martes, 7 de mayo de 2019

ENSAYOS DE FILANTROPOLOGÍA

Justificación del título.

            El verdadero filólogo, el filólogo radical, ha de serlo de las profundidades: un filólogo de la profundidades (acaso del espíritu, como defendiera mi profesor Crespillo en su Introducción, magnífica, a Psiké de Rohde) es un antropólogo de la palabra escrita, aunque parezca una contradicción.
            Los antropólogos se iniciaron con los estudios prehistóricos y de las civilizaciones actuales cuya cultura es ágrafa.
            Los antropólogos filosóficos, por otro lado, se dedican a pensar el ser del  hombre.
            Y los filólogos deberíamos dedicarnos a estudiar al Homo lingüísticus en tanto que capaz de poner cosas  por escrito. Si vanidosamente nos autodenominamos sapiens sapiens, y no dejamos de tener cierta razón, aunque no siempre razón cierta,  es sólo porque el lenguaje es el primero de nuestros archivos, y la escritura el segundo: una especie de memoria exosomática.
            Literatura es término etimológico que alude al conjunto de la Letras.
            Y, antes de la Era de las definitivas Especializaciones, un Hombre de Letras era un estudioso de una carrera universitaria que se llamó Humanidades, la logía del Ántropo, y que en mis tiempos de estudiante, cuando la empecé, todavía se llamaba Filosofía y Letras, aunque servidor acabara siendo Doctor en Filología Hispánica, y no olvidemos que el étimo filo-logos, significa amigo del lenguaje, cosa que le cuadraría más a un poeta, pero también, polisémicamente, amigo de la razón, lo cual le cuadraría más a un filósofo, puesto que la sabiduría humana sólo puede residir en el Verbo ˗encarnación de la Razón Sintáctica y Léxica, dicho sea, por ahora, sin connotaciones religiosas. Aunque sí con connotaciones ontológicas: la ontología nace de la sintaxis griega del verbo ser.
            Logos, en efecto, significó Palabra, en el sentido de que todo Sentido reside en su semasia, valga la redundancia semántica, pero también significó Razón, étimo de la voz latina ratio, de ratus, participio de reor, calcular; de donde puede seguirse que los griegos vieron  el sensus o seso en la lengua, mientras que los romanos lo vieron en los números (sí, en los números, y no en las matemáticas teóricas helénicas, pitagóricas o euclidianas), porque los romanos eran calculadores y prácticos, al contrario que los griegos, que entendían el pensamiento, a través la semántica de su lógica parabolé (palabra griega que significo, por vía culta, parábola, pero por vía patrimonial palabra) como un arte, el de pensar libremente, o un sano deporte.
            Antes del nacimiento de la escritura todo conocimiento debía ser adscrito, valga el anacronismo, a la memoria biológica. De ahí que Hesíodo hiciera a las Musas hijas de Mnemosine, la Diosa de la Memoria: los poetas inspirados debían recordar, no sus despreciables experiencias de personillas sin importancia, sino la Experiencia Colectiva de su pueblo que quedaba refejada en sus mitos (de gr. mythos, en latín fabula, de donde fabular, vía culta  -imaginar-, y hablar, patrimonial –compartir con la comunidad los contenidos de la Imaginación o del Imaginario de la memoria colectiva). Esos contenidos se mantuvieron en la mal llamada literatura oral –no existían las letras todavía- que al depender del los esfuerzos mentales de los individuos, eran modificados y aun rehechos por cada rapsoda, o juglar, por lo que cada cual tenía, debido a las urgencias del momento, improvisar mitemas y mitologemas, o imaginemas o mejor fantasemas (valga el neologismo) de su propia e ingeniosa cosecha, lo cual explica la diversidad de versiones que de cada mito nos ha legado la tradición y la antropología filológica, desde ahora –permítaseme acuñar el término− filantropología. La invención de la escritura y la subsecuente trascripción de los poemas orales de la prehistoria, dio lugar a la literatura de los letrados, los cuales fueron los primeros filólogos.
            Y en aquellos tiempos no existían las especialidades: la poesía y luego la literatura no hacían distinciones entre religión, filosofía o ciencia, y por ello el filólogo de las profundidades también debe serlo de las amplitudes: todos los textos escritos son literatura, y hoy en la Era de las Especializaciones el filantropólogo debe leer analítica y contextual o referencialmente todas las obras puestas por escrito, traten de lo que traten. Tambié los escritos científicos.
            Los primeros textos literarios sólo pueden ser en verdad apreciados si se leen en clave filantropológica. Y Por ahí debríamos empezar.
            No obstante, no haré ningún estudio cronológico del fenómeno poético y literario, porque lo que me interesa no es realmente tal, sino más bien todo lo contrario.
            Hay puntos de conexión filantropológicos en textos que, además de a zeitgeist, representan profundos significados referentes a lo más humano que por, naturaleza, llevamos palpitante todas en nuestro seno antrópico. Y sépase que uso esta última palabra como tecnicismo propio de la cosmología estándar, sobre la que volveré retiradas veces a lo largo de este experimento –o ensayo˗ textual. El Principio Antrópico viene ha decir más o menos algo así: “el universo es como es, porque de no ser así no estaríamos aquí preguntádonos por que el universo es como es en relación con nuestra existencia en el mismo”.
            Porque los cosmólogos saben que estamos aquí por pura chiripa: el Cosmos está tan finamente ajustado con las posibilidades o probabilidades de nuestra aparición en él que parece cosa de milagro.
            Y os milagros no existen.
            O según:

La dimensión mítica de las teorías científicas. Notas para un ensayo poético de teofísica.

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