Capricho en contrapunto.
En la noche
del poema,
cuya quema
por fantoche
el ocaso
consumiera,
el hortera
y el payaso,
colectando
su ceniza,
nos atiza
con su mando
y su ordeno:
“Se prohíbe
al que escribe
que haga bueno
nada, y haga
lo moderno
(un infierno
que se apaga
y se agrisa
normativo
-un tiovivo
que da risa,
si no aburre-);
y el poeta
por la jeta
no se curre
nunca el texto:
lo que salga
lo que valga
será: un sexto
seso ralo
me lo explica
-bajo plica-:
que es lo malo
lo que es bello:
que en exilio
domicilio
tenga y sello:
cada canto
que se exulte
que resulte
feo espanto
por complejo:
si compones
tus canciones,
su reflejo
no consuene
-siendo soso-
con lo hermoso.”
Que conviene
que sea cutre
y espontáneo
bajo el cráneo
que le nutre
su vacío
con la nada,
en la grada,
donde el río
del trepismo
desemboca.
“Que la boca
de lo mismo
más repita:
que al que tañe
no lo engañe
la marchita
cursi Rosa
de lo antiguo:
no sea ambiguo
y haga prosa”.
Y su ombligo
mire atento,
y ese cuento
-de testigo
de sí- narre,
mera sombra:
bajo alfombra
lo que barre
para adentro:
sucio asunto.
“Yo no encuentro
contrapunto:
pero el tipo
que lo encuentre
que no entre
con mi equipo
a la gloria
sólo mía”.
La Harmonía,
sólo escoria
obsoleta
ya, es emblema
del Poema
del Poeta.
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