera del Caos, está
fuera del Todo y de la Nada, tanto antes como después de la Creación: no cabe
la pregunta: de dónde sale Dios. Es evidente: no tiene que salir, pues siempre
estuvo allí, fuera del tiempo: fuera de todo, del Caos y del Cosmos y de la
Naturaleza, porque para eso era (y así los escolásticos y otros antes Lo habían
definido como) sobrenatural y trascendente: Sobre Natura y Más Allá. Literalmente:
que asciende más allá, por encima de la naturaleza, o más libremente y en más
figurado sentido: que se mueve por encima y por detrás (del latín trans: más allá) de todo.
Las razones de Ovidio están claras, al menos para mí. Después de todo,
los dioses paganos fueron siempre dioses de la Naturaleza, y como la Naturaleza
es plural (consta al menos de cuatro elementos primordiales, uno de ellos
citado en el poema y aludido con su nombre de diosa, me refiero a Anfitrite, el
Agua -que todavía no era agua porque no tenía su morfología-, según la
empedoclea visión de Ovidio) un dios
(¿con artículo?), o más bien o mejor todos los cuatro (Natura) decidió o mejor
o más bien decidieron de consuno poner un poco de orden y concierto en el
caótico desbarajuste.
Milton tenía en la cabeza algo impensable para un romano de formación
filosófica griega: que el universo había salido de la nada, gracias a Dios (o
por su culpa, dirían algunos gnósticos). Pero Ovidio recordaba a su admirado
Lucrecio, quien siguiendo una tradición iniciada por Parménides, había retirado
a los dioses su crédito de creadores: ex nihilo nihil: de la nada no puede
salir nada: provenir el ser; o sea de la Nada no saca un Ser ni Dios. Ergo: los
dioses no son creadores porque no hay creación. En todo caso sólo cambio:
metamorfosis. Pero ya Heráclito había dicho que una cosa que cambia es una cosa
que deja de ser lo que es para pasar a ser otra cosa distinta de lo que era: y
como todo cambia continuamente y nada permanece -excepto el cambio- ser es un
perpetuo dejar-de-ser, o sea, no ser para ser -otra cosa-, lo cual es paradoja,
que el eléata querrá solucionar negando la realidad del cambio: éste pasaría a
ser sólo apariencia, ilusión de nuestros pobres sentidos, superables por una
recta y justa razón capaz de ver o de leer las verdaderas leyes de la
Naturaleza que se ocultan tras esas apariencias e ilusiones, razón quizás por
la que su poema es inspirado, en vez de por una musa tradicional, por una
novedosa (en funciones), la diosa Diké, la Justicia (la Ley), la Rectitud,
guardianas de las puertas del secreto conocimiento.
No obstante, no era esa la única solución de la paradoja, ya que otros
filósofos habían intentado ser menos antiempíricos, y Ovidio lo sabía: para
empezar Lucrecio, como buen epicúreo era atomista, lo que vale decir discípulo
de Leucipo y de Demócrito: como se sabe de sobra, los atomistas intentaron una
solución sintética entre la paradoja metamórfica de Heráclito y la antiparadoja
antiempírica de Parménides proponiendo que, en efecto, el ser es, y el no-ser no es,
como decía el de Elea, y el ser no cambia, y eso no hay quien lo cambie; no
obstante el ser no es uno, como quería Parménides, sino muchos, o muchísimos:
átomos indivisibles que no cambián jamás (y por eso son ser, seres), y que el cambio de todas las cosas que predicaba el de
Éfeso se explicaba gracias al no-ser:
el vacío que, al existir entre los átomos, permitía que estos se movieran y
entraran a veces -muchas veces- en contacto, formando infinitas combinaciones
del más diverso carácter. Lo que explica (e implica) dos cosas: una de ellas
obvia: que el mundo cambia pese a que el ser es siempre, y nunca deja de
ser volviéndose no-ser respecto de su ser anterior; otra menos obvia, pero
muchísimo más interesante: que el no-ser
existe: es real (: ¡el no-ser es!, y ¡viva la paradoja!). Es tan real como el ser. Claro que el verbo griego para decir “existir” era
también, me temo, el verbo “ser” (einai) que, igual que en castellano tenía dos
sentidos: el existencial y el consistencial: y el problema es que todas las
cosas que existen son: consisten en
algo; pero no todas las cosas que son
(o consisten en algo) existen. Véase el típico ejemplo del centauro: un
centauro es (consiste en) un monstruo
mitológico mitad hombre y mitad caballo; ergo el centauro es. Pero ¿los centauros existen? Para los griegos arcaicos, sí.
Para los presocráticos (y posteriores), no. O no de la misma manera. Existían
como personajes de un mito, como fábula: como mito fabuloso. Incluso existía
como creencias del vulgo siempre necio. Pero no para el sabio que sabía que la
fábula mítica, o el mito fabuloso, era falsa, o falso, puesto que su contenido,
su sentido, su significado literal no era verdad, aunque no pudiéramos dudar de
su existencia en tanto que ficción.
Así pues, hay (existen) cosas que no son verdad: existe la mentira y el
error, y ambos son (consisten en) no ser verdad. Pero si existen, son tan
reales (tan ser) como el no-ser de Demócrito, que es el vacío, de donde dicen
los más modernos sabios que ha salido todo el Universo. Todo lo que existe es, pero no todo lo que es existe; pero el no-ser es real y
existe. Pues vaya.
Esto plantea un interesante problema que veré de ver después, pero antes
volvamos un instante a Ovidio. El poeta de Roma sabía que las fábulas o mitos
eran, pero no eran: eran porque existían y su conocimiento producía
consecuencias psíquicas, él hubiera
dicho morales, en quienes los
conocían; y no eran porque no eran verdad… para un filósofo: para un poeta, sí.
Por qué: porque el filósofo hablaba del sentido literal del mito o de la
fábula, mientras que al poeta (incluso al antimítico Lucrecio cuando invoca a
Venus, e incluso al mismísimo Parménides cando dice ser inspirado por Diké -e
incluso Empédocles cuando invoca a Mnemósine y a Calíope-) sólo le interesaba
su sentido figurado.
Protologos
El tema del gran Ovidio es el
Gran Tema: el del gran Heráclito: el Cambio; y el poeta hablará de las
metamorfosis usando la figura poética más figurativa: el mito, la fábula, que
podríamos definir sin ánimo de exhaustividad y sólo a modo aproximativo y
provisional como: una metáfora pura narrativamente compleja: una hipermetáfora
pura. Insisto en lo de pura: sin referencia a un referente (sin término real)
explícito y expreso. La metáfora pura expresa sólo el término imaginario
(figurativo) de lo que en origen fuera concebido como una comparación, o símil.
Ovidio al mencionar uno de los cuatro elementos de la física presocrática del
gran poeta Empédocles (que también escribió su Peri phýseos, su De rerum
natura) no ha dicho o escrito sólo Agua o Mar: ha dicho luego y además
Anfitrite (a quien Empédocles aludiría como Nestis, un título sacro de
Perséfone, si bien que sincréticamente asociada con una anadiómena y acuífera
Afrodita -nacida de las partes de un sangrante y seminal y emasculado Cielo-).
Y de Anfitrite ha dicho el poeta también que todavía no era porque no tenía aún sus cualidades formales (porque el ser es la forma, la morfé, no la
materia), por ejemplo: no podía ser navegada porque aún estaba mezclada con
partecillas o partículas (¿gérmenes, semillas?: “semina”) de otros elementos.
Bien: pero ese Dios, o ese un dios, (¿o ese el dios?) y más bien o mejor Natura, ¿está aludido también en
sentido figurado? ¿O podemos imaginar, o figurarnos, que Ovidio ha hecho en su
poemazo lo contrario que sus antecesores Lucrecio y Parménides y Empédocles?
¿No podría ser que, mientras que aquellos habían empezado sus poemas haciendo
uso del sentido figurado, echándole un rato de imaginación (figuración) mítica
a sus discursos poéticos, para, acto seguido, pasarse por el resto de sus
versos al sentido literal (filosófico), nuestro poeta del cambio hubiera
cambiado la relación ordinal respecto de sus modelos, haciendo al principio de
su poema un alusión literal a un dios, o al dios, o a Dios, para, acto seguido,
pasarse al sentido figurado de sus fábulas metamórficas?
Y si esto fuera así ¿de qué dios o Dios se trataría?
El demiurgo de los estoicos, dicen, que hablaban de semina. Pero a mí me parece que dicho dicho no está demasiado bien
dicho: para empezar el demiurgo estoico es de cuño platónico y los estoicos
eran más bien o mejor heraclitanos: pensaban en el fuego como entidad
primordial y divina que en su mezcla con el aire (anaximénico) producían el
Pneuma o Espíritu demiúrgico, que todo lo organiza. Y me parece que Ovidio no
fue nunca un platónico, ni sus amores son amores platónicos. Pero es que
también me parece que Ovidio tampoco fue un estoico, al menos un estoico puro,
más bien lo veo como un heterodoxo, un subversivo, al menos un ironista feroz
(¡un cínico!), y un rebelde
aficionado a llevar la contraria y a llevar la contracorriente. De modo que
pensemos.
