lunes, 8 de abril de 2024

Vértigos anfibios. Poemas autocríticos.

            Las alturas son malas. Quien no acusa acrofobia
se envanece soberbio, y su fama, que brilla
en su oído, lo ciega, de murciélago, y obvia
a los desposeídos y a la gente sencilla,
a la cual endemonia y es Legión, como novia
de la muerte del mismo que, a sus pies se le humilla
eligiéndola franca dictadora caudilla.
 
            Las alturas son falsas. Quien arriba se sube
porque trepa en su enredo a la más alta nube
permanece en las mismas, y se vuelve un tirano
cuya norma te dicta, y así mete la mano
en lo ajeno de abajo, y se cree un querube.
Será fin de sí mismo. No lo tuve ni obtuve,
por querer, inocente, no arrastrarme en el guano.
 
            Las alturas te vuelven una mala persona.
que desprecia a quien pisa, el que adora a la mona
que se viste de seda libertaria, y lo oprime,
y no siente presiones cuando se le presiona.
Y la gente se cree que, por alta, es sublime,
cuando solo es de ayuso, la que no te perdona
si eres débil, y macha, y hace polvos, y gime
            su mentira y se salva -la protegen los jueces
que en su pro prevarican revolviendo las heces
en que medran, en contra de la bella justicia
verdadera, que ignoran, con preclara impudicia.
Pero pocos te escuchan y, así pues, te estremeces
de terror y de lástima, y en tu sueño te meces
para huir de este mundo hacia, acaso, el de Alicia
            a través del espejo, que te muestra, y no alcanzas
sino más de lo mismo, lo de siempre, es el sino
del humano, y se esfuman ideal y esperanzas
y te quedas más solo que la una, y el vino
no te alegra y te es triste, al igual que las chanzas
y los chistes siniestros. Y, vacías las panzas
de los desinformados, y de tanto cretino,
            y las llenas de aquellos que se creen más altos
que han subido su vida a objetivos bajunos
acercándose arriba del honor más que faltos,
vitorean la nada de los vanos más tunos,
fascinados por ellos, como cabras, cabrunos,
o se inhiben, azules, no por cielos cobaltos,
en falange ordenada para crueles asaltos
            consentidos a pobres indefensos que el morbo
sufren cruel -para ellos son tan sólo un estorbo-
a los que es prohibitiva porque es cara tal cura,
y es, encima, ese coro quien le aplaude en su altura
conseguida en arrastres, con su pico de corvo
cuervo, buitre o urraca, de mordida y de sorbo,
escalando sus nudos, por la parra madura
            y ya pocha, que deja fenecer a lo viejos
y anormales y genios, y no deja perplejos
ante tanta ignominia criminal con descaro,
que no quieren ni ver, y cardíaco el paro
pagarás que te afecte doblemente por dejos
de servicios pagados ya una vez antes, lejos
de tu mal, y en la pública cada vez es más raro
            que te atienda un galeno. Y tú, víctima, mismo,
que no tienes influencias ni traficas con ellas,
porque has sido un ingenuo que virtud, virtuosismo
y saber creyó idénticos, ahora ves las estrellas
y el trasfondo del sapiens inconsciente en su abismo
de egoísmo de lobo del rebaño, sin mellas
en caninos y muelas, que ha dejado sus huellas
            en la Historia del género. La maldad de la altura
cuándo no ha habrá acabado en vulgar dictadura
de la terca opinión general, la compinche
del Patrón. No es extraño que al final se te linche
por contrario al embuste de la cara más dura
y la mano, que acecha, de esa Chefa y su pinche
antropófagos: eres carne suya, te chinche
            el aliño o no. Dada al dorado en que abreva
el humor al vecino, permanente en la Cueva,
la bajeza es un canon que persigue su fuga
cuando ya está subida a ese tren cuya oruga
de blindado te aplasta, y a la altura la eleva
el mediocre sin alma, que no entiende la breva
que ha caído en las manos de una cuca verduga.
 
            Pero tú no te rindas. E incrementa el empeño
de tu verso y denuncia, aunque a todos dé sueño
y aunque nadie te lea o aunque nadie te crea,
porque son el serrín de serrado su leño,
porque son insensatos y creyentes, y crea,
porque a veces los sueños del despierto, zahareño,
salvadora te inspiran y genial una idea.
 
