ACTUALIDAD DE ALEIXANDRE.
I.
Siempre se ha dicho que sobre gustos no hay
nada escrito, pero todos sabemos que es mentira. Porque sobre gustos no se ha
dejado de escribir desde por lo menos la Poética de Aristóteles.
Herrera, por ejemplo, no tenía por buen poeta a
quien no gustara de los excelentes antiguos.
Y Don Marcelino Menéndez y Pelayo, era capaz de
utilizar el concepto de buen gusto incluso para descalificar a poetas
que, por lo demás, y así lo reconocía el eximio erudito, de no haber sido por
eso, por su falta de buen gusto, podrían haber sido considerados sin empacho
poetas eximios.
La cuestión en cuestión puede parecer trivial,
pero es más importante de lo que parece. Oculto en el concepto de gusto
se encuentra la única explicación empírica para el concepto de belleza,
sin el cual mucho me temo que el arte y, por lo tanto, la poesía no tengan
mucha razón de ser ni, en consecuencia, mucha explicación. Pero afirmar tal
cosa, como acabo de hacer, es obviamente problemático, porque en el concepto de
gusto también se esconde siempre un sustrato ideológico determinante. De
hecho Don Marcelino opinaba que algún poeta, Joaquín María Bartrina en
concreto, pese a su gracia e ingenio, no era un buen poeta por causa de su mal
gusto, lo que para el egregio exégeta era lo mismo que decir que por causa de
sus ideas, propias de un ateo y un materialista, cosa que al crítico inquisidor
y perseguidor de vidas heterodoxas le parecía contrario a toda norma, incluida
la poética.
Y he ahí el problema: que la única manera como
puede definirse belleza es apelando al gusto: belleza es eso que gusta,
que nos da gusto. Ahora bien: ¿por qué gusta lo que gusta? ¿Y a quién? A mi
personalmente me gustan las democracias no confesionales y laicas, pero a Don
Marcelino le gustaban los sacroimperios romano-germánicos; y, en fin, a unos,
en verdad, nos gustan las mujeres, a otros, los hombres; a unos, el fútbol, a
otros la ópera; a unos, Mozart, a otros, el bacalao (¿o es bakalao?); total:
que a cada uno le gusta una cosa distinta y a todos imagino que les parecerán hermosas
las cosas que les gustan, y feas las que no. ¿Pero cuál es la verdadera
belleza? Platón dijo que el Bien, acaso pensando que nos gusta lo que nos
resulta beneficioso. Pero aludir a Platón hoy día se sabe que es cosa de
supersticiosos obsoletos que todavía no saben que todo idealismo es falaz. Será
mejor citar a otro filósofo de mejor reputación. Creo que era el ateo Bertrand
Russell el que afirmaba que la belleza, si queremos enjuiciarla desde el punto
de vista más objetivo posible, hay que valorarla siguiendo un parámetro
evolucionista, es decir: que consideraremos bello todo lo que nos aporte un gusto
eficaz respecto al aumento prolífero de las probabilidades de supervivencia,
por lo que un perfecto ejemplo de belleza sería una puerca-espín, claro que
sólo desde la particular visión de una puerco-espín, perspectiva que yo me
niego a considerar universal.
Normalmente se considera que la capacidad de
degustación de la belleza artística aumenta en proporción al grado de cultivo
intelectual del individuo degustante: cuanto más bruto y asilvestrado sea uno,
más gustará del bakalao y el fútbol, y al revés con el gusto por Mozart y la
ópera. Pero es ésta una consideración que no hacen precisamente los personajes
silvestres, cuya opinión sería más bien la contraria. Después de todo a muchos
artístas de fina sensibilidad les gusta el fútbol y al cultísimo Menéndez y
Pelayo le gustaba la Inquisición.
Toda esta digresión introductoria ha sido
traída a cuento por la razón siguiente: entiendo que es evidente que, dado que
la percepción de un objeto, aunque causada por éste, está determinada por la
estructura del aparato perceptor del sujeto que percibe, la belleza debe ser
localizada, habida cuenta de la diferencia de gustos, más en el aparato
perceptor del sujeto que en el objeto percibido.
