lunes, 7 de diciembre de 2020

PESADILLAS ESTÉTICAS

A Raúl Pérez-Cobo 

El Movimiento hegemónico

que hoy acapara el Mercado

dio un  día un golpe de Estado

a estilo decimonónico

            liberal: sin libertades

para todos. Mercancía

hicieron de su poesía,

mandando a la digna al Hades:

            no echaron mano a la fuerza,

que la echaron a la intriga

y urdieron su Santa Liga

exclusivista y mastuerza:

            se dieron a la censura

innoble, para su brillo

único de astro amarillo

y coral de dictadura.

            Y el mundo se cree que eso

(enseñanza obligatoria)

es poesía. Y es faloria

trivial de Oficio sin Seso.

            “¿No se da cuenta el poeta

de la basura que escribe?”

Pero, si es de lo que vive,

¡cómo va a cambiar de treta!

            Y engañando al inocente

que aspira a tener cultura

prosiguen con su basura

indecente.

 

Campoamor y Campoosorio

gobernaba el panorama.

Que Bécquer aquí no mama

dijo Arce, en nuestro emporio:

            son suspirillos germánicos;

y un Góngora a la francesa,

dijo el Pelayo, que es ésa

del Darío. Los hispánicos

            cerriles de la honda España

odiaban lo que de fuera

viniera, o de dentro, si era

distinto, y le daban caña.

            Hacían textos correctos

aquellos, más no poesía.

Su verso era prosa fría

que expulsaban de sus rectos.

            Hoy, encima, se hacen prosas

a que llaman versolibre.

Libre del arte que vibre.

“¡Son tan cúrsiles las rosas…!”

            Y por no ser cursi a tope

se nos han vuelto ramplones.

A ver cómo las compones,

si, colega, no eres Lope:

            ni vitalidad ni arte

-ni conceptos gracianescos.

O arte de tirarse cuescos

como salgan de sus partes.

            En las redes lo anodino,

de anos digno, prolifera

de la obviedad, y cualquiera

es un poeta supino.

            Y en papel esos papeles

de triste pone contentos

por triunfo en ayuntamientos,

diputaciones, carteles:

            ponerse siempre penosos,

exiliando la ironía

como arte menor, manía

de ser sosos.

 

La poesía, o se construye

con técnica a cuyos cauces

corra el sentido, o las fauces

de la Prosa, si no huye,

            la devora. Cuando escribes

lo primero que te salga

es improbable que valga

más de una blanca. Si vives

            una experiencia ordinaria

y la cuentas, no trae cuenta,

que es superflua -aunque esté en venta

y venda- e innecesaria;

            y si la tienes distinta

a lo normal y ordinario,

cuéntasela a tu diario,

y luego de estar encinta,

            y parida tu criatura,

edúcala y en vereda

métela bien, y así pueda

mejorarse, y en cintura.

            Que sólo la disciplina,

si bien sin sangre, nos forma,

y al poema el pie da horma,

como al manjar la cocina.

            Si no, te lo quedas crudo,

porque yo no me lo trago.

O dáselo al bruto endriago,

si urbano, incivil y rudo,

            sin paladar, como un rústico

que rehúye la receta,

porque se cree finústico

-y poeta.

 

Pasó con la poesía

social también, y los nuevos

se sacaron de los huevos,

sin cambiar de ideología

            algunos, algún producto

que aludía a los mass-media

y montaron su comedia,

fluyendo sin acueducto.

            Y regresando al gilismo

por su facilonería

se impuso la tiranía

del mediocre y su cinismo.

            Su política consiste

en apoyar al mediano

que no brille, que el tirano

necesita gente triste.

            Y corrió la algarabía

estridente del silencio,

y la del mudo Experiencio,

que porfía.

 

Mas da igual: es sólo juego,

aunque te juegas la vida

y la conciencia, suicida

cuando escribes como un lego.

            Lo 1º que te ocurra

y se te ocurra lo sueltas

y ya no le des más vueltas,

o dalas como la burra

            a la noria, que a ninguna

parte te lleva esa senda.

No hace falta que se aprenda.

Y refléjate en la luna

            de tu espejo de Narciso:

mírate guapo, y lo cuentas.

De esa forma nada inventas

pues no tienes compromiso

            con la técnica y el arte:

no tengas ninguna idea,

y, del modo que se mea,

parte a amarte.

 

Todos tenemos un gusto.

Pero buen gusto, muy pocos.

Cuerdos estéis o estéis locos,

los extremos sois de susto.

            Atinar con lo más justo,

auto-comiéndonos cocos,

por despertar y los mocos

sonarnos, por son, combusto

            el seso, dándole brillo,

equilibrio metabólico

produce, nunca amarillo

            ni gualda como un alcohólico

que con su rollo sencillo

luego acaba melancólico.

 

           Libertad. Yo me la tomo

cuando echo mano al estilo

y al metro, y me fluye un Nilo

por las acequias, que domo

            o amaestro, del lenguaje

que someto a mis antojos.

Y por esas venas rojos

humores corren de ultraje

            al ultra, y allende el linde

que prohíbe la excelencia,

me trasciendo la experiencia

y el silencio que me brinde.

            Y en el fondo da lo mismo,

insisto, que se confunda

la poesía con la funda

sin funda del aforismo.

            Decir en prosa una idea

rotunda es digno, aun si a cachos

la cortas, pero, muchachos,

decid algo que no sea

            la obviedad, que todo el mundo

sabe por propia experiencia.

De sentencia es la sentencia,

si no hay sentido profundo.

            No importa: juéguese el juego,

cada cual a su manera.

Y cualquiera lo que quiera

diga, incluso si es un lego.

            Pero para ser poeta

hace falta más esfuerzo.

Lo que diga algún mastuerzo,

o algún culto, pero jeta,

            ni es máxima ni es poema.

Es mínimo prosaísmo

sin función. Y da lo mismo

la pamema.

 

La libertad absoluta

es caos insignificante.

La estrechez, no la del guante,

en exceso, una hijaputa.

            Con un sonetillo suso

he roto la simetría

y si mana la poesía

por aquí no es por el uso

            usual, que te lleva al mar,

pasando por lo corriente,

cómplice del delincuente,

en said-car.

 

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