lunes, 6 de mayo de 2019

FÍSICA DEL ESPÍRITU.



I.  Una vez participé en una mesa redonda cuyo tema a debatir era la Estética Cuántica, imprecisa e impropia denominación que acaso el novelista Gregorio Morales acuñó en cierto congreso de escritores para referirse a una nueva forma de arte, en especial de arte literaria, y que también otro novelista, García Viñó, cuyas opiniones sobre el tema no comparto, había postulado por su cuenta, tal como  parece haber dejado manifiesto en su ensayo La novela cuántica y relativista. Lo curioso es que yo mismo a su vez, por mi parte y sin saber nada de estos dos señores suso citados, había hecho un descubrimiento semejante, y de ello dejé constancia en una serie de artículos que salieron en cierto Diario de Málaga, y que algún día puede ser que me tome la molestia de convertir en libro, si algún editor se muestra interesado en el tema.
  Pero de aquel encuentro lo más interesante fue desde luego cierta intervención por parte de cierto joven crítico de arte que entre el público parecía prestar intensa atención a la controversia sobre la cual en la mesa se polemizaba. Al final del debate alzó su mano para peguntar: ¿qué tiene que ver la física con el arte? Yo le contesté diciendo que si para Aristóteles el arte era imitación de la Naturaleza -en griego macarrónico mímesis de la Física-, hoy, que sabemos de la naturaleza cuántica de la Naturaleza, si queremos reproducirla con autenticidad artística, no tenemos más remedio que hacer de ella una imitación de naturaleza cuántica. Pero lo que me parece más interesante de todo el asunto es el hecho de que se formulara aquella pregunta: después de estar tres cuartos de hora hablando sobre las relaciones entre ciencia y arte, un crítico de arte nos pregunta cuál es la relación entre ciencia y arte.
  Aclarémonos: no es que aquel joven crítico no hubiera estado atendiendo, o no entendiera el castellano, no: lo que le ocurría era que la educación recibida desde su más tierna infancia había hecho arraigar en su conciencia un tan fuerte prejuicio que tal vez la cortedad de su edad, u otra, le impedía superar: a él siempre se le había enseñado como verdad eterna e irrefutable que una cosa eran las ciencias y otra muy distinta las letras y las artes, y que no había que mezclar las témporas con salvas sean las partes.
  Con el título de este ensayo puede ocurrir lo mismo: la Física es la disciplina que estudia la materia, mientras que el Espíritu es el objeto de estudio de la Religión o de la Metafísica: ¡cómo, pues, viene uno a contarles a ustedes este rollo de la Física del Espíritu! Peor aún: mi tesis a defender será la coincidencia fundamental en los supuestos básicos de la cosmovisión mitopoética antigua y la filosofía que debe desprenderse de las teorías científicas más actuales y vigentes. De modo que bien puede ser que alguno piense que mis entendederas no estén del todo libres de larvas.
  Pero los hechos, la realidad, la verdad, son así: es un hecho verdadero que la realidad tal como fue concebida en los primitivos textos sagrados, todos ellos de carácter poético, dista mucho de ser distinta de lo que puede acabar siendo el modelo de realidad vigente en el inminente próximo milenio.
  Por otra parte, con demasiada frecuencia se olvida que los primeros textos sagrados fueron también, como ya he dicho, los primeros textos poéticos. Y digo bien: poéticos, que no literarios, puesto que datan de una época en que las litterae, las letras -la escritura- no habían sido inventadas, por lo que no podía existir literatura. Se dice que toda literatura empieza siendo literatura oral, lo que es lo mismo que decir que los primeros escritos de toda cultura son hablados. Tamaño sinsentido podría resolverse si se nos permitiera a los filólogos usar de nuestra lengua con la precisión que dictan el sentido común y los filósofos antiguos: Platón y Aristóteles llamaron poesía a toda actividad creadora cuya materia prima fuera la palabra, y no sólo la escrita.