            No te subas al monte, que el montero fantasma,
encantado, te acecha -zurdo aguado- en su bosque
al servicio del Amo Capital y su pasma.
Y abandona las luces de su luna, y se cosque
en brillar de prestado, que su ardor es de miasma
del infecto pantano que es su base, y del asma
que padecen sus musas, y que siga en su enrosque
            con su novia famosa. Permanece en tu suelo
y no quieras bajezas elevadas al cubo
de basura barata. A tenor por un tubo
resoplando dedícate de tu saxo, Carmelo
de san Juan. Verdadera ascensión a tu cielo,
que es rasante, y, si a nadie tu virtud entretuvo
ni se entera, es tan solo porque cunde el camelo.
 
            Hay un Bien, sin embargo, que se expande en su radio.
Lo censuran mezquinos capitanes y tales
de los capi di mafia, que se creen geniales
porque son poderosos en su mal y su estadio,
y a los árbitros compran, porque son criminales,
pero no valen nada, aunque cuestan. Tú vales
más que el nadie de turno, con tu estro anti-arcadio
            porque hay distopía en el mundo presente,
que es sangrado, y no llega a su justo destino.
Sé que nada un poeta puede contra el gorrino
que dejó su pocilga, y la impuso a la gente,
y va ser matadero para tanto cretino
que se muestra en su pro, o es un indiferente.
 
            Late el Bien, so censura. Quien lo alcanza es un santo.
Quien lo irradia es el Numen. Pero el Mal, que nos tienta,
es prurito envidioso de quien no se da cuenta
de que está deseándolo, para ser el espanto
-maravilla, en antiguo castellano-, e intenta
atentar y no puede, porque no tiene tanto
capital como para, y así elige al que atenta
            contra él como ídolo. Sin embargo, hay alguno
que desea lo justo para ti, mayoría:
lo que más te conviene. Déjame que me ría,
porque siempre te pones en su contra, importuno
pareciéndote el Bueno, pues tu héroe es la Harpía,
cuyo canto te estrella en su escollo más bruno,
para hacerte más mísero, confundiendo poesía
            con horror. No lo entiendo. O lo entiendo del todo:
Para ti son los medios la verdad, y te engañas,
y das paso a la horda del más bárbaro godo,
franco vándalo alano que te arrasa, y te apañas
con él bien, si permite, pues te gustan, las cañas
que te da, o que te deja que padezcas, beodo,
para hacer un desierto de tus tristes Españas.
 
            ¿Por qué el Mal de la altura te seduce en su intensa
atracción, si no llegas, y por ello lo imitas
por abajo, o si llegas, como te precipitas
al fatal precipicio al que próximo en densa
vanidad te darías -porque poco se piensa
en el vértigo ético-, necesaria a tus cuitas
y alegrías que vendes por llenar tu despensa
            infatuada de oros estafados al fisco,
un gran golpe en los bajos, si no asumes el risco
de que luego más dura la caída va a serte,
si no pisas el cuello adecuado, y la muerte
en tu gloria sin pena te dará su mordisco
por tus malas mordidas, que te hicieron tan fuerte,
al inmune creerte a caer, basilisco?:
 
            Sólo el necio te admira o el que bien se aprovecha,
can faldero de faldas de tu monte y montaje.
Morirás en tu cama, que te deja bien hecha,
como a Franco, el montante de la extrema derecha,
que se monta en el facha apolítico, paje,
por omiso, sumiso a la Capa en su traje
de Imperátor de Ándersen, de quien nunca en la brecha
            dio ni golpe, y da golpes -aunque golpes de Estado
de poder, los darías, o quizás los has dado
en secreto. La gloria de ese tipo no es gloria.
Aureola siniestra de Señor de la Escoria
y las Moscas Domésticas de que canta Machado,
o de las mariposas que no tienen memoria
de la Historia, queridas por el cursi pasado
            Belcebub, de la Casa, o de Golding, que infectas
lo que tocas de mierda, alimento de moscas,
por deseo de mosca, porque nunca te coscas
como no sea al alza de tus tramas abyectas
que fascinan al torpe; y ni tú te detectas
pues te crees tu urdimbre de mentiras tan toscas
que hay que ser ya creído. Porque cuando te emboscas
            al salteo del tonto que tu atraco permite
satisfecho por facha, pobrecillo, un ardite
la verdades te importan, que desechas los hechos
por fingido engreimiento, y te creas derechos
que no tienes; su embuste tu conciencia repite
e inconsciente te vuelves de esos graves provechos
de ocasión con tu venta de quincalla, aunque grite
            el fenómeno claro tu disfraz trasparente:
casi nadie lo ve; su visión es de media,
esa nueva Palabra Revelada, comedia
increíble, que muestra la memez de la gente
que ahí se ve reflejada sin saberlo, y asedia
al sincero y al justo, y lo tapa, al valiente,
pues le gusta el cobarde que tu mal no remedia.

