No
sé si a ustedes les habrá pasado alguna vez, pero yo imagino que sí, puesto que
a mí me pasa con frecuencia, y entiendo que, cuando se trata de cosas que no
tienen explicación inmediata, quiero decir explicación lógica o, al menos, de
sentido común, es porque, paradójicamente, se trata de algo muy común. Me
refiero al hecho de que la música conmueve. A veces, cuando estoy sólo,
sin nadie delante, o detrás, que pueda hacerme sentir avergonzado de mi actitud
poco mundana, poco convencional, poco respetuosa con la norma social, esa que
dice no ser de buen gusto mostrar públicamente intimidades, tanto corporales
como anímicas, refugiado del mundanal ruido acaso en el cuarto de baño, pero
también, en mi caso con mucha frecuencia, en el coche, cuando voy conduciendo,
sin copiloto ni pasajeros, con el estéreo puesto…; a veces, digo, de improviso,
me descubro llorando, emocionado hasta grados vergonzosos, porque un fragmento
musical de alguna de esas piezas que yo suelo oír en el baño, en el coche o en
mi estudio, me ha sorprendido indefenso, pensando en otra cosa, sin haber
levantado, por falta de tiempo de reacción, las pudorosas defensas que permiten
el autocontrol de las emociones, o de su impudibunda manifestación externa.
Pero
lo curioso de todo esto es que a mí esto me pasa con cosas que, observadas en
frío, valga la tautología, no expresan nada de lo que habitualmente
consideramos emotivo.
Quiero
decir que es normal que uno llore cuando le cuentan una historia triste, y que
ría cuando le cuentan un chiste o una historia chistosa o divertida, y, en
general, que uno se emocione, llore, ría, se contriste, se alegre o, meramente,
se indigne cuando ve un telediario.
Pero,
al menos desde un punto de vista racional, parece menos normal que uno se deje
emocionar por un solo de violín de Paganini o Sarasate, con un cuarteto de
Haydn o con un fragmento de un poema sinfónico de Smetana. O con algunas otras
cosas más selectas aún o de más pachanga, pues reconozco que mis gustos
musicales están determinados por mi autodidactismo, por lo que pueden ser,
mucho me lo temo, los gustos malos, o el mal gusto, de un mal educado musical.
Sin
embargo, dada mi facilidad para otro tipo de música, la del verso, tengo una
absoluta confianza en las intuiciones de mi oído, y sé que cuando el río suena,
agua lleva: y si el río lo conforman mis ojos, valga la cursilaría de esta
manida metáfora cortés, es que las cuerdas de los violines han movido algo
dentro de mí.
Eso
es lo raro, lo llamativo: la música emociona. E insisto: llamativo desde un
punto de vista fríamente racional. Porque aunque es cierto que el corazón tiene
razones que la razón no conoce, no deja de ser la razón esa especie de maestra
sabia a quien el ignorante corazón dirige sus preguntas. Pues la curiosidad,
que es madre de la sabiduría, es, antes que nada, un sentimiento producido en
las almas sensibles ante la conciencia de su propia ignorancia.
Por
eso mis facultades emotivas, reflexionando sobre el sentido de su existencia
dentro de mí, le preguntan a la maestra: ¿cómo es que algo que no significa
nada, ni representa nada que pueda ser percibido por la conciencia como imagen
de algo ocurrido en el mundo o en la naturaleza, cómo es posible que unos
sonidos puestos unos en determinada relación con otros, sean capaces de producir
en mí emociones parecidas a las que siento cuando por ejemplo una hermosa dama
ha tiempo perseguida rinde sus encantos ante mi seducción, o cuando mi hija
hace alguna de esas cosas que nos suelen emocionar a los padres? O también:
¿cómo es posible que unas ondas sonoras, vibraciones del aire, ordenadas en
cierta forma, sean capaces de suscitar en mí lo mismo que una novela, un drama
o una poesía.
