I) Mientras el mundo se derrumba, canta
el organillo del poetilla tonta
letra de amor narciso que remonta
a sí, en el charco de su gloria santa:
“Quién es más guapo -inquiere- que yo. Cuanta
gente lo sea muera so la impronta
de mi bota de clavos siempre pronta
para el que tenga una mejor garganta”.
La realidad su dramaturgia inventa
que sale por la tele, y la de vero
ignora activo, y propaganda cuenta
de amor cortés, de Elisa caballero.
Y, mientras tanto, lo demás revienta.
(Sólo busca la fama -y más dinero.)
II) Real es lo que sale por la tele.
Lo que no sale ni siquiera existe
como fantasma, ingenuo en su despiste,
de quien te canta la verdad, que duele.
Puede sufrir la Empresa un mal telele
si la verdad real se sabe, triste:
que ese tu dios de amor es como un quiste
o cáncer de odio que por dentro muele.
La fama del ilustre que no ilustra
-lo contrario más bien- en que confías
toda felicidad del pobre frustra
y aún más la de la viejas y marías.
Tus dioses son demonios: Zaratustra
te lo vuelve a decir todos los días.
III) Canta un solo de amor, mierdoso, el bardo
a su querida realidad infanda,
indiferente a tanta propaganda
pagado de Narciso, y a Abelardo
castra, por dar en Diana con su dardo
de Cupido, en Verdad. Sigue a quien manda
por omisión, y peras roba, escanda
o no por la corona de su cardo,
confesándolo rosa -de novela.
Pero en verdad la realidad no vela,
y no la ve porque se mira solo.
Cuando cae en la cuenta, disimula
y, plagiando perales, viola: encula
a quien desposeyó en su mauseolo.
III) Dado el golpe de Estado poco a poco
mediante media hipnóticos, ahora
armas no necesita, que mejora
en sofisticación -con comecoco
consiguió la adhesión del diplodoco
popular en sus castra- la Señora
del Crimen y el Narcótico, y ya implora
el siervo que le den más soplamoco.
Tribunales y tele estrechan mano
prensando al elector que, soberano,
designa a quien lo aplasta: ya le aterra
la Justicia, y prefiere a la Gamberra
que la salud le roba, y al tirano,
porque una tonta se han cogido Perra.
V) La verdadera realidad no importa.
Importa la mentira de la fama.
Lo que sale en la tele la proclama.
Corta con la verdad y no se corta
el sinvergüenza y la gestión aborta
de quien se opone al sórdido programa
de su noticia falsa, y más lo infama
cuanto más dice la verdad absorta,
valga la hipálage. La boca abierta
llenan las moscas del mojón gustoso
y así quieren callarla. No deserta
la lucidez y escupe sin reposo
contra el poder mediático, y le acierta
en su hipócrita jeta al mentiroso.
Y VI) Debe decir lo cierto el buen poeta
mediante su ficción o dicho en plata.
De nuevo vuelves a meter la pata
diciéndolo, y te vas a la puñeta.
Pero habrá que insistir, que mucha jeta
tiene el corsario de la tele chata
-o el indolente de la timorata
conciencia ciega-, propio proxeneta.
Prostitüido, el vate no adivina.
Y el periodista falso la doctrina
predica del patrón al que se ofrece
por unas rupias. Pero el vulgo terco
prefiere ser en su pocilga puerco.
Y la verdad se ignora, porque escuece.