jueves, 30 de mayo de 2019

PROYECCIÓN DE CULPAS (y Otras Lacras).

Ensayo poético de un estudio psico-antropológico y social del los Chivos Expiatorios (Podemos, Venezuela, Cataluña) como Comentario Introductorio a El médico de su honra, de Calderón.

(*Nota previa: uso, por impedimentos técnicos, asterisco tras paréntesis en lugar de Nota al Pie.)


I. (Exposición)

He vivido con intensidad, y no sólo una vez, el fenómeno psíquico de la Proyección de Culpa, estudiado por Freud y Lacan, pasando por la Gestalt. No me refiero, por supuesto, a ninguna vivencia propia en tanto que Protagonista de la Acción Proyectiva, cosa de la que no podría ser consciente sin ayuda externa, sino, ya no sólo como blanco o diana, o chivo expiatorio, de la psico-peli proyectada, en efecto sobre mí por el causante o dire de la misma, sirviendo este servidor de Vds. como involuntario intérprete del papel de fortuita y especular pantalla escogida al azar para la Ocasión, sino también como objetivo de una agresión previa sobre este sufrido menda por parte del que luego sería proyector de su culpa en su propia víctima, siendo así que en ese momento mi humilde persona era ajena al tema sobre el que me dispongo a ensayar una aventurada hipótesis.
Como no es éste un ensayo dictado por el rencor, no describiré ningún caso clínico en concreto, máxime si exhibo una, al menos, mucho más que mínima vergüenza si confieso en público que no soy psiquiatra ni psicólogo ni psicoanalista profesional, sino un mero y curioso investigador que ha leído cuanto le ha caído en manos, y alguna cosa más, respecto de lo cabría ser englobado dentro del lato y laxo concepto de alma o psique humana, estudio necesario cuando se aspira a filantropólogo, si se me permite el neologismo de cuño propio, o si prefieren el aparente oxímoron: antropólogo de la cultura escrita; pero aun así, lo advierto, voy a echar mano de tecnicismos que de aquel campo provienen, y de algún otro, si bien adaptados a las intenciones de mis torpes entendederas.
(*Verbi gratia: hay tres conceptos psicoanalíticos que aunque terminológicamente no coinciden, según el uso que de ellos hicieron los que los acuñaron como tecnicismos, yo he reorganizado semánticamente aquí, apropiándomelos y haciendo, por ende, un uso impropio o heterodoxo de los mismos: Marx acuñó el termino Superestructura, para referirse a ese brote ideológico -ético, religioso, etc.- que, enraizado en la en la Estructura de la materialidad económica, refleja el social conflicto de la lucha de clases que toda sociedad implica, dando lugar no sólo a la Explotación de los muchos por unos pocos, sino también a la Alienación (su acepción tanto psocoanalítica como marxista) de los Oprimidos; Freud acuñó el término Superego, queriendo referirse con él a esa presencia que integra parte del Inconsciente de la psique humana, y cuyo prestigio (en el sentido, o casi, mágico de la palabra) se nos impone como autoridad juzgadora y moral de nuestra conducta; y Lacan hizo lo propio con el término Gran Otro, entendido como un reticulado simbólico, extraño al orden de las causas físicas, cuya prestigiosa Autoridad inspira casi totalitariamente nuestro comportamiento y personal mentalidad, cuyo Ego preconsciente siempre se halla en íntimo conflicto con Aquella, siendo la única solución de dicha contrariedad el Autoengaño, para eficaz engaño de los otros que, identificados por nosotros con ese Otro, nos someten mediante nuestro miedo a su qué-dirán.
Yo he querido siempre ver, y no soy el único, en esa tríada un trío de vértices interconectados en un triángulo: porque, si bien el Superego, que se pliega la marxiana Superestructura de forma, de nuevo, conflictiva, suele estar, otra vez, en conflicto con el gran Otro, es precisamente esa conflictividad lo que caracteriza la relación entre esas 3 instancias.
Un ejemplo: la Autoridad ética del gran Otro tiende a predicar la pecaminosidad de la promiscuidad sexual pero, en el caso del semicionsciente del Macho, el Superego prestigia la conducta contraria, y en el de la hembra lo contrario a lo dicho. El mujeriego, así pues, está mal visto, pero el Don Juan Arquetípico, más propio de la Fantástica Trascendental de Durand que del Inconsciente Colectivo de Jung, siempre se nos exhibe como ejemplar modelo.)
De modo que inventaré la ficción de un/a paciente comodín que reúna los síntomas característicos del trauma.
Imaginemos una persona que ha sido múltiples veces objeto de nuestra desinteresada generosidad. Viéndola acosada por la necesidad y la postración del abandono, y no con poca frecuencia solicitados por ellas, les hemos hecho una serie de favores y prestado ayuda y dinero que jamás nos ha sido devueltos y que por otra parte no nos esperábamos que así fuera, porque, dada la precariedad de su ruinosa situación, prestábamos dinero y ayuda a fondo perdido. Imaginemos que, viéndonos nosotros en situación más o menos semejante, hemos solicitado su favor, y éste nos ha sido denegado, bien por imposibilidad, bien por su alto grado de dificultad. Hemos resuelto nuestra problemática acudiendo a otros remedios y remediadores, y hemos olvidado la negativa del anterior favorecido. Pues bien:
1) El favorecido en cuestión, a la primera oportunidad se comporta con nosotros deslealmente.
2) El favorecido, que no hace favores ni los devuelve, dado el caso de que se lo solicitemos por gratitud, nos echa en cara nuestra racanería, conferenciando desde su cátedra de ética o sermoneando desde su púlpito que “los favores si se hacen con la intención de que sean devueltos al favorecedor no son favores, sino baja y ruin transacción comercial impropia de un buen amigo” y que esa exigencia de devolución es ajena a sus obligaciones y deberes, porque los favores de los que los favorecedores hayamos hecho prestación a los favorecidos se hicieron so la responsabilidad de una voluntaria decisión que sólo compete al libre albedrío de cada tomador de decisiones.
3) El favorecido acusa al favorecedor de ser, por soberbio y egoísta, asquerosamente ingrato con el don de su amistad traicionada, por estar el acreedor más interesado en la recuperación de su deuda que en la gracia y mercedes de su propia y amigable persona.
4) El favorecido acusa al favorecedor de estar en deuda con el deudor, habida cuenta de tantos favores por él prestados a fondo perdido y sin obvia devolución.
5) El favorecido acusa a su favorecedor de ser una piltrafa humana que, desde el punto de vista moral, ejerce la desvergüenza y desfachatez de imputarle ingratitud a él, el deudor, cuando tanto favor el acreedor le debe.