El paso del Caos al Cosmos (o de la Nada al Ser) necesita una Causa,
bastante milagrosa, por cierto, un desencadenante del proceso. Negar la
creación no sirve cuando el tema es la historia de la gran metamorfosis cósmica
desde su origen caótico hasta ahora (el ahora de Ovidio: la era de Augusto, de
quien, por cierto, el poeta se cachondeará al final del poema, y de ahí, y no
de ninguna otra cosa, su póntico exilio). Y Ovidio tenía el problema que no
tendría Milton: los griegos, desde la tradición presocrática se habían empeñado
en negar la creación, pero el poetazo inglés tenía Creación y Creador: Causa
Milagrosa: Dios todopoderoso (sin artículo); tanto que hasta pudo hacer un
Universo de la nada, que Milton redenomina Caos.
¿Quién es, pues, el dios o Dios creador -o esa Naturaleza Mejor- de
Ovidio?
Yo, sinceramente, no lo sé.
Pero
puedo figurármelo.
Hay dos momentos importantes en el poema de las fábulas y mitos
metamórficos, y que son importantes por el lugar que ocupan en el poema, así
como por estar diferenciados del resto de los metamórficos mitos y fábulas:
casi al principio del poema, después
de la declaración de intenciones y ruego de inspiración o invocación a los
dioses que serán en buena medida tema y protagonistas de los cambios a narrar;
y casi al final del poema, antes de
las narraciones antiimperialistas y antitiránicas (véase la fábula de Cipo) relacionadas con los inicios
míticos de Roma que prepara el panegírico ironiquísimo a Augusto, previo a la
conclusión del poema (“inmortal”). Me refiero, claro, al ya comentado Caos
empedocleo (o semiempedocleo, como veremos), y al relato sobre las enseñanzas
de Pitágoras. Al post-principio y al pre-final: el pre-cambio y el no-cambio:
Primero Precambio:
por la referencia a Empédocles: en el caos de Ovidio están los irreductibles
cuatro elementos (recuérdese que otros presocráticos -Tales, Anaxímenes,
Heráclito…- y algunos otros postsocráticos habían hablado de cuatro elementos,
pero en el fondo reducibles todos a uno solo de ellos, que era, además, su arjé: su origen y sustrato: todo es
agua, o todo es aire, o todo es fuego…, o el ser, que no es arjé porque no hay
origen porque no hay nada que originar o crear: todo es, excepto lo que no es,
y para esto no hay lugar; pero sólo Empédocles habló de cuatro elementos primordiales que eran irreductibles unos a otros y que son el origen y el sustrato
de todo lo demás).
Y finalmente No-cambio: por la
referencia a Pitágoras: para éste cambia todo porque todo nace y muere, salvo
una sola cosa: el alma, la psiqué, que trasmigra en metempsicosis de cuerpo en
cuerpo, y si bien no sin cambiar, al menos permaneciendo idéntica a sí misma.
Esto se explica porque los pitagóricos consideraban la psiqué como un conjunto
harmónico de proporciones numéricas de unidades que a su vez entendían como
puntos sin dimensión (ojo: no átomos, pese a que el número uno sea puntualmente indivisible): podrían variar las proporciones
o las relaciones proporcionales que constituían el microcosmos psíquico, pero
no su identidad, puesto que el resultado del cambio es matemáticamente
equivalente a lo anterior al cambio, siempre que se tenga en cuenta que el alma
era una parte proporcional de la Harmonía Cósmica (sintagma, por cierto,
redundante): porque ambos, alma y cosmos, estaban hechos de números concordes, según la feliz
expresión de Fray Luis. Es decir: por mucho que cambien los subconjuntos
microcósmicos, el Superconjunto macrocósmico no cambia, porque todos los
cambios resultantes son simétricos a lo previo al cambio, en el sentido
matemático del pitagoriquísimo término simétrico:
simétrica es toda cosa que permanece igual a sí misma después de haber sufrido
una trasformación –o metamorfosis.
Es decir: por una parte un prefinal pitagórico que dice que, aunque todo
se transforma y metamorfosea, incluso los cuatro elementos primordiales, en el
fondo nada muere porque permanece la harmonía del Cosmos (macro o micro), y por
la otra un postprincipio empedocleo del que se mencionan los cuatro elementos
irreductibles, pero sin mencionar las otras dos irreducibles fuerzas del
sistema físico de Empédocles: el Amor (o la Amistad, también llamado Alegría,
Afrodita y Harmonía -tres cosas en que Ovidio estaba radicalmente interesado) y
el Odio (o la Discordia). Eros y Eris, por hacer una paronomasia. Los dos son
fuerzas atractivas: el odio atrae lo semejante con lo similar y el amor atrae
lo diferente con lo distinto. El odio destruye la creación porque la reduce a
sus cuatro elementos. El Amor crea, puesto que produce su mezcla harmónica –y
erótica, o afrodisíaca (de Afrodita), y alegre, feliz.
Pero hay que hacer una matización: Empédocles no empieza la Creación con
un Caos único, sino con un “Esfero”, Sphairos
cíclico: la alternancia entre las fuerzas Amor y Odio llevan los elementos a
dos tipos de combinaciones: cuando reina el Amor todas las partículas de los
cuatro elementos están harmónicamente mezcladas, no en un Caos, sino en un Ser
casi parmenídeo que se parece sospechosamente el dios único (con artículo) y no
antropomórfico de Jenófanes, e incluso al de la ontoteología de la metafísica
de Aristóteles, y que al estar compuesto por el buen gusto del amor es la mejor
naturaleza posible, o sea un ser mejornatural,
mientras que cuando impera Odio todas las partículas de cada uno de los cuatro
elementos se han unido entre ellas formando algo que puede compararse con un
Huevo Cósmico (la tierra por su peso se va para el centro, y los demás
elementos, más ligeros se van para afuera, constituyendo algo así como una yema
y una clara y una cáscara respectivas). La creación es, pues, un estado de
transición y metamorfosis regida por
los alternantes auges hegemónicos de las dos fuerzas.
Hay que llamar la atención sobre el hecho de que tanto en Empédocles
como en Pitágoras subsisten o conviven muchos elementos de origen órfico. Y en
el orfismo, después de la unión del Aire Etéreo con la Alada Noche, del Huevo
que ésta puso nació Eros, quien es el verdadero ordenador-organizador-creador
demiúrgico del Cosmos: así pues, Eros no es sólo una fuerza atractiva, es
también un diseñador inteligente. Creo que vamos bien: entender la creación
como una ordenación-organización harmónica (o cosmización) del Caos es entender
que para crear algo se necesita de un entendimiento creativo que por un acto de
generosidad generativa, o de amor, ponga las cosas en su sitio. Nous o Nus que
dijo Anaxágoras: al principio -dijo- hubo el caos; entonces vino el
Entendimiento y puso orden. Bien: y de dónde vino ese Entendimiento. ¿Es un
Entendimiento o Intelecto o Nous elemental? Y entonces vino Diógenes de
Apolonia, menos conocido presocrático, y se montó una síntesis con Anaxímenes y
Anaxágoras: como dijo el primero al principio fue el Aire. Pero ese Aer de Anaxímenes tenía lo que el Nous de Anaxágoras: era Inteligente (al
menos cuando estaba caliente: ¿encendido por el fuego?) Era un elemento natural
inteligente, un arjé intelectual al que deben ser reductibles los demás
elementos, que deben ser más (o totalmente) tontos. Aunque el fuego, no tanto,
¿no? (¿No es esto como el Pneuma?).
Pero más: el Aire y el Éter son casi lo mismo y su diferencia es sólo de
grado, sólo que uno es más denso, brumoso, neblinoso, oscuro, bruno, por estar
mas cerca de la tierra, bajo la cual yace la tenebrosa Noche, y el otro está
más cerca del cielo y de la luz (del fuego celeste de los divinos astros, fuego
que fue arjé para Heráclito -y los
estoicos-: elemento asociado desde siempre metafóricamente a la inteligencia (:
la inteligencia es luz interior), y también más cerca del Sol, Helios en
griego, de quien Apolo es Dios (de las dos luces, la natural y la de las artes
representativas o figurativas, o de la imagen, que puede ser mental y es
entonces Idea).
Y por fin: ese Aire Etéreo e
Intelectual es para los órficos el padre
del Amor, dios creador-organizador órfico, razón platónica de la búsqueda
de la Verdad (o la Belleza) y fuerza aristotélica que explica cómo Dios puede
ser un Motor Inmóvil: es lo Primero en el orden serial de las causas, pero lo
Último en la escala de perfección del ser/ente: al ser Él el Ser más Perfecto
todos los seres lo aman: sienten
atracción erótica, amorosa hacia Él. Y hacia Él, pues, se mueven. (Y yo ahora
empiezo a preguntarme: “hacia dónde” se mueven los astros regidos por la
gravitación universal, que es una fuerza atractiva.)
Es interesante recordar que el tema del Eros, tanto en su obra anterior
(Amores, El arte de amar) como en las propias Metamorfosis fue el tema que más interesó (acaso el único) al
Ovidio anterior al exilio, v. gr.: “la épica deje por la elegía” de Amores, II, 1. Que también quiere decir
otra cosa: el tema de la épica es la guerra, y las guerras son causadas más
bien o mejor por el odio que por el amor.
Tiene que ser el Amor, el Eros, el dios al que deba corresponder el
papel de creador harmónico (pacífico) del Cosmos. Pero ese dios, recuerden, es más bien o mejor Natura: un arjé (origen y sustrato) inteligente: el
Aer de Diógenes de Apolonia y el
empedocleo Aither o Éter de los
órficos (el padre de Eros) en amoroso sincretismo
(pneumático), cosa -ésta del sincretismo- propia y característica, dicho sea de
paso, de todo el Helenismo, del que Ovidio es heredero.