            Quienes fuimos Caídos por la paz en combates
contra las Tiranías aceptadas por miedo
al extraño, no en Valle, en cunetas, por vates
y Casandras, sufrimos tu desdén, por denuedo
que es ajeno a tu estilo, porque los acicates
que no sean de créditos no devueltos un bledo
te ilusionan, gritamos denunciando tu enredo,
            mas quién oye al honesto, si tu honra no tiene
de loores incultos de tu vulgo y sus palmas,
los que no saben nada de la aséptica higiene
necesaria en los cargos, y que no tienen almas,
porque son desalmados, porque a ti te conviene
que no sientan lo inicuo. Y, si un día la palmas,
se sabrá lo que hiciste, por medrar, cuando pene
            sin erguirse tu obra sin valor que exhibiste
en tu vida, engañando inocentes de triste
ansiedad de poesía, sin oriente y sin norte,
que probaron tu cebo, y en su pobre despiste
se inclinaron ingenuos por hacerte la corte,
y tu corte les diste, practicando el deporte
            de la estafa, y creyéndote que el engaño te asiste
con un hueco en la Historia, por tu gusto de fama,
conseguida intrigando, no por logro poético.
Desde luego lo tuyo siempre fue poco ético.
Querer ser exitoso no es pecado, mas mama
absorber y venderte como genio es patético:
siempre fuiste incapaz de mirar en tu cama
de yacente, funesto, en laureles mimético.

            Qué me indigna la altura de los bajos e indignos,
de los medios en alza. Su mentira, pandemia
que contagia a los vulgos, y traiciona los signos
del Sentido, y los sume en trivial esa anemia
de la influencia invertida en jurados que premia
tanta cáscara vacua de neutrales benignos
con el mal -de los otros- en compadre bohemia.
 
            Y aludido se siente tal medroso inseguro
de su hacer, y te da, por respuesta, ignorancia
y censura tu índice que señala al impuro
y al corrupto, que ignora la amorosa fragancia
de lo justo, y se enroca tras su torre de rancia
tradición, defendiendo su detrito, al futuro
entregando un fantasma que no tiene sustancia.
 
            Y me aísla en la ínsula de lo extraño, por momio,
que investiga su Numen en plural disciplina,
que él no entiende, incurioso de intelecto en rüina,
si ve sólo el asunto más pasado, en encomio
de su informe uniforme de normal, y no atina
con la llaga candente del presente y se inclina
a lo diestro, y siniestro en genial manicomio
            te desea sin seso como todos, ilusos,
cuya fe en lo retrógado del estatus conserva
el presente en su lata, y se dan a la Cuerva
carnicera, Señora de la Norma de Abusos,
que detesta a Sophía, le es oscura Minerva,
la de ojos nictálopes, y abomina de intrusos
que le agüen la fiesta de su pioja caterva.
 
            La verdad que os predico poco os gusta, me temo,
como toda verdad que os revele la entraña
repugnante, la base del tal ego supremo
que lucís, si al Espejo os miráis Que No Engaña.
No lo hacéis: proyectáis vuestro fétido fiemo
en el raro, profeta que señala la maña
de la artera limpieza de la faz que se baña
            en la séptica fosa, entre ratas y bichos,
que os parecen psiqués, mariposas, y el ojo
con la mano por cuenco remojáis de los nichos
y los nidos de siempre, porque os vale el remojo,
pero nunca en las aguas cristalinas, maldichos
de silencios activos, cómplices del Pïojo,
de cantar inanista, sic, y faz sin sonrojo.
 
            Pero habrá que decirla, y gritarla. Si yerro,
nada ocurre. No obstante, como atine, la impronta
quedará registrada, cuanto menos, y el perro
que lamió su bozal y la mano de hierro
que lo trinca, será, por su muy poca monta,
contemplado de ejemplo inmoral o de tonta
tentación de lo fácil que es rendirse al gamberro
            incivil con disfraz de heroína que droga
con su embuste escondiendo sistemático el robo
del tesoro o erario que ha pagado hasta el bobo
que la elige por ídolo del desagüe en que boga,
Corrïente, a la altura, con ayuda de toga
y bandera, toalla con que seca su sobo
con cloacas, y saco, donde nunca se ahoga
            el ratero subido al peldaño postremo,
pero sí sus compiches, que no son necesarios,
una vez se ha logrado el objeto del remo
por escaños con truco: medios son mercenarios
y prevaricadores de jurados. Ya tremo
de terror ante el medio: pues, si así sigue, el memo
general, va a pasarnos lo que a chivos vicarios.
 