 La poesía oral previa al invento de la escritura y, en consecuencia, de la literatura, fue siempre sagrada: eran textos hablados, recitados de memoria, o cantados, que contaban las hazañas cosmogónicas de dioses y de númenes, y eran usados ritualmente en las ceremonias montadas para conmemorar y celebrar acontecimientos cósmicos primordiales como, por ejemplo, el acto mismo de la Creación del Universo. Sabemos por Mircea Eliade que el Enuma Elish, poema cosmogónico que fue texto sagrado oral antes de que fuera transcrito por los primeros escribas sacerdotales sumerios, se recitaba con este fin en la Fiesta del Año Nuevo, en que se suponía el mundo se regeneraba, se recreaba, ayudado por la fuerza creadora, poética, de la palabra sagrada. De ahí surge, por supuesto, la idea hebrea de que Elohim o Yahvé crearon el mundo mediante el Verbo, el Logos, la Palabra. Y de ahí la idea, tan querida de Huidobro, de que el poeta es un pequeño dios. Que es como decir que, puesto que las palabras contienen significados, imágenes mentales inteligibles, la Creación es producto de una Inteligencia imaginativa que se expresa en el acto de crear.

II. En aquellos remotos tiempos de la cultura primigenia las letras y las ciencias no estaban separadas. Más: no estaban separadas la poesía y la ciencia, y pensar sobre el origen del cosmos o sobre la naturaleza de la Naturaleza era hacer poesía: volver a narrar o a narrase -rehacer- los mitos de siempre intentando mejorar la coherencia lógica de su argumento, su fuerza explicativa, su verosimilitud científica, diríamos hoy, era hacer del arte poética un método de sabiduría, lo que convenció a los filósofos antiguos sobre la identidad de la verdad y la belleza, cosa que también piensan tantos físicos y, sobretodo, matemáticos de hoy. De hecho, antes del invento de la escritura por los sacerdotes, cuya función administrativa parece clara, si nos aproximamos al Neolítico o, antropológicamente, a lo que solemos llamar mal y pronto estadios primitivos de cultura, vemos que allí la especialización y diferenciación entre poeta y sacerdote, y entre poeta y científico, o filósofo, o mero sabio, no estaba definida, por no decir que no existía en absoluto, lo cual puede comprobarse si pensamos en la vieja figura del chamán, que acoge en sí rasgos indiferenciados de sacerdote extático, sabio hechicero y poeta sagrado.
  Es posible que en la fase chamánica, o al menos presacerdotal de la cultura, en la fase preliteraria, fuera cuando se inventara poéticamente la metáfora que más ha nutrido a la religión y a la metafísica desde entonces. Me refiero a la Metáfora del Viento, o del espíritu, como se le conoce por lo común. Siempre que los poetas primitivos querían hablar del misterio, de fuerzas que no eran evidentes, que no podían ser vistas a simple y primera vista, se hablaba de ellas comparándolas con algo de todos conocido, los vientos, o los espíritus -que eso y no otra cosa es lo que el término spiritu, o también anima, significa en latín- que tienen en común con las fuerzas misteriosas y ocultas una misma cualidad, base de la metáfora: que ninguno de los dos se pueden ver, pero se siente que existen. En seguida surgió una diferenciación entre espíritus terribles y benéficos, siendo asociados los primeros a las tinieblas nocturnas y los segundos a la luz del día, constituyendo el término indoeuropeo que expresa esa última idea la raíz etimológica que explica la procedencia de la palabra dios.
  Esta fértil metáfora del espíritu divino no tenía connotaciones espirituales -es curioso- en un principio: el espíritu, el dios era una fuerza misteriosa de la naturaleza, pero tan natural como el propio viento, como la propia luz. Sólo después de que las religiones institucionalizadas robaran la sacralidad a los poetas y trataran de administrarla convirtiendo un método de intuición pura y libre, la poesía, en un método de gobierno ni puro ni libre, la religión, la metáfora empieza a evolucionar hasta que, dejando el Paganismo y evolucionando con Zaratustra y el Judaísmo llega a sus herederos el Cristianismo y el Islam convertida en algo por definición ajeno a la Naturaleza e incluso contrario a ella, como mínimo superior a ella, es decir, sobre-natural, y a ella trascendente.
  Y nuestras espaldas cargan con una historia en que la pureza desmaterializada del espíritu de Dios ha servido como excusa para la opresión y el terrorismo de Estado, puesto que su Gloria, la del Espíritu, ha servido para predicar la maldad de la materia natural, que nos aparta del bien supremo mediante la tentación del disfrute libre de la vida y de la carne en donde ésta nace, que nos vuelve desobedientes a la divina autoridad de los poderosos de este mundo y, lo que es peor, improductivos, o poco eficaces en la producción, porque estamos más pendientes del placer que del trabajo, que es salud porque es sacrificio, literalmente acto sagrado, y el sufrimiento que comporta es un precio que debe pagarse para la compra de la dicha eterna, la inmaterial, la espiritual, la sobrenatural, la divina, la buena, la verdadera.