Y
digo bien: lo mismo que la literatura. Tradicionalmente se ha considerado que
la literartura, en tanto que arte de escribir, persigue lo mismo que la
filosofía, esto es, las ideas, sólo que en vez de por su virtud de
representación del mundo y su capacidad de captación de la verdad, por su
virtud de producir en nosotros la emoción o las emociones que las ideas
filosóficas, dada la frialdad racional de su exposición, no suelen producir.
Así, los recursos de la literatura son otros, puesto que otros son sus
objetivos: si los filósofos persiguen la verdad pura y dura, los poetas
perseguimos la verdad impura y blanda: antes que la verdad expuesta con
frialdad y distancia, nos interasa la verdad expuesta con calentura y
aproximación, de tal manera que lo que se pierde en claridad se gane en
implicación del lector en los fenómenos evocados, que lo que se pierde en precisión
se gane en conmoción.
Conmover
al lector ante las verdades que descubre el pensamiento o la conciencia,
emocionarlo solidariamente con lo evocado: tal vez esto nos podría aventurar
hacia una definición de la poesía y la literatura como una síntesis de
filosofía y música. Pero no adelantemos conclusiones.
Lo
cierto es que desde el docere et delectare horaciano lo anterior queda
insinuado; el docere tiene que ver con la sabiduría del docto, el
sabio, el filósofo, y el delectare con la música que, al ser un arte
asemántico, no significativo, sólo puede cumplir la función de deleitar
nuestros oídos. Deleite que es en sí una emoción, una conmoción, una moción,
porque todo placer implica un movimiento de nuestra sensibilidad.
Pero
deleites haylos de muchos tipos: nos gusta sentir cosas muy diversas. Nos gusta
sentir alegría, nos gusta reírnos, pero también nos gusta sentir, quizá no
tristeza, pero sí lástima ante algo que merecía haber sido de otro modo, y esa
lástima, solidaria con quien haya sufrido el injusto percance, es una manera de
reparar la carencia de alegría que todos merecemos, o deberíamos merecer.
Por
ello nos gustan y deleitan las historias que nos hacen reír, típicas de la
comedia, pero también las que nos hacen llorar, típicas del drama, e incluso,
como Aristóteles quería, las que nos aterrorizan, como la tragedia.
Todo
esto viene a cuento de lo siguiente: la literatura nos conmueve informándonos
de una significación emotiva, pero la música nos conmueve sin trasmitirnos
significación alguna. Y esto es síntoma de una misteriosa afinidad.
No
obstante lo dicho, nada de todo esto debería resultarnos extraño a poco que
repasemos las historia de la música y de la poesía, o la literatura, que es la
poesía puesta en letras.
Si
remontamos la corriente de la historia hasta sus fuentes míticas, tendremos que
evocar a Orfeo. El primer poeta -no el primer escritor, porque por entonces
mucho me temo que no se había inventado aún la escritura-, es decir, el primero
de los poetas, el poeta primordial, fue también el primer músico. Cosa natural
si se recuerda que la música instrumental, sin voces humanas, es un invento
tardío, contemporáneo de la invención, o reinvención de la ciencia, allá por el
siglo XVII de nuestra era, y antes de esa emancipación de la música
instrumental respecto del canto, la música siempre fue servidora humilde de la
voz y la palabra. De hecho la voz música proviene de Musa, que,
como saben, era el espíritu divino que inspiraba a los poetas y, por tanto, a
los músicos, que eran los mismos.