Y 6) El favorecido acusa a su benefactor de haberse aprovechado de su inocencia.
Corolario: el favorecido acusa al favorecedor de haberle prestado a éste favores llevados a cabo sólo en propio interés y, asimismo, de haberse aprovechado de su -de aquél- generosa amistad desinteresada.
Por supuesto que esta actitud tiene muchos registros y se da en todo el mundo: pero hay serias diferencias, abismales, en el grado de su gravedad y su agudeza.
La culpa pesa, y su carga no se soporta ni aguanta con levedad, por lo que antes de enfrentarnos con el remordimiento que implica, preferimos exonerarnos de su gravamen escupiéndola sobre el vecino, y aún mejor y más eficaz resulta si ese prójimo es el favorecedor con que el favorecido se niega a estar en deuda.
No sé, dado que, lo ha dicho suso, no soy especialista, si fue Freud el primero que llamó a este fenómeno psíquico Proyección. Pero sí sé que el término ha hecho fortuna en el psicoanálisis: se trata de hundir y lastrar en el Subconsciente o en el Ello, o en el Inconsciente, como prefería llamarlo Jung, lo que nunca ha querido ser dolorosa conciencia de Infelix Culpa
(*invirtiendo el sintagma de s. Agustín, cuando hablaba del Pecado Original del que nos redimió Cristo, un trascendente Cordero que quita los Pecados de todo el Mundo, padeciendo el justo castigo en lugar del Pecador -no lo olvidemos-), una culpa que impediría el ápice de narcisismo o amor propio que es inherente a todo ego para su supervivencia -y evitación de síndromes depresivos por falta de autoestima-: un ego, especialmente en el caso que estudiamos, que niega sus defectos con el arte (7º) de verlos, y mirarlos, reflejados en el Otro.
Y escribo este pronombre indefinido con mayúscula por hacer precisamente alusión a Lacan: el lacaniano y marxista Slavoj Zizek (la máquina no me deja colocar los signos diacríticos, ^, sobre la zetas), uno de los filósofos actuales de más enjundia y lucidez de entre los que yo conozco, en su Lacrimae Rerum, una colección de ensayos sobre cine, reflexiona sobre el tema que nos ocupa elevándolo, si no al Inconsciente Colectivo -cosa que yo sí-, a categoría social: si el gran Otro -en terminología del psicoanalista francés-, según las propias y divulgativas palabras del filósofo esloveno, puede entenderse como la trama o urdimbre simbólica a quien sentimos que debemos obedecer como Autoridad, y de ese modo nos exime de la responsabilidad de obrar y pensar libremente, la propensión que se da en este postmoderno presente, propia de una vulgar cultura de masas, a negar toda autoridad que no sea la Propia Opinión, a menudo infundamentada en datos o información contrastables o fidedigna, resulta y desemboca en paradoja: se le acusa al Otro, la Autoridad simbólica
(*yo la llamaré Simbológica, para evitar usos indebidos de conceptos ajenos -e impropios-, puesto que, parafraseo a Durand de nuevo, todo Mito es Símbolo narrativamente desarrollado -e incluso podríamos, siguiendo a Roque Rouger, por inspiración de Hugo de Los, que os presenté en mi Sapere aude raps, Litoral, 2018, llamar Logomítica: la Razón del Mito, del Mito de la Razón, o las razones, en el mejor de los casos, o las excusas, en el peor, que justifican nuestra creencia en el Mito Oficial de la Cultura a la que pertenezcamos, y que funciona para la mayoría y la media aritmética como verdad irrefutable, no-falsable, como calificaba Popper de todas las teoría acientíficas)
de tener la culpa no sólo de no existir, sino de no haber existido nunca.
Así pues, el Fantasma (Dios, o cualquier otro “Gran Relato” ideológico) es el culpable de nuestras insuficiencias.
La cosa no puede ser más necia, desde luego. Pero es lo que hay. En nuestra psique.
Es habitual y estadístico: gran parte de nuestras decisiones está arraigadas en el freudiano y subconsciente Id.
No somos conscientes de que, por ejemplo, cuando votamos, o simpatizamos con una opción política o ideológica, no lo hacemos después de un análisis que nos encauce a un juicio racional fundamentado. Somos del Madrid o del Barça, manque pierdan, o de derechas, centro o izquierdas, o fascistas o demócratas, por lo mismo. Y todo tiene que ver, en última instancia, con la sensación de seguridad que da la Pertenencia a un Grupo. Es algo paleo-antrópico. No tenemos feroces colmillos ni garras, ni veneno ni telarañas, ni camuflaje ni gran velocidad ni gran tamaño ni etc., y el grupo que nos acoge es nuestra protección y defensa, y su unión o cohesión la fuerza de nuestro ataque. La primera educación en la familia nos determina o influye, bien sea siguiendo una herencia ideológica, bien por reacción en contra de una autoridad paternal que nos resultara asfixiante y que, por ello, provocó en su día un ruptura generacional y drástica.
Y lo mismo pasa con otras actitudes vitales. No soy culpable de mis fracasos: lo es la Mala Suerte. O, y aquí tocamos llaga y fondo, una Conspiración Secreta (de Judíos -para los nazis-, de Rojos -para estos y los Capi-, de una Mafiosa Cúpula Capitalista -para los Comunistas-, de ¡Extraterrestres! -incluso-). Del Diablo: del Enemigo.
Y esa es la cuestión: al enemigo se le necesita, primero para que cargue con la Culpa de Todo, y segundo para justificar nuestras malas acciones -nuestra inmoralidad o, en términos sociales, las injusticias que se cometen contra los oprimidos, cosa que cuando los oprimidos se las creen, a consecuencia del Terror a ese Adversario Fantasmal, terminan postrados ante el Ídolo que representa el poder de los gobernantes corruptos y prevaricadores: “…que es cosa fácil para ser creída/ lo que es del engañado deseada.” (Félix Lope, Corona trágica. Cátedra, 2014)
Y, aunque sabemos que los fantasmas no existen sino como alucinaciones, el mecanismo psíquico funciona con igual eficiencia.
La mayoría mediana de la gente, por ejemplo, no le perdona a Podemos una minucia, pero le perdona a la Derecha todos sus delitos y sus crímenes de corrupción, porque el nuevo grupo está proyectivamente demonizado como el gran Culpable de Todo, o es fácil su demonización si se emplean métodos pantuflos de propaganda a la Goebbels, e incluso se usa a una policía ilegalmente (en toda democracia) política para crear pruebas falsas que calumnien a los nuevos opositores.
Pero aquí hay un solo culpable. Que es plural. Cada uno de todos aquellos individuos que proyectan sus miserables faltas en el primer inocente que su pecado mortal elige como víctima propiciatoria.


