I.
Una vez participé en una mesa redonda cuyo tema a debatir era la Estética
Cuántica, imprecisa e impropia denominación que acaso el novelista Gregorio
Morales acuñó en cierto congreso de escritores para referirse a una nueva forma
de arte, en especial de arte literaria, y que también otro novelista, García
Viñó, cuyas opiniones sobre el tema no comparto, había postulado por su cuenta,
tal como parece haber dejado manifiesto
en su ensayo La novela cuántica y relativista. Lo curioso es que yo
mismo a su vez, por mi parte y sin saber nada de estos dos señores suso
citados, había hecho un descubrimiento semejante, y de ello dejé constancia en
una serie de artículos que salieron en cierto Diario de Málaga, y que
algún día puede ser que me tome la molestia de convertir en libro, si algún
editor se muestra interesado en el tema.
Pero de aquel encuentro lo más interesante fue desde luego cierta
intervención por parte de cierto joven crítico de arte que entre el público
parecía prestar intensa atención a la controversia sobre la cual en la mesa se
polemizaba. Al final del debate alzó su mano para peguntar: ¿qué tiene que ver
la física con el arte? Yo le contesté diciendo que si para Aristóteles el arte
era imitación de la Naturaleza -en griego macarrónico mímesis de la
Física-, hoy, que sabemos de la naturaleza cuántica de la Naturaleza, si
queremos reproducirla con autenticidad artística, no tenemos más remedio que
hacer de ella una imitación de naturaleza cuántica. Pero lo que me parece más
interesante de todo el asunto es el hecho de que se formulara aquella pregunta:
después de estar tres cuartos de hora hablando sobre las relaciones entre
ciencia y arte, un crítico de arte nos pregunta cuál es la relación entre
ciencia y arte.
Aclarémonos: no es que aquel joven crítico no hubiera estado atendiendo,
o no entendiera el castellano, no: lo que le ocurría era que la educación
recibida desde su más tierna infancia había hecho arraigar en su conciencia un
tan fuerte prejuicio que tal vez la cortedad de su edad, u otra, le impedía
superar: a él siempre se le había enseñado como verdad eterna e irrefutable que
una cosa eran las ciencias y otra muy distinta las letras y las artes, y que no
había que mezclar las témporas con salvas sean las partes.
Con el título de este ensayo puede ocurrir lo mismo: la Física es la
disciplina que estudia la materia, mientras que el Espíritu es el objeto de
estudio de la Religión o de la Metafísica: ¡cómo, pues, viene uno a contarles a
ustedes este rollo de la Física del Espíritu! Peor aún: mi tesis a defender
será la coincidencia fundamental en los supuestos básicos de la cosmovisión
mitopoética antigua y la filosofía que debe desprenderse de las teorías
científicas más actuales y vigentes. De modo que bien puede ser que alguno
piense que mis entendederas no estén del todo libres de larvas.
Pero los hechos, la realidad, la verdad, son así: es un hecho verdadero
que la realidad tal como fue concebida en los primitivos textos sagrados, todos
ellos de carácter poético, dista mucho de ser distinta de lo que puede acabar
siendo el modelo de realidad vigente en el inminente próximo milenio.
Por otra parte, con demasiada frecuencia se olvida que los primeros
textos sagrados fueron también, como ya he dicho, los primeros textos poéticos.
Y digo bien: poéticos, que no literarios, puesto que datan de una época en que
las litterae, las letras -la escritura- no habían sido
inventadas, por lo que no podía existir literatura. Se dice que toda
literatura empieza siendo literatura oral, lo que es lo mismo que decir que los
primeros escritos de toda cultura son hablados. Tamaño sinsentido
podría resolverse si se nos permitiera a los filólogos usar de nuestra lengua
con la precisión que dictan el sentido común y los filósofos antiguos: Platón y
Aristóteles llamaron poesía a toda actividad creadora cuya materia prima
fuera la palabra, y no sólo la escrita.
La poesía oral previa al invento de la
escritura y, en consecuencia, de la literatura, fue siempre sagrada: eran
textos hablados, recitados de memoria, o cantados, que contaban las hazañas
cosmogónicas de dioses y de númenes, y eran usados ritualmente en las
ceremonias montadas para conmemorar y celebrar acontecimientos cósmicos
primordiales como, por ejemplo, el acto mismo de la Creación del Universo.
