A Raúl Pérez-Cobo
El Movimiento hegemónico
que hoy acapara el Mercado
dio un día un golpe de Estado
a estilo decimonónico
liberal: sin libertades
para todos. Mercancía
hicieron de su poesía,
mandando a la digna al Hades:
no echaron mano a la fuerza,
que la echaron a la intriga
y urdieron su Santa Liga
exclusivista y mastuerza:
se dieron a la censura
innoble, para su brillo
único de astro amarillo
y coral de dictadura.
Y el mundo se cree que eso
(enseñanza obligatoria)
es poesía. Y es faloria
trivial de Oficio sin Seso.
“¿No se da cuenta el poeta
de la basura que escribe?”
Pero, si es de lo que vive,
¡cómo va a cambiar de treta!
Y engañando al inocente
que aspira a tener cultura
prosiguen con su basura
indecente.
Campoamor y Campoosorio
gobernaba el panorama.
Que Bécquer aquí no mama
dijo Arce, en nuestro emporio:
son suspirillos germánicos;
y un Góngora a la francesa,
dijo el Pelayo, que es ésa
del Darío. Los hispánicos
cerriles de la honda España
odiaban lo que de fuera
viniera, o de dentro, si era
distinto, y le daban caña.
Hacían textos correctos
aquellos, más no poesía.
Su verso era prosa fría
que expulsaban de sus rectos.
Hoy, encima, se hacen prosas
a que llaman versolibre.
Libre del arte que vibre.
“¡Son tan cúrsiles las rosas…!”
Y por no ser cursi a tope
se nos han vuelto ramplones.
A ver cómo las compones,
si, colega, no eres Lope:
ni vitalidad ni arte
-ni conceptos gracianescos.
O arte de tirarse cuescos
como salgan de sus partes.
En las redes lo anodino,
de anos digno, prolifera
de la obviedad, y cualquiera
es un poeta supino.
Y en papel esos papeles
de triste pone contentos
por triunfo en ayuntamientos,
diputaciones, carteles:
ponerse siempre penosos,
exiliando la ironía
como arte menor, manía
de ser sosos.
La poesía, o se construye
con técnica a cuyos cauces
corra el sentido, o las fauces
de la Prosa, si no huye,
la devora. Cuando escribes
lo primero que te salga
es improbable que valga
más de una blanca. Si vives
una experiencia ordinaria
y la cuentas, no trae cuenta,
que es superflua -aunque esté en venta
y venda- e innecesaria;
y si la tienes distinta
a lo normal y ordinario,
cuéntasela a tu diario,
y luego de estar encinta,
y parida tu criatura,
edúcala y en vereda
métela bien, y así pueda
mejorarse, y en cintura.
Que sólo la disciplina,
si bien sin sangre, nos forma,
y al poema el pie da horma,
como al manjar la cocina.
Si no, te lo quedas crudo,
porque yo no me lo trago.
O dáselo al bruto endriago,
si urbano, incivil y rudo,
sin paladar, como un rústico
que rehúye la receta,
porque se cree finústico
-y poeta.
Pasó con la poesía
social también, y los nuevos
se sacaron de los huevos,
sin cambiar de ideología
algunos, algún producto
que aludía a los mass-media
y montaron su comedia,
fluyendo sin acueducto.
Y regresando al gilismo
por su facilonería
se impuso la tiranía
del mediocre y su cinismo.
Su política consiste
en apoyar al mediano
que no brille, que el tirano
necesita gente triste.
Y corrió la algarabía
estridente del silencio,
y la del mudo Experiencio,
que porfía.
Mas da igual: es sólo juego,
aunque te juegas la vida
y la conciencia, suicida
cuando escribes como un lego.
Lo 1º que te ocurra
y se te ocurra lo sueltas
y ya no le des más vueltas,
o dalas como la burra
a la noria, que a ninguna
parte te lleva esa senda.
No hace falta que se aprenda.
Y refléjate en la luna
de tu espejo de Narciso:
mírate guapo, y lo cuentas.
De esa forma nada inventas
pues no tienes compromiso
con la técnica y el arte:
no tengas ninguna idea,
y, del modo que se mea,
parte a amarte.
Todos tenemos un gusto.
Pero buen gusto, muy pocos.
Cuerdos estéis o estéis locos,
los extremos sois de susto.
Atinar con lo más justo,
auto-comiéndonos cocos,
por despertar y los mocos
sonarnos, por son, combusto
el seso, dándole brillo,
equilibrio metabólico
produce, nunca amarillo
ni gualda como un alcohólico
que con su rollo sencillo
luego acaba melancólico.
Libertad. Yo me la tomo
cuando echo mano al estilo
y al metro, y me fluye un Nilo
por las acequias, que domo
o amaestro, del lenguaje
que someto a mis antojos.
Y por esas venas rojos
humores corren de ultraje
al ultra, y allende el linde
que prohíbe la excelencia,
me trasciendo la experiencia
y el silencio que me brinde.
Y en el fondo da lo mismo,
insisto, que se confunda
la poesía con la funda
sin funda del aforismo.
Decir en prosa una idea
rotunda es digno, aun si a cachos
la cortas, pero, muchachos,
decid algo que no sea
la obviedad, que todo el mundo
sabe por propia experiencia.
De sentencia es la sentencia,
si no hay sentido profundo.
No importa: juéguese el juego,
cada cual a su manera.
Y cualquiera lo que quiera
diga, incluso si es un lego.
Pero para ser poeta
hace falta más esfuerzo.
Lo que diga algún mastuerzo,
o algún culto, pero jeta,
ni es máxima ni es poema.
Es mínimo prosaísmo
sin función. Y da lo mismo
la pamema.
La libertad absoluta
es caos insignificante.
La estrechez, no la del guante,
en exceso, una hijaputa.
Con un sonetillo suso
he roto la simetría
y si mana la poesía
por aquí no es por el uso
usual, que te lleva al mar,
pasando por lo corriente,
cómplice del delincuente,
en said-car.
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