II. (Conclusión)

La urdimbre simbólica, o sombológica, o logomítica, fue aludida por otro filósofo mayor, me refiero a Cornelius Castoriadis, con las siglas SIS: Significados Imaginarios Sociales. Estos SIS deberían de equivaler al Otro de Lacan -y Zizek- en tanto que todo significado y toda imaginación son fenómenos psíquicos y, en este caso, como que citado, sociales. En torno a ellos, según el pensador heleno, se establece una Clausura en que, puesto que funcionan en su interior como verdades absolutas para la sociedad en que vigen, impide la perversas influencias de los errores de exterior -los bárbaros, los comunistas, o los capitalistas para estos- o las falsedades de los extraños del interior -los judíos. O los podemitas, o la Venezuela de Chávez y Maduro, gran Cabra Expiatoria de Occidente, o los independentistas que quieren extrañarse de la Unidad Española.
Por otra parte, el antropólogo René Girard en sus estudios sobre el concepto de Chivo Expiatorio nos da una lección: cuando alguien no puede protestar o contestar a un Representante legítimo de la Autoridad, que es sagrada como núcleo de la clausura SIStemática de una cultura, suele pagarlo con la primera víctima que le sale al paso en su micromundo, ya que, por ser aquél Alguien un Superior en Jerarquía, no puede contestarle rebelándose, so pena de perder empleo o cualquier otra cosa: así que le da una patada a su perro o maltrata su mujer, que ipso facto pasan ambos a jugar involuntariamente el rol de cordero (de Dios) que quita su pecado de impotencia, frustración o cobardía.
El pequeño (otro) paga. Y cobra. El débil se desahoga con el más débil y, por tanto, indefenso.
Pues bien:
Los partidarios de la Autoridad en Clausura, pese a negar toda autoridad que no provenga de su opinión, dogma enraizado es su más inconsciente pánico a la soledad, consecuencia de la amenaza de exclusión del grupo al que se acoge para sentirse protegido ante las inclemencias e intemperancias de lo extraño, son siempre contrarios de lo novedoso, porque lo nuevo es siempre distinto de aquello a lo que los tiene acostumbrados la Clausura de los SIS. El gran Otro, responsable no reconocido, por su inexistencia oficial, de sus actos, pasa en la diegética cronotópica del drama social logomítico a ser representado por ese parvulus alter. Todo partido nuevo es ajeno, si no representa los SIS del gran Otro, al hábito, o a las costumbres (Mores) internos de la clausura. Y se convierte, ipso facto, en candidato ideal a chivo expiatorio, o cordero del dios inexistente (en tanto que gran Otro).
Es el papel que juega, como susodije, Podemos, por una parte, y los independentistas, por otra, en España, y Venezuela en Occidente, en drama logomítico de los alienados (en ambos sentidos, marxista y freudiano) de sus propios intereses -por la propaganda del Poder-, contra el que no se rebelan por miedo (a lo bueno por conocer) y los hace fans de los Causantes de su mal. Causantes, sí, pero no Responsables, porque en una sociedad democrática el único responsable de las injusticias sociales que el poder ejerza es la mayoría media -aritmética- o mediana, mediatizada mediáticamente, del pueblo votante.
Si, concentrándonos en el plano individual, volvemos al contenido del primer párrafo de este párvulo ensayo alternativo (alternativo a Lo que Suele Haber, por obediencia al Hábito), comprobaremos que todo lo antedicho explica el fenómeno psíquico de la Proyección: en estos tiempos de negación, aunque, en el fondo conflictivamente sumisa, del gran Otro (Dios ha muerto o, según la variación de Lacan: siempre ha estado muerto, pero no lo sabíamos) la infundada Opinión, convertida al Egolatrismo, busca expiaciones en todo Benefactor.


domingo, 26 de mayo de 2019

Filosofía de la Historia


Un ensayo en verso (o experimento de poesía ensayística -o didáctica/dialéctica).

I
            ¿No fue el muchacho Hegel  el primer gran marxista?
¿Por qué al final se puso   senil autoritario?
Pensaba que un Estado,  si no es totalitario,
no vencería nunca   al Mal capitalista:
            pensaba que a las masas   les falta la conciencia
de razón y derecho   de libertad humanos,
y partidarias siempre    de egoístas  tiranos
del Capital serían   en indigna anüencia.
            Y ¿¡tomar por modelo   la monarquía autócrata
prusiana de la síntesis   de su genial sistema
dialéctico político   no fue una idea mema!?
Es que el pueblo por regla   general no es demócrata.

II
            En Rusia los kulakes  y los pobres mujikes
amaban a su “padre-   cito Zar” y a sus terra-
tenientes. (Y a los justos   ˗que de su vida perra
querían liberarlos,   los diablos bolcheviques˗
            odiaban,  asustados   por órdenes de popes
˗tentáculos de púlpito   del Crátor y su Cratos˗;
y frente a todo Cristo   se pasmaban Pilatos,
si revolucionario,   y, míseros, e inopes.)
            Y los, entonces, bienin-   tencionados, por fuerza
quisieron imponerle   al Pueblo un Paraíso
y, contra el Oro armados,  lo hicieron más sumiso
y pobre, que el Poder   corrompe a quien lo ejerza,
            porque social la revo-   lución que  cambia al mundo
al revolucionario    cambia  también (Sapkowski
lo dice)  y su gobierno,   en nombre de otro Dios/Qui-        
mera/Atea, copia   Celoso y Furibundo
            al de los etnocidios   de mujeres y niños
canaaneos y hombres   (e infieles israelitas),
por cuya gracia el Zar,   según archimandritas
reinaba, en amenaza    de partirles los piños.


III
            Si, utópica anarquista,   pensó siempre mi musa
que el Estado era fuente   de los peores crímenes
sociales de la Historia,   y todos sus regímenes
presentes rasa dieta   dictada por los Usa
            para guardar la línea   en que consiste el flaco
a cambio de forzado   trabajo en sus infiernos,
hoy pienso que lo único   que puede protegernos
del Capi es el Estado,   tal Hércules de Caco.         
            Karl Marx ya lo pensaba:   al final no habrá Estado,
cuando lleguemos a la   sociedad comunista;
pero antes los parias   de la más negra lista,
los sans-culots que él quiso   llamar proletariado
            necesitan política   la unión  que hace la fuerza:
otro ˗esta vez˗ triunfante    Leviatán que al Magog y
Gog del gran Capital   se oponga y deje grogui       
al Ajab de la Empresa   y lo ahogue y retuerza.
            Pero esa Moby Dick,   monstrüosa Marina,
se volvió contra el sueño   de Marx hacia el de Hobbes.
Y al prole sansculotte   le dio su medicina
propia de palo aún más que a   70 santos jobs.
            Y perdió la batalla  tal Satán por desgaste
del esfuerzo económico  de aquella Unión Soviética
por empatar con Usa  y, gorbachova y ética,
mandó las estructuras   de su esqueleto al traste.     


IIII
            Y llega ya la guerra    mundial, que es la Segunda
inversa en las finanzas,    con disfraz de Tercera.
O la Fría on the rocks. O   la Primera, que era
y es la misma, la clásica   de siempre, nauseabunda
            por empacho execrable   de la misma bazofia,
aunque ahora las balas   reculan y son de Oro,
con que nos sangran, Público,   sin el menor decoro
a las víctimas pobres   en manos de la bofia
            bankaria, inquisitoria   de todo disidente
que pretenda salvarnos   miserable el bolsillo.
Y como tontos todos   aceptamos el grillo,
el alma dada al Alien,   postrada, indiferente          
            a tanto menoscabo   y más cabo de horca
estrangulando panzas   por mano del pudiente
que nos nutre con sólo   su patata caliente.
Si es que no nos fusila   un día, como a Lorca.

V
            Parece que la historia   da razón al Maestro
en los tiempos que corren   y así lo ratifica
este dócil afán   de un pueblo que, cabestro,
se empecina en defensa   del patrón que le pica
como un mosquito infecto   con la pica o la fusta,
o la injusta jeringa,   que nos jeringa injusta,
por mucho que yo mismo,   cuando me defenestro
el corazón suicida   sin rayo que lo alumbre,            
quiera olvidar la suerte   del pobre en servidumbre
que su suerte se gana   por mérito cobarde
inconsciente y que, encima,   chulesco por costumbre
tele-deutero-física,   presumiendo, en alarde
de superioridad    intelectual  y farde,
me cree enloquecido,   y yo en su ufana gloria
no lo dejo, y la causa   de querer a esa escoria
salvar de su ignominia     execrable, salvar de
su catetez a amantes   de su propio verdugo,
que en realidad a mí   me importan un comino,
es que, si no defiendo   sus derechos, tampoco
defenderé los míos,   y aguantar ese yugo
que a él le gusta no quiero,   que yo no soy el loco
aquí, pero si sí   no, al menos, tan cretino.
           
