martes, 16 de julio de 2019

EL BURRO Y EL FALDERO

Imitatio Fabulae Esópicae  taraves de la mímesis de la misma del Arcipreste de Hita.

(Nota para, especial, mi facebooker's friend Enrique David García-Salcedo.-
Me hace ilusión hacer notar a posibles y generosos lectores interesados que, como hacían los maestros latinos respecto de los griegos, y los del Renacimiento y Barroco, a su vez, de los romanos, toda imitatio se legitima por una combinación de fidelidad y originalidad: esta mímesis, que sólo ha podido ser hecha a partir de la versión de Juan Ruiz, puesto que la de su modelo Esopo no se conserva sino por tradición de imitationes de otros imitatores, que no enumero, ha tratado, desde el principio, de no ser servil, reforzando así el sentido que intentado darle a la fábula: pese a mi admiración del llano estilo castellano coloquial y suelto, juglaresco, del autor medieval, la artificiosidad del mío es rebelión contra el modelo: para empezar, por ejemplo, mi sintaxis, llena sus oraciones de cortes tméticos forzadores de ese tipo de hipérbatos que Lope llamó posposición, así como las referencias cultas e incluso anacrónicas a la Historia de la Ciencia (v.gr.: la anécdota sobre el cardenal Bellarmino, que se negó a mirar por el telescopio de Galileo, aduciendo que lo que el chisme le pudiera mostrar no estaba en Aristóteles, única, para él, Autoridad, en asuntos de Filosófía Natural) u otras. Como por Messenger me indica mi admirada y querida crítica literaria Germaine Ramos Coussins, hispano francesa, como yo, "este tipo de rebeldías, previa elección de modelos tradicionales o antiguos, constituyen la única vanguardia que debería hoy hacerse, en tanto que hacer, por ejemplo, dadá, que sólo aceptaba lo Nuevo como canon estético, no es jucioso: hacer lo Nuevo repititendo lo Viejo es, de hecho, un contrasentido", desde aquí agradezco a mi amiga sus amables palabras. Vale.)

Hubo una vez un burro -narraba el sabio Esopo-
que, hastiado de la carga y el fuete del arriero,
le dio por envidiar la suerte de un faldero
caniche que, pezqueño ouroboros, en copo
níveo, rosca, entre manos, so specie de piropo,
del Ama, un pachá hecho, en ora, y arte -artero-

de carantoña y ósculos, sin dar un palo al agua,
gozaba, y la gran vida, sólo por, tras la vuelta
de, salida, la dueña, recibirla, con delta
de histriónico tropismo o floración, de fragua
dramaturga, de cobas; y el maldito chiguagua
era bendito blanco de zalemas, y suelta

su vida, libre, ociaba; mientras él de trabajos
sufría diarios rallyes, para acabar en cuadra
como cárcel, diezmado. Y, ladra que te ladra
agudo, el estridente proferidor de bajos,
rüines, lamacúlidos gemidos, buenos tajos
y tajadas, jamaba, cogía: -Se desmadra

el pekinés, pensaba, y materna, y sïerva,
la Infanta le es propicia, y a mí nadie me ama,
cuando tengo el derecho al favor de esa dama
que, empero, me desprecia con su esquiva y acerba
conducta, y su mirada de asco me reserva
(víctima yo del rayo de alguna sucia trama

de una Moira Patricia): su tirria a mi burricie
es discrimen injusto, criminal, y la granja
es un lager, y todos, salvo él, en la zanja,
tajo o brecha, judíos: sostén de la molicie
animal de ese Engendro que la tierra en calvicie
deja con la mecánica voraz de su naranja

ambición rojigualda en mixtión.” “Vaya burro
ya hay que ser, desde luego”, Exegeta interpreta
tradicional la fábula del antiguo poeta,
“para decir burrada semejante: yo zurro
también al que, por zote y zoquete y cazurro
y díscolo discípulo u holgazán, por la jeta

no sigue la lección que le imparto maestro
y, reglazo en la mano que te crïó, de hinojos
lo puno, y de asno aurículae imitándae, por rojos
extravíos, la marca le impongo al que, cabestro,
se niega a mi doctrina”. Pero aparece un estro
en mi estudio, de súbito, y, antes en paro, cojos

después, versos empiezan a bailar como alas
ágiles, y una lente ideal mis quevedos
tele/microscopizan y diversos enredos
desenredan, y un canto, como si fuera Palas
misma la que por música de Apolo, por las malas
no, me hiciera verdades ver per lupa, sin pedos