Y no
deja de ser interesante recordar que los cultos órficos estaban asociados a
Apolo, pero también a Dionisos, a quienes, respectivamente se les asoció un
tipo distinto de música: a Apolo la cítara o la lira, instrumento de cuerda que
permite la primacía de la voz y la palabra; a Dionisos la flauta, relacionada
con la siringa de caña de Pan, el dios salvaje, instrumentos que no permitían
el canto del ejecutante, por lo que el clasicismo griego acabó por considerarlo
inferior, dada la tendencia del clasicismo al orden geométrico y al equilibrio,
a la razón, en griego logos, palabra que en griego también significó palabra:
la razón siempre estuvo asociada al lenguaje en tanto que herramienta de la
significación, y eso excluía a la siringa o la flauta del ámbito de las
signifiaciones lógicas: ya Nietzsche, recordémoslo también, habló en Los
orígenes de la tragedia de la eterna oposición complementaria de los
espírituas apolíneo y dionisíaco, siendo las artes plásticas (y la propia
filosofía) propias del primero, y la música, propias del segundo. Dionisos, en
tanto que personificación de la vida y el vitalismo, en tanto que
personificación de la fuerza del instinto, es un dios oscuro, confuso, caótico,
un dios de las pasiones desordenadas: era normal que de su liturgia surgiera la
tragedia. El arte asemántico de la música instrumental, todavía no inventado,
le era, pues, según Nietzsche, connatural, puesto que la música no es arte
lógico, verbal, ni geométrico, plástico, representativo.
Hay,
como se ve, una contradicción tenue en el asunto. Aunque tal contradicción no
está tanto en el filósofo alemán como en la propia metafísica de la música. En
efecto, el misterio de la música, su hechizo irracional, explica sus usos
mágicos primitivos, y nada más opuesto al espíritu racional que la magia. De
hecho la música, ciertas fórmulas musicales, se usaron, como los conjuros,
fórmulas poéticas, para sanar, invocar la lluvia o impedir las inundaciones,
evocar a los espíritus de los muertos, o a aquellos otros que representaban
fuerzas naturales que se pretendía controlar. Se usaba también para calmar la
voracidad de los predadores, de ahí el adagio: la música amansa a las fieras.
Pero
lo cortés no quita lo valiente, y todo está relacionado en este mundo de Dios:
en seguida, ese encanto de la música le sirvió a uno de los primeros filósofos
que en el mundo han sido para inventar o descubrir (o importar de no se sabe
dónde) la disciplina científica racional por excelecia y antonomasia: la
Matemática. Pitágoras estaba fascinado con el fenómeno de las correspondencias
numéricas que hallaba entre las cuerdas de la cítara o la lira y el orden (cosmos
en griego) de los astros en el cielo nocturno, por lo que inventó esa
maravillosa y fértil metáfora de la Música de las Esferas: una música
que no se oye con el oído sino con la mente, con la razón. Y lo curioso es que
este paso de la música como magia a la música como matemática ilustra
magistralmente el paso histórico del Mito al Logos indicando, contrariamente a
lo que tantas veces se cree, que el encanto, la magia del cosmos no se pierde
con su racionalización, sino que sólo se reformula, pues Pitágoras veía en la
matemática más un método de éxtasis místico panteísta, conseguido mediante la
contemplación de los fundamentos inmateriales, numéricos, de Todo, que un
método de dominio tecnológico de la materia.
Y de
ahí al Idealismo de Platón hay sólo un paso. Platón recomendaba la música como
método educativo básico, porque tal ejercicio entrenaba al estudiante en la
contemplación mental de los entes matemáticos con que la música se constituye,
próximos a las Ideas arquetípicas y perfectas de su sistema, que el filósofo
asociaba a la perfecta regularidad de las figuras geométricas, nunca visibles
en el mundo sublunar de la materia, donde nada, ni los polígonos son perfectos,
sino lleneos de muescas y otras imperfecciones.
También,
más tarde, el filósofo Boecio, habló de una música mundana, de la que la
música perceptible por los oídos era sólo una torpe e imperfecta reproducción.
Esa música mundana, del mundo, del universo, esa música cósmica era el
sostén divino del orden natural, el cimiento en que se sutentaba este edificio,
este “templo” diría más tarde Fray Luis siguiendo esta línea filosófica, que el
Gran Arquitecto, Dios, también Gran Músico, director de la orquesta de los
planetas y astros, había construido a fin de ser adorado por los fascinados,
por los encantados por su Arte Creador.
Incluso
Leibniz definió mucho más tarde la música como “matemática que el intelecto no
especifica” si se me permite una muy libre traducción.