Sabemos por Mircea Eliade que el Enuma Elish, poema cosmogónico que fue
texto sagrado oral antes de que fuera transcrito por los primeros escribas
sacerdotales sumerios, se recitaba con este fin en la Fiesta del Año Nuevo, en
que se suponía el mundo se regeneraba, se recreaba, ayudado por la fuerza
creadora, poética, de la palabra sagrada. De ahí surge, por supuesto, la idea
hebrea de que Elohim o Yahvé crearon el mundo mediante el Verbo, el Logos, la
Palabra. Y de ahí la idea, tan querida de Huidobro, de que el poeta es un
pequeño dios. Que es como decir que, puesto que las palabras contienen
significados, imágenes mentales inteligibles, la Creación es producto de una
Inteligencia imaginativa que se expresa en el acto de crear.
II. En aquellos remotos tiempos de la
cultura primigenia las letras y las ciencias no estaban separadas. Más: no
estaban separadas la poesía y la ciencia, y pensar sobre el origen del cosmos o
sobre la naturaleza de la Naturaleza era hacer poesía: volver a narrar o a
narrase -rehacer- los mitos de siempre intentando mejorar la coherencia lógica
de su argumento, su fuerza explicativa, su verosimilitud científica, diríamos
hoy, era hacer del arte poética un método de sabiduría, lo que convenció a los
filósofos antiguos sobre la identidad de la verdad y la belleza, cosa que
también piensan tantos físicos y, sobretodo, matemáticos de hoy. De hecho,
antes del invento de la escritura por los sacerdotes, cuya función administrativa
parece clara, si nos aproximamos al Neolítico o, antropológicamente, a lo que
solemos llamar mal y pronto estadios primitivos de cultura, vemos que
allí la especialización y diferenciación entre poeta y sacerdote, y entre poeta
y científico, o filósofo, o mero sabio, no estaba definida, por no decir que no
existía en absoluto, lo cual puede comprobarse si pensamos en la vieja figura
del chamán, que acoge en sí rasgos indiferenciados de sacerdote extático, sabio
hechicero y poeta sagrado.
Es posible que en la fase chamánica, o al menos presacerdotal de la
cultura, en la fase preliteraria, fuera cuando se inventara poéticamente la
metáfora que más ha nutrido a la religión y a la metafísica desde entonces. Me
refiero a la Metáfora del Viento, o del espíritu, como se le conoce por lo
común. Siempre que los poetas primitivos querían hablar del misterio, de
fuerzas que no eran evidentes, que no podían ser vistas a simple y primera
vista, se hablaba de ellas comparándolas con algo de todos conocido, los
vientos, o los espíritus -que eso y no otra cosa es lo que el término spiritu,
o también anima, significa en latín- que tienen en común con las fuerzas
misteriosas y ocultas una misma cualidad, base de la metáfora: que ninguno de
los dos se pueden ver, pero se siente que existen. En seguida surgió una
diferenciación entre espíritus terribles y benéficos, siendo asociados los
primeros a las tinieblas nocturnas y los segundos a la luz del día,
constituyendo el término indoeuropeo que expresa esa última idea la raíz
etimológica que explica la procedencia de la palabra dios.
Esta fértil metáfora del espíritu divino no tenía connotaciones
espirituales -es curioso- en un principio: el espíritu, el dios era una fuerza
misteriosa de la naturaleza, pero tan natural como el propio viento, como la
propia luz. Sólo después de que las religiones institucionalizadas robaran la
sacralidad a los poetas y trataran de administrarla convirtiendo un método de
intuición pura y libre, la poesía, en un método de gobierno ni puro ni libre,
la religión, la metáfora empieza a evolucionar hasta que, dejando el Paganismo
y evolucionando con Zaratustra y el Judaísmo llega a sus herederos el
Cristianismo y el Islam convertida en algo por definición ajeno a la Naturaleza
e incluso contrario a ella, como mínimo superior a ella, es decir, sobre-natural,
y a ella trascendente.
Y nuestras espaldas cargan con una historia en que la pureza
desmaterializada del espíritu de Dios ha servido como excusa para la opresión y
el terrorismo de Estado, puesto que su Gloria, la del Espíritu, ha servido para
predicar la maldad de la materia natural, que nos aparta del bien supremo
mediante la tentación del disfrute libre de la vida y de la carne en donde ésta
nace, que nos vuelve desobedientes a la divina autoridad de los poderosos de
este mundo y, lo que es peor, improductivos, o poco eficaces en la producción,
porque estamos más pendientes del placer que del trabajo, que es salud porque
es sacrificio, literalmente acto sagrado, y el sufrimiento que comporta
es un precio que debe pagarse para la compra de la dicha eterna, la inmaterial,
la espiritual, la sobrenatural, la divina, la buena, la verdadera.
