De
las raíces malagueñas del cosmopolitismo de José Bergamín
No
es que uno crea demasiado en las herencias genéticas ni en los
determinantes y condicionantes de la patria chica, pues mal
cosmopolita uno sería, si en tal se empeñara. Ciudadano ecológico
del mundo, sé querer, sin embargo, lo mío con amor de madre (que
ama con sincero amor a todas sus hijas, por feas que sean), porque,
como no se suele saber a menudo, las patrias son las hijas, que no
las madres de los ciudadanos que la gestan con su vida,trabajo y
habitación -y conste que ex profeso he dicho ciudadano y no
he dicho patriota, porque es palabra de terribles connotaciones, como
el propio José Bergamín afirmara en más de un aforismo. Sea dicha
la verdad, a mí la patria grande no ha hecho más que darme
disgustos, de entre los cuales destacan los dieciocho meses de
tortura psícológica que pasé sierviéndola gratis y por narices en
la policía naval, que mejor fuera dicha nabal, ya que de naves poco
hay en tan antipático y terrestrísimo servicio, mientras que de la
chica sólo puedo quejarme de su provincianismo, cosa que le debe
estar permitida a una capital de provincia. Y, no obstante, por lo
que de cosmópolis cultural tiene tan no tanto provinciana urbe,
quiero hoy defender su universalidad reivindicando para Málaga a uno
de sus más universales y cosmopolitas representantes: el madrileño
José Bergamín (que aquí currara cuando joven en el bufete de otro
insigne malagueño, éste nacido aquí), y quien decía que
Cuando
un pueblo o un hombre pierde su fe en Dios se hace idólatra de sí
mismo: peca mortalmente por orgullo. El nacionalismo es el orgullo
colectivo.
Creo,
empero, como patriota chiquitísimo que soy, madre parcial de mi
natal ciudad, que Málaga, ni España, ni el mundo hispanoparlante -o
hispanoescribiente-, ha rendido honores suficientes a quien acaso sea
el más singular y profundo escritor de la Generación del 27, o de
la República que es como querrían haberla llamado no los menos de
sus más preclaros miembros. Y me llama la atención que un joven
filósofo belga, doctor por cierto en filosofía de la ciencia del
siglo XX, Hugo de Loos, asiduo colaborador en las páginas de la
ciberrevista Liberlect, que dirijí antaño, lo tenga considerado
como uno de los grandes filósofos guerrilleros
junto
a Pascal y Nietzsche
de occidente.
Y
tal vez esta vez la razón no sea debida a los hábitos de madrasta
que esta doble España suele ejercer sobre sus más candentes -y
cenicientos- padres. Porque, además, el problema del poeta Bergamín,
del filósofo Bergamín, del aforista y ensayista y dramaturgo y
polígrafo Bergamín es su condición de inclasificable. Y es que
parece que los eruditos de la crítica no saben trabajar sin clases,
lo que manifiesta una falta de clase: la de no saber todavía que las
clases son útiles para aprender y archivar los conocimientos, pero
fallan a la hora de describir fielmente el conocimiento, el único
verdadero: el conocimiento de la verdad. La verdad parece estar
empeñada en desobedecer las clasificaciones y de contino se desnuda
de sus simplistas y zafios y descorteses corsés.
Bergamín
no fue nunca un poeta vanguardista. Siempre fue un poeta de verdad. O
lo que es lo mismo un artista del nous poético, o intelecto agente,
o inteligencia creadora, o razón imaginativa y fantástica, o
pensamiento sensible y sentido, lo que frecuentemente para y
desemboca en poeta metafísico, y que es, para quien no lo sepa, el
non plus ultra de toda poética faena. Tampoco fue un poeta puro,
pero coincidió con Juan Ramón en su devoción por el aforismo, y en
cierto becquerianismo, que si en el premio Nobel supone una de sus
influencias, en el mediomalagueño es el fundamento para una poesía
de la sencillez y de las pofundidades.
Bergamín
es Litoral
y Cruz
y Raya,
y es Málaga y Madrid, la primera por raíces y la segunda por
educación y nacimiento. Pero Bergamín es, sobre todo, singularidad,
heterodoxia, herejía, periferia, por lo que, si se me permite un
juego de palabras muy bergaminiano, es más del Litoral que del
Centro mesetario.