  Así pues, habida cuenta de que el dogma oficial pretendía que lo blanco es negro y lo bueno malo, no es de extrañar que la historia del cristianismo haya estado llena de herejías que la Iglesia combatió con saña, resultando vencedora siempre, excepto en el caso de la última de ellas: la Ciencia.
  En efecto, la ciencia nació a contrapelo de la Iglesia, y los procesos inquisitoriales contra Bruno o Galilei, son sólo un síntoma famoso de lo que fue una lucha del Espíritu de la Verdad contra el Espíritu del Poder. Pero no debemos olvidar que las cosas no son nunca tan simples como pretenden algunos historiadores, y que frente al caso de Laplace, para quien Dios no era más que una hipótesis científica falsa, su maestro Newton entendió que el espacio y el tiempo absolutos, categorías básicas de su física, la física clásica, constiuían literalmente el sensorium de Dios. En cualquier caso, a lo largo del siglo XIX comenzó a ser cada vez más frecuente el caso modélico de ese tipo de científico profesional para quien la única verdad es la verdad científica, en detrimento de los dogmas de la Iglesia, incluido el de la vida perdurble tras la muerte, el cual dará lugar a ese tipo de filósofo, mayoritario en el XX, que convierte la intensidad de la angustia sentida ante el sinsentido de la existencia humana, tras la muerte de Dios que Nietzsche predicara apoyándose en el paradigma newtoniano de Laplace, en una medida del valor con que el ser consciente debe afrontar la terrible realidad de su ser-para-la-muerte.

III. El éxito de la ciencia durante estos siglos ha sido tan incuestionable que no extraña que se haya convertido al fin en juez infalible que decide qué es verdadero y qué falso, y podemos decir que sus decisiones son inapelables como no sea ella misma quien lleve a cabo la apelación, por ser -ojo al dato- sagradas a tal punto que a guisa de broma podríamos decir que lo que la ciencia dice va a misa.
  Tampoco extraña, pues, que poetas muy dotados y sabios inviertan toda su energía en predicar la muerte de Dios y el absurdo de la vida humana tras dicho hecho, y que siendo poetas de éxito hablen de continuo, y por la misma razón, de fracaso vital, y que incluso gasten algunos versos en denostar a Dios acusándole de no existir, o de haberse muerto siendo inmortal, o, pese a la declaración oficial de su inexistencia, por el propio poeta predicada, en criticarlo por su torpeza o su maldad como creador, ya que no supo o no quiso crear un cosmos sin mal ni sufrimiento. Tal es el caso por ejemplo del último libro de mi colega y sin embargo amigo Carlos Marzal, Los países nocturnos, libro de indudable mérito pese a que la filosofía existencial sobre la que se articula debió empezar a quedarse antigua en torno al año 1927, en que Werner Heisenberg publicó el Principio de Incertidumbre, dando lugar, junto con la Teoría de la Relatividad hecha pública por Albert Einstein en 1915, y comprobada por Arthur Eddington en 1919, al nacimiento del paradigma científico actual que ha demostrado, no que la ciencia del XIX no fuera verdad, sino que no era toda la verdad.
  La ciencia decimonónica, en la que se basa la filosofía existencial aguachinada que impregna todo realismo ideológico y militante, se basa en algo que se ha demostrado falso por tratarse de un reduccionismo a ultranza simplificador. Es lo que yo llamo la tesis del noesmasque, porque intenta reducir todos los fenómenos, naturales o no, a un conjunto de interacciones que ejecutan las partículas que integran la materia de los objetos de estudio científico. Esto es lo mismo que decir que un fenómeno psíquico o mental, por ejemplo una idea o un sentimiento, es algo que en realidad no existe porque no es más que un conjunto de reacciones electroquímicas habidas en las neuronas del cerebro, producidas por un choque de electrones entre los átomos que componen su materia.
