sábado, 25 de mayo de 2019

ÉPICAS

Cuando llegué a la lectura pública, después de tanto tiempo sin contacto personal con tantos poéticos colegas y, sin embargo, amigos, me llevé una enana, por esperada -valga el oxímoron- sorpresa (que al final ha resultado ser -valga el mal chiste, basado en tan gastado y fácil calambur-) una monja liberta:
−Sabes lo que me ha pasado, ¿no, verdad?
−Y cómo no lo voy a saber, si lo cuentas todo en facebook.
Y no sé si había un deje de ironía en la respuesta, aunque mucho me temo que sí.
Porque si el pudor referente al lucimiento de los cuerpos mengua más cada día , no ocurre lo mismo cuando se trata de pornografía de las intimidades privadas -de salud (valga la dilogía)  también, como es ahora mi caso, tanto física como doméstica-.
Parece que la gente sigue sintiendo una suerte mala de temor a la vergüenza pública, cosa que no termino yo de comprender ni compartir -habida cuenta de comparto y cuento cuanto -valgan la aliteración y la paronomasia- me pasa o siento –valga la rima- sin ninguna –valga la elipsis-: hace tiempo que dejó de importarme lo que de mi se diga, porque está bien que se hable de uno, aunque sea mal, que es gaje de todo oficio, u ocio (valga la antítesis),  público como es el de poeta, si se da el frecuente caso de que se trate de un poeta que tenga un sano interés en publicar sus textos.
De hecho, no en vano he obscenamente hecho público aquí, durante el último año de mis aventuras y desventuras -valga la polípotes-, todas la venturas (egeas también –valga la autorreferencia literaria) que han tenido la dudosa amabilidad de hacer mi experiencia vital más interesante: acaecimientos y emprendeduras, acciones y pasiones, mercedes y desdichas, de esta mi iniciación en el período jubilar.
La pudibundez suso aludida, empero, no me parece propia -digna sí- de poetas líricos: en la párvula escuela se acostumbraba a definir Lírica como ese subgénero que se caracteriza por la expresión de los sentimientos del autor, bien que yo modificaría la definición matizándola: por la revelación, por parte del autor, de un mundo propio, personal y subjetivo.
Dijo una vez el gran crítico y lector, y sobre todo poeta, Álvaro García, que “Fortuny se caracteriza por ser un poeta que, más que contar su vida, cuenta CON su vida”; queriendo con ello referirse a todo lo relacionado con la siempre tan de moda y exitosa Poesía de la Experiencia -de la que siempre he sido amistoso y suave detractor- mal entendida como escritura de textos en los que escritor cuenta sus experiencias.
Para empezar, mi vida siempre estuvo tan despoblada de experiencias interesantes y significativas que convertirlas en tema de mi obra poética, dado el esplendor su inexistencia, me parecía poco menos que pura hipocresía y, por lo demás, ése era mi más ferozmente dulce -valga el una vez más el oxímoron- juicio crítico sobre dicha poética y dichos consecuentes poemas que a mí poco me dejaban dicho tras su lectura: qué clavo me pueden importal e interesar a mí las vivencias de un vecino que son tan desinteresantes -valga el neologismo- como mismamente este su libre y distinguido servidor (valgan los oxímoros de nuevo)..
Y más de una vez tuve que dar en hacerle caer -valga la reiteración enfática de infinitivos (valga, otra vez, la aliteración)- en la cuenta a más de uno de que podíamos hablar de experiencias extraordinarias interesantísimas que sí merecían, ya no sólo un poemita lírico, sino un largo Cántico (espiritual) o, más difícil todavía, unaaún más luenga epopeya.
Como no quiero -hoy- hablar de mística, sin duda la más interesante experiencia que se pueda experimentar -valga la derivación-, hablaré, nihil obstante -valga el inquisitorio semicultismo-, de Hazañas Bélicas.
No voy a referirme, empero, a las fantasías de las épicas antiguas y medievales (Homero, Virgilio; Roland, Nibelungenlied, Beowulf), ni magüer sean de corte y tono realista (Farsalia, Mio Cid): voy a concentrarme, en principio, en las que narran realidades experimentadas y vividas, en las canciones de gesta que están basadas en vividas y reales experiencias propias del poeta.
Se suele repetir en manuales, diccionarios, enciclopedias e Historias de la Literatura que la Araucana de nuestro inconsiderado -valga la cita gongorina- Alonso de Ercilla, tan respetado por sus contemporáneos, y muy leído en su tiempo, es un poema pesado de leer, y de ahí su escasa perdurabilidad ente los Hit(os) Parades de nuestro Canon Literario. Yo, aunque confieso que no he conseguido todavía leérmela enterita, apunto y subrayo que no ha sido en ningún momento por la onerosidad de su big puddendum, sino porque la sensibilidad hiperestésica del oído musical que me dio, sin mérito ninguno por mi parte, la madre Naturaleza, sufría la rechinante dentera auricular de sus con no poca frecuencia rengos endecasílabos de 12 sílabas; que, además, muchos de ellos no se podían explicar por el uso, voluntario o licencioso, de iniciales sílabas en anacrusis, que se desprecian, si son escasas -en tanto consideremos que todo período métrico empieza con el primer acento prosódico. Cosa que igualmente me ocurría con la tan -si no me falla la memoria (correcciones admito -valga el hipérbaton-)- por Cervantes denostada versión que Jerónimo de Urrea hiciera del Orlando Furioso, pero que tanto en el original italiano como en el de Sátiras -que son epístolas- del Ariosto se usan con la bieninencionanada habilidad del tan digno Maestro.
