Un tiro de pedrada contra el tanque
del Aristo me eleva,
indignado, a ser digno, y mala nueva
recibo: que imposible es el desbanque
del número que gana, el Uno, el premio
otra vez, por su coro
elegido, modelo de desdoro
del poder absoluto y de su gremio.
Todo Poder corrompe: al chabacano
el chabacano vota.
Y, borrego elegido, se encapota,
corona y golpes da: se hace tirano.
Pero golpe ni da, tampoco guerra,
excepto las civiles
con su guardia subida hasta ser miles
gloriosus, al laurel de marca, y yerra.
Es gusto de la chusma, que la fama
adora, por indocta.
En meridiana y regia luz pernocta,
por arraigada soñarrasca en cama
de hetaira -en eufemismo dicha tálamo-,
y que es túmulo en vivo,
no en derecho, si pone al santo estribo
la zorra, y saca punta de su cálamo.
Pero el santo no es asno, y no lo monta
la relamida nalga,
y libre por el páramo cabalga
excepcional entre la masa tonta.
El Poder o la fama descerebra
al afamado prócer.
Basa su gloria en aplastar, buldócer,
al que pase del paso de su cebra,
la que tira del carro (como plebe
del “¡Vivan las caenas!”)
del rey absolutista, por las buenas.
Que se lo lleve el diablo, y se la lleve:
Adquiere fe la masa por costumbre
herrada en redundancia.
Tiene delante la verdad y, rancia,
prefiere lo que postra en servidumbre.
Como no me someto al gran Enano
hoy soy un raro tipo.
Pero claro declaro desde el cipo,
mi mojón, que un gusano
el Árbol roe de raíz a fronda,
y caerá el arborícola
trepado, que ha diezmado el fruto agrícola
con su incultivo, y celo de la ronda
anti-excepciones de su policía
que siembra prosa sólo.
Es el organizado protocolo
del Palurdo, que apaga la poesía.
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