Así pues, habida cuenta de que el dogma
oficial pretendía que lo blanco es negro y lo bueno malo, no es de extrañar que
la historia del cristianismo haya estado llena de herejías que la Iglesia
combatió con saña, resultando vencedora siempre, excepto en el caso de la
última de ellas: la Ciencia.
En efecto, la ciencia nació a contrapelo de la Iglesia, y los procesos
inquisitoriales contra Bruno o Galilei, son sólo un síntoma famoso de lo que
fue una lucha del Espíritu de la Verdad contra el Espíritu del Poder. Pero no
debemos olvidar que las cosas no son nunca tan simples como pretenden algunos
historiadores, y que frente al caso de Laplace, para quien Dios no era más que
una hipótesis científica falsa, su maestro Newton entendió que el espacio y el
tiempo absolutos, categorías básicas de su física, la física clásica,
constiuían literalmente el sensorium de Dios. En cualquier caso, a lo
largo del siglo XIX comenzó a ser cada vez más frecuente el caso modélico de
ese tipo de científico profesional para quien la única verdad es la verdad
científica, en detrimento de los dogmas de la Iglesia, incluido el de la vida
perdurble tras la muerte, el cual dará lugar a ese tipo de filósofo,
mayoritario en el XX, que convierte la intensidad de la angustia sentida ante
el sinsentido de la existencia humana, tras la muerte de Dios que Nietzsche
predicara apoyándose en el paradigma newtoniano de Laplace, en una medida del
valor con que el ser consciente debe afrontar la terrible realidad de su ser-para-la-muerte.
III. El éxito de la ciencia durante
estos siglos ha sido tan incuestionable que no extraña que se haya convertido
al fin en juez infalible que decide qué es verdadero y qué falso, y podemos
decir que sus decisiones son inapelables como no sea ella misma quien lleve a
cabo la apelación, por ser -ojo al dato- sagradas a tal punto que a
guisa de broma podríamos decir que lo que la ciencia dice va a misa.
Tampoco extraña, pues, que poetas muy dotados y sabios inviertan toda su
energía en predicar la muerte de Dios y el absurdo de la vida humana tras dicho
hecho, y que siendo poetas de éxito hablen de continuo, y por la misma razón,
de fracaso vital, y que incluso gasten algunos versos en denostar a Dios
acusándole de no existir, o de haberse muerto siendo inmortal, o, pese a la
declaración oficial de su inexistencia, por el propio poeta predicada, en
criticarlo por su torpeza o su maldad como creador, ya que no supo o no quiso
crear un cosmos sin mal ni sufrimiento. Tal es el caso por ejemplo del último
libro de mi colega y sin embargo amigo Carlos Marzal, Los países nocturnos,
libro de indudable mérito pese a que la filosofía existencial sobre la que se
articula debió empezar a quedarse antigua en torno al año 1927, en que Werner
Heisenberg publicó el Principio de Incertidumbre, dando lugar, junto con la
Teoría de la Relatividad hecha pública por Albert Einstein en 1915, y
comprobada por Arthur Eddington en 1919, al nacimiento del paradigma científico
actual que ha demostrado, no que la ciencia del XIX no fuera verdad, sino que
no era toda la verdad.
La ciencia decimonónica, en la que se basa la filosofía existencial
aguachinada que impregna todo realismo ideológico y militante, se basa en algo
que se ha demostrado falso por tratarse de un reduccionismo a ultranza
simplificador. Es lo que yo llamo la tesis del noesmasque, porque
intenta reducir todos los fenómenos, naturales o no, a un conjunto de
interacciones que ejecutan las partículas que integran la materia de los
objetos de estudio científico. Esto es lo mismo que decir que un fenómeno
psíquico o mental, por ejemplo una idea o un sentimiento, es algo que en realidad
no existe porque no es más que un conjunto de reacciones electroquímicas
habidas en las neuronas del cerebro, producidas por un choque de electrones
entre los átomos que componen su materia.