Y ese sincretismo le era necesario al poeta latino porque, si estaba
intentando una alusión literal (filosófica más que poética) a un dios
verdadero, o más bien verosímil, tenía que resolver racionalmente una contradicción
lógica que se da en el mito órfico de la creación (y en casi todos los mitos de
la creación en que se alude a una erótica coyunda como causa de todo): Eros era
en ese mito presentado como el hijo de dos dioses ovíparos o fuerzas o
elementos primordiales que se habían unido eróticamente, cuando todavía Eros,
el Dios de la Atracción Erótica, no existía, porque ni había sido dado todavía
ovíparamente a luz (la del brillante Éter, porque el Aer aún no estaba iluminado, ha dicho en verso el poeta). Ergo el
luminoso Éter, el Super-Aire Inteligente que hizo el Amor (preexistente pues) a -o copuló con- la alada Noche,
tenía que tener en sí la naturaleza del Eros y en cierto modo (al modo
sincrético) serlo. A no ser que la
naturaleza erótica estuviera también en la Noche.
Hyper-Aer elemental y arjé noético, intelectual y erótico, o, lo que es
lo mismo, o aún mejor, una Naturaleza inteligente, la Mejor, decidió un día que
ya estaba bien de tenebroso (y odioso) Caos y dio a (su) luz un Cosmos.
Ese dios creador es, pues, Eter/Eros/Nous/Pneuma. O algo así, más bien
desconocido, o mejor: vagamente intuible. Por eso dice Ovidio luego: “aquel
dios, fuera quien fuera”, puso orden
y “fin a la disputa” (el subrayado es mío). Pero está claro que ese dios o Dios
no era sobrenatural, sino más bien y mejor natural. Mejornatural.
Por supuesto que todo lo susodicho no podemos estar seguros de que sea
verdad, porque nunca nadie podrá estar seguro de qué tenía Ovidio en la mollera
cuando dijo Hanc Deus et melior litem Natura
diremit -un dios puso fin a esa lucha
(litem: lid). Pero toda lucha es
causada por el Odio. Ergo ese dios que pone fin a la odiosa lucha o disputa o
lid o guerra entre los elementos no puede ser otro que Amor.
Sí: No podemos estar seguros, insisto, de que todo esto sea verdad. Pero
de lo que sí estoy seguro es que es perfectamente verosímil.
Y lo que tiene que ver con lo verosímil tiene que ver con lo verdadero
de lo similar del símil, una figura literaria, cuya verdad está, no en su
sentido literal, sino en su sentido literario o figurado.
Poético.
Etimologos
Y todo este follón sobre Ovidio y su dios natural y su caos a cuento de
qué viene. ¿No?
Viene a cuento de mis intenciones
ensayísticas: la verdad de las figuraciones poéticas. Pero para hablar de algún
tipo de verdad, hay, creo, que hablar antes de la verdad en general, y es
conveniente preguntarse si sabemos qué es eso. Vamos allá.
El profesor de Oxford Felipe Fernández-Armesto alude en su libro sobre
la historia de la verdad o de los conceptos de verdad a cuatro o cinco maneras
de entender el concepto: la verdad que se siente, o del sentimiento; la verdad
que te cuentan (y tú te crees, por ser quien te lo cuenta persona de crédito),
o de la autoridad; la verdad que se piensa, o de la razón; la verdad que se
percibe, o de la experiencia; y, finalmente una especie de síntesis de las dos
últimas: la verdad de la ciencia.
La primera es una verdad animal: cuando observas, o crees observar o te
parece observar que dos ojos brillantes te están mirando, sientes miedo y echas a correr o te preparas para la defensa,
porque puede ser un predador felino que acecha para convertirte en su alimento:
sientes miedo, sobre todo si eres una gacela (o un pequeño roedor) y quien te
mira es un leopardo (o un gato). Y ese miedo te salva de la muerte y
sobrevives, y así te reproduces más; por lo menos más que quien no sienta lo
mismo que tú y se quede quieto. Ese sentimiento es, pues, verdadero, ¿no? Pues
no: no, al menos, siempre. A veces el antílope o la rata se asustan, digo yo,
por nada: oyen algún ruido que confunden con pasos de felino, ven un brillo
fugaz, y se acongojan: sienten miedo y angustia. Pero el brillo no pertenecía,
como los ruidos de pasos, a ningún ojo de felino sino a cualquier otro fenómeno
brillante o sonoro. Y eso es lo bueno del sentimiento, al menos desde el punto
de vista evolutivo. Es bueno para ti y para la especie y su perpetuidad: si no
lo sientes, malo. Pero a menudo es malo por exceso: muchas veces se huye de un
fantasma.
Quizás sea ésa la razón, yo digo, por la que los humanos nos hemos
asustado hasta el terror (y la veneración respetuosa) de seres fantasmales o
fantasmáticos. Los dioses aparecen en la imaginación humana, más poderosa que
la del animal no humano, casi desde el principio de la cultura y la
civilización, por no decir desde la aparición de la conciencia inteligente,
quiero decir lingüística. Ésa imaginación inteligente, enfrentada al misterio,
usó desde el principio de las analogías metafóricas (y otras) para lograr
serenidad frente a la Amenaza desconocida: podíamos hallar maneras de defensa
contra depredadores, por ejemplo; mas cómo defendernos ante el rayo y la lluvia
torrencial o el terremoto o la sequía o el granizo o el viento huracanado: si
todos esos peligros estaban producidos por seres animados como los animales que
habíamos aprendido a cazar (y exterminar a veces) incluso siendo ellos más
fuertes y rápidos y ágiles que nosotros, de qué manera podríamos hacer lo mismo
con esos animales fantasmáticos que se ocultaban detrás del trueno y el
relámpago. E inventamos la magia y los oráculos, los mitos y los ritos
religiosos. Al principio hechiceros, chamanes y poetas intentaban domar a los
espíritus o ánimas de la naturaleza como habíamos domado animales y plantas:
con técnica, con artes (y artimañas, y también artefactos y artilugios: trampas
con cebo, por ejemplo; etcétera): aparecieron fórmulas y hechizos, y viajes
extáticos a la morada de los dioses, y previamente mitos que nos mostraran su
rostro terrorífico o benefactor, y luego fórmulas rituales para domarlos, y
luego sacrificios rituales para volverlos favorables a nuestros intereses,
llevárnoslos al huerto y ponerlos en contra de nuestros enemigos reales o
fantasmales.
Pronto surgió una clase o estamento especializado en comunicación con
los espíritus, los sacerdotes, que nos traían su palabra manifestando así la
voluntad divina, que era ley: ley natural y verdadera, la ley de Dios, que es
la Verdad: históricamente la segunda clase de verdad, pero socialmente una
verdad de primera clase. Hoy podemos pensar que todo esto es pura falsedad que
ha producido nuestra excesiva tendencia a la imaginación y fantasía, que nos
hace ver fantasmas donde solo hay sonidos parecidos a pasos de felino y brillos
fatuos. Pero debe pensarse que la verdad que recibimos de alguna autoridad no
siempre es religiosa: yo mismo estoy hablando aquí de cosas que sé no por mí
mismo, sino porque confío en la alta y honda autoridad de gente especialista en
temas que yo jamás hubiera tenido tiempo de aprender sin la ayuda de los libros
que han escrito: científicos, filósofos y sabios en quienes tengo plena
confianza por su prestigio como conocedores especiales de los temas que
estudian, y a los que suelen haber dedicado toda una vida, me han enseñado
cosas en las que yo no puedo profundizar, pero que me las creo, porque así lo
acredita la autoridad de su prestigio; no tengo fundamentos matemáticos para
reconocer la verdad de la teoría cuántica o la relatividad, la geometría
fractal o la teoría del caos y las catástrofes, y sin embargo creo saber algo
de ellas y entender lo que sé por confianza y fe en la autoridad y el prestigio
de quienes lo han investigado en mi lugar: fe y confianza que no está lejos del
sentimiento de fe confianza en los representantes de dios o de los dioses en
quienes creemos y a quienes profesamos fe.
Por cierto, uso la primera persona del plural de modo solidariamente
mayestático: yo no profeso fe -usando el término en su usual sentitido de creencia- ninguna y, si bien no puedo
remediar tener creencias, no es porque me interese creer en nada: a mi lo que
en verdad me interesa no es creer, sino saber, y eso me diferencia del ateísmo
ingenuo: el ateo cree que Dios no
existe; ergo tiene una creencia que yo no tengo. Yo quisiera saberlo. Saber si
Dios existe, o no. Y no lo sé. Lo que sí sé es que la creencia no tiene nada
que ver con el saber sino con la voluntad o el interés o la necesidad o el
libre gusto o el deseo instintivo de adscribirse a una ideología, sea ésta
religiosa o no (en el fondo todas las ideologías, incluso las ateas, son de
carácter religioso, puesto que a ellas se adscriben sus adeptos por tener fe o
sentir ciega fidelidad (fides: fe) en su supuesta verdad
incontestable, lo cual suele ser síntoma de sectaria falsedad).
Por otro lado sería interesante reseñar una variante de esta verdad de
la autoridad que no cita Armesto: la verdad como adscripción a un grupo: al
mío: los míos son los Buenos y los que no son los míos no son los buenos porque
no son los Míos: luego lo que dicen los míos es verdad y lo que dicen los
otros, falso, si no coinciden con esta verdad. Se trata de asumir por fe la
ideología del grupo al que se pertenece por naturaleza o elección, y tiene
raíces biológicas y evolutivas: el grupo es una defensa contra peligros y
promueve la supervivencia. Sin embargo, a veces las motivaciones de esta fe
ideológica son tan triviales que demuestra que la elección de una fe en una
ideología, religiosa o no, nada tiene que ver con la verdad: es el caso de esa
gente que dice ser de su equipo de
fútbol -siempre por razones sentimentales y triviales- y cuyo eslógan
filosófico sería: mi equipo es el mejor, aunque pierda. Lo cual es, además de
una contradicción, una solemne majadería.
