domingo, 2 de junio de 2024

Epístola moral

              Sois cómplices los bardos del gran ego
de tanta indiferencia y apolítica
por omisión: Al de la justa crítica
le pitan siempre el gol fuera-de-juego,
              y el juez libra al facista del talego,
prevaricando, criminal; la pítica
oracular augura, faringítica
de gritar, la matanza del borrego
              en guerras y en la Inopia. A todo el mundo
canto, no a mí, y es malo, por lo visto.
Si De Otero pasó, yo es que ni existo
              frente a tanto gemido pudibundo
-que abriga vocación de ser profundo-,
o cánticos de amor de chico listo
 
              que desea triunfar: Y va y se adapta
oportuno al comando del Modisto,
y lo profundo se le escapa, y capta
              lo superfluo, aceptable, y, cuando chisto
se da por aludido, y me margina
por decir la verdad, y se da pisto
              y traga vanidad, y la letrina
confunde con la letra, que, sí, encala,
para la asepsia que nos contamina
              de polución. Olvida pico y pala
y el almocafre, y alza catedráticas
capillas para el Santo, sin el ala
              o la aureola, con cojeras ciáticas,
del que es devoto: un Ídolo. No importa
la poesía -ni las matemáticas
              de la composición, que se recorta
al azar, sin porqué, o al torpe gusto
del autor, que de música, ni torta:
              siempre es la misma: espíritu venusto
-alma no tiene, dice- el organillo
le corre, cuando gira, con vetusto
              campoamoriano son el más sencillo
de los textos al aire, su pudendo
manubrio o manivela, de amarillo
              sindicato gremial. En fín: no entiendo
cómo así se conforma y nunca intenta
alguna innovación. Yo, al menos, vendo,
              si aun no se compra, un cambio, cuando inventa
o trova mi trabajo lo contrario
a todo eso, sin hallar imprenta
              o casi, pues mis formas del armario
antiguo salen, y mis temas nuevos
y actüales desean ser de vario
              carácter, porque estoy hasta los huevos
cósmicos de esta moda de anodinia
trivial del indolente que placebos
              da por poemas. Cuando la ignominia
del mundo nos exige bravos cantos
solidarios que atinen con la insinia
              genuina, de la paz, con los espantos
de las masacres y los genocidios
de los menesterosos -que los santos
              son ellos, que los sufren, en presidios
de muerte y en los campos.  Que el asunto
nos urge: Combatir a los ofidios
              ponzoñosos que mandan. Y barrunto
que, si no, con lecturas sobre ciencias
divulgativas, si nos da ese punto
              curioso, sospechosas trascendencias
pueden ser rastreadas, maravillas,
si no, y no sólo con concupiscencias
              platonizadas dar el cante -hablillas
en pseudoverso. Sé, querido Fabio,
que, pese a que tú sientas mis cosquillas,
              no vas a hacerme caso, y que tu labio
seguirá la pianola de la moda.
Pero intentar un poco ser más sabio
no va a ser algo que en verdad te joda.

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