VI
            Por los campos diezmados   se extienden lo sumisos
y en aquella concentra-   ción de mansos borregos
brota un voz que hiere   sus almas y sus egos
que les invita a ya    dejar de ser narcisos
que sólo piensan en el   bienestar que les queda,
y al grito soberano   de sálvese quien pueda
desprecian compromisos   y permanecen ciegos
bajo el toque de queda   en que viven masocas,
adorando a su sados   que alejan de sus bocas
el pan y la expresión  y la responsabili-
dad que da querer libres   ser, y no medio gili-
puertas, no giratorias.   Por lo campos de esclavos
consentidos se extiende   un rebaño de cabras
a la inmolación, locas,   y me sacan de quicio
que no vean razones   en mis claras palabras;
y se entreguen gallinas,  y presuman por pavos,
porque están muy contentas   de prestar el servicio
que deben a la patria   que oficia el sacrificio
de su carne en el ara   para salvar la curia
anárquica de bankos    usureros foráneos, 
y ¡se llaman patriotas!   Y me llenan de furia
y me llenan de ganas   de partirles lo cráneos.
            Pero yo qué les hago:   los apoyo y defiendo
apoyándome y defen-   diéndome a mí yo mismo.
            Y cuando participen   de nuestro dividendo,
si es que no nos extingue   la vida su cinismo,
no darán ni las gracias   y seguirán rïendo
de los que la fin logramos   el democomunismo.

sábado, 25 de mayo de 2019

ÉPICAS

Cuando llegué a la lectura pública, después de tanto tiempo sin contacto personal con tantos poéticos colegas y, sin embargo, amigos, me llevé una enana, por esperada -valga el oxímoron- sorpresa (que al final ha resultado ser -valga el mal chiste, basado en tan gastado y fácil calambur-) una monja liberta:
−Sabes lo que me ha pasado, ¿no, verdad?
−Y cómo no lo voy a saber, si lo cuentas todo en facebook.
Y no sé si había un deje de ironía en la respuesta, aunque mucho me temo que sí.
Porque si el pudor referente al lucimiento de los cuerpos mengua más cada día , no ocurre lo mismo cuando se trata de pornografía de las intimidades privadas -de salud (valga la dilogía)  también, como es ahora mi caso, tanto física como doméstica-.
Parece que la gente sigue sintiendo una suerte mala de temor a la vergüenza pública, cosa que no termino yo de comprender ni compartir -habida cuenta de comparto y cuento cuanto -valgan la aliteración y la paronomasia- me pasa o siento –valga la rima- sin ninguna –valga la elipsis-: hace tiempo que dejó de importarme lo que de mi se diga, porque está bien que se hable de uno, aunque sea mal, que es gaje de todo oficio, u ocio (valga la antítesis),  público como es el de poeta, si se da el frecuente caso de que se trate de un poeta que tenga un sano interés en publicar sus textos.
De hecho, no en vano he obscenamente hecho público aquí, durante el último año de mis aventuras y desventuras -valga la polípotes-, todas la venturas (egeas también –valga la autorreferencia literaria) que han tenido la dudosa amabilidad de hacer mi experiencia vital más interesante: acaecimientos y emprendeduras, acciones y pasiones, mercedes y desdichas, de esta mi iniciación en el período jubilar.
La pudibundez suso aludida, empero, no me parece propia -digna sí- de poetas líricos: en la párvula escuela se acostumbraba a definir Lírica como ese subgénero que se caracteriza por la expresión de los sentimientos del autor, bien que yo modificaría la definición matizándola: por la revelación, por parte del autor, de un mundo propio, personal y subjetivo.
Dijo una vez el gran crítico y lector, y sobre todo poeta, Álvaro García, que “Fortuny se caracteriza por ser un poeta que, más que contar su vida, cuenta CON su vida”; queriendo con ello referirse a todo lo relacionado con la siempre tan de moda y exitosa Poesía de la Experiencia -de la que siempre he sido amistoso y suave detractor- mal entendida como escritura de textos en los que escritor cuenta sus experiencias.
Para empezar, mi vida siempre estuvo tan despoblada de experiencias interesantes y significativas que convertirlas en tema de mi obra poética, dado el esplendor su inexistencia, me parecía poco menos que pura hipocresía y, por lo demás, ése era mi más ferozmente dulce -valga el una vez más el oxímoron- juicio crítico sobre dicha poética y dichos consecuentes poemas que a mí poco me dejaban dicho tras su lectura: qué clavo me pueden importal e interesar a mí las vivencias de un vecino que son tan desinteresantes -valga el neologismo- como mismamente este su libre y distinguido servidor (valgan los oxímoros de nuevo)..
Y más de una vez tuve que dar en hacerle caer -valga la reiteración enfática de infinitivos (valga, otra vez, la aliteración)- en la cuenta a más de uno de que podíamos hablar de experiencias extraordinarias interesantísimas que sí merecían, ya no sólo un poemita lírico, sino un largo Cántico (espiritual) o, más difícil todavía, unaaún más luenga epopeya.
Como no quiero -hoy- hablar de mística, sin duda la más interesante experiencia que se pueda experimentar -valga la derivación-, hablaré, nihil obstante -valga el inquisitorio semicultismo-, de Hazañas Bélicas.
No voy a referirme, empero, a las fantasías de las épicas antiguas y medievales (Homero, Virgilio; Roland, Nibelungenlied, Beowulf), ni magüer sean de corte y tono realista (Farsalia, Mio Cid): voy a concentrarme, en principio, en las que narran realidades experimentadas y vividas, en las canciones de gesta que están basadas en vividas y reales experiencias propias del poeta.
Se suele repetir en manuales, diccionarios, enciclopedias e Historias de la Literatura que la Araucana de nuestro inconsiderado -valga la cita gongorina- Alonso de Ercilla, tan respetado por sus contemporáneos, y muy leído en su tiempo, es un poema pesado de leer, y de ahí su escasa perdurabilidad ente los Hit(os) Parades de nuestro Canon Literario. Yo, aunque confieso que no he conseguido todavía leérmela enterita, apunto y subrayo que no ha sido en ningún momento por la onerosidad de su big puddendum, sino porque la sensibilidad hiperestésica del oído musical que me dio, sin mérito ninguno por mi parte, la madre Naturaleza, sufría la rechinante dentera auricular de sus con no poca frecuencia rengos endecasílabos de 12 sílabas; que, además, muchos de ellos no se podían explicar por el uso, voluntario o licencioso, de iniciales sílabas en anacrusis, que se desprecian, si son escasas -en tanto consideremos que todo período métrico empieza con el primer acento prosódico. Cosa que igualmente me ocurría con la tan -si no me falla la memoria (correcciones admito -valga el hipérbaton-)- por Cervantes denostada versión que Jerónimo de Urrea hiciera del Orlando Furioso, pero que tanto en el original italiano como en el de Sátiras -que son epístolas- del Ariosto se usan con la bieninencionanada habilidad del tan digno Maestro.
Pero la Araucana, si nos concentranos en su argumento y desarrollo de la trama, a mí no se me hace más cargante que ese mismo Orlando ya citado, aunque sean ambos poemas mucho más gravosos que la liviana y alada Os Lusiadas del más grande poeta épico del moderno Occidente, Luis de Camoens. Otro que tuvo experiencial parte directa en los hechos y fazañas –valga el arcaísmo- que nos cuenta en su grandiosa epopeya.
Y es que es eso lo que estos dos enormes épicos, el luso más que el nuestro, son: poetas de la experiencia, de su experiencia, una experiencia que, por lo inusitada e inhabitual para la gente de a pie, nosotros los normales, los que hace interesantes.
Pero que un normalito le cuente a otro más normal todavía sus normales -y ¡normativas!- peripecias, que no suponen ni Crisis (griega voz que significa) ni Cambio alguno -valga la indefinitoria paradoja- en el decurso de una vivencia biográfica es, aparte de un imperial mega-tueste, indigna de toda grafía.
Recordemos, ítem más, que en el Áureo Siglo la épica en castellano dio sus, no por hoy olvidados, menos memorables frutos: ahí están los Orlandos, o Angélicas (basado/a el/la 1º/ª, según propia confesión del autor, más en el Innamorato del Boiardo) de Barahona, y el de don Félix (id supra en el del Ariosto); el maravilloso Bernardo de Valbuena, que tomó el tema -valga la paronomasia- del ciclo de romances sobre Del Carpio, que debería ser nuestro héroe nacional; esa especie de paradójica eopopeya pacifista, la Cristiada, de Hojeda, miltonada avant-la-lettre, sobre todo en relación con al Paraíso Recobrado más que el Lost; el poema sobre Hernán Cortés del mejicano Francisco de Terrazas, del que no digo nada por no poder haberlo leído, dado que según me dijo el asimismo poeta mejicano Emilio Pacheco, no se edita desde 1958;  y, por fin,  las parodias: no sólo la Gatomaquia, del Fénix (también), sino ese prodigio de ejecución, talento y humor crítico que es la Mosquea del inmenso Villaviciosa; o la Austriada del apotegmático Rufo:  que alzaron (todos ellos, españoles y modelos italianos) la octava real a una altura propia del hexámetro clásico grecorromano y que, recordémoslo y no lo tiremos a la basura del olvido y la descalificación, por no decir analfabéticamante lectora, digamos sólo que papagayamente ágrafa, llega hasta el XIX con lucido empaque debido al trabajo de los Dorados épicos.
Y entonces veremos la luz.
Aunque sea la de Lucifer, el Lucero del Alba.
Que podemos.
Porque entonces comprenderemos por qué, en mitad del Diablo Mundo y sin venir a cuento, sino sólo para desahogo de su corazón, Espronceda incrustó las reales octavas de ese Hito de nuestro Canon que es su “Canto a Teresa”. No hace falta conocer la crisis biográfica en todo detalle, aunque para ello podamos acudir a Teresa, de la Chacel, para notar que el gran poeta quiso dar una dimensión épica, no a su vida, sino a la vida de la verdadera heroína del Canto: una mujer que, en aquellos tiempos de mojigatería farisea y de corsé mental, tuvo las gónadas de acometer un periplo odiseico, dando la batalla a las monstruosas convenciones de su tiempo: se fue, por amor, con el poeta, dejándolo todo por él: marido, hijos (sic en Espronceda, aunque no tuviera, al parecer, más que uno de su legítimo esposo), familia, amistades, reputación, para acabar, cómo no, la cosa como el gallo de Morón y luego en normalizada muerte trágica: "Que haya un cadáver má, ¿qué importa al mundo?"
Si ahora nos parece, y lo es, una woman symbol del mejor de los feminismos libertarios y románticos, a la gente de su época sólo les pareció una zorra normal que estaba como una anormal cabra (o una Cabrona, de Cabrón, o Macho Cabrío, en griego clásico: Tragos, y de ahí: tragedia). 
Por otro lado, poco después sería Núñez de Arce quien en su "Última Lamentación de Lord Byron", usaría la experiencia del poeta romántico británico por excelencia cuando se metió con medios propios en la Guerra de (eleuteria) Liberación de Grecia, tierra de los antiguos dioses paganos de la naturaleza, contra el monoteísmo trascendente y sobrenatural de los brutales opresores turcos.
Y se acabó la épica hispánica, y sobre todo la épica de la experiencia, a no ser que metamos con calzador el Cántico cósmico del democomunista franciscano y místico Ernesto Cardenal, héroe sandinista contra las dictaduras somocianas conchabadas con los eviternos invasores gringos.
Pero cuando uno se ha vuelto un tanto cabra y teresiano al final de una vida de protocolo y trabajo sin experiencias hazañosas que contar, es normal que ese ser normal se lo cuente a los normales seres, por cuanto la anormalidad de sus magnánima aventura y sus circunstancias le han dado bío-tema para una micro-epopeya personal, que espero irrepetible.