Dicho método de reducción vía noemasque implica un error
filosófico grave: el de confundir los efectos con las causas, el de pensar que
los efectos son lo mismo que sus causas materiales, y que a ellas se reducen,
el de considerar que el efecto no es más que la causa vista a través del
falso prisma de la ilusa subjetividad. Y esto no es cierto: las causas producen
los efectos, pero no son los efectos: una colisión de una cabeza contra
un muro produce un chichón, pero la colisón no es lo mismo que el
chichón. Del mismo modo las reacciones electroquímicas en ciertos objetos
llamados neuronas producen ideas, sentimientos, actividad psíquica y mental,
subjetividad, pero esas reacciones electroquímicas no son la misma
subjetividad. Esto importa porque implica que la vida subjetiva puede ser
falsa, de acuerdo, pero no puede decirse de ella que no exista porque no es
más que materia, esto es, la causa que la causa. Y la verdad es que no es
más que la causa, cierto, pero tampoco menos, porque es otra cosa
distinta de ella: un efecto. La ilusión subjetiva es verdadera, por tanto,
aunque no sea material; más: es verdadera si tenemos en cuenta que su
inmaterialidad es dependiente de la materia, pero no es la materia. De
ahí la tesis que defiendo en mi más reciente libro, Fata Morgana: las
ilusiones no son reales pero son verdad, porque su verdad
psíquica, subjetiva nos ayuda a vivir, a sobrevivir -cosa que, desde una
perspectiva evolucionista, es más importante que todo lo demás, incluidas las
verdades oficiales, realistas-, y a
saborear la vida, a saberla, a conocerla en su integridad psicofísica y sin
reduccionismos simplistas, y sólo se vuelven falsas cuando se nos venden, tal
como siempre intentaron iglesias y religiones institucionalizadas y exotéricas,
como objetos objetivos, valga la redundancia, ubicados fuera del sujeto.
IV. Pero lo más curioso de todo esto es
que la misma ciencia, que elevó la categoría de materia y de objetividad al
rango de verdad única e incontestable, es la que al final viene a quitarle la
razón a filósofos y poetas de la objetividad y el absurdo.
Por un lado la mecánica cuántica, que estudia la partículas materiales
subatómicas, los cuantos, es decir, los ladrillos fundamentales que
componen la materia, ha descubierto que por debajo de ese nivel atómico de
análisis, la materia no se comporta como materia.
Sabemos que todo objeto material ocupa una posición determinada en el
espacio y, al moverse, lo hacen siguiendo una trayectoria determinada a una
velocidad determinada. Las partículas básicas de la materia, no. Y lo
que es mejor: no tienen posición determinada hasta que un observador, una
conciencia, una subjetividad psíquica, realiza un acto de observación y la
localiza en el espacio. Pero si hace eso, su velocidad y trayectoria quedarán
indeterminadas para siempre. Y viceversa: si conocemos su velocidad
indeterminaremos su posición. Este tipo de cosas, que el Principio de
Incertidumbre antes mentado describe, no les ocurre, por definición, a los
objetos materiales.
Más: los objetos materiales son susceptibles de sufrir un tipo de
movimiento conocido como onda. Las partículas cuánticas fundamentales son, por
supuesto partículas, cosas muy pequeñas, objetos diminutos, pero a la
vez son ondas, o sea, movimiento, no cosas, lo que les permite, como
hacen las ondas, atravesar dos agujeros a la vez. Ningún objeto material es
capaz de semejante cosa.
Tampoco ningún objeto material puede atravesar un obstáculo sin hacerle
un boquete. Las partículas cuánticas pueden hacerlo y de hecho lo hacen: es lo
que se conoce como efecto túnel, y que a nivel sobreatómico o
macroscópico equivaldría a hacer una cosa que sólo pueden hacer los fantasmas
-o los espíritus-: atravesar muros de hormigón armado sin abrirles una brecha.
Es evidente que este comportamiento fantasmático, o fantástico, de la
materia cuántica nos faculta para declarar lo inapropiado de la denominación materia
cuántica, puesto que todo los rasgos que caracterizan a la materia que
habitualmente capta nuestra experiencia cotidina no valen para la sustancia
cuántica, que más bien se comporta como esos productos subjetivos de la
fantasía poética antigua y que ya he aludido como espíritus, aunque como
tecnicismo le cuadre mejor el término fantasmas, ya que fantasma
es, etimológicamente, un producto de la fantasía del sujeto, que no obedece la
leyes de la materia. Lo cual me obliga a volver sobre lo anterior: la materia
es efecto de una causa: los cuantos que la componen; pero es algo distinto de
ellos. Y al revés: los cuantos producen, al combinarse, materia, pero no son
materia. O, si usáramos del método reduccionista del noesmasque, habría
que decir que la materia no existe porque no es más que fantasmagoría
cuántica, interacción de fuerzas básicas fantasmáticas o espirituosas, ya que
las partículas cuánticas más se comportan como espíritu que como materia. Y
además sirven para lo mismo que siempre sirvieron los espíritus metafóricos de
la fantasía poética antigua: para explicar misterios.