Pero la Araucana, si nos concentranos en su argumento y desarrollo de la trama, a mí no se me hace más cargante que ese mismo Orlando ya citado, aunque sean ambos poemas mucho más gravosos que la liviana y alada Os Lusiadas del más grande poeta épico del moderno Occidente, Luis de Camoens. Otro que tuvo experiencial parte directa en los hechos y fazañas –valga el arcaísmo- que nos cuenta en su grandiosa epopeya.
Y es que es eso lo que estos dos enormes épicos, el luso más que el nuestro, son: poetas de la experiencia, de su experiencia, una experiencia que, por lo inusitada e inhabitual para la gente de a pie, nosotros los normales, los que hace interesantes.
Pero que un normalito le cuente a otro más normal todavía sus normales -y ¡normativas!- peripecias, que no suponen ni Crisis (griega voz que significa) ni Cambio alguno -valga la indefinitoria paradoja- en el decurso de una vivencia biográfica es, aparte de un imperial mega-tueste, indigna de toda grafía.
Recordemos, ítem más, que en el Áureo Siglo la épica en castellano dio sus, no por hoy olvidados, menos memorables frutos: ahí están los Orlandos, o Angélicas (basado/a el/la 1º/ª, según propia confesión del autor, más en el Innamorato del Boiardo) de Barahona, y el de don Félix (id supra en el del Ariosto); el maravilloso Bernardo de Valbuena, que tomó el tema -valga la paronomasia- del ciclo de romances sobre Del Carpio, que debería ser nuestro héroe nacional; esa especie de paradójica eopopeya pacifista, la Cristiada, de Hojeda, miltonada avant-la-lettre, sobre todo en relación con al Paraíso Recobrado más que el Lost; el poema sobre Hernán Cortés del mejicano Francisco de Terrazas, del que no digo nada por no poder haberlo leído, dado que según me dijo el asimismo poeta mejicano Emilio Pacheco, no se edita desde 1958;  y, por fin,  las parodias: no sólo la Gatomaquia, del Fénix (también), sino ese prodigio de ejecución, talento y humor crítico que es la Mosquea del inmenso Villaviciosa; o la Austriada del apotegmático Rufo:  que alzaron (todos ellos, españoles y modelos italianos) la octava real a una altura propia del hexámetro clásico grecorromano y que, recordémoslo y no lo tiremos a la basura del olvido y la descalificación, por no decir analfabéticamante lectora, digamos sólo que papagayamente ágrafa, llega hasta el XIX con lucido empaque debido al trabajo de los Dorados épicos.
Y entonces veremos la luz.
Aunque sea la de Lucifer, el Lucero del Alba.
Que podemos.
Porque entonces comprenderemos por qué, en mitad del Diablo Mundo y sin venir a cuento, sino sólo para desahogo de su corazón, Espronceda incrustó las reales octavas de ese Hito de nuestro Canon que es su “Canto a Teresa”. No hace falta conocer la crisis biográfica en todo detalle, aunque para ello podamos acudir a Teresa, de la Chacel, para notar que el gran poeta quiso dar una dimensión épica, no a su vida, sino a la vida de la verdadera heroína del Canto: una mujer que, en aquellos tiempos de mojigatería farisea y de corsé mental, tuvo las gónadas de acometer un periplo odiseico, dando la batalla a las monstruosas convenciones de su tiempo: se fue, por amor, con el poeta, dejándolo todo por él: marido, hijos (sic en Espronceda, aunque no tuviera, al parecer, más que uno de su legítimo esposo), familia, amistades, reputación, para acabar, cómo no, la cosa como el gallo de Morón y luego en normalizada muerte trágica: "Que haya un cadáver má, ¿qué importa al mundo?"
Si ahora nos parece, y lo es, una woman symbol del mejor de los feminismos libertarios y románticos, a la gente de su época sólo les pareció una zorra normal que estaba como una anormal cabra (o una Cabrona, de Cabrón, o Macho Cabrío, en griego clásico: Tragos, y de ahí: tragedia). 
Por otro lado, poco después sería Núñez de Arce quien en su "Última Lamentación de Lord Byron", usaría la experiencia del poeta romántico británico por excelencia cuando se metió con medios propios en la Guerra de (eleuteria) Liberación de Grecia, tierra de los antiguos dioses paganos de la naturaleza, contra el monoteísmo trascendente y sobrenatural de los brutales opresores turcos.
Y se acabó la épica hispánica, y sobre todo la épica de la experiencia, a no ser que metamos con calzador el Cántico cósmico del democomunista franciscano y místico Ernesto Cardenal, héroe sandinista contra las dictaduras somocianas conchabadas con los eviternos invasores gringos.
Pero cuando uno se ha vuelto un tanto cabra y teresiano al final de una vida de protocolo y trabajo sin experiencias hazañosas que contar, es normal que ese ser normal se lo cuente a los normales seres, por cuanto la anormalidad de sus magnánima aventura y sus circunstancias le han dado bío-tema para una micro-epopeya personal, que espero irrepetible.





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