domingo, 12 de mayo de 2019

Epístola ditirámbica a la santa proletaria (A IPM.)

"Señor, ya me quitaste lo que yo más quería./ Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor, con tra la mía./ya estamos solos mi corazón y el mar." (Machado.)
carpe diem, quam minimum credula postero. (Horacio.)
"No he de callar, por más que con el dedo,/ señalando la boca o ya la frente,/ silencio avises o amenaces miedo." (Quevedo.)

Me echaste tantas veces del hogar, de tu hogar,
que una vez te hice caso y me marché. Si he vuelto
es porque tu bondad libremente ha resuelto
cuidar de mi salud maltratada, y del mar
            -como aquel de Machado, cuando, muerta su Lálage
única y horaciana, un rebelde reproche
lanzaba contra Dios con su barroca hipálage
que hablaba de, marítimo, su corazón (de noche
            el mío) por luctuosa soledad- liberarme.
Lo sabes: no soy sabio cotidiano en la práctica
de la vida intendente, porque solo un adarme
de cerebro me orienta estratega en la táctica
            para "bellum" prosaica de las necesidades
que hay que hacer en la paz. Yo sé que te critica
la gente por sacarme, Euridicio, del Hades
sin mirar nunca atrás, mi Orfea, que es de rica
            Plutonia sierva, ella, severa de inclemencias
sin templanza jovianas, y nunca sufrió dura
y enemiga miseria: no tuvo reverencias
que hacerle, proletaria, ante su dictadura,
            como tú, con más mérito, tampoco: con el dedo
inquisidor los crátores me señalan el cráter,
como pena, de Empédocles, y a frente, de Quevedo
ejerciendo, lo alzan, pre-jueces, en adláter
            complicidad con socios importantes. Con cráteras
repletas de saludes y de santas compañas
brindan al por mayor pudiente al sol, y páteras
fenicias, más caliente, le ofician, las Españas
            gloriosas celebrando de aquel sin noche Imperio
que las llevó a la ruina,  haciéndoles la hacienda
Párvula, a ellas Una, y Siervo de un Tiberio
y un Pilato a su pueblo, hecho un Cristo; y que el menda
            servidor por rebelde rechazó, siempre crítico
con autores de crisis que les valen ganancias,
pero a los pobres, pérdidas, como a tí, y paralítico
su intelecto y su juicio, por hipnosis de mancias
            religiosas, por tele, a la fuerte fortuna
le deja que el testuz testarudo le coma
su monstruo capital, dormitando en la Luna,
creyéndose discípulos de don Yllán, en Roma
            ya papas infalibles, con su Guardia Süiza
para bankos que, pobres, siempre en números rojos
tendrán: si no es opima de verdad, ¿porque briza
su cuna la invisible mano de Smith, y antojos
            la embarazan de ínfulas de culto a su Excelencia
que no es tal? A esa gente, mi amor, no le hagas caso:
tu estás haciendo el Bien Común, con tu paciencia
conmigo ahora, Excelsa genuina, mi fracaso
            comprendiendo, y terrible su final consecuencia,
por siempre solidaria con el paria, que un paso
malo, en mi caso, dio. Y el vulgo que sentencia
solemne mi cadena perpetua duerma al raso
en la propia Siberia lunar de su valencia.
            Yo sé, corazón mío, lo que, en verdad, te mueve:
Amor que, agradecido, te devuelvo, y aguanta
la carga de este Cosmos y, por ti, me levanta.
Firma: Fortuny (mayo de 2019).