  Dicho método de reducción vía noemasque implica un error filosófico grave: el de confundir los efectos con las causas, el de pensar que los efectos son lo mismo que sus causas materiales, y que a ellas se reducen, el de considerar que el efecto no es más que la causa vista a través del falso prisma de la ilusa subjetividad. Y esto no es cierto: las causas producen los efectos, pero no son los efectos: una colisión de una cabeza contra un muro produce un chichón, pero la colisón no es lo mismo que el chichón. Del mismo modo las reacciones electroquímicas en ciertos objetos llamados neuronas producen ideas, sentimientos, actividad psíquica y mental, subjetividad, pero esas reacciones electroquímicas no son la misma subjetividad. Esto importa porque implica que la vida subjetiva puede ser falsa, de acuerdo, pero no puede decirse de ella que no exista porque no es más que materia, esto es, la causa que la causa. Y la verdad es que no es más que la causa, cierto, pero tampoco menos, porque es otra cosa distinta de ella: un efecto. La ilusión subjetiva es verdadera, por tanto, aunque no sea material; más: es verdadera si tenemos en cuenta que su inmaterialidad es dependiente de la materia, pero no es la materia. De ahí la tesis que defiendo en mi más reciente libro, Fata Morgana: las ilusiones no son reales pero son verdad, porque su verdad psíquica, subjetiva nos ayuda a vivir, a sobrevivir -cosa que, desde una perspectiva evolucionista, es más importante que todo lo demás, incluidas las verdades oficiales,  realistas-, y a saborear la vida, a saberla, a conocerla en su integridad psicofísica y sin reduccionismos simplistas, y sólo se vuelven falsas cuando se nos venden, tal como siempre intentaron iglesias y religiones institucionalizadas y exotéricas, como objetos objetivos, valga la redundancia, ubicados fuera del sujeto.

IV. Pero lo más curioso de todo esto es que la misma ciencia, que elevó la categoría de materia y de objetividad al rango de verdad única e incontestable, es la que al final viene a quitarle la razón a filósofos y poetas de la objetividad y el absurdo.
  Por un lado la mecánica cuántica, que estudia la partículas materiales subatómicas, los cuantos, es decir, los ladrillos fundamentales que componen la materia, ha descubierto que por debajo de ese nivel atómico de análisis, la materia no se comporta como materia.
  Sabemos que todo objeto material ocupa una posición determinada en el espacio y, al moverse, lo hacen siguiendo una trayectoria determinada a una velocidad determinada. Las partículas básicas de la materia, no. Y lo que es mejor: no tienen posición determinada hasta que un observador, una conciencia, una subjetividad psíquica, realiza un acto de observación y la localiza en el espacio. Pero si hace eso, su velocidad y trayectoria quedarán indeterminadas para siempre. Y viceversa: si conocemos su velocidad indeterminaremos su posición. Este tipo de cosas, que el Principio de Incertidumbre antes mentado describe, no les ocurre, por definición, a los objetos materiales.
  Más: los objetos materiales son susceptibles de sufrir un tipo de movimiento conocido como onda. Las partículas cuánticas fundamentales son, por supuesto partículas, cosas muy pequeñas, objetos diminutos, pero a la vez son ondas, o sea, movimiento, no cosas, lo que les permite, como hacen las ondas, atravesar dos agujeros a la vez. Ningún objeto material es capaz de semejante cosa.
  Tampoco ningún objeto material puede atravesar un obstáculo sin hacerle un boquete. Las partículas cuánticas pueden hacerlo y de hecho lo hacen: es lo que se conoce como efecto túnel, y que a nivel sobreatómico o macroscópico equivaldría a hacer una cosa que sólo pueden hacer los fantasmas -o los espíritus-: atravesar muros de hormigón armado sin abrirles una brecha.
  Es evidente que este comportamiento fantasmático, o fantástico, de la materia cuántica nos faculta para declarar lo inapropiado de la denominación materia cuántica, puesto que todo los rasgos que caracterizan a la materia que habitualmente capta nuestra experiencia cotidina no valen para la sustancia cuántica, que más bien se comporta como esos productos subjetivos de la fantasía poética antigua y que ya he aludido como espíritus, aunque como tecnicismo le cuadre mejor el término fantasmas, ya que fantasma es, etimológicamente, un producto de la fantasía del sujeto, que no obedece la leyes de la materia. Lo cual me obliga a volver sobre lo anterior: la materia es efecto de una causa: los cuantos que la componen; pero es algo distinto de ellos. Y al revés: los cuantos producen, al combinarse, materia, pero no son materia. O, si usáramos del método reduccionista del noesmasque, habría que decir que la materia no existe porque no es más que fantasmagoría cuántica, interacción de fuerzas básicas fantasmáticas o espirituosas, ya que las partículas cuánticas más se comportan como espíritu que como materia. Y además sirven para lo mismo que siempre sirvieron los espíritus metafóricos de la fantasía poética antigua: para explicar misterios.