Pero por otra parte esta discriminación entre causas y efectos, entre
ilusiones subjetivas psíquicas y fenómenos objetivos físicos, se vuelve más
significativa aún si traemos a colación la obra teórica de Einstein. Todos
sabemos que la Teoría de la Relatividad se basa en que la velocidad de la luz
es absoluta y, siendo la velocidad un concepto en el que se combinan espacio y
tiempo, estos últimos, a diferencia de lo que pensara Newton y la física
clásica, deben ser relativos. Si se mide la velocidad de un objeto, el
resultado de la medición será siempre relativo a la velocidad del objeto desde
donde el medidor haga la medida, pero si el objeto a medir es un fotón, un
cuanto de luz, el resutado siempre será el mismo: aprox. 300.000 klmtrs. /s.
Esto sólo se explica si el espacio se contrae en la dirección del movimiento
del vehículo desde donde se hace la medida, y el tiempo se dilata, se hace más
lento, conforme su velocidad aumenta y se aproxima a la de la luz. Así, dice la
famosa paradoja de los gemelos, si uno de los miembros de una pareja de gemelos
viajara hacia el espacio a una velocidad próxima a la de la luz, su tiempo
pasaría más despacio, sus años serían más largos que los del miembro que
permaneciera en la Tierra, por lo que a la vuelta sería mucho más joven el
hermano espacial que el terrícola, aunque para ambos, desde su perspectiva
personal, desde el punto de vista de su experiencia como sujeto, hubiera
trascurrido el mismo tiempo: durante la separación no se habría podido notar la
diferencia. Pero, aunque Einstein pensaba que el tiempo es ilusión, pura
subjetividad, la experiencia del tiempo de los dos gemelos habría sido,
objetiva, real, verdadera.
Como, además, la aceleración equivale a la gravedad según esta tantas
veces experimentalmente confirmada teoría, en proximidad de un objeto masivo
también el tiempo corre más lento. Por ello si uno de los gemelos viajara hacia
un agujero negro, objetos cósmicos muy masivos, y atravesara su horizonte de
sucesos, allí el tiempo del hermano astronauta se volvería tan lento desde el
punto de vista del hermano que permaneciera en la Tierra, que para él, si
pudiera observarlo, su hermano el astronauta permanecería casi eternamente
inmóvil en aquella frontera; pero para el hermano astronauta el tiempo fluiría
con normalidad, por lo que se vería atraído hacia el interior del oscuro
boquete a una velocidad de vértigo. De tal manera, desde la perspectiva
terrestre, el astronauta sería tan eterno como el propio agujero, pero desde la
perspectiva sideral del propio astronauta su muerte por espachurre en el
interior del hoyo negro habría sido cuestión de segundos. Y lo más llamativo de
todo esto es que ninguno de los dos hermanos estaría alucinando, sino que las
dos perspectivas subjetivas serían, paradójicamente, objetivas, reales, porque
es el tiempo real de ambos lo que sería distinto en cada caso: un segundo del
astronauta duraría una eternidad para el sedentario terráqueo.
V. Pues bien. Una de las implicaciones
de la Relatividad es la evolución del universo que hoy sabemos nacido de una
Gran Explosión, o Big Bang, y que dependiendo de la cantidad de materia que
contenga, o bien se expandirá para siempre, o bien llegará un momento en que se
verá frenada dicha expansión y, a partir de ahí, comenzará una implosión
hasta llegar a un Big Crunch o Gran Espachurre, en que toda la materia volverá
a convertirse en lo que fue antes del Big Bang: nada.