miércoles, 8 de mayo de 2019

FILOSOFÍA DE LA MÚSICA COMO MARCO DE LA ESCRITURA LITERARIA



No sé si a ustedes les habrá pasado alguna vez, pero yo imagino que sí, puesto que a mí me pasa con frecuencia, y entiendo que, cuando se trata de cosas que no tienen explicación inmediata, quiero decir explicación lógica o, al menos, de sentido común, es porque, paradójicamente, se trata de algo muy común. Me refiero al hecho de que la música conmueve. A veces, cuando estoy sólo, sin nadie delante, o detrás, que pueda hacerme sentir avergonzado de mi actitud poco mundana, poco convencional, poco respetuosa con la norma social, esa que dice no ser de buen gusto mostrar públicamente intimidades, tanto corporales como anímicas, refugiado del mundanal ruido acaso en el cuarto de baño, pero también, en mi caso con mucha frecuencia, en el coche, cuando voy conduciendo, sin copiloto ni pasajeros, con el estéreo puesto…; a veces, digo, de improviso, me descubro llorando, emocionado hasta grados vergonzosos, porque un fragmento musical de alguna de esas piezas que yo suelo oír en el baño, en el coche o en mi estudio, me ha sorprendido indefenso, pensando en otra cosa, sin haber levantado, por falta de tiempo de reacción, las pudorosas defensas que permiten el autocontrol de las emociones, o de su impudibunda manifestación externa.
Pero lo curioso de todo esto es que a mí esto me pasa con cosas que, observadas en frío, valga la tautología, no expresan nada de lo que habitualmente consideramos emotivo.
Quiero decir que es normal que uno llore cuando le cuentan una historia triste, y que ría cuando le cuentan un chiste o una historia chistosa o divertida, y, en general, que uno se emocione, llore, ría, se contriste, se alegre o, meramente, se indigne cuando ve un telediario.
Pero, al menos desde un punto de vista racional, parece menos normal que uno se deje emocionar por un solo de violín de Paganini o Sarasate, con un cuarteto de Haydn o con un fragmento de un poema sinfónico de Smetana. O con algunas otras cosas más selectas aún o de más pachanga, pues reconozco que mis gustos musicales están determinados por mi autodidactismo, por lo que pueden ser, mucho me lo temo, los gustos malos, o el mal gusto, de un mal educado musical.
Sin embargo, dada mi facilidad para otro tipo de música, la del verso, tengo una absoluta confianza en las intuiciones de mi oído, y sé que cuando el río suena, agua lleva: y si el río lo conforman mis ojos, valga la cursilaría de esta manida metáfora cortés, es que las cuerdas de los violines han movido algo dentro de mí.
Eso es lo raro, lo llamativo: la música emociona. E insisto: llamativo desde un punto de vista fríamente racional. Porque aunque es cierto que el corazón tiene razones que la razón no conoce, no deja de ser la razón esa especie de maestra sabia a quien el ignorante corazón dirige sus preguntas. Pues la curiosidad, que es madre de la sabiduría, es, antes que nada, un sentimiento producido en las almas sensibles ante la conciencia de su propia ignorancia.
Por eso mis facultades emotivas, reflexionando sobre el sentido de su existencia dentro de mí, le preguntan a la maestra: ¿cómo es que algo que no significa nada, ni representa nada que pueda ser percibido por la conciencia como imagen de algo ocurrido en el mundo o en la naturaleza, cómo es posible que unos sonidos puestos unos en determinada relación con otros, sean capaces de producir en mí emociones parecidas a las que siento cuando por ejemplo una hermosa dama ha tiempo perseguida rinde sus encantos ante mi seducción, o cuando mi hija hace alguna de esas cosas que nos suelen emocionar a los padres? O también: ¿cómo es posible que unas ondas sonoras, vibraciones del aire, ordenadas en cierta forma, sean capaces de suscitar en mí lo mismo que una novela, un drama o una poesía.
Y digo bien: lo mismo que la literatura. Tradicionalmente se ha considerado que la literartura, en tanto que arte de escribir, persigue lo mismo que la filosofía, esto es, las ideas, sólo que en vez de por su virtud de representación del mundo y su capacidad de captación de la verdad, por su virtud de producir en nosotros la emoción o las emociones que las ideas filosóficas, dada la frialdad racional de su exposición, no suelen producir. Así, los recursos de la literatura son otros, puesto que otros son sus objetivos: si los filósofos persiguen la verdad pura y dura, los poetas perseguimos la verdad impura y blanda: antes que la verdad expuesta con frialdad y distancia, nos interasa la verdad expuesta con calentura y aproximación, de tal manera que lo que se pierde en claridad se gane en implicación del lector en los fenómenos evocados, que lo que se pierde en precisión se gane en conmoción.
Conmover al lector ante las verdades que descubre el pensamiento o la conciencia, emocionarlo solidariamente con lo evocado: tal vez esto nos podría aventurar hacia una definición de la poesía y la literatura como una síntesis de filosofía y música. Pero no adelantemos conclusiones.
Lo cierto es que desde el docere et delectare horaciano lo anterior queda insinuado; el docere tiene que ver con la sabiduría del docto, el sabio, el filósofo, y el delectare con la música que, al ser un arte asemántico, no significativo, sólo puede cumplir la función de deleitar nuestros oídos. Deleite que es en sí una emoción, una conmoción, una moción, porque todo placer implica un movimiento de nuestra sensibilidad.
Pero deleites haylos de muchos tipos: nos gusta sentir cosas muy diversas. Nos gusta sentir alegría, nos gusta reírnos, pero también nos gusta sentir, quizá no tristeza, pero sí lástima ante algo que merecía haber sido de otro modo, y esa lástima, solidaria con quien haya sufrido el injusto percance, es una manera de reparar la carencia de alegría que todos merecemos, o deberíamos merecer.
Por ello nos gustan y deleitan las historias que nos hacen reír, típicas de la comedia, pero también las que nos hacen llorar, típicas del drama, e incluso, como Aristóteles quería, las que nos aterrorizan, como la tragedia.
Todo esto viene a cuento de lo siguiente: la literatura nos conmueve informándonos de una significación emotiva, pero la música nos conmueve sin trasmitirnos significación alguna. Y esto es síntoma de una misteriosa afinidad.
No obstante lo dicho, nada de todo esto debería resultarnos extraño a poco que repasemos las historia de la música y de la poesía, o la literatura, que es la poesía puesta en letras.
Si remontamos la corriente de la historia hasta sus fuentes míticas, tendremos que evocar a Orfeo. El primer poeta -no el primer escritor, porque por entonces mucho me temo que no se había inventado aún la escritura-, es decir, el primero de los poetas, el poeta primordial, fue también el primer músico. Cosa natural si se recuerda que la música instrumental, sin voces humanas, es un invento tardío, contemporáneo de la invención, o reinvención de la ciencia, allá por el siglo XVII de nuestra era, y antes de esa emancipación de la música instrumental respecto del canto, la música siempre fue servidora humilde de la voz y la palabra. De hecho la voz música proviene de Musa, que, como saben, era el espíritu divino que inspiraba a los poetas y, por tanto, a los músicos, que eran los mismos.