Y
más ejemplos de este tipo podrían citarse, si no fueran ya suficientes como
para hacernos ver con diafanidad esa contradicción de la que antes hablaba: la
música, arte asemántico, pero matemático, por excelencia, es un arte
eminentemente emotivo. Lo que es lo mismo que decir que la fría razón es
caliente cuando se manifiesta como música. Sin embargo, todos estos
filósofos traídos a colación no vieron en todo esto contradiccion alguna. Es
obvio que la música no imita a la naturaleza tal como es percibida por los
sentidos, como Aristóteles quiso que fuera todo arte, si no que la imita en sus
fundamentos ideales, tal como Platón hubiera querido, en sus claves
pitagóricas, mágico-matemáticas, podríamos decir, en sus bases ontológicas,
nouménicas, sólo captables por la mente. De lo que se deduce que la música nos
emociona no porque imite cosas reales que también nos emocionan cuando las
percibimos y sentimos, sino porque hace mímesis de los fundamentos matemáticos
de éstas. Y eso es fascinante, encantador, mágico (tres vocablos sinónimos)
para las mentes de estos filósofos que así pensaban, sólo que para ellos fascinación
o encanto no significaban superchería, sino llanamente
maravilla. Después de todo, uno siempre es libre de elegir entre sentise
fascinado, encantado ante la maravilla del Todo, o sentirse amargado por las
carencias e imperfecciones de la vida. Allá cada cual. Pero ambas cosas, la
maravilla y el terror, son dos caras de la misma moneda, por lo que las dos
visiones son, aunque contrarias, complementarias. Una mente que aspire a la
Verdad tiene que ser capaz de ver las dos cosas, o siempre tendrá una visión
parcial de la misma.
Románticos,
simbolistas, modernistas estuvieron todos de acuerdo con esto: la música, el
ritmo, la armonía tuvo para todos ellos una significación ontológica. Y
sólo esos dos inventos modernos, el realismo y la vanguardia, han podido
ponerlo en entredicho.
Así
nos va.
Pero
una mentalidad moderna como la nuestra, dicen, educada en el racionalismo y la
ciencia y sus consecuencias tecnológicas no puede, dicen, pensar así. Todas
esas filosofías se han quedado aniguas, dicen. De modo que la emotividad de la
música se queda sin explicación.
Sin
embargo, yo creo que es la mentalidad moderna la que está equivocada, y que la
emotividad de la música si tiene explicación, y una explicación que se parece
mucho a las de los filósofos mencionados.
Permítaseme
la aparente digresión que sigue: voy a hablarles de la Teoría de
Supercuerdas.
La
ciencia tradicional, me refiero a la que empezó no con Pitágoras, Arquímedes o
Euclides, sino la que empezó con Galilei, Kepler y Newton, esa que llaman
clásica, basándose en ideas de la ciencia o la filosofía clásica, de Demócrito
y Leucipo en concreto, quiso explicar el total de la realidad por interacciones
de partículas indivisibles, que los griegos llamaron átomos, y que no eran otra
cosa que, por definición, partecillas, cachos mínimos de materia, no
fragmentables, no tanto porque fueran superduros como porque no existía un
tamaño menor en que poder fragmentarse.
Esta
idea fue muy fecunda y sirvió para explicar miles de fenómenos físicos, hasta
tal punto que a finales de XIX se pensó que la ciencia estaba entonces a punto
de descubrirlo todo, de tener una explicación para todos los misterios de la
Naturaleza. No obstante, las parcelillas que quedaban por explicar en aquellos
gloriosos tiempos resultaron ser más duras de roer que el resto de lo hasta
entonces descubierto y explicado. Rutherford descubrió primero que los átomos
no eran el tipo de cosa más pequeña que existía, porque no eran simples, sino
compuestos: dentro de ellos había otras cosas más pequeñas y por tanto más
simples aún: los núcleos. Luego se sabría que los núcleos tampoco eran lo más
pequeño, ni lo más simple, porque eran también compuestos, divisibles. Y mucho
después se descubrió que hasta los neutrones y protones, componentes de los
núcleos atómicos, estaban a su vez compuestos por unas partículas sin volumen,
llamadas quarks.