Nada de eso tiene que ver con mi fe o confianza en la autoridad
intelectual de lo que dicen los sabios de prestigio. Y con frecuencia esa
verdad grupal, esa verdad oficial de un grupo es verdadera, si lo es, por
casualidad, por la que no la recomiendo como método de investigación.
La diferencia está en el método que usan unos y otros a fin de conocer
lo verdadero: los filósofos, incluso los empiristas y sus descendientes los
positivistas y demás, usan la razón como fuente o criterio de verdad (tercera
clase histórica de), o al menos como instrumento para reconocerla. La lógica,
bien usada, es siempre verdadera, porque es tautológica: se trata de las
verdades de los juicios analíticos: un casado es un no soltero, todo hijo tiene
padres, las mentiras no son verdades, o: si llueve se moja el suelo; llueve:
ergo el suelo se moja.
Pero la lógica sola no sirve para encontrar respuestas para lo que no
esté contenido en las premisas o en los significados de las enunciaciones
básicas del razonamiento. Necesitamos juicios sintéticos que extraigan la
verdad de la experiencia: observo frente a mí dos amenazadores ojos de felino
enorme; los felinos casi siempre me atacan; ergo: alza la lanza y lánzala con
puntería y fuerza donde duele, a ver si le das muerte, o lánzate a correr a ver
si hay suerte. Casi estoy por decir que un juicio sintético consiste en
comprobar la verdad de un sentimiento o de una sensación: una experiencia
(verdad de cuarta clase). Y entonces viene la famosa definición aristotélica de
Santo Tomás: qué es la verdad: la adecuación del intelecto con la cosa. Algo
muy parecido, si se piensa en aquello que dijeron Platón y Aristóteles mismo
sobre la verdad: que verdad es decir que lo-que-es
Es, y lo-que-no-es No Es; aunque
sólo en el caso del segundo filósofo aludido podríamos entender que se trataba
de afirmar que sólo Es aquello que la experiencia, cotejada con la razón y (la
memoria) dice que es, porque el primero pensaba que el ser no estaba en este
mundo que percibimos por los sentidos, sino en el mundo superior de las Ideas,
a las que sólo se podía acceder por la razón o el intelecto, pero que eran la
realidad de referencia: la verdadera.
Después de todo, si no las Ideas, sí que existen las ideas que, por lo tanto,
son reales (como los mitos), aunque algunas puedan ser falsas y otras, no. Así,
adecuar el intelecto con la cosa, con la cosa real, se entiende (real, del
latín res, cosa), o con la realidad
cósica, puede ser definición problemática de la verdad, pero no por la problematicidad
del intelecto, sino por la problematicidad de la realidad y de la cosa, primero
porque la palabra cosa puede significar, en efecto, cualquier cosa, y segundo
porque, si entendemos real como
característica de la cosas que existen (y son), una idea (o un sentimiento) es
una cosa que existe y Es (y de la que yo tengo experiencia), ergo son cosas
reales (aquí la palabra cosa valdría
como pro-forma léxica, casi deíctica, de un proceso psico-neural), cosas reales
que pueden ser verdaderas o falsas. Así, adecuar el intelecto con la realidad es
lo mismo que decir: adecuar la realidad con la realidad, adecuar cierto tipo de
realidad con otro cierto tipo de realidad distinta. Pero no sólo esto: hay
realidades engañosas, como los mimetismos y camuflajes naturales de animales y
plantas (paradigma: el camaleón), y es un hecho real que la mentira -y el
error- existe. Aunque no sean, filosóficamente, una cosa, sino una acción o
proceso, o mejor: una consecuencia de un proceso psico-lingüístico: un objeto
procesual.
Ahora me interesa, antes de volver sobre la problematicidad de las
relaciones entre verdad y realidad, volver a Ovidio: el poeta creía en la
significación figurativa de los mitos paganos; pero no creía en la existencia
literal de los dioses de la mitologías romana y griega. Y si creía en algún
dios, fuera quien fuera, no era
ninguno de los protagonistas de sus fábulas mitológicas, sino alguna entidad
creadora de las propuestas por las filosofías helenas y helenísticas, y muy
posiblemente en una sincresis mistérica creada por su propia y finísima
intuición de grandísimo poeta.
Antropologos
Puede decirse esto porque Ovidio vivió en una época de crisis de
creencias tradicionales que había empezado hacía muy poco, unos seis siglos
antes, con los presocráticos. Los dioses eran ya sólo figuras literarias y
supersticiones del vulgo, e incluso el vulgo culto buscaba alternativas a la
religión tradicional y se importaban, en consecuencia, dioses extranjeros, lo
cual explica el culto de la frigia Cibeles y de la egipcia Isis y del
originariamente persa Mitra, que tantos militares e incluso emperadores (v.
gr.: Juliano el Apóstata) cultivaron y en cuyos misterios fueron iniciados,
pese a la aparente paradoja de que los persas eran enemigos seculares de Roma,
así como explica el posterior éxito del cristianismo, gran barbaridad
totalitaria del dictador Constantino en el 313.
Ovidio, en efecto, vivió en un era de ruptura de clausura del sistema
tradicional de Significaciones Imaginarias Sociales (SIS, desde ahora) que,
según el filósofo griego contemporáneo Cornelius Castoriadis, toda sociedad
construye para cohesionarse como un organismo complejo que integre la
conciencia de todos sus componentes humanos funcionando en conjunto grupal.
Las ideas de Castoriadis vienen muy a cuento en este caso: todo grupo,
toda sociedad necesita un conjunto sistemático de creencias incuestionables que
sirvan para crear una identidad comunitaria entre todos los miembros que usan
de la fuerza de la unión para la supervivencia, y siempre se inventan y
fabrican o se eligen objetos que son investidos de un carácter simbólico, de
una sacralidad, diría Mircea Elíade, que lo convierten en objeto de culto y
reverencia. Esos objetos que representan la identidad grupal simbolizando su
sistema de creencias son sagrados e intocables porque las SIS que representan
son incuestionables: son la verdad o las verdades oficiales de esa sociedad,
que a ningún miembro en su sano juicio se le ocurrirá ni por asomo cuestionar.
Y en el contrario caso será considerado un poseído por los demonios de la
mentira que son los otros, los ajenos, los contrarios, los malos, los que no
somos nosotros. Esos sistemas de creencias y SIS forman una clausura: nada
ajeno a lo internamente incuestionable puede ser verdad.
¿Cómo, pues, puede existir, entonces, la verdad, si la tal es un
constructo imaginario que responde a intereses ajenos a lo que en verdad
debería ser verdadero, es decir lo contrario a la mentira, el embuste, el
engaño y el fraude, la alucinación y la ilusión y el error?
El propio Nietzsche llegó a afirmar que puesto que la verdad es un
invento había que vivir conscientes de que vivimos de mitos y que debíamos
inventarlos para vivirlos con plenitud.
Pero es el mismo Castoriadis nos da una respuesta alternativa: las
clausuras puede ser rotas y de hecho se rompen con el tiempo: la primera vez
que se produjo una ruptura de la clausura social de un sistema de creencias
basado en SIS fue precisamente en la Grecia de los presocráticos, que
inventaron la filosofía para romper con un sistema mitológico de SIS
tradicional. Y más curioso aún: observa que tal cosa pasó con el invento griego
de la democracia. La libertad de pensamiento y de expresión implica la libertad
de la imaginación como instrumento de la significación: si quiero saber qué
sentido tienen las cosas (o qué son) puedo usar de las SIS estandardizadas por
la tradición, o puedo tratar de imaginarme o figurarme algunas “SIIs”
(Significaciones Imaginarias Individuales) alternativas que me resulten más
significativas.
Eso hicieron Ovidio y antes Lucrecio.
Y eso
hace todo poeta revolucionario (genial), y lo hace casi siempre antes que todo
filósofo. Y si lo hace antes un filósofo, es porque antes de construir su
discurso filosófico, ha tenido una intuición poética: ha sido capaz de libremente
imaginarse, de figurarse una hipótesis razonable que rompa la clausura de las
SIS hasta ahora oficialmente vigentes.
Psicologos
Por lo tanto creo que ha llegado la hora de intentar un experimento de
ruptura actual de una clausura de SIS: la nuestra. Será un sano ejercicio si de
buscar la verdad se trata, es decir de romper la prejuiciosa mentalidad que nos
parece a nosotros hoy día natural (sin serlo).
Las incuestionables SIS de este principio del tercer milenio están
fundamentadas en un sistema clausurado de prejuicios ideológicos denominables
sumariamente por el término material-realismo
(o real-materialismo): pese a que
haya gente que profese la más disparatada y sectaria fe en el más esperpéntico
sistema de creencias, todos (o casi), al menos en Occidente, estamos de acuerdo
en que hay algo que existe y es real: la materia. Lo demás queda fuera del
paradigma ideológico que define la verdad aceptada como tal por nuestro sistema
cultural. Podemos creer libremente en lo que queramos: tenemos derecho a ello:
pero hay una verdad única, sagrada e incuestionable: la realidad material
existe, independientemente de lo que uno crea o deje de creer.
Esto tiene implicaciones interesantes: términos como alma o espíritu podrán tener algún sentido figurado pero no literal: no
tienen existencia real: no son materia.