Por
ello me centraré, más que en la poesía de sus poemas, todos muy
lapidarios y aforísticos, aunque cargados de una serena
sensibilidad, en la lapidaria poesía de sus aforismos y de su prosa
aforística, que es, según entiendo, donde el genio filosófico del
poeta -o poético del filósofo- brilla con más aguda luz. Por
ejemplo:
Lo
cierto es la muerte; lo incierto, lo dudoso, es la vida: la
inmortalidad. Aprende a dejar lo cierto por lo dudoso.
O:
Al
que no duda de nada, ¿cómo le va a caber la fe de todo?
O
también:
Lo
más amargo es lo más superficial. La piel del Diablo. La vida
visible de los hombres y el espectáculo vivo de las cosas.
O
este otro:
LUZ
BELLA.- ¡Qué hondamente penetraste en mí, acero, lumbre, negación
de Dios!
Es
decir: si nos conformamos con la apariencia “superficial”
de las cosas, su fenómeno, eso que habitualmente llamamos realidad y
nos empeñamos en creérnosla al pie de la letra −−del lenguaje
científico, se entiende, o mejor, de la ideología cientifista, que
es el único aspecto de la ciencia que predica desde su creencia de
ser exclusiva poseedora de la verdad−, en creer ciegamente, decía,
en esa manera de ver la realidad, estaremos ciertos de todo y sólo
estaremos creyendo en la nada de la muerte, que es lo único cierto.
La verdadera ciencia, la sabiduría de verdad, siempre duda, y en esa
duda se fundamenta su evolución asintótica hacia una verdad
científica acaso no alcanzable del todo, porque, al ser de divinas
dimensiones, nunca cabrá en ninguna de las teorías que salgan de
meolla humana, si bien podemos aproximarnos a una verdad cada vez más
exacta y próxima, pero siempre aproximada,
si dudamos de todas las verdades vigentes y oficiales, que a la
postre siempre se descubre que no eran verdades, sino prejuicios, muy
lejanos de ser juicios finales (y no digamos cuando, peor todavía,
esas supuestas verdades irrefutablemente televisivas no son sino
goebbelsiana propaganda política propalada por los medios de
comunicación en manos de los dueños del Dinero, y cuyo sólo fin es
la hipnosis de un pueblo maltratado, del que se pretende, y se
consigue, que tome decisiones en contra de sus propios intereses,
cosa que es todas luces obvia que pasa cada día más “en esta
España de todos los demonios”, que dijera De Biedma.
Por
eso Bergamín tiende a definirse, muy unamunianamente, como un
creyente dudoso, y valga la paradoja: alguien que, por no creerse lo
primero que le cuentan los
sentidos, la tele
acaba siendo fiel a teniendo
fe en
una verdad que nunca puede ser poseída, aunque sí vislumbrada por
la creatividad crítica del pensamiento o
nous
poético.
Quizá
por eso en La
importancia del Demonio,
uno de sus más celebrados ensayos, defiende el poeta que sólo “Por
falta de imaginación se afirma todo lo que es nada”, “Porque se
puede creer en todo, que es lo dudoso, es Dios; y creer a fuerza de
dudas. Pero no se puede creer en nada: que es lo cierto, el Demonio,
con su Infierno, que es la muerte inmortal: lo único verdaderamente
cierto de todo y del todo”, “Por eso no se puede creer en el
Demonio, sino tener certeza de él”.
La
fe es por tanto una consecuencia de la duda crítica y de la
imaginación poética, que es un modo de la intuición.
Y
también un valiente acto de rebeldía herética frente a las
insuficiencias demoníacas de esa visión de la realidad que nos
quieren imponer la ramplonería vulgar de los pensadores conformistas
o los ideólogos capciosos de los superrrichachones Cacos que
gobiernan a los Gobiernos desde la sombra oculta de la concha del
apuntador.
Leyendo
los aforismos de Hugo de Los, comprendo la causa de la veneración
que siente por nuestro maestro malagueño de Madrid. Dice, por
ejemplo, en estos, que traduzco:
Realista
es alguien que cree ciegamente en la realidad. Y los ciegos no ven.
O:
La
gente suele mirar la realidad con tanta falta de imaginación que en
verdad no se entera de nada.
Y:
Para
el necio moderno la tele e l’altri media son la nueva Palabra
Revelada, y sabemos que todas las biblias, y otros Libros
de Error (tal
dijo
Blake),
tomadas en sentido literal, son (tal dijo Galileoi) compilaciones de
disparates, inmoralidades y terror.
Parece
que la raíz malagueña ha florecido en el norte de Europa.
Pero
aquí no parecemos enterarnos.
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