Para la primera posibilidad el físico Freeman Dyson estudió las
probabilidades de la expansión evolutiva de la vida y la inteligencia por todo
el universo, llegando a concluir que si consideramos la materia como un
capítulo, la vida como otro y la mente como otro capítulo más en la historia de
la evolución, nada nos impide pensar, sigiendo a Theilard de Cahrdin, que no
pueda advenir un siguiente capítulo evolutivo superior al mental, que el mismo
físico quiere llamar Dios, aunque él mismo dice que no es el Dios de la
Iglesia, sino el de una herejía, la de Socino, hereje italiano del siglo XVI,
que defendía que Dios no es omnisciente sino que aprende y evoluciona a la vez
que su universo, adelantándose a cierta idea fundamental de la llamada teología
del proceso.
Pero, si hubiera en el universo más materia de la cuenta, ese Dios
producto de la creatividad evolutiva no sería eterno puesto que el universo
tendría un fin. Para esta segunda posibilidad me es grato hablar del libro de
Frank J. Tipler Física de la Inmortalidad, en que se aporta una hermosa
especulación sobre el final de los tiempos usando la idea de Dyson combinada
con las ideas relativistas y cuánticas.
El tiempo es relativo a la velocidad de los objetos y a la absoluta de
la luz: y nuestros cerebros son también objetos que funcionan a una velocidad:
cuanto más rapido funcione un cerebro, más actividades mentales realizará, más pensamientos
procesará, y su tiempo subjetivo se hará más largo: imaginemos ahora que la
vida inteligente ha tenido tiempo de extenderse por todo el universo con ayuda
de medios técnicos muy evolucionados: imaginemos que una suerte de super-red de
ordenadores conexos ha conseguido extenderse por todo el universo, dando lugar
a una especie de supermente informática. Llegada la hora, este supercerebro
cibernético podría utilizar los procesos físicos del Big Crunch para acelerar
sus procesos mentales, y así tener cada vez más de ellos en cada vez menos
tiempo: en el último instante, justo antes de la extinción de la materia, de su
entrada en la última singularidad, la velocidad de sus procesos mentales
alcanzaría la de la luz y acto seguido se haría infinita, podría realizar todas
las actividades mentales posibles en ningún tiempo, por lo que el tiempo
subjetivo de esa supermente sería eterno.
Por supuesto que la materia que causaría toda esa actividad mental,
psíquica, espiritual, acabaría desapareciendo y, con ella, dicha supermente.
Pero debe caerse en la cuenta de que eso sólo ocurriría desde nuestro
punto de vista, que entonces ya haría tiempo que no existiría, porque el tiempo
de nuestra existencia ya se habría acabado. Por el contrario, desde el punto de
vista de la supermente tal cosa nunca llegaría a ocurrir, pues tendría en
realidad todo el tiempo del mundo para ella.
Todo esto es interesante porque, dice Tipler, esa Mente sería tan
inteligentemente imaginativa y tendría una capacidad de memoria tal que podría
evocarnos a todos tal como fuimos en vida con tanta exactitud que alcanzaría a
reproducir hasta el último de nuestros detalles celulares, atómicos y
cuánticos, de modo que tal reproducción mental de nuestra persona sería lo
mismo que una resurrección en el tiempo infinito subjetivo de la Mente
cósmica, por lo que podríamos vivir para siempre.
Y es interesante por sus implicaciones éticas: si queremos ser resucitados
tenemos que evolucionar en la dirección adecuada, para permitirle al Espíritu
eterno su existencia final.
Y más interesante aún si pensamos que, si el proceso evolutivo del
cosmos está capacitado para crear en el Big Crunch una Imaginación capaz de volver
a crear a su vez el Universo, nada nos impide pensar que tal cosa no haya
podido suceder ya en el Big Bang, ya que éste puede haber sido producido por la
Supermente de un Big Crunch anterior; así que ya no debería resultarnos extraño
que los fundamentos de la materia sean más fantasmáticos o espirituosos que
propiamente materiales.
Por supuesto que todo esto son puras especulaciones y, aunque
científicamente verosímiles, queda por ver si son verdad. Pero es significativo
que esté siendo la propia ciencia de la Naturaleza la que empieza a hablar,
contra el uso de tantos poetas al uso, ya no sólo de la inmaterialidad
fundamental del cosmos, sino también de Dios como Mente o Espíritu cósmico, y
como Sentido -o Logos- de la evolución de todo el universo natural, tal como
concibió la imaginación mitopoética de los antiguos textos sagrados.
Por fin, hay que caer en la cuenta de que el hecho de que el Espiritu
cósmico pueda resucitarnos, no quiere decir que quiera.
Que quiera o no, y que todo esto sea verdad o no, es algo que sólo Dios,
el Espíritu Cósmico, sabe.
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