            Y hoy, ¡al fin! me responde un al uso, aludido:
“Repugnantes entrañas lo serán esas tuyas:
Tu retrato te has hecho: es mejor que te incluyas
en tu crítica fiera. Pero ¿qué te has creído”.
¿Has  leído el subtítulo?: Si te envío estas puyas,
y a mí mismo, y lo digo, ¿no lo sé? No me arguyas
con el Tú Más. Culpables somos todos, lo he sido
            yo también muchos años. Si predico evidencia,
la rechazas, frontón, por rebote, y te ofendes,
es que no eres vidente de tu propia inconsciencia.
Cuando el resto del mundo, al callar, me silencia,
más prudente es que tú. Pero igual tú te vendes
al postor de la norma extendida, y te entiendes
con su celo exclusivo, que ya no reverencia
            mi honradez, engañada tanto tiempo. Te digo
que por fin me desdigo de mi error, y tú insistes
en errar. Y te hiere que lo diga, en tu abrigo.
Triste cosa, el humano. Aludido te distes
de ti mismo ojalá, y no mires tu ombligo
solamente, sí el todo. Y podré serte amigo,
como he sido en el fondo, al decir lo que tristes
            más nos pone. Saberlo y admitirlo mejora.
Si caí en la locura, ha llegado la hora
de ser cuerdos. Aúpa la consciencia sensata.
Tanto el yerro ha crecido que la gente es cegata
y no pena a ese Ojo que su oro atesora
para sí, como el tuyo, si no sales de rata
victimaria por víctima de una cruel seductora.
 
            La verdad es amarga, mas lo amargo da gusto
si se integra en su cóctel, y es belleza y justicia.
Si se escupe, estás listo. No será el mundo justo
jamás nunca, y, así, desfilando en milicia
de malicia logrera de ambición y codicia
de laureles de trapo, mucho menos. Da susto
la bajeza por norma eleva da a patricia.
 
            Yo también me he creído el paupérrimo engaño
de mi ego, lo mismo que cualquiera, y lo muestro,
proyectado en el prójimo, inculpando a su apaño
de mi triste fracaso como humano, siniestro
en mi estro, cabestro de la gloria; y el daño
que he sufrido, eligiendo al más raro Maestro,
me ha enseñado que soÿ, además de ermitaño,
            solidario egoísta, porque el mal que sufrimos
la incapaz mayoría, es también el que rabia
me contagia, y me enferma. Pero, al menos, la savia
compartida del bosque de los egos, de limos
procedente biológicos, fecundados de sabia
progresiva, me orienta, y a su palo me engavia,
y he sentido ese vértigo que no sienten los primos
            que en sus mimos se ahogan sin notarlo siquiera,
respirando ese tufo de la falsa quimera
de la norma presente, alzadora de fraudes,
que tú, manso en el coro de los grillos, aplaudes,
engreído en tu altura de bajeza postrera,
porque el postre de acíbar a la postre te espera,
mientras vano te adornas de egolátricos laudes.
 
            Yo sé bien lo que soÿ, y no siento ese orgullo
de la normalidad de la especie sumisa
y especiosa de sosa falsedad de esa guisa
de mal gusto vulgar, y, si soy un capullo,
me doy cuenta, y ya caigo, pero nunca me arrullo
en la nana que entona la nonada que sisa
la riqueza de ser de verdad, sin chanchullo.
 
            Y aquí acabo la epístola que dirijo a la masa
y a mí mismo, por ver si por verme mejoro.
Todos somos iguales, y ahora ya no la ignoro:
mea culpa también. Cuando todo fracasa,
responsables lo somos casi todos. Y en rasa
tabla, malrenacidos, repetimos a coro,
lo que radia el gran Loro, sin saber lo que pasa.

Remate
 
¿Dónde está Blas de Otero?
Está muerto, con los ojos abiertos.
Blas de Otero

            Pero hay tantos poetas que no ven sus motivos
más profundos que empiezo a pensar que no hay tales,
salvo casos escasos, por quizá excepcionales,
y no muchos famosos, con sus egos altivos
            y soberbios. Abunda, entre los primitivos
la celada y modernos y en los medios normales
y la crítica, el vulgo que decide que vales
menos que él, por su cara bella -son los más vivos.
            Y más muertos, por tanto, los demás, medio muertos
por lo menos -si nada entendemos de intrigas-,
cuya voz clama sola en los vastos desiertos.
            Son los cristos en cruces, enemigos de ligas
enemigas del Otro: de los más enemigas.
Yo no he sido de nadie. Con los ojos abiertos.

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