Alma, del latín anima, es una
palabra demasiado cargada de connotaciones religiosas: desde al menos san
Agustín hemos vivido obsesionados por la salvación de nuestra alma inmortal,
perpetuamente amenazada por las tentaciones de la carne (realidad material del
cuerpo) que es trampa o celada para atraparnos en las llamas del infierno. Y es
tanto lo que puede condenarnos a los suplicios eternos que la gente del XXI
tiende a pensar que se vive más feliz sin esa amenaza: el real-materialismo
anti-animista del paradigma científico decimonónico que constituye nuestro
actual sistema de SIS no sólo nos persuade de que es mejor ser mortal y
descansar eternamente en la nada postmortuoria que sufrir eternamente, sino
también de que podemos permitirnos el libérrimo lujo de pecar impunemente:
podemos ser todo lo inmorales y sinvergüenzas que deseemos ser mientras nadie
lo sepa: no hay ojo divino que nos vigile para castigar nuestra indecencia y
falta de honestidad. Y eso es lo que ha dado autoridad popular, o popularidad
vulgar, no tanto a la cienci como más bien a la ideología cientifista, y, dicho
sea de paso, a la inmoralidad del apoyo generalizado a la corrupción política,
supuestamente basada en los imperativos del ala ciencia económica.
Sin embargo, la palabra griega psiqué
mantiene hoy día su prestigio científico, desde el momento en que forma parte
de una rama técnica de la ciencia: la psiquiatría.
A las almas las curaban antes los curas mediante la imposición de la
penitencia: un mínimo adelanto del infierno o el purgatorio en vida puede
librarte del dolor eterno del alma. Ahora la psiques las curan los psiquiatras
dándote a ingerir productos químicos que reparan el correcto funcionamiento del
cerebro, un órgano material.
Pues bien: a modo de ejercicio experimental saludable voy a intentar
demostrar lo que pueda parecer más disparatado a nuestro prejuicioso y
clausurado sistema de SIS actuales: voy a demostrar que el alma existe, que
puede existir sin la materia o puede liberarse de ella y que puede ser inmortal.
Más difícil e inverosímil -desde la perspectiva material/realista- todavía: voy
a demostrar que el descanso eterno no pude ser -lo siento por los cómodos- para
siempre, lo que abre la puerta a la posibilidad de algo parecido a una
metempsicosis pitagórica, si bien necesariamente pasada, como se verá, por un
tamiz hindú o budista.
Será un experimento, sí, y un ejercicio deportivo intelectual, un juego,
sí, un juego de palabras y de ideas razonables que no pretenderán tener razón
absoluta y, por tanto se prestarán a la refutación. Verán no obstante ustedes
que, aun cuando mis argumentos resultaren convincentes e incluso irrefutables,
los cómodos seguirán pensando que sólo hay una cosa real, que es la materia: se
está muy cómodo en la propia casa ideológica y es muy incómodo y arriesgado
pensar aventureramente fuera del sistema: podríamos encontrarnos con una verdad
que no nos interesara conocer.
¿Verdad?
Pero a lo nuestro: hablar del alma es problemático y dudoso porque
cuando hablamos de alma nunca sabemos bien de qué estamos hablando, y esto es
así porque nadie tiene muy claro qué es el alma, porque cada cual tiene una
idea distinta de lo mismo, porque el alma, como el aire y el viento, no se ve -aunque
se siente. De hecho ése es el origen de la palabra alma, como dije: del latín animam, de donde nuestro cultismo ánima, que significó aire, vientecillo,
soplo, brisa, como en griego anemos,
viento, de donde nuestro anemómetro,
que a su vez proceden de una raíz indoeuropea, and-, que tiene que ver con el aire de la respiración propia de los
seres vivos y animados, plantas o animales,
originariamente un adjetivo, animalis –e,
latino que significaba aéreo, de aire, hecho de aire, y que dio origen al sustantivo
latino animal –alis, animal, bestia,
y que es un término semánticamente relacionado con spiritus, espíritu, aliento, hálito, soplo que se espira e inspira:
algo que anima y vivifica y que es propio de lo vivo.
Y propio de lo vivo es, en mayor o menor
medida, poseer algún tipo de conciencia. Es habitual que cuando decimos “ser consciente” pensemos en
el ser humano y, en menor grado en
mamíferos superiores. Pero se trata de un prejuicio propio de los seres
autoconscientes el pensar así. En efecto, la conciencia de sí mismo sólo está
desarrollada en alguna medida en los primates superiores. Pero conciencia es
sobre todo y en primer lugar conciencia de algo (actitud intencional hacia un objeto en el que uno se interesa).
Y ese tipo de conciencia está vívida y presente en el perro que nos reconoce
con patente alegría cuando regresamos a casa, en el felino o el cocodrilo que
acecha a su reconocida presa, en la simplicísima ameba que reacciona ante la
percepción de una amenaza e incluso en la mera planta que reacciona con
palpable movimiento ante la luz nutricia del sol.
Si generalizamos grosso modo,
podemos atribuir conciencia a todo lo que reacciona ante algo moviéndose.
Autoconciencia sólo a unas pocas criaturas; autoconciencia reflexiva, al menos.
Autoconciencia reflexiva inteligente, a algunos
seres humanos.
Pero todo lo vivo tiene en alguna medida algún grado de consciencia,
porque todo lo vivo tiene aire: espíritu, alma. Y el aire se mueve sólo: está
vivo. Y aunque no se le ve, se le siente y se notan sus efectos: el aire, el
alma, el anemos, el ánima anima el
universo, le da vida: los espíritus ejercen influencias, producen efectos,
causan: crean. El Espíritu cósmico (¿el
Aire Inteligente Mejornatural?) crea el universo. Ese error físico o biológico
(el de pensar que el aire y el viento viven) es bastante perdonable y en cierto
modo justifica el pan-psiquismo de los animismos arcaicos.
En cualquier caso, parece ser que originariamente el alma no era de
naturaleza sobrenatural; era más bien de naturaleza natural, porque todo era
naturaleza. Natural. Pero no necesariamente material. De hecho, y abundaré
sobre ello, la palabra materia designa una abstracción que, como todas
las abstracciones está fundamentada en un símil o una metáfora: materia es eso
que tienen el común todas las cosas que son, que existen. Por ello Aristóteles
pudo hablar, no sé si uasando de tropo, de algo así como la materia del alma.
De qué materia, de qué material, diríamos, está hecha el alma. Pero de
igual manera que por ejemplo el adjetivo blanco sustantivado, lo “blanco”, y su
nombre derivado “blancura”, presentan un grado de abstracción basada en la
semejanza que hay entre objetos como la leche, la espuma o el marfil,
consecuencia de una comparación o símil previos, la palabra “materia”, una
fuerte abstracción, está basada en una sinécdoque, esa figura que consiste, en
este caso, en poner la parte por el todo: materia (también la griega hylé de hilemorfismo) significó en sus
orígenes “madera”, ese material con que se construyeron los primeros objetos
artificiales. De ese modo cuando se empezó a trabajar el hueso, la piedra o el
metal, y un espécimen homo se topaba
con uno de esos objetos, la pregunta pudo siempre verósimilmente ser: ¿de qué
madera está hecha esa cosa? Y la respuesta: la madera, el “material” de que
está hecho esto es cuero, arcilla, hierro… Así pudo haberse preguntado Aristóteles:
de que materia está hecha el alma. Y
es que Aristóteles tenía madera de filósofo.
Tres almas decía que teníamos: la concupiscible que no es
autoconsciente, la irascible que es sólo
semiautoconsciente y la racional, de plena autoconciencia.
Alma: psiqué. El psicoanálisis descubrió la vitalidad de la parte
inconsciente de nuestro psique (todo concupiscencia e irascibilidad celosa): no
había que descubrir a esas alturas que nuestra psique era también consciente.
Psiqué: alma.
Hoy día solemos reservar el término mente
para referirnos a la parte racionalmente consciente del alma.
Y hay filósofos real-materialistas y científicos material-realistas que
desde el esfuerzo mental y anímico de sus sesudas investigaciones han logrado
llegar a la conclusión siguiente: la mente no existe: es sólo una ilusión de
nuestro cerebro: Acto de conciencia: confieso que mi conciencia no es real, porque
no es material. Mi alma consciente es sólo el epifenómeno de unas reacciones
electroquímicas habidas entre las neuronas materiales de mi cerebro. Y mi
cerebro existe porque es material. Mis ideas, mi mente, mi psiqué, mi
consciencia, mi alma, no. Son un reflejo vano, una ilusión engañosa, un
excedente innecesario y superfluo. Tomemos conciencia de que la conciencia, en
realidad, no existe.
Y ¿qué es, pues, la verdad? ¿La adecuación de algo que no existe a algo
que sí existe?
Y los que defienden la inexistencia real de alma ¿dicen la verdad?
La verdad, realmente, no está, ni puede estar en la realidad material,
sino en nuestra mente, en nuestra conciencia que se adecua a aquella (o que la
crea). Y si la psique no existe, ¿dónde está la verdad? Y ¿qué es? La verdad,
en realidad, no está en la realidad, sino en un ilusorio y falso epifenómeno
irreal como un espejismo que produce nuestro cerebro.
Nada es verdad. Ni siquiera las teorías científicas que produce nuestra
mente. “Todo está permitido” (Ibn al-Sabbah, jeque de los Hashishins. O
Asesinos.) Pues vaya.