Y he ahí de nuevo el problema: la estructura
interna de lo sujetos cambia. Puede ser cambiada por la educación y el cultivo
de las facultades perceptivas e intelectuales, pero puede cambiar también por
otras razones. De entre ellas cabe que destaquemos dos: la moda y la ideología.
La razón por la cual un poeta contemporáneo
puede encontrar más belleza en Lezama que en Darío puede estar determinada por
la moda: Lezama es más moderno que el poeta modernista, porque durante el siglo
XX hemos querido considerar que todo lo que se parezca al arte tradicional o
clásico no es moderno, y Darío se parece a Baudelaire, a Góngora o a Horacio,
mientras que Lezama no se parece a nadie anterior a 1900.
La razón por la que un poeta actual encuentre
más belleza poética en Gil de Biedma que en Lezama está seguramente determinada
por cierta ideología: Gil de Biedma fue un izquierdista de derechas: un
antifranquista rico y señorito que sólo creía en el reino de este mundo.
Mentalidad mayoritaria en los tiempos que vigen.
La razón por la que yo no encuentro tanta
belleza poética en Gil de Biedma o Lezama como en Darío, son sin embargo,
estrictamente técnicas: Rubén Darío hasta borracho dominaba las técnicas del
lenguaje poético mejor que los otros dos juntos. Claro que esto último también
puede estar determinado por una ideología: uno a lo mejor piensa que la técnica
es más importante de lo que en realidad es, porque piensa, un tanto desfasada y
retrógradamante, que la chapuza improvisada no es un canon de belleza poética
universal y eterna.
Pero lo que me interesa en verdad destacar de
todo esto no es tanto la diferencia de gustos que hay entre un lector y otro
como la diferencia de gustos que yo encuentro en mi mismo a lo largo de mi
historia evolutiva como lector.
Me pasó con muchos poetas a los que leí con
ilusión y pasión en mi juventud lectora. Saint-John Perse, por ejemplo, pasó de
fascinarme a no suscitar en mí más que extrañeza ante las razones de la antigua
fascinación. Es obvio que la propia lectura trasforma la estructura del aparato
perceptor, lector en este caso, del sujeto, y el mío parece haber cambiado tal
como demuestra mi historia personal como lector de muchos de esos poetas que
entonces fueron mis ídolos. Uno de ellos era Aleixandre.
II.
Aleixandre me fascinó cuando joven. Y me
pareció más que maestro, gurú, cuando se convirtió en aquella especie de ídolo
vivo para los novísimos. Eran tiempos de inocencia lectora, en que uno
creía que todo lo que rezumara fama era bueno de necesidad, y que si yo no lo
entendía, o si me parecía un pestiño insoportable, o le encontraba maldita la
gracia, eso seguramente debería ser porque yo no era un entendido, o no estaba
lo bastante entrenado en el trabajo arduo de leer, o mi sensibilidad ante la belleza
del lenguaje poético estaba atrofiada, dormida, y había que despertarla con la
disciplina.
Empecé a flagelarme rigurosamente con esa
disciplina, y acaso como consecuencia de la voluntaria y sacrificada
mortificación, llegué a creerme que aquello de las Espadas como labios
me resultaba alucinante: me daba así como la sensación de que volaba por
paraísos verbales, o al menos por sus sombras. Uno quería ser considerado un
entendido, y por eso parecía -le parecía a uno- que uno entendía. Pero se
trataba de un mal entendido: uno no podía entenderse con el maestro, el des sus primeros libros surrealistas, porque al
maestro surrealista no había quien lo entendiera; es más: el maestro mucho me temo que no
pretendiera ser entendido.
La verdad es que, con el tiempo, eso cambió
hasta en el maestro, porque sus libros posteriores a La destrucción o el
amor fueron más inteligibles para un lector inteligente. Pero no eran esos
los libros que me fascinaban, tal vez porque podía entenderlos sin dificultad y
eso los volvía sospechosos: no sé quién me había metido en la cabeza que la
mejor poesía era la que no se entiende, porque la poesía no le habla a la
razón, sino a no se sabe qué, acaso al inconsciente, puesto que el corazón
andaba por entonces muy desprestigiado como lector. La verdad es que la mayoría
de los poemas que solía leer entonces, no me refiero sólo los de Aleixandre,
eran poco propicios al ejercicio del entendimiento, por lo que yo entendí que
no tenía por qué entender ningún poema que en mis manos cayera, y acabé por
juzgar la calidad de los mismos y su interés ya no en virtud de su oscuridad
sino en virtud de su ininteligibilidad, o lo que es lo mismo, su falta de
inteligencia.
