La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
Gloria a Caín, Hoy el vicio
es lo que se envidia más.
Machado
hizo a Caín criminal.
Gloria a Caín, Hoy el vicio
es lo que se envidia más.
Machado
Sólo pudo
con ellos la traición de la interna
alïanza cobarde de la ingrata conjura
cómplice del embuste de la tele-caverna
con su sesgo estadístico de la diestra censura
de lo justo y la alzada de la infértil basura
a la categoría de verdad -de taberna.
Yo caí en el desborde de la fuerza corriente:
la del desequilibrio de un sistema podrido
que promueve al inicuo para sobresaliente,
por sin mérito propio, y al que está sometido,
por ingenuo, a la trampa que le pone el Bandido,
y a la insana cloaca de su torpe inconsciente.
La inocencia se pierde. La experiencia la mata,
cuando observa el fenómeno. Y, en lugar de una lucha
emprender por mejora del sí-mismo, la cata
del aguado vinagre, que jamás desembucha,
por normal, da en la envidia de quien nunca se escucha
ni se ve propiciando y admirando a una Rata.
Me da lástima un pueblo que el peor vicio envidia
de mentir y mentirse sobre sí, cuando ignora
a conciencia su inane inconsciencia, sin lidia
por lo bello y lo bueno y lo cierto, y adora
su ignorancia política y a su lela Señora
que, por lista, les roba la salud con perfidia.
Es la norma: el cobarde no se enfrenta a ese flujo,
y margina a quien sabe y a quien sigue una Idea
ideal por hermosa. Le fascina ese lujo
que no tiene, y envidia al que ostenta esa fea
condición, y en su puesto se imagina y desea
y lo elige de prócer, y se sume en su embrujo.
Quienes van de galanes y no ven su castillo
interior, y despiden del negocio al honesto,
por sentirse aludidos en su fondo más pillo,
¿es que temen quedarse sin el buen presupuesto
que los paga, y abusan del Poder -los molesto-,
y acabar eclipsado por quien tiene más brillo?
Al traidor no me sumo, ni al tontaina celoso
de una nada ruinosa. Cuando aún era joven
yo también sufrí celos de su triunfo, envidioso
de su fama. Ya viejo, dejo bien que se emboben
con su terco engreimiento. Si lo canto -y que troven
sin trovar-, es por sólo procurarme reposo.
Y, si estas estrofas, te molestan, por algo
te sucede tal cosa, que no quieres mirarte
en verdad a ti mismo como eres, que hidalgo
es un título sólo: no amerita tu arte,
si no es el de artero, por carrera del galgo
que a las liebres se pilla, como a mí, que me salgo
de la norma sin armas: mi dios nunca fue Marte.
La Justicia, Belleza, de Verdad, qué ilusoria
le parece a quien mira la que ejercen los jueces
como única; empero, hay un juez, que es la Historia,
que coloca en su sitio a quien dicta estas heces
inmorales, sirviendo al Poder y a su Escoria,
y así siga el humano bajo sus estrecheces.
Yo que sigo inocente, aunque sé qué es lo cierto,
más le llevo la contra al gañán y a su jefe.
La inocencia querida por el sabio, el experto
en visión trasparente, sólo al ruin mequetrefe
mero vicio parece. Déjalo que se befe.
Por sin alma, no sabe, aún en vida, que ha muerto.
alïanza cobarde de la ingrata conjura
cómplice del embuste de la tele-caverna
con su sesgo estadístico de la diestra censura
de lo justo y la alzada de la infértil basura
a la categoría de verdad -de taberna.
Yo caí en el desborde de la fuerza corriente:
la del desequilibrio de un sistema podrido
que promueve al inicuo para sobresaliente,
por sin mérito propio, y al que está sometido,
por ingenuo, a la trampa que le pone el Bandido,
y a la insana cloaca de su torpe inconsciente.
La inocencia se pierde. La experiencia la mata,
cuando observa el fenómeno. Y, en lugar de una lucha
emprender por mejora del sí-mismo, la cata
del aguado vinagre, que jamás desembucha,
por normal, da en la envidia de quien nunca se escucha
ni se ve propiciando y admirando a una Rata.
Me da lástima un pueblo que el peor vicio envidia
de mentir y mentirse sobre sí, cuando ignora
a conciencia su inane inconsciencia, sin lidia
por lo bello y lo bueno y lo cierto, y adora
su ignorancia política y a su lela Señora
que, por lista, les roba la salud con perfidia.
Es la norma: el cobarde no se enfrenta a ese flujo,
y margina a quien sabe y a quien sigue una Idea
ideal por hermosa. Le fascina ese lujo
que no tiene, y envidia al que ostenta esa fea
condición, y en su puesto se imagina y desea
y lo elige de prócer, y se sume en su embrujo.
Quienes van de galanes y no ven su castillo
interior, y despiden del negocio al honesto,
por sentirse aludidos en su fondo más pillo,
¿es que temen quedarse sin el buen presupuesto
que los paga, y abusan del Poder -los molesto-,
y acabar eclipsado por quien tiene más brillo?
Al traidor no me sumo, ni al tontaina celoso
de una nada ruinosa. Cuando aún era joven
yo también sufrí celos de su triunfo, envidioso
de su fama. Ya viejo, dejo bien que se emboben
con su terco engreimiento. Si lo canto -y que troven
sin trovar-, es por sólo procurarme reposo.
Y, si estas estrofas, te molestan, por algo
te sucede tal cosa, que no quieres mirarte
en verdad a ti mismo como eres, que hidalgo
es un título sólo: no amerita tu arte,
si no es el de artero, por carrera del galgo
que a las liebres se pilla, como a mí, que me salgo
de la norma sin armas: mi dios nunca fue Marte.
La Justicia, Belleza, de Verdad, qué ilusoria
le parece a quien mira la que ejercen los jueces
como única; empero, hay un juez, que es la Historia,
que coloca en su sitio a quien dicta estas heces
inmorales, sirviendo al Poder y a su Escoria,
y así siga el humano bajo sus estrecheces.
Yo que sigo inocente, aunque sé qué es lo cierto,
más le llevo la contra al gañán y a su jefe.
La inocencia querida por el sabio, el experto
en visión trasparente, sólo al ruin mequetrefe
mero vicio parece. Déjalo que se befe.
Por sin alma, no sabe, aún en vida, que ha muerto.
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