Fenomenologos
Hay que pensar que el conjunto de todo, y digo
y repito, todo lo que existe puede
estudiarse desde dos puntos de vista diferentes e incluso opuestos: podemos
partir de la creencia indiscutida de que la realidad existe independientemente
de nosotros, cosa que desde luego parece muy razonable y evidente, y que,
aunque no la conozcamos del todo bien, es indudable que está ahí fuera y es como es, y nos afecta con su extraña
voluntad que, no sin frecuencia nosotros debemos afrontar para no sucumbir ante
sus caprichos.
Pero podemos enfocar la cosa desde una perspectiva mucho mas indubitable
y que suele pasarnos desapercibida: desde el hecho incontrovertible de que la
realidad que yo puedo conocer, y es más, la única que yo puedo conocer es el
resultado de un proceso de mi mente; y conste que he dicho o escrito MENTE y no
cerebro: el cerebro es un objeto, una cosa material más de esa realidad de la
que he dicho o escrito que es un proceso de mi mente.
La realidad de ahí fuera existe, por supuesto: yo no lo dudo, pero a
poco que se piense con dos dedos de frente deben ustedes convenir conmigo en
que esta no dudada afirmación es un mero acto de fe: porque el único mundo real
que yo puedo conocer es el que percibo y concibo en mí y no uno que esté allí,
fuera de mí, en sí, y que no tenga nada que ver conmigo.
Por lo tanto, y en tanto que lo que sigue es un hecho de experiencia
real y no un acto de fe, debo darle la razón a Descartes y a Kant y a Fichte y
a Husserl, si bien levemente matizados por Colerige: solo hay algo de lo que no
podemos dudar, algo seguro; y es el hecho de que YO SOY. Y no soy ni mi materia
ni mi cuerpo ni mi cerebro, que son objetos de la realidad que percibo y concibo
en mí, por mí y para mí, o no los soy sola ni principalmente: yo soy un qué que todavía desconozco -porque no me
he parado a pensarlo- pero de cuya naturaleza primordialmente mental no debo
dudar so pena de hacer el idiota.
Cogito, ergo sum, que dijo el metódico pensador. Si pienso, si tengo
conciencia de mi mismo, tengo la irrefutable conciencia de que mi conciencia
existe. Mi conciencia mental y espiritual, psíquica de mi existencia me revela
que mi alma existe.
Y entonces miramos la realidad, eso que Lucrecio llamó rerum natura, la Naturaleza, eso que
Pitágoras llamó Cosmos, y otros helenos Physis, y la estudiamos y creamos una
disciplina llamada física, y concebimos una serie de ideas sobre la naturaleza
física, y llegamos a la conclusión de que la materia (y la energía) existen y
de que todo está hecho de materia (o, al
menos, causado por la materia) y nos convencemos de la realidad material
existe, y es la base y el fundamento de todo. Eso dice la física newtoniana
que, inventada en el XVII, alcanzó su máximo esplendor en el s. XIX. Y nos
hacemos materialistas. Real-materialistas. O material-realistas. Construimos
ideologías materialistas y nos adscribimos a ellas. Por realismo
(decimonónico).
Y en 1900 Max Planck y descubre o inventa el quantum. Y nace la física cuántica. Y la física cuántica descubre
que la materia no es básica ni fundamental: está hecha de partículas cuánticas.
Y los quanta no se comportan como materia: no comparten las mismas
características de lo que siempre hemos entendido por materia, desde que la
física se dedicó a estudiar la materia. No tienen la naturaleza de la materia.
Y descubrimos, nos descubre y enseñan los físicos actuales que la
materia está hecha de algo que no es materia, porque ese algo se permite un
comportamiento que le está vedado a los objetos materiales. Verbigracia: ningún
objeto material de los que peude captar nuestra experiencia puede pasar por dos
orificios a la vez. Una partícula cuántica -un electrón, un protón, un quark-,
sí.
Y ¿cómo hemos llamado siempre a lo que no es materia?
Lo hemos llamado espíritu.
Alma.
Psiqué.
Logos
Alma, espíritu psiqué: metáforas. Metáforas que aluden a un término real
que no podemos nombrar sino mediante una metáfora pura: una catacresis. Ejemplo
trivial: cuando decimos la “hoja” del cuchillo, no caemos en que estamos
utilizando una metáfora: pero el objeto aludido por la metáfora no puede ser
nombrado de otra manera.
Los conceptos y las ideas abstractas aparecen por evolución espontánea a
partir de una antigua figura poética lexicalizada. El mismo término abstracto
“concepto” sirve como demostración ejemplar: un concepto es una criatura que ha sido concebida por la mente, del mismo modo que el vientre de una madre concibe una criatura después de recibida
la semilla del varón, que la ha conocido.
Como Adá a Eva.
Las teorías científicas son conjuntos de conceptos organizados
matemáticamente y contrastados con la experiencia. Son modelos funcionales del
mundo real. Y si un mito es una hiperfigura poética narrativamente compleja,
podemos decir que una teoría científica es una hiperfigura poética
descriptivamente compleja que intenta, al igual que el mito, explicar esa parte
de la realidad que queda oculta a nuestros sentidos, y que sólo podemos concebir mentalmente mediante un
esfuerzo de imaginación o figuración razonada y experimentalmente contrastada.
Una hiperfigura catacrética, porque el término real no puede ser nombrado de
otra manera. La imaginación científica de los físicos, químicos y matemáticos inventó
los átomos, la partículas cuánticas, los quarks que componen los nucleones
atómicos. Nadie los ha visto si no a través de esos inmensos microscopios que
son los aceleradores de partículas en donde pueden descubrirse sus efectos.
Aunque esos efectos de las entidades nucleares ya se habían notado trágicamente
en Hiroshima y Nagasaki.
Las hiperfiguras científicas funcionan: deben de ser verdad.
¿Lo son?
Algo de eso tiene que haber. Pero no debemos olvidarnos de que las
teorías científicas son también y sobre todo, fundamentalmente, un producto de
nuestra mente consciente e inteligente. Y he dicho y redigo, ojo, mente, no
cerebro, porque sabemos que el cerebro es la sede material de la psiqué gracias
a las teorías neurológicas que así lo explican; y que no me diga nadie que él ve cómo piensa su cerebro, primero
porque eso puede inferirse, pero no percibirse, y segundo porque para ver el
propio cerebro habría que abrirse la cabeza, con el riesgo que eso implica para
el mantenimiento de la visión consciente. Todo lo más podría ver, con ayuda
tecnológica cómo su cerebro se mueve, vive o funciona, late, pero jamás podrá
ver cómo piensa.
Porque la realidad en sí no puede ser percibida: siempre veremos una
suerte de reflejo deformado y limitado por la forma y las limitaciones de
nuestra mente, de nuestra psiqué, de nuestra, en fin, alma, que es, después de
todo, o desde el principio, la base última de nuestro conocimiento.
Antologos
Por eso no cabe que nos pueda resultar extraña aquella afirmación de Lord
Eddington al contemplar los descubrimientos de la mecánica cuántica y la teoría
de la relatividad: “yo afirmo que toda la realidad es de naturaleza
espiritual”.
Máxime cuando acababa de descubrirse (según el Principio de
Incertidumbre de Heisenberg) que toda observación afecta y cambia lo observado.
De lo que había que deducir que lo que se observa no es un objeto en sí sino la
interactuación de un sujeto psíquico con otro físico (no he dicho, a
conciencia, material). Cuando ese objeto es material, quiero decir cuando el
objeto físico es grande, nuestras observaciones lo afectan muy poco; si sólo lo
miramos, casi nada o nada; pero si lo olemos le restamos partículas odoríferas,
si lo oímos es a consecuencia de un golpe o fricción, y si lo tocamos, ni te
cuento; y si queremos medir su calor o su calidez -o su calentura-, tendremos
que introducirle un termómetro o la mano: el termómetro eleverá mucho su propia
temperatura o la mono sentirá su quemazón, pero, y en esto no solemos caer,
también hará bajar, algo, un poco, muy poco, pero algo, la temperatura del
cuerpo material objeto de la medida. Imaginemos, pues, que ocurriría si ese
cuerpo fuera más pequeño, muy pequeño, tanto, por ejemplo como el propio
termómetro, o más. Quién modificaría antes su temperatura, ¿el termómetro o el
cuerpo?
Pues bien: hay un límite objetivo que tiene que ver con algo relativo al
tamaño de las partículas: si queremos ver una de ellas tendremos que, por
ejemplo, iluminarla con un fotón, o quantum de luz, o hacerla pasar por una o 2
rendijas hasta hacerla impactar con una pantalla detectora, una de esas la
partículas indivisibles de que está compuesta la luz. Grosso modo diremos: y el
fotón es tan grande como la partícula, por lo cual la afecta y modifica, de
modo que la observación de las características de la partícula observada ha
cambiado las características de la observada partícula. No es nada del otro
jueves. pero nótese que observar un guantum haciéndolo atravesar uan ranura no
es hacerlo colisionar con nada material como una pizca de enerrgñia lumínica.:
lo hemos observado sin tocarlo, y según decidamos hacerlo pasar por una sólo
orificio o por 2, habremos influido en su comportamiento, bien como partícula
(uno), bien como onda (2).
¿Qué sabemos ahora de ella?
Y, sin embargo, funciona.
Qué podemos saber de la partícula/onda conocida como electrón: Que sin
ella yo no podrá estar escribiendo en un ordenador.
Ya es algo.