Y no deja de ser interesante recordar que los cultos órficos estaban asociados a Apolo, pero también a Dionisos, a quienes, respectivamente se les asoció un tipo distinto de música: a Apolo la cítara o la lira, instrumento de cuerda que permite la primacía de la voz y la palabra; a Dionisos la flauta, relacionada con la siringa de caña de Pan, el dios salvaje, instrumentos que no permitían el canto del ejecutante, por lo que el clasicismo griego acabó por considerarlo inferior, dada la tendencia del clasicismo al orden geométrico y al equilibrio, a la razón, en griego logos, palabra que en griego también significó palabra: la razón siempre estuvo asociada al lenguaje en tanto que herramienta de la significación, y eso excluía a la siringa o la flauta del ámbito de las signifiaciones lógicas: ya Nietzsche, recordémoslo también, habló en Los orígenes de la tragedia de la eterna oposición complementaria de los espírituas apolíneo y dionisíaco, siendo las artes plásticas (y la propia filosofía) propias del primero, y la música, propias del segundo. Dionisos, en tanto que personificación de la vida y el vitalismo, en tanto que personificación de la fuerza del instinto, es un dios oscuro, confuso, caótico, un dios de las pasiones desordenadas: era normal que de su liturgia surgiera la tragedia. El arte asemántico de la música instrumental, todavía no inventado, le era, pues, según Nietzsche, connatural, puesto que la música no es arte lógico, verbal, ni geométrico, plástico, representativo.
Hay, como se ve, una contradicción tenue en el asunto. Aunque tal contradicción no está tanto en el filósofo alemán como en la propia metafísica de la música. En efecto, el misterio de la música, su hechizo irracional, explica sus usos mágicos primitivos, y nada más opuesto al espíritu racional que la magia. De hecho la música, ciertas fórmulas musicales, se usaron, como los conjuros, fórmulas poéticas, para sanar, invocar la lluvia o impedir las inundaciones, evocar a los espíritus de los muertos, o a aquellos otros que representaban fuerzas naturales que se pretendía controlar. Se usaba también para calmar la voracidad de los predadores, de ahí el adagio: la música amansa a las fieras.
Pero lo cortés no quita lo valiente, y todo está relacionado en este mundo de Dios: en seguida, ese encanto de la música le sirvió a uno de los primeros filósofos que en el mundo han sido para inventar o descubrir (o importar de no se sabe dónde) la disciplina científica racional por excelecia y antonomasia: la Matemática. Pitágoras estaba fascinado con el fenómeno de las correspondencias numéricas que hallaba entre las cuerdas de la cítara o la lira y el orden (cosmos en griego) de los astros en el cielo nocturno, por lo que inventó esa maravillosa y fértil metáfora de la Música de las Esferas: una música que no se oye con el oído sino con la mente, con la razón. Y lo curioso es que este paso de la música como magia a la música como matemática ilustra magistralmente el paso histórico del Mito al Logos indicando, contrariamente a lo que tantas veces se cree, que el encanto, la magia del cosmos no se pierde con su racionalización, sino que sólo se reformula, pues Pitágoras veía en la matemática más un método de éxtasis místico panteísta, conseguido mediante la contemplación de los fundamentos inmateriales, numéricos, de Todo, que un método de dominio tecnológico de la materia.
Y de ahí al Idealismo de Platón hay sólo un paso. Platón recomendaba la música como método educativo básico, porque tal ejercicio entrenaba al estudiante en la contemplación mental de los entes matemáticos con que la música se constituye, próximos a las Ideas arquetípicas y perfectas de su sistema, que el filósofo asociaba a la perfecta regularidad de las figuras geométricas, nunca visibles en el mundo sublunar de la materia, donde nada, ni los polígonos son perfectos, sino lleneos de muescas y otras imperfecciones.
También, más tarde, el filósofo Boecio, habló de una música mundana, de la que la música perceptible por los oídos era sólo una torpe e imperfecta reproducción. Esa música mundana, del mundo, del universo, esa música cósmica era el sostén divino del orden natural, el cimiento en que se sutentaba este edificio, este “templo” diría más tarde Fray Luis siguiendo esta línea filosófica, que el Gran Arquitecto, Dios, también Gran Músico, director de la orquesta de los planetas y astros, había construido a fin de ser adorado por los fascinados, por los encantados por su Arte Creador.
Incluso Leibniz definió mucho más tarde la música como “matemática que el intelecto no especifica” si se me permite una muy libre traducción.
Y más ejemplos de este tipo podrían citarse, si no fueran ya suficientes como para hacernos ver con diafanidad esa contradicción de la que antes hablaba: la música, arte asemántico, pero matemático, por excelencia, es un arte eminentemente emotivo. Lo que es lo mismo que decir que la fría razón es caliente cuando se manifiesta como música. Sin embargo, todos estos filósofos traídos a colación no vieron en todo esto contradiccion alguna. Es obvio que la música no imita a la naturaleza tal como es percibida por los sentidos, como Aristóteles quiso que fuera todo arte, si no que la imita en sus fundamentos ideales, tal como Platón hubiera querido, en sus claves pitagóricas, mágico-matemáticas, podríamos decir, en sus bases ontológicas, nouménicas, sólo captables por la mente. De lo que se deduce que la música nos emociona no porque imite cosas reales que también nos emocionan cuando las percibimos y sentimos, sino porque hace mímesis de los fundamentos matemáticos de éstas. Y eso es fascinante, encantador, mágico (tres vocablos sinónimos) para las mentes de estos filósofos que así pensaban, sólo que para ellos fascinación o encanto no significaban superchería, sino llanamente maravilla. Después de todo, uno siempre es libre de elegir entre sentise fascinado, encantado ante la maravilla del Todo, o sentirse amargado por las carencias e imperfecciones de la vida. Allá cada cual. Pero ambas cosas, la maravilla y el terror, son dos caras de la misma moneda, por lo que las dos visiones son, aunque contrarias, complementarias. Una mente que aspire a la Verdad tiene que ser capaz de ver las dos cosas, o siempre tendrá una visión parcial de la misma.
Románticos, simbolistas, modernistas estuvieron todos de acuerdo con esto: la música, el ritmo, la armonía tuvo para todos ellos una significación ontológica. Y sólo esos dos inventos modernos, el realismo y la vanguardia, han podido ponerlo en entredicho.
Así nos va.
Pero una mentalidad moderna como la nuestra, dicen, educada en el racionalismo y la ciencia y sus consecuencias tecnológicas no puede, dicen, pensar así. Todas esas filosofías se han quedado aniguas, dicen. De modo que la emotividad de la música se queda sin explicación.
Sin embargo, yo creo que es la mentalidad moderna la que está equivocada, y que la emotividad de la música si tiene explicación, y una explicación que se parece mucho a las de los filósofos mencionados.
Permítaseme la aparente digresión que sigue: voy a hablarles de la Teoría de Supercuerdas.
La ciencia tradicional, me refiero a la que empezó no con Pitágoras, Arquímedes o Euclides, sino la que empezó con Galilei, Kepler y Newton, esa que llaman clásica, basándose en ideas de la ciencia o la filosofía clásica, de Demócrito y Leucipo en concreto, quiso explicar el total de la realidad por interacciones de partículas indivisibles, que los griegos llamaron átomos, y que no eran otra cosa que, por definición, partecillas, cachos mínimos de materia, no fragmentables, no tanto porque fueran superduros como porque no existía un tamaño menor en que poder fragmentarse.
Esta idea fue muy fecunda y sirvió para explicar miles de fenómenos físicos, hasta tal punto que a finales de XIX se pensó que la ciencia estaba entonces a punto de descubrirlo todo, de tener una explicación para todos los misterios de la Naturaleza. No obstante, las parcelillas que quedaban por explicar en aquellos gloriosos tiempos resultaron ser más duras de roer que el resto de lo hasta entonces descubierto y explicado. Rutherford descubrió primero que los átomos no eran el tipo de cosa más pequeña que existía, porque no eran simples, sino compuestos: dentro de ellos había otras cosas más pequeñas y por tanto más simples aún: los núcleos. Luego se sabría que los núcleos tampoco eran lo más pequeño, ni lo más simple, porque eran también compuestos, divisibles. Y mucho después se descubrió que hasta los neutrones y protones, componentes de los núcleos atómicos, estaban a su vez compuestos por unas partículas sin volumen, llamadas quarks.