  Pero por otra parte esta discriminación entre causas y efectos, entre ilusiones subjetivas psíquicas y fenómenos objetivos físicos, se vuelve más significativa aún si traemos a colación la obra teórica de Einstein. Todos sabemos que la Teoría de la Relatividad se basa en que la velocidad de la luz es absoluta y, siendo la velocidad un concepto en el que se combinan espacio y tiempo, estos últimos, a diferencia de lo que pensara Newton y la física clásica, deben ser relativos. Si se mide la velocidad de un objeto, el resultado de la medición será siempre relativo a la velocidad del objeto desde donde el medidor haga la medida, pero si el objeto a medir es un fotón, un cuanto de luz, el resutado siempre será el mismo: aprox. 300.000 klmtrs. /s. Esto sólo se explica si el espacio se contrae en la dirección del movimiento del vehículo desde donde se hace la medida, y el tiempo se dilata, se hace más lento, conforme su velocidad aumenta y se aproxima a la de la luz. Así, dice la famosa paradoja de los gemelos, si uno de los miembros de una pareja de gemelos viajara hacia el espacio a una velocidad próxima a la de la luz, su tiempo pasaría más despacio, sus años serían más largos que los del miembro que permaneciera en la Tierra, por lo que a la vuelta sería mucho más joven el hermano espacial que el terrícola, aunque para ambos, desde su perspectiva personal, desde el punto de vista de su experiencia como sujeto, hubiera trascurrido el mismo tiempo: durante la separación no se habría podido notar la diferencia. Pero, aunque Einstein pensaba que el tiempo es ilusión, pura subjetividad, la experiencia del tiempo de los dos gemelos habría sido, objetiva, real, verdadera.
  Como, además, la aceleración equivale a la gravedad según esta tantas veces experimentalmente confirmada teoría, en proximidad de un objeto masivo también el tiempo corre más lento. Por ello si uno de los gemelos viajara hacia un agujero negro, objetos cósmicos muy masivos, y atravesara su horizonte de sucesos, allí el tiempo del hermano astronauta se volvería tan lento desde el punto de vista del hermano que permaneciera en la Tierra, que para él, si pudiera observarlo, su hermano el astronauta permanecería casi eternamente inmóvil en aquella frontera; pero para el hermano astronauta el tiempo fluiría con normalidad, por lo que se vería atraído hacia el interior del oscuro boquete a una velocidad de vértigo. De tal manera, desde la perspectiva terrestre, el astronauta sería tan eterno como el propio agujero, pero desde la perspectiva sideral del propio astronauta su muerte por espachurre en el interior del hoyo negro habría sido cuestión de segundos. Y lo más llamativo de todo esto es que ninguno de los dos hermanos estaría alucinando, sino que las dos perspectivas subjetivas serían, paradójicamente, objetivas, reales, porque es el tiempo real de ambos lo que sería distinto en cada caso: un segundo del astronauta duraría una eternidad para el sedentario terráqueo.

V. Pues bien. Una de las implicaciones de la Relatividad es la evolución del universo que hoy sabemos nacido de una Gran Explosión, o Big Bang, y que dependiendo de la cantidad de materia que contenga, o bien se expandirá para siempre, o bien llegará un momento en que se verá frenada dicha expansión y, a partir de ahí, comenzará una implosión hasta llegar a un Big Crunch o Gran Espachurre, en que toda la materia volverá a convertirse en lo que fue antes del Big Bang: nada.