Nada
de esto hubiera sido problemático si no hubiera sido por algo que se descubrió
justo cuando se llegó a cierto nivel de descomposición o análisis de la
materia: el del cuanto o quantum, o partícula subatómica.
Y el
problema es muy resumidamente como sigue: si cuando se habla de átomos resulta
todavía lógico que hablemos de fragmentos de materia, cuando hablamos de
cuantos, no. Los cuantos no parecen cachos de materia, más bien todo lo
contrario: para empezar, a veces, según como sean observados por la experiencia
sensible, según la perspectiva experimental que su observador elija, dejan de
ser materia, de comportarse como tal, y pasan a ser y compotarse como ondas.
Pero
esto tampoco hubiera sido problemático, al menos desde un punto de vista
práctico, si no hubira surgido otro problema: los cuantos explican casi todos
los fenómenos físicos, la electricidad y el magnetismo, la fuerza nuclear débil
y también la fuerte, pero no explican la gravedad, para lo cual hay que
recurrir a una teoría muy distinta aunque igualmente eficaz: la Relatividad
de Einstein.
Y no
es que esto sea grave, insisto, en la práctica, puesto que las dos teorías,
usadas cada una para lo suyo funcionan muy bien. Pero como la aspiración de
toda mente racional, lógica y científica ha sido desde siempre la invención o
descubrimiento de un conjunto de leyes simples y relacionadas que sirvan para
explicarlo todo…, como la aspiración máxima de toda mente científica es
descubrir o inventar una Teoría Única que sirva para explicar la plural diversidad
de los fenómenos físicos, cabe decir que la segunda mitad del siglo XX ha
estado dedicada a buscar esa Teoría de la Gran Unificación de los campos de la
Relatividad y la Mecánica Cuántica, esa Teoría de Campo Unificado, también
llamada de Supersimetría o, más popularmente, Teoria de Todo.
Ya
Einstein lo intentó sin conseguirlo, y desde entonces se han inventado, pero no
descubierto todavía, un montón de teorías candidatas a erigirse en Gran Teoría
Total. Una de ellas, de hecho la candidata que según los científicos más
prestigiosos, el famoso Stephen Hawking entre ellos, tiene más posibilidades de
ser la que atine con ese conjunto mágico de leyes universales, es la Teoría de
Cuerdas.
Muy
sumaria y trivializadamente podemos decir que el truco de esta teoría está en
concebir las partículas cuánticas no como puntos mínimos de materia, cosa
impropia por otra parte, sino como resultado de una vibración de una cuerda
minúscula: podríamos decir a guisa de metáfora que la diferencia entre un quark
de un tipo y otro, o entre un quark y un electrón pongo por caso, está en la
diferencia de frecuencia de esa cuerda que vibra en el fondo de cada una de
ellas. Así cada partícula es compatible, siguiendo con la metáfora, con otros
tipos de partícula, o no lo es, dependiendo siempre de la razón de sus
frecuencias vibrátiles, algo así como que habrá interacciones y fuerzas
diversas entre las partículas según su capacidad de consonancia o disonancia.
Si
Pitágoras levantara la cabeza, se sentiría fascinado, encantado. El número de
ondulaciones de una mínima supercuerda hipotética explica Todo. De modo que la
relación numérica entre las facultades vibratorias de la cuerda de una lira es
proporcionalmente correspondiente al de una cuerda fundamental subatómica que
produce con su música cuántica toda la realidad: el noúmeno es música.
Eso
explicaría por qué algo tan ajeno a los fenómenos naturales, tan ajeno a la
realidad natural perceptible por la experiencia, algo tan artificial y
misterioso como el arte musical nos parece tan agradable hasta el punto de
suscitar en nosotros emociones cuyo significado, no es que, ahora lo sabemos,
no exista, si no que nos es desconocida. Pero pese a ese desconocimiento, no
podríamos negar que acaso cuando una música se aproxime a las consonancias y
disonancias del noúmeno cuántico todo nuestro ser, hecho de cuantos, puede
sentirse sobrecogido hasta en sus fundamentos más radicales, porque esas
vibraciones macroscópicas de los sonidos en el aire y en nuestros tímpanos
están reproduciendo un orden de cosas próximo a otro que es el fundamento
radical de Toda la Realidad.
