Justificación del título.
El
verdadero filólogo, el filólogo radical, ha de serlo de las profundidades: un
filólogo de la profundidades (acaso del espíritu, como defendiera mi profesor
Crespillo en su Introducción, magnífica, a Psiké
de Rohde) es un antropólogo de la palabra escrita, aunque parezca una
contradicción.
Los
antropólogos se iniciaron con los estudios prehistóricos y de las civilizaciones
actuales cuya cultura es ágrafa.
Los
antropólogos filosóficos, por otro lado, se dedican a pensar el ser del hombre.
Y
los filólogos deberíamos dedicarnos a estudiar al Homo lingüísticus en tanto que capaz de poner cosas por escrito. Si vanidosamente nos
autodenominamos sapiens sapiens, y no
dejamos de tener cierta razón, aunque no siempre razón cierta, es sólo porque el lenguaje es el primero de
nuestros archivos, y la escritura el segundo: una especie de memoria
exosomática.
Literatura es término etimológico que
alude al conjunto de la Letras.
Y,
antes de la Era de las definitivas Especializaciones, un Hombre de Letras era
un estudioso de una carrera universitaria que se llamó Humanidades, la logía del Ántropo, y que en mis tiempos
de estudiante, cuando la empecé, todavía se llamaba Filosofía y Letras, aunque
servidor acabara siendo Doctor en Filología
Hispánica, y no olvidemos que el étimo filo-logos,
significa amigo del lenguaje, cosa
que le cuadraría más a un poeta, pero también, polisémicamente, amigo de la
razón, lo cual le cuadraría más a un filósofo, puesto que la sabiduría humana
sólo puede residir en el Verbo ˗encarnación de la Razón Sintáctica y Léxica,
dicho sea, por ahora, sin connotaciones religiosas. Aunque sí con connotaciones
ontológicas: la ontología nace de la sintaxis griega del verbo ser.
Logos,
en efecto, significó Palabra, en el sentido de que todo Sentido reside en su
semasia, valga la redundancia semántica, pero también significó Razón, étimo de
la voz latina ratio, de ratus, participio de reor, calcular; de donde puede seguirse
que los griegos vieron el sensus o seso en la lengua, mientras que los romanos lo vieron en los
números (sí, en los números, y no en las matemáticas teóricas helénicas,
pitagóricas o euclidianas), porque los romanos eran calculadores y prácticos, al
contrario que los griegos, que entendían el pensamiento, a través la semántica
de su lógica parabolé (palabra griega que significo, por vía culta, parábola, pero por vía patrimonial palabra) como un arte, el de pensar
libremente, o un sano deporte.
Antes
del nacimiento de la escritura todo conocimiento debía ser adscrito, valga el
anacronismo, a la memoria biológica. De ahí que Hesíodo hiciera a las Musas
hijas de Mnemosine, la Diosa de la Memoria: los poetas inspirados debían
recordar, no sus despreciables experiencias de personillas sin importancia,
sino la Experiencia Colectiva de su pueblo que quedaba refejada en sus mitos
(de gr. mythos, en latín fabula, de donde fabular, vía culta
-imaginar-, y hablar,
patrimonial –compartir con la comunidad los contenidos de la Imaginación o del
Imaginario de la memoria colectiva). Esos contenidos se mantuvieron en la mal
llamada literatura oral –no existían
las letras todavía- que al depender del los esfuerzos mentales de los
individuos, eran modificados y aun rehechos por cada rapsoda, o juglar, por lo que
cada cual tenía, debido a las urgencias del momento, improvisar mitemas y mitologemas, o imaginemas
o mejor fantasemas (valga el
neologismo) de su propia e ingeniosa cosecha, lo cual explica la diversidad de
versiones que de cada mito nos ha legado la tradición y la antropología
filológica, desde ahora –permítaseme acuñar el término− filantropología. La invención de la escritura y la subsecuente
trascripción de los poemas orales de la prehistoria,
dio lugar a la literatura de los letrados, los cuales fueron los primeros
filólogos.
Y
en aquellos tiempos no existían las especialidades: la poesía y luego la
literatura no hacían distinciones entre religión, filosofía o ciencia, y por
ello el filólogo de las profundidades también debe serlo de las amplitudes:
todos los textos escritos son literatura, y hoy en la Era de las Especializaciones
el filantropólogo debe leer analítica y contextual o referencialmente todas las
obras puestas por escrito, traten de lo que traten. Tambié los escritos
científicos.
Los
primeros textos literarios sólo pueden ser en verdad apreciados si se leen en
clave filantropológica. Y Por ahí debríamos empezar.
No
obstante, no haré ningún estudio cronológico del fenómeno poético y literario,
porque lo que me interesa no es realmente tal, sino más bien todo lo contrario.
Hay
puntos de conexión filantropológicos en textos que, además de a zeitgeist, representan profundos significados referentes a lo
más humano que por, naturaleza, llevamos palpitante todas en nuestro seno antrópico. Y sépase que uso esta última
palabra como tecnicismo propio de la cosmología estándar, sobre la que volveré
retiradas veces a lo largo de este experimento –o ensayo˗ textual. El Principio
Antrópico viene ha decir más o menos algo así: “el universo es como es, porque
de no ser así no estaríamos aquí preguntádonos por que el universo es como es
en relación con nuestra existencia en el mismo”.
Porque
los cosmólogos saben que estamos aquí por pura chiripa: el Cosmos está tan finamente
ajustado con las posibilidades o probabilidades de nuestra aparición en él que
parece cosa de milagro.
Y
os milagros no existen.
O
según:
La dimensión mítica de las teorías
científicas. Notas para un ensayo poético de teofísica.
Fantastico ensaio. Muchas gracias. Ha sido un placer leer lo
ResponderEliminargracias
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