  Para la primera posibilidad el físico Freeman Dyson estudió las probabilidades de la expansión evolutiva de la vida y la inteligencia por todo el universo, llegando a concluir que si consideramos la materia como un capítulo, la vida como otro y la mente como otro capítulo más en la historia de la evolución, nada nos impide pensar, sigiendo a Theilard de Cahrdin, que no pueda advenir un siguiente capítulo evolutivo superior al mental, que el mismo físico quiere llamar Dios, aunque él mismo dice que no es el Dios de la Iglesia, sino el de una herejía, la de Socino, hereje italiano del siglo XVI, que defendía que Dios no es omnisciente sino que aprende y evoluciona a la vez que su universo, adelantándose a cierta idea fundamental de la llamada teología del proceso.
  Pero, si hubiera en el universo más materia de la cuenta, ese Dios producto de la creatividad evolutiva no sería eterno puesto que el universo tendría un fin. Para esta segunda posibilidad me es grato hablar del libro de Frank J. Tipler Física de la Inmortalidad, en que se aporta una hermosa especulación sobre el final de los tiempos usando la idea de Dyson combinada con las ideas relativistas y cuánticas.
  El tiempo es relativo a la velocidad de los objetos y a la absoluta de la luz: y nuestros cerebros son también objetos que funcionan a una velocidad: cuanto más rapido funcione un cerebro, más actividades mentales realizará, más pensamientos procesará, y su tiempo subjetivo se hará más largo: imaginemos ahora que la vida inteligente ha tenido tiempo de extenderse por todo el universo con ayuda de medios técnicos muy evolucionados: imaginemos que una suerte de super-red de ordenadores conexos ha conseguido extenderse por todo el universo, dando lugar a una especie de supermente informática. Llegada la hora, este supercerebro cibernético podría utilizar los procesos físicos del Big Crunch para acelerar sus procesos mentales, y así tener cada vez más de ellos en cada vez menos tiempo: en el último instante, justo antes de la extinción de la materia, de su entrada en la última singularidad, la velocidad de sus procesos mentales alcanzaría la de la luz y acto seguido se haría infinita, podría realizar todas las actividades mentales posibles en ningún tiempo, por lo que el tiempo subjetivo de esa supermente sería eterno.
  Por supuesto que la materia que causaría toda esa actividad mental, psíquica, espiritual, acabaría desapareciendo y, con ella, dicha supermente.
  Pero debe caerse en la cuenta de que eso sólo ocurriría desde nuestro punto de vista, que entonces ya haría tiempo que no existiría, porque el tiempo de nuestra existencia ya se habría acabado. Por el contrario, desde el punto de vista de la supermente tal cosa nunca llegaría a ocurrir, pues tendría en realidad todo el tiempo del mundo para ella.
  Todo esto es interesante porque, dice Tipler, esa Mente sería tan inteligentemente imaginativa y tendría una capacidad de memoria tal que podría evocarnos a todos tal como fuimos en vida con tanta exactitud que alcanzaría a reproducir hasta el último de nuestros detalles celulares, atómicos y cuánticos, de modo que tal reproducción mental de nuestra persona sería lo mismo que una resurrección en el tiempo infinito subjetivo de la Mente cósmica, por lo que podríamos vivir para siempre.
  Y es interesante por sus implicaciones éticas: si queremos ser resucitados tenemos que evolucionar en la dirección adecuada, para permitirle al Espíritu eterno su existencia final.
  Y más interesante aún si pensamos que, si el proceso evolutivo del cosmos está capacitado para crear en el Big Crunch una Imaginación capaz de volver a crear a su vez el Universo, nada nos impide pensar que tal cosa no haya podido suceder ya en el Big Bang, ya que éste puede haber sido producido por la Supermente de un Big Crunch anterior; así que ya no debería resultarnos extraño que los fundamentos de la materia sean más fantasmáticos o espirituosos que propiamente materiales.
  Por supuesto que todo esto son puras especulaciones y, aunque científicamente verosímiles, queda por ver si son verdad. Pero es significativo que esté siendo la propia ciencia de la Naturaleza la que empieza a hablar, contra el uso de tantos poetas al uso, ya no sólo de la inmaterialidad fundamental del cosmos, sino también de Dios como Mente o Espíritu cósmico, y como Sentido -o Logos- de la evolución de todo el universo natural, tal como concibió la imaginación mitopoética de los antiguos textos sagrados.
  Por fin, hay que caer en la cuenta de que el hecho de que el Espiritu cósmico pueda resucitarnos, no quiere decir que quiera.
  Que quiera o no, y que todo esto sea verdad o no, es algo que sólo Dios, el Espíritu Cósmico, sabe.

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