Pero con el tiempo yo también cambié, de tal
manera que un día me descubrí a mí mismo leyendo poemas que entendía sin
dificultad. Al principio uno pensó que eso era porque uno había aprendido a
entender. Pero no: pronto ví que lo que pasaba era que los textos que ahora
estaban de moda y se encontraba uno en las librerías eran textos que perseguían
la complicidad con el lector, y que por tanto se entendían bien con él. Textos
que con tal de no caer en el oscurantismo vanguardista caían, cierto es, en la
clara simpleza de las obviedades sin sentir ningún tipo de vergüenza.
Fue entonces cuando volví a repasar a maestros
de la infancia, y resultó que todo había cambiado: los libros del Aleixandre
surrealista ya no me fascinaban, ni me decían nada, ni yo tenía empacho en
reconocérmelo a mí mismo: ahora me interesaban los libros escritos por el
maestro después de la guerra, a partir de Sombra del paraíso, pero
excluyendo esa pretenciosidad que se marcó el maestro cuando le llegó, como a
todos nos llega, la senilidad, y que pretendían ser Diálogos del
conocimiento, libro en donde se conoce que unos personajes dialogan
sobre lo que parece que no conocen, o donde no se conoce sobre qué dialogan.
En especial me emocionaban los poemas de Historia
del corazón.
Hoy puedo estar seguro de que me interesan unos
poemas concretos de Aleixandre diseminados por toda su obra. De la primera
época, “Unidad en ella” y todos esos en que la pasión erótica se convierte en
ascesis para una suerte de mística panteísta. También esa especie de rebeliones
contra la evidencia que aparecen en, por ejemplo, Mundo a solas: “Sólo
la luna conoce la verdad/ y es que el hombre no existe”. Versos atinados por
cuanto manifiestan como verdad lunática algo que es a todas luces (diurnas)
claramente incierto, aparte de expresar mediante su tangencia connotativa
verdades diurnas, evidentes, como la insignificancia de la condición humana,
rayana en la inexistencia, verdad que, no obstante, sólo conocemos algunos
lunáticos. Y enseguida algunos poemas típicos de Sombra del paraíso,
porque en la evocación nostálgica de una infancia feliz en la Málaga pre-bélica
se encuentra, a modo de crítico agravio comparativo tácito, una protesta contra
la injusticia y la fealdad del mundo de la postguerra, extensible a todo el
reino de este mundo: la realidad humana. También me siguen emocionando ciertos
poemas de Historia del corazón, que me parecen mejores que todos los que
del mismo tipo se escribieron en España por aquella época.
En Aleixandre, como en tantos poetas de su
generación hay, pues, poemas para todos los gustos. Quizás si alguna vez mis
gustos vuelven a cambiar como consecuencia de una saturación lectora que me
promueva a la jubilación, quién sabe, a lo mejor hasta acaban por gustarme esos
poemas en prosa loquísima que constituyen Pasion de la Tierra.
Por fin, creo que debe reconocérsele al maestro
su gusto por la lengua española, de la que siempre hizo un rico uso, a veces
acaso demasiado; razón por la que se convierte el maestro en uno de los poetas
contemporáneos de obligada lectura, ya que el uso usual que de la lengua se ha
hecho después de él ha sufrido una vertiginosa tendencia, salvo en honrosas y
prestigiosas ocasiones, hacia el más analfabeto de los empobrecimientos.
Pero insisto: esto último es una visión
subjetiva de este sujeto, de modo que con toda probabilidad no coincidirá con
la de muchos. Este sujeto, no obstante, hace tiempo que no tiene el menor
interés en seguir patrones estéticos que no respondan a sus propios intereses y
gustos, y no está dispuesto a degustar productos de mal gusto como consecuencia
de las influencias externas. Los externos pueden hacer lo mismo: allá ellos con
sus gustos, si se sienten a gusto, pues que la libertad, al menos para mí, es
hermosa.
Por eso, en lo que a mí respecta, el gusto es
mío.