por la napia esnifados, al Trujamán de Esopo
lo retransmoraleja. -Entre tanto pollino
que resignado acepta, sin pensar, su destino,
el prota de ese mithos, raíz del Cronotopo,
no enxiempla, en Bang, al torpe, sino, al de cueva topo
platónica larvario, meta-, de troglo -in vino-

morfosis a psiqué lepidóptera -véritas-
de vuelo superior -ad Ideas- o Alma
de animal con un Ánima que al fin se desenjalma
y desalbarda/arrea de presiones pretéritas
cargantes por hipnosis de Polis beneméritas,
si es tradición que hagan a quien da palma, y palma,

traiciones los Conscripti, si, de líberis, siervos
filialis, hacen. Y, aunque bien cierto es que el jumento
hizo el burro, imitando al cánido, aspaviento
plural desarrollando y escándalo, y protervos
por castigo mil palos se llevó, para cuervos
y büitres quedando carroñoso alimento

casi (por no aceptar el topos que debía,
pues, según determina el Arbitrio Teólogo
del justo Omnipotente, desde el día del Prólogo
Genético al Jüicio, bajo la Jerarquía
dictada por la Cúspide, como por lotería,
le toca al Pobre el Flaco), y en su burro monólogo

decidió hacer el perro, alzándose de patas,
casi largando coces sin querer, dando giros
y al aire lengüetazos que, a la piel, los triunviros,
de la puella señora, como los psicopatas
haciendo, así creyeron, capataces, erratas
de acento conductual desplazando, con tiros

de piedra le endiñaron y Golpes de alto, Estáticos,
que a pique de inlatente, estándin, la patente
registrando en su cuero, con picana…, un sapiente
demostró ser por ansias de en globes aerostáticos
alcanzar de justicia los sueños democráticos.
Y por poco lo dejan sin el último diente.

La lección está clara: su deseo era justo.
Pero no va el Establishment a permitir la obvia
verdad de lo que Debe Ser Moral, y la fobia
a ser libre es forzosa. Y sufrirá un disgusto
el que no se resigne a su sitio ni susto
tenga al cambio del Rol, al que obliga, aun si agobia,

la Ley que dicta el Bueno, de Patrones amigo,
que la única excusa que tiene por las crueles
maldades que a los pobres el Azote en sus pieles
de su Atila les manda -a Stendhal por testigo
pongo-, es que no existe, o no es Dios, y el castigo
no es suyo, sino sólo de sus sacros bedeles

sucedáneos, los Capi-, denantes crataAristos,
talistas hoy -di Maffia-, Kakistos, como Caco,
en verdad desde siempre, artistas del atraco,
con tortura asesinos de rebeldes y Cristos.
Y el Terror de los Hómines a pasarse de listos
noSapientes nos hace, síAsinarii, en bellaco

conformismo postrados, despreciando enseñanzas
alternativas a ese fantasmal diablo, el ego,
que en el narciso lago, sin verse, como ciego
en verdad, ve un reflejo que imagina, y las chanzas
más serias de la críticas no escucha, y esperanzas
no quiere de que huya su alma de talego,

y ladra, en vez de al Jefe Hostil, a quien le enseña
gratuito, o lo desasna, por vocación de profe.
Y al oír su benigno y cándido apostrofe
lo acusa de soberbia por creído en su dueña
posesión absoluta de la verdad, y leña
le intenta dar tozuda, vomitándole el bofe.

El ladrido del burro usual es poco esópico
y aún quizás más ajeno al espíritu de Hita:
lectiva moraleja multiplica esta cita
de sentido y se aleja a tiro telescópico.
No hagas el Bellamino: mira con anti-tópico
desprecio hacia Aristóteles lo que arriba se agita,

y haz caso a Galileo: Júpiter tiene lunas.
Ningún burro hace cosas como las que un mal día
hizo el protagonista de nuestra fantasía
y, si lo hace quiebra, porque son importunas
las conductas excepcio- nales, como locunas
que son, y todo asno, la inmensa mayoría,

en su dolor porfía sumiso y, si hace el perro,
lo hace cuando coces verbales  lanza al Raro
que lo inspira o ajusta, para que vea claro
el yerro de su juicio dictado por el hierro
de la Costumbre, o Norma, vulgar que en el encierro
de su ensimismamiento su visión pone en paro.

Más que una moraleja la fábula desvela
un gran descubrimiento de calado científico:
se ha equivocado Darwin aceptando el mirífico
atisbo de que  el Homo es del Mono secuela.
Lo es del Burro -a rebuznos en vez de voz- que, en vela
creyéndose, se ahoga, roncando en el Pacífico.

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