martes, 9 de marzo de 2021

HONRA SIN HONRADEZ. Denuncia abierta contra algunos poetas coetáneos.

                                                         No he de callar por más que con el dedo

Quevedo 

Cuando tras de la crisis financiera

surgió una nueva izquierda, y genüina,

y yo la defendí…, con tonta inquina

contra el ingenuo irónica, altanera,

            mis amigos poetas, hilarantes

se burlaron de mí por mi inocente

fe en la paleo-política insurgente

ya muerta y enterrada. Cuando antes,

            si criticaba las austeridades

y recortes sufridos por las masas,

cada vez de recursos más escasas,

ejercidas por sádicos, o Sades,

            del poder en sus víctimas, las mismas

de siempre, y aun llegaron a decirme

enloquecido con el tema, y firme

permanecí, sus silenciosos cismas

            excluyentes sufrí: con la política

obseso estaba y, necios, se reían.

Pero cuando los hechos desafían

la crédula costumbre de la mítica

            normalidad, y nueva una costumbre

empieza a no ser nueva, y las incrédulas

palabras del Poeta hasta las médulas

penetran con las llamas de su lumbre

            en las inteligencias sin prejuicios

por cimiento, y alumbran la caverna

donde el esclavo en su ignorancia hiberna,

y algunos abandonan sus servicios

            mentales de letrina literaria,

y al sol salen de Apolo, al aire puro,

no de cloaca infecta de cianuro,

y el redil de inocencia temeraria

            del apoliticismo de buen gusto

con su corsé de normas se da cuenta

de cuánta cuenta pájara (por venta

corrupta de favores del injusto

            al ya favorecido de fortuna

-para forrarse más a nuestra costa

y forrar a sus socios, de langosta

en plaga-), ha habido, pudo haber alguna

            gente sensata que me oyera, habida

cuenta de alguna cuenta con su banco

que la trató con altivez y franco

desdén por su fatídica caída

            en la ruina: de tanto tragar quina,

han empezado a ver que verdaderos

eran mis juicios y, antes majaderos,

sanan, tomándolos por medicina.

            Hay, no obstante, quien sigue en sus derechas,

ciegos ante la luz, por intereses,

y siguen insensatos como reses

tratando de esquivar, y dando trechas,

            lo evidente, y obviarlo: socialistos

filípicos, que son de su partido

manque pierda el oriente, dan rüido

y expiatorios nos quieren hechos cristos,

            porque somos utópicos y, aun viendo

cómo se salva a un pueblo, se hacen cruces

porque temen perder sus altramuces

privados y, ciscado y hecho un vendo

            por no haberme vendido, van balando

contra mí y los demonios de la de hoz

y el martillo, y se inclinan a la Voz

neonazi o paleo-facha, en gesto blando

            de terror ante el rojo, porque tragan

con lo que gritan la hemerotecas

del capital, que ataca como Aztecas

que te cobran tu renta y nunca pagan

            y exigen inhumanos sacrificios

humanos a la gente. La incultura

política de un pueblo es dictadura

camuflada, y hay poli como oficios

            santos que son diabólicos, y choran

a sus fieles también, que son compinches

y víctimas medrosas auto-pinches

del Chef a quien  solícitos adoran,

            y testarudos siguen en sus trece,

y le endilgan la culpa de sus capos

a las justos, se aferran a sus trapos

rojigualdos y sucios, y más crece

            su miseria, alienados con despiste

absoluto, creyéndose el tebeo

que en la prensa se monta el fariseo,

a sueldo cancerígeno del Quiste

            Social, pagado de su misma pasta

pública, contra él mismo, y se auto-inmola

de una manera típica española,

la de “vivan carrozas de la casta

            que nos viola, encadena y nos insulta

con su continuo y camuflado asalto”

(que yo también quisiera por lo alto

pillar del mismo saco,  y poco abulta

            mi vergüenza ante mí, pues de la élite

me considero, aun siendo un miserable;

y, asido al flotador ligado al cable,

me salvo del planeta, por satélite

            de este barco en naufragio, que los nuestros

siempre se salvan, y la plebe paga

platos al tiro, haga lo que haga

esa grey atontada de cabestros).

            Hoy, que un reo ha tirado de la manta

que tapaba el delito y el desfalco

del político estándar, desde el palco

puede verse que el pájaro ya canta

            como todo adiestrado que la diestra

deja tirado, para que se coma

él solo el gran marrón de su carcoma

que corroe, y así lo defenestra,

            al Estado y, así, por la culata

le sale tiro; y el lamido culo

al aire se le ve sin disimulo,

y el mundo, o el que quiere, se percata.

            Y alguno que nos dice ser de izquierdas,

pero es sólo un mal bicho robaperas

del Árbol del Edén de las afueras

fiscales y evadidas, con sus cuerdas

            de locura culpable atado, intenta

disimular,  huyendo hacia adelante,

aunque no lleva ya la voz cantante,

temiendo la verdad que al fin le afrenta.

            Se sabe. Pero sigue todavía

tanto poeta, al menos el de clase,

cantado lo privado, en su desfase,

en su mayoritaria minoría

            que vergüenza da el gremio de poetastros

de su experiencia pobre, y de silencio,

que me ignoran, si no los reverencio,

por cada uno perseguir sus rastros

            -rastreros, ellos, yo de las estrellas

que iluminan la noche oscurantista.

Alguno hasta me llama comunista

en son de insulto, porque entrañan pellas

            de serrín enfangado en el cerebro

por no perder jamás lo que, ganado

del estatus, sacaron al Estado,

bebiendo de la caña o del enebro

            con gringa coca: el liberal dispendio

mísero del parásito a 2 caras,

convertidas en cruz para cucharas

hambrientas, por la gloria de su incendio.

            Sí: me llamaron loco de remate

con sus modales y maneras malas,

intentando amputarme las 2 alas.

Cómo hicisteis tamaño disparate.

            Cómplices habéis sido por silencio;

cómplices, sí, porque quien calla otorga.

Por llenaros de gorga la pandorga.

Os lo canté, mas yo no os influencio.

            Tampoco a mí vosotros, y es mi pena,

que sufro con valor, vuestra ignorancia.

Pero, culpable de omisión, ya rancia

está vuestra poesía. Y en gangrena.

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