Cosmologos
Podemos saber mucho más: un electrón o
cualquier otra partícula cuántica no es
sólo una partícula. Es también, como acabo de decir, una onda. Pero una onda en
qué. Las ondas son movimientos que tienen lugar en la materia. Y una partícula
material es una parte de la materia, la parte más pequeña. Si esa parte o
partícula es una onda en qué otra “materia” se mueve. De qué materia o material
está hecha esa materia donde la materia o sus partecillas se mueven como ondas.
Si hay “otra” materia, entonces ¿hay dos tipos de materia? O la segunda materia
no es materia material, sino más bien el material de algo inmaterial.
Pues no: no puede haber dos materias por que la materia es una. Es una
entidad que se define de una manera muy precisa: materia es el material de que
están hechos todos los objetos físicos que se muestran a nuestra experiencia, y
tiene una serie de características que la hacen perfectamente reconocible ante
nuestros sentidos y nuestra mente. Y está claro que no es lo mismo materia (por ejemplo: el agua del mar)
que onda (por ejemplo: una ola
marina).
Pues bien, de nuevo: la materia de los materialistas se compone de
partículas que son a la vez materia y onda: algo que la materia de los
materialistas no puede ser.
Claro que para un cómodo hombre o mujer de fe asentado en su mansión
ideológica y muy feliz allí en su bienestar doméstico poco le importa lo que
acabo de decir: les bastaría, les ha bastado, les basta con redefinir el
concepto de materia, diciendo, por ejemplo: materia es todo aquello que
contiene masa o energía. Y se quedan tan panchos.
Pero es que eso es hacer TRAMPA.
Porque existe un umbral objetivo más allá del cual la materia concebida
por nuestra experiencia mental deja de existir como tal. Y del mismo modo que
la materia neural de nuestro cerebro, mediante una suerte de juego de
reacciones electroquímicas, logra producir algo de naturaleza diferente a la
naturaleza de la propia materia cerebral, id est la mente, el alma, la psiqué
(o como dicen algunos filósofos y científicos: de la química del cerebro emerge un nivel de realidad diferente,
que es el de las ideas y del pensamiento, el de las vivencias psíquicas), del
mismo modo, digo (y para ser coherentes y justos, deberíamos decir:) la
subrealidad cuántica, mediante la interactuación de sus ondapartículas logra
producir, o hace emerger, un nivel distinto de realidad, que es la
realidad material de nuestra experiencia.
Hablaríamos así de, al menos, tres niveles de realidad: el nivel
cuántico que es, por ahora el fundamental, el nivel empírico de la realidad
material, que es secundario, sí, pero más complejo, porque es ahí, en el nivel
material, donde nacen la vida y la conciencia, y el, por fin, nivel psíquico,
terciario, pero más complejo aún, porque da lugar a la vida espiritual del
alma.
O de las almas.
Noologos
Cual es la materia del alma. Cual es la materia de las partículas
cuánticas.
El
concepto “materia” es concepto útil, una buena herramienta del pensamiento.
Pero no podemos darle un valor absoluto, porque todos los absolutismos son
malos y se montan a base de falsedades ideológicas, y porque, además, no
existen. Los absolutos. O el absoluto: no existe, en absoluto. O existe sólo en
nuestra mente como concepto. Es más, para concebir el absoluto hay que hacer un
esfuerzo de imaginación filosófica, que por cierto en este caso se basa en otra
figura poética: la hipérbole. O una superhipérbole, o hiperhiperbole. Hay cosas
que tienen mucha relación con todas las otras, o hay gente que tiene relación o
relaciones conmigo. Con otras gentes y cosas no tengo ninguna relación. Bien:
pero la última afirmación es relativa, porque en realidad en este universo todo
está relacionado; para empezar, todos provenimos del mismo big bang. Luego:
Nada es absolutamente absoluto. El absoluto sólo existe como concepto, pero no
en la realidad material de la experiencia. Lo que si existe es el absolutismo.
Al menos el absolutismo aplicado. Y aunque muchas ideologías son democráticas,
todas en general son absolutistas, porque son exclusivistas: la verdad está en
mi ideología: la ideología de mi grupo. Quien no esté en mi grupo, o no
comparta mi ideología, está equivocado. O miente.
Falso: todas las ideologías mienten.
No así todas las ideas.
La idea de materia es un instrumento necesario. Pero todo existe a su
nivel, en su modo, y en su grado particular. El centauro existe en tanto que
personaje de un mito, como figura de la imaginación mítica de los griegos
antiguos; las ondapartículas cuánticas existen como abstracciones imaginarias
que describen el comportamiento de ese fundamental mundo microanalítico que cae
más allá de nuestra experiencia pero que se nos manifiesta a nuestra conciencia
científica en los experimentos para ello diseñados; la materia (la materia de la que se componen los objetos de nuestra
experiencia de la realidad que alcanzamos a conocer “a simple vista”) es una idea, un concepto, una abstracción,
un signo, con su significante y
significado, que nos permite referirnos y aludir a ciertos objetos de nuestra
experiencia: los que no son psíquicos. Pero la materia, en el fondo -en sí-, no
existe. En absoluto.
La realidad material, tampoco.
O pensemos lo mismo pero de otra manera: si un real-materialista
defiende que la psique no existe en sí, porque es una alucinación producida por
la materia del cerebro, un anti-material-realista crítico podrá defender, con
el mismo derecho, que la materia real no existe en sí, porque es un producto de
la inmaterialidad cuántica.
Pero un servidor no es tan absolutista: la realidad material no existe
en sí, pero existe a su modo y en su grado, a su nivel (de emergencia). A su
nivel, grado y manera también existen la realidad psíquica y la realidad
cuántica. Y resulta que da la casualidad de que estas dos últimas guardan más
semejanzas entre sí que con aquella. Hay que tener en cuenta que la realidad
material fue creada por nuestra psique a modo de utilísimo mapa mental que nos
servía para movernos por un territorio en que teníamos que sobrevivir; la
evolución favoreció la pervivencia de esa función de mapeado que hemos
confundido con el verdadero territorio. Pero el territorio es mucho más amplio,
rico y complejo que nuestro, si bien pobre y simple, eficacísimo mapa o
representación mental del ajeno mundo. Mundo que vamos descubriendo
parcialmente y poco a poco mediante el ejercicio de la imaginación filosófica y
científica. Pero cualquier objeto que se muestre a nuestra vista es tan real
como cualquier idea o sentimiento o pensamiento o significado (más, si son
verdaderos) que conciba nuestra mente, y por tanto tan real como cualquiera de
esas imaginarias abstracciones científicas como los imperceptibles cuantos (o
los agujeros negros o la singularidad del big bang o la curvatura del
espaciotiempo o…). Porque todas esas creaciones psíquicas funcionan: nos
aproximan al verdadero ser de las cosas.
Y para que funcionen como fuentes de verdad ontológica es necesario que
esa compleja y viva pantalla, donde las verdades aproximativas aparecen,
exista. Luego la realidad verdadera y más fundamental de que podemos tener
noticia los humanos es la psique. El
alma.
El espíritu.
Teologos
Al principio, hace unos 13.000.800 mil millones de años o así, todas la
cosas que existen estaban concentradas en un punto seminal sin volumen.
Seminal, digo, por que en esa semilla estaba potencialmente contenido todo lo
que existe, ha existido y existirá. Lo sabemos porque sabemos que el
espaciotiempo se expande separando las galaxias unas de otras, y lo que se va
separando tuvo que estar antes más unido.
Sabemos que todo está hecho de ondas cuánticas. Las ondas pueden
plegarse. Cuanto más se pliegan, más energía contienen.
Al principio todo estaba plegado en un punto
sin espacio ni tiempo, esto es: en un punto que NO EXISTÍA (en cierto modo, al
menos desde nuestro punto de vista actual, no existía, porque, de hecho, no estaba en ninguna parte), pero que, aún así,
tenía que vibrar con toda la energía potencial de este universo. Y un día esa omnipotente
nada sin tamaño ni duración, estalló y activó el espacio dinámico y por lo
tanto el tiempo, y el espaciotiempo produjo ondapartículas cuánticas, que
pasado más tiempo, y con más espacio, empezaron a combinarse en átomos de
materia, que acabaron por producir moléculas complejas y células vivas, que con
el tiempoespacio darían lugar y tiempo a la emergencia de la vida, la
inteligencia, la conciencia, el pensamiento. El pensamiento inteligente crea
con el tiempo, y también con el espacio, un reflejo fiel del universo en la
conciencia psíquica o del alma, al que llamamos realidad (la verdad la seguimos
buscando todavía).
Sabemos que la observación modifica lo observado. Y que desde nuestro más
honesto punto de vista la realidad primordial es la psiqué.
Cuando no existían psiqués, allá cuando el big bang, ¿qué hizo modificar
aquel primordial estado de cosas, para que aquello explotara creando este
universo?
Algo (¿o alguien?) observó la singularidad?
Si fuera así, ¿dónde estaría ese observador, si no había ningún lugar ni
espacio ni tiempo en el que estar?
Pero, un momento, oiga: el alma ¿necesita
espacio? ¿No es una realidad inmaterial? ¿No es una realidad espiritual?
¿No es una realidad inmaterial, espiritual, fundamental?
¿Pudo haber en el origen singular una actividad intemporal e inespacial que fuera capaz de observarse
a sí misma produciendo un reflejo psíquico que hoy conocemos con el nombre de
universo?