Eso
también explicaría la pasión que por el ritmo y la melodía, por la música de
las palabras, han sentido todos los poetas importantes que en el mundo han
sido: las palabras significan, vale, pero también suenan, y si
uno pretende describir fríamente la verdad, despreocúpese de su sonido y
céntrese en el significado. Pero, si uno quiere conmover, debe intentar siempre
dar a sus palabras un tratamiento musical. Ése mismo que la tradición invita a
llevar a cabo, o bien otro, pero algún tipo de tratamiento musical.
A mí
en especial siempre me ha fascinado la capacidad de conmoción que tiene una
rima bien colocada: el mismo mensaje dicho en prosa resulta menos emocionante.
Pero también conmueven las ritmos del metro tradicional o del versículo de
Whitman, o incluso, o sin incluso, el ritmo mágico de la prosa de Valle-Inclán.
Pero
con independencia de esos gustos cabría, después de todo lo dicho, concluir con
una reflexión: si la función del poeta es captar la poesía, quiero decir la
belleza, la maravilla del cosmos, y también su terror, si la función del poeta
es captar las armonías cósmicas, descubrirlas inventándolas o inventando
algunas copias o mímesis de ellas lo más aproximadas al original que le permita
su ingenio, o tambien denunciar las inarmonías (el mundanal ruido de
Fray Luis), que es lo mismo que lo anterior pero al revés, es lógicamente
consecuente que, dado que el Ser de Todo es musical, sus métodos de captación y
emulación también deban ser musicales, y ahora esto lo digo, quiero decirlo, en
un sentido más amplio: los sonidos de los significantes de las palabras deben
sonar, y no hacer ruido, pero los significados de esas palabras, versen de lo
que versen, si su mensaje es auténtico, deberán siempre versar de la naturaleza
musical de la Naturaleza, por lo que el contenido de los textos literarios
siempres deberá ser, aun de modo indirecto, Filosofía de la Música, ahora eso
sí, escrita, insisto, mediante procedimientos musicales, lo que nos lleva a
definir literatura como una síntesis de filosofía y música.
Pero
la lección práctica que debería deducirse de todo esto no es otra que: el
lenguaje artístico, poético debe siempre sonar misicalmente, o lo que es lo
mismo, no debe sonar a sonido normal del habla, por que ése es un sonido al que
estamos demasiado acostumbrados y ya no sabemos escucharlo como música, que es
un sonido siempre inusitado, de la misma manera que tendemos a perder los
significados de ciertas palabras manidas de tan usadas. La lengua litararia
debe ser, de alguna manera, musical, y eso implica ruptura con la norma. Pero
ruptura con la norma no significa no seguir ninguna norma, sino seguir otras:
esas a las que no estamos, autor y lectores, acostumbrados. Lo que suena a muy
oído no suena, ni significa. Lo que no suena a nada no significa. Después de
todo parece que la significación se aproxima a los sonidos que no escuhamos con
los oídos, sino más bien a los que imaginamos con la mente.
Por
supuesto que para que todo esto sea así tiene que ser verdad la Teoría de
Cuerdas. Pero si no es verdad, no dejará de haber sido verdad que todas estas
ideas anteriores son hermosas en sí mismas, y que como adentrarse en la
hermosura, que siempre es armonía, es la función que todo poeta o artista debe
perseguir, y que como este ensayo que ahora concluyo, dada la vocación de su
autor, responde más a una vocación poética que científica, debo aclarar que en
él he tratado de llevar las ideas que en el se han expuesto a su máximo de musical
consecuencia.
Como
poeta, pues, debo acabar manifestando que, si todo este maravilloso conjunto
armónico de ideas no fuera verdad, sería una verdadera lástima.
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