Quiero
hacer un poema en verso blanco,
pero la rima se me viene encima,
o me pone delante su barranco
que salto encabalgándome en la rima.
Quiero hacer verso libre, obligatorio
según dicta la norma del Monarca
absoluto, la Moda, y yo, Tenorio,
no obedezco ese Honor. Porque es un carca.
La ley dictada por el Uno intruso
legítima no es -por quien la dicta-:
debe gestarla el pueblo; a aquél acuso
de usurpador golpista de irrestricta
e inconvicta e invicta red de okupas
conquistadores de una tierra extraña
a su alma, que niegan, en la grupas
o los cuartos traseros de su maña
empresarial, por hábiles. En clavos.
Que sale cara. Y con la cruz al hombro
el poeta es atado con sus cabos,
y lo dejan tirado en el escombro.
La Moda la diseña el gran Modisto.
Cuyo Modelo manda qué se lleva.
Pero me visto yo como me visto,
ya me has visto. Y el Centro de la Cueva
no va a hacerme creer que sus Modelos
del Mundo son de Veras si le ocurren
a su capricho, sin Idea -en Cielos
de la Razón, el Bien-; a mí me aburren,
que lo real es más interesante
-y fantástico. Pero su realismo
por estrecho de miras de almirante
de su charca, ve sólo de sí mismo
un metro a la redonda, y ese mundo
suyo cofunde con el mundo. Miope,
que no ve más allá de su rotundo
redor, es incapaz de hacer a tope
un poema rotundo ni redondo,
y en versos sin medida, irregulares,
según le vengan, cree tocar fondo
-de la tierra, los cielos y los mares-,
y toca la superflua superficie
de un auto de su fe que calca idéntico
de algún poeta segundón, molicie,
ante el trabajo del poeta auténtico
practicando, y gastando su energía,
en soterraña intriga, que lo deja
sin fuerzas para hacer otra poesía
de más enjundia y gracia y menos vieja
y achacosa, senil, como de celo
que el vulgo llama cagalón, de viudo
característico, y de tanto abuelo
-y ¡menudo! se pone el buen canudo-
que se deja cazar de alguna joven,
la cual le hace creer que aún mantiene
su prestancia de mozo, y que le roben
permite a sus secuaces. Cuanto pene
poco después será porque, tozudo,
negará la evidencia de su fiasco.
Pues bien: hasta muchachos con su rudo
verso sin son, o escaso, y frío el casco,
cuando cantan, chochean, que nos cuenta
su musa sólo lo de siempre, en Babia,
no lo que pasa ahora -y se dementa
su asunto anciano y lo actual no rabia
para ellos. Y acusan a la estrofa
de ¡desfasada! Como si los sueltos
versos y libres ¡fueran nuevos! Mofa
merecen. Pero insisten, siempre vueltos
a sí, en mirarse ajadas la entrañas
que el tiempo prematuro ya obsoletas
dejó: y, así, se miran las Españas
a través de sus brochas más paletas.
Y no ven su país a mismo el filo
del abismo fascista, amenazante
del ameno lugar que creen silo
inagotable, y nunca ven delante
de sus narices cómo sube tasas
y precios esa Bestia, el Capo, un cafre,
para que crean las soberbias masas,
tanto de pluma como de almocafre,
que el malestar es culpa de un gobierno
por una vez ecuánime. Y un bardo
que piense como vulgo es un jodierno
(sic) ganapán, peón, y un parvo pardo.
En listilleza, en cambio, especialista
es, que confunde con su enorme mérito
como poeta (y al malabarista
del verso lo desprecia por pretérito).
Y sus poesías churras con merinas.
Y la verdad con el diario bulo.
Izquierdas, con derechas asesinas.
Y con las témporas su franco culo.
pero la rima se me viene encima,
o me pone delante su barranco
que salto encabalgándome en la rima.
Quiero hacer verso libre, obligatorio
según dicta la norma del Monarca
absoluto, la Moda, y yo, Tenorio,
no obedezco ese Honor. Porque es un carca.
La ley dictada por el Uno intruso
legítima no es -por quien la dicta-:
debe gestarla el pueblo; a aquél acuso
de usurpador golpista de irrestricta
e inconvicta e invicta red de okupas
conquistadores de una tierra extraña
a su alma, que niegan, en la grupas
o los cuartos traseros de su maña
empresarial, por hábiles. En clavos.
Que sale cara. Y con la cruz al hombro
el poeta es atado con sus cabos,
y lo dejan tirado en el escombro.
La Moda la diseña el gran Modisto.
Cuyo Modelo manda qué se lleva.
Pero me visto yo como me visto,
ya me has visto. Y el Centro de la Cueva
no va a hacerme creer que sus Modelos
del Mundo son de Veras si le ocurren
a su capricho, sin Idea -en Cielos
de la Razón, el Bien-; a mí me aburren,
que lo real es más interesante
-y fantástico. Pero su realismo
por estrecho de miras de almirante
de su charca, ve sólo de sí mismo
un metro a la redonda, y ese mundo
suyo cofunde con el mundo. Miope,
que no ve más allá de su rotundo
redor, es incapaz de hacer a tope
un poema rotundo ni redondo,
y en versos sin medida, irregulares,
según le vengan, cree tocar fondo
-de la tierra, los cielos y los mares-,
y toca la superflua superficie
de un auto de su fe que calca idéntico
de algún poeta segundón, molicie,
ante el trabajo del poeta auténtico
practicando, y gastando su energía,
en soterraña intriga, que lo deja
sin fuerzas para hacer otra poesía
de más enjundia y gracia y menos vieja
y achacosa, senil, como de celo
que el vulgo llama cagalón, de viudo
característico, y de tanto abuelo
-y ¡menudo! se pone el buen canudo-
que se deja cazar de alguna joven,
la cual le hace creer que aún mantiene
su prestancia de mozo, y que le roben
permite a sus secuaces. Cuanto pene
poco después será porque, tozudo,
negará la evidencia de su fiasco.
Pues bien: hasta muchachos con su rudo
verso sin son, o escaso, y frío el casco,
cuando cantan, chochean, que nos cuenta
su musa sólo lo de siempre, en Babia,
no lo que pasa ahora -y se dementa
su asunto anciano y lo actual no rabia
para ellos. Y acusan a la estrofa
de ¡desfasada! Como si los sueltos
versos y libres ¡fueran nuevos! Mofa
merecen. Pero insisten, siempre vueltos
a sí, en mirarse ajadas la entrañas
que el tiempo prematuro ya obsoletas
dejó: y, así, se miran las Españas
a través de sus brochas más paletas.
Y no ven su país a mismo el filo
del abismo fascista, amenazante
del ameno lugar que creen silo
inagotable, y nunca ven delante
de sus narices cómo sube tasas
y precios esa Bestia, el Capo, un cafre,
para que crean las soberbias masas,
tanto de pluma como de almocafre,
que el malestar es culpa de un gobierno
por una vez ecuánime. Y un bardo
que piense como vulgo es un jodierno
(sic) ganapán, peón, y un parvo pardo.
En listilleza, en cambio, especialista
es, que confunde con su enorme mérito
como poeta (y al malabarista
del verso lo desprecia por pretérito).
Y sus poesías churras con merinas.
Y la verdad con el diario bulo.
Izquierdas, con derechas asesinas.
Y con las témporas su franco culo.