Sí que pudo. Sólo que para aceptar esto debemos admitir que alguna cosa
parecida a una conciencia observadora tuvo que existir al principio. Y esto que
digo es totalmente admisible, como paso a defender:
Con la expansión del universo la entropía aumenta: la energía se degrada,
se vuelve inútil para el trabajo creativo, o, lo que es lo mismo o equivalente:
pierde información objetiva. Si la información disminuye con el tiempo, hay que
colegir que antes ha sido siempre mayor. Cuando miramos hacia atrás en el
tiempo debemos ver cada vez menos entropía, más información objetiva. En la
singularidad del pre-bigbang debió concentrarse toda la información posible del
universo. Y tanta actividad informática apelotonada en tan poco espacio
(ninguno) ¿no iba a producir algo más espectacular y despampanante que lo hasta
ahora conseguido por ese ridículo procesador de información que es nuestro
cerebro? La información activa crea inteligencia.
¿Era activa la información latente en el big bang?
Si no hay tiempo, no hay movimiento y, por tanto ni vida ni pensamiento
ni inteligencia, por mucha información que haya. Bien: pero la intemporalidad
del bigbang es cuántica: esto quiere decir que nunca es estática porque el
espaciotiempo en sí es también cuántico y sufre el principio de Incertidumbre
de Heisenberg: cuanto menos tiempo más energía y viceversa; y si no hay nada de
tiempo, hay toda la energía: la energía produce ondapartículas de tiempo y
viceversa o así, dicho por gusto de jugar con las palabras. En los orígenes el
tiempo aparecía motivado por la imponente energía concentrada y plegada de
todas las ondas de probabilidad latentes en el punto singular, pero la inmensa
fuerza de gravedad producida por tanta energía (o masa, es lo mismo, si la
multiplicamos por la velocidad de la luz), hacía que todo lo que trataba de
salir del orificio originario volviera a su seno: tanto las ondas de altísima
frecuencia cargadísimas de energía como los conatos o ápices de granuloso
espaciotiempo que fluctuaran con los rebotes de frontón o eco de aquella. Un
tiempo que sale de la singularidad es un tiempo que marcha hacia el futuro;
pero un tiempo que vuelve a la singularidad es un tiempo que marcha hacia el
pasado. Si pudiéramos observar ese fenómeno deiayvuelta desde nuestro imposible punto de
vista, nos encontraríamos con la siguiente paradoja. El tiempo que ha regresado
al origen NUNCA HA EXISTIDO -para nosotros-: la intemporalidad del big bang es dinámica y
activa: la información está en perpetua e intensa actividad de vaivén aotorganizativo, porque concmcini-universo frustrado se da sus propias y ditintas leyes físicas. En cualquiera de esos vaivenes la
información se organiza de tal manera que se produce su auto-observación
especular de rebote reflexivo. Y la observación modifica lo observado. Y cuánto
modifica esta observación a lo observado. Pues todo: se produce la creación.
Bien, de nuevo: porque yo ahora me pregunto cómo llamaremos a esa Entidad Vacua que Crea.
Sólo podemos hacerlo mediante una catacresis metafórica, la más creativa
de las figuras literarias:
Qué tal: ¿HyperAitherPneumaPsiqueNous?
O ¿un “dios, fuera quien fuese” o “una naturaleza mejor”?
O ¿Red CiberInfomática de arrugas
en el tiempoespacio que se organiza auto-Poiéticamente según inmateriales patterns cuánticos en un Cosmos
Inteligente con Conciencia de Sí en Interfase e Interactuación Mutua y Recíproca
de ese Todo con sus observadoras Partes -por ejemplo, nosotros- que, por la
parcialidad de esos particulares egos que nos particularizan y caracterizan
les/nos impiden ver el Sol de Justicia de su Imparcialidad Universal de modo
que sólo vemos los que esta subjetiva Segunda Naturaleza No-Mejor que es la
costumbre conservadora de esquemas anquilosados nos impone como no sacra -por
falsa- Realidad fenoménica Desencantada que es su reflejo, alienada o enajenada
de lo que queda Más Allá y trasciende del límite perceptual y conceptuativo de
nuestras psiques físico-matemáticas y tecnoscópicas ante el Noúmeno o la
Cosa-en-Sí llevándonos a creer en la inexistente necesidad de su inmovilismo no
creativo y sin dinámica evolutiva y de progreso?
O ¿schopenhauriana y nouménica pero no ciega Voluntad de Ser que se nos
manifiesta en nuestra pobre y estrecha Representación humana?
O ¿YO SOY el que soy?
Y si, para simplificar, ¿me dejan ustedes llamarlo Numen?
Numinologos
La única manera como podríamos admitir hoy la posibilidad de una
transmigración de las almas es concibiéndola como patrones informáticos
descargables en corporeidades alternativas, y tal cosa excluye la probabilidad
de que la reencarnación haya podido tener lugar y tiempo para andie antes del
invento de los ordenadores.
Pero decía Ananda Coomaranswuami: lo que se reencarna no es el alma
individual de cada uno, su ego ridículo y particular: lo que se reencarna es el
gran Ego, el Ego Cosmico (Brahma, que es en el fondo, atman, el alma
identitaria de cada cual, y que es, en el fondo más hondo de los trasfondos,
idéntica al Alma cósmica que crea el mundo soñándolo -proceso anímico, psíquico-,
ese no-entidad que los budistas asimilan Vacío y del que brota por interfase
con nuestros despistados egos la Maya o Fenómeno Físico que tomamos por única
realidad, esa que sólo nos causa dolor y sufrimiento y, es, vamos ya
sabiéndolo, pura Probabilidad Quántica, fuente latente y potencial de
opcionalidad munadana y mundial y, si me dan la venia, Mundológica, en sentido de sus étimos: todos pensamos que vivimos en
el Mundo, pero, en verdad, cada cual vive en el suyo, que crea con sus valores y
opiniones -doxa, dogmas ideológicos- para sí, aislándose cada uno egoístamente de
los otros e incluso entrando con ellos en conflicto, por no ser capces de crearnos
un mundo organizado por el supremo valor del solidario Bien Común, Valor Verdadero
que nos aproximaría más a la Mejornaturalidad de la Justicia Cósmica).
El Numen se ha encuantizado;
después se ha enatomizado, después, enmoleculizado y enmaterializado;
luego, ENCARNADO, y se ha encontrado repartido en miles y millones de almas o
psiqués.
Aún continúa haciéndolo.
Pero eso, desde nuestro punto de vista ¿puede considerarse una
reencarnación metempsicótica?
Desde luego que sí.
Atman es Brahma. Todos somos uno. Siempre lo hemos sido. Aunque no
paramos de cambiar, modificarnos sin cesar. Las almas también cambian. Incluso
en el decurso de sus vidas. Mi alma ya no es la misma, no es idéntica a la que
yo tenía cuando era un crío sin experiencia ni conocimiento. Todo cambia y
seguirá cambiando. Pero lo mismo que el agua cambia de fase y se convierte en
hielo o en vapor sin dejar en ningún momento de ser agua, nosotros cambiamos,
estamos cambiando desde el psico-origen bigbángico del universo, como una mala copia
semi-inconsciente del verdaro manantial nouménico, y cambiaremos más todavía,
sin dejar de ser, tampoco y por supuesto, lo que siempre fuimos, aunque nos neguemos
por tozudez y pánico cerril a hacerlo, catendo no pocas veces en la marcha-atrás
de la más vertiginosa involución, caída que puede causar incluso nuestra triste
y necia extinción. Pero el final del nuestro mundo no es el final del OmniPotencialidad del Mundologos.
Al principio fuimos el caos hiperactivo de la singularidad. Un golpe
(¿de suerte?) de inteligencia creó un complejo reflejo de lo que había,
produciendo (hablo en sentido figurado) una especie de amor propio, una especie
de autoveneración Narcisa, un auto-eros (no había otra cosa a la que amar más que
a aquel Sí-mismo) que produjo un auto-coito imposible que supuso el nacimiento
de una narcisa e hiperesférica flor cósmica: Un narciso que aún sigue
floreciendo en todas direcciones y al que llamamos universo en expansión. Eso produjo
el sacrificio mortal de aquel narciso numen. Que se reencarnó en su reflejo. En
el cual existimos.
Pero, a diferencia de lo que, conforme a nuestra creencia autosugestiva y supersticiosa, pasa con nosotros, el rompimiento mortal de aquella narcisa symetría no equivale a una muerte defintitiva, sino a un Ocultamiento. Para nuestros huérfanos ojos.
Ovidio lo sabía.
Somos la reencarnación y metamorfosis plural de un numen que murió al dirigir su eros
hacia sí mismo, sufriendo el atractivo de su irresistible fuerza de gravedad, causa
del efecto rebote de esa fuerza de la onda expansiva que Einstein llamó Constante
Cosmológica y hoy solemos denominar Energía Oscura.
Nosotros fuimos él. Y aún seguimos siéndolo y el, nosotros, aunque oculto por el velo de Maya Isis, y nos combinamos atraídos
por las fuerzas del Amor o del Odio. Todos (Todo) seguimos reencarnándonos.
Epilogos
¿Cómo podemos estar seguros de todo esto que acabo de figurarme?
Sencillo: No podemos estarlo.
Pero estoy seguro que estas especulaciones libres y gratuitas están
figurativamente (ovidianamente) más cerca de la inalcanzable verdad absoluta
que todas las estrecheces prejuiciosas del paradigma ideológico vigente, ese
real-materialismo antiespiritualista filoeconómico pro inicuo desequilibrio anti-biencomunitario, que siempre sufrirá de los vértigos y las acrofobias que implica la invitación al vuelo libre de una imaginación poética
verdadera, esa que jamás se aterroriza ante el monstruo de la verdad distinta, esa que que acecha en en el umbral del sublime disparate.
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