Nada de esto hubiera sido problemático si no hubiera sido por algo que se descubrió justo cuando se llegó a cierto nivel de descomposición o análisis de la materia: el del cuanto o quantum, o partícula subatómica.
Y el problema es muy resumidamente como sigue: si cuando se habla de átomos resulta todavía lógico que hablemos de fragmentos de materia, cuando hablamos de cuantos, no. Los cuantos no parecen cachos de materia, más bien todo lo contrario: para empezar, a veces, según como sean observados por la experiencia sensible, según la perspectiva experimental que su observador elija, dejan de ser materia, de comportarse como tal, y pasan a ser y compotarse como ondas.
Pero esto tampoco hubiera sido problemático, al menos desde un punto de vista práctico, si no hubira surgido otro problema: los cuantos explican casi todos los fenómenos físicos, la electricidad y el magnetismo, la fuerza nuclear débil y también la fuerte, pero no explican la gravedad, para lo cual hay que recurrir a una teoría muy distinta aunque igualmente eficaz: la Relatividad de Einstein.
Y no es que esto sea grave, insisto, en la práctica, puesto que las dos teorías, usadas cada una para lo suyo funcionan muy bien. Pero como la aspiración de toda mente racional, lógica y científica ha sido desde siempre la invención o descubrimiento de un conjunto de leyes simples y relacionadas que sirvan para explicarlo todo…, como la aspiración máxima de toda mente científica es descubrir o inventar una Teoría Única que sirva para explicar la plural diversidad de los fenómenos físicos, cabe decir que la segunda mitad del siglo XX ha estado dedicada a buscar esa Teoría de la Gran Unificación de los campos de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, esa Teoría de Campo Unificado, también llamada de Supersimetría o, más popularmente, Teoria de Todo.
Ya Einstein lo intentó sin conseguirlo, y desde entonces se han inventado, pero no descubierto todavía, un montón de teorías candidatas a erigirse en Gran Teoría Total. Una de ellas, de hecho la candidata que según los científicos más prestigiosos, el famoso Stephen Hawking entre ellos, tiene más posibilidades de ser la que atine con ese conjunto mágico de leyes universales, es la Teoría de Cuerdas.
Muy sumaria y trivializadamente podemos decir que el truco de esta teoría está en concebir las partículas cuánticas no como puntos mínimos de materia, cosa impropia por otra parte, sino como resultado de una vibración de una cuerda minúscula: podríamos decir a guisa de metáfora que la diferencia entre un quark de un tipo y otro, o entre un quark y un electrón pongo por caso, está en la diferencia de frecuencia de esa cuerda que vibra en el fondo de cada una de ellas. Así cada partícula es compatible, siguiendo con la metáfora, con otros tipos de partícula, o no lo es, dependiendo siempre de la razón de sus frecuencias vibrátiles, algo así como que habrá interacciones y fuerzas diversas entre las partículas según su capacidad de consonancia o disonancia.
Si Pitágoras levantara la cabeza, se sentiría fascinado, encantado. El número de ondulaciones de una mínima supercuerda hipotética explica Todo. De modo que la relación numérica entre las facultades vibratorias de la cuerda de una lira es proporcionalmente correspondiente al de una cuerda fundamental subatómica que produce con su música cuántica toda la realidad: el noúmeno es música.
Eso explicaría por qué algo tan ajeno a los fenómenos naturales, tan ajeno a la realidad natural perceptible por la experiencia, algo tan artificial y misterioso como el arte musical nos parece tan agradable hasta el punto de suscitar en nosotros emociones cuyo significado, no es que, ahora lo sabemos, no exista, si no que nos es desconocida. Pero pese a ese desconocimiento, no podríamos negar que acaso cuando una música se aproxime a las consonancias y disonancias del noúmeno cuántico todo nuestro ser, hecho de cuantos, puede sentirse sobrecogido hasta en sus fundamentos más radicales, porque esas vibraciones macroscópicas de los sonidos en el aire y en nuestros tímpanos están reproduciendo un orden de cosas próximo a otro que es el fundamento radical de Toda la Realidad.
Eso también explicaría la pasión que por el ritmo y la melodía, por la música de las palabras, han sentido todos los poetas importantes que en el mundo han sido: las palabras significan, vale, pero también suenan, y si uno pretende describir fríamente la verdad, despreocúpese de su sonido y céntrese en el significado. Pero, si uno quiere conmover, debe intentar siempre dar a sus palabras un tratamiento musical. Ése mismo que la tradición invita a llevar a cabo, o bien otro, pero algún tipo de tratamiento musical.
A mí en especial siempre me ha fascinado la capacidad de conmoción que tiene una rima bien colocada: el mismo mensaje dicho en prosa resulta menos emocionante. Pero también conmueven las ritmos del metro tradicional o del versículo de Whitman, o incluso, o sin incluso, el ritmo mágico de la prosa de Valle-Inclán.
Pero con independencia de esos gustos cabría, después de todo lo dicho, concluir con una reflexión: si la función del poeta es captar la poesía, quiero decir la belleza, la maravilla del cosmos, y también su terror, si la función del poeta es captar las armonías cósmicas, descubrirlas inventándolas o inventando algunas copias o mímesis de ellas lo más aproximadas al original que le permita su ingenio, o tambien denunciar las inarmonías (el mundanal ruido de Fray Luis), que es lo mismo que lo anterior pero al revés, es lógicamente consecuente que, dado que el Ser de Todo es musical, sus métodos de captación y emulación también deban ser musicales, y ahora esto lo digo, quiero decirlo, en un sentido más amplio: los sonidos de los significantes de las palabras deben sonar, y no hacer ruido, pero los significados de esas palabras, versen de lo que versen, si su mensaje es auténtico, deberán siempre versar de la naturaleza musical de la Naturaleza, por lo que el contenido de los textos literarios siempres deberá ser, aun de modo indirecto, Filosofía de la Música, ahora eso sí, escrita, insisto, mediante procedimientos musicales, lo que nos lleva a definir literatura como una síntesis de filosofía y música.
Pero la lección práctica que debería deducirse de todo esto no es otra que: el lenguaje artístico, poético debe siempre sonar misicalmente, o lo que es lo mismo, no debe sonar a sonido normal del habla, por que ése es un sonido al que estamos demasiado acostumbrados y ya no sabemos escucharlo como música, que es un sonido siempre inusitado, de la misma manera que tendemos a perder los significados de ciertas palabras manidas de tan usadas. La lengua litararia debe ser, de alguna manera, musical, y eso implica ruptura con la norma. Pero ruptura con la norma no significa no seguir ninguna norma, sino seguir otras: esas a las que no estamos, autor y lectores, acostumbrados. Lo que suena a muy oído no suena, ni significa. Lo que no suena a nada no significa. Después de todo parece que la significación se aproxima a los sonidos que no escuhamos con los oídos, sino más bien a los que imaginamos con la mente.
Por supuesto que para que todo esto sea así tiene que ser verdad la Teoría de Cuerdas. Pero si no es verdad, no dejará de haber sido verdad que todas estas ideas anteriores son hermosas en sí mismas, y que como adentrarse en la hermosura, que siempre es armonía, es la función que todo poeta o artista debe perseguir, y que como este ensayo que ahora concluyo, dada la vocación de su autor, responde más a una vocación poética que científica, debo aclarar que en él he tratado de llevar las ideas que en el se han expuesto a su máximo de musical consecuencia.
Como poeta, pues, debo acabar manifestando que, si todo este maravilloso conjunto armónico de ideas no fuera verdad, sería una verdadera lástima.