lunes, 2 de mayo de 2022

EL VIEJO TRAJE DEL EMPERADOR

Y “El rey no trajo el traje”, dijo el niño,

jugando con ingenua su videncia.

Pero esta vez no se atendió aquel guiño

de la santa inocencia.

            Sólo el de pura sangre puede verlo:

nadie lo ve y, empero, el mundo todo

lo finge ver. Y negro al blanco merlo

llaman, y el torpe apodo

            quiere decir lo que judío antes,

en tiempo de los nazis, el dïablo,

candidato a la cámaras. Cervantes

lo dijo en su Retablo,

            mucho antes que Andersen. La gorda

vista se hace, y se arma y, por desarme

indefensos, nos tira por la borda,

pirata, y ni un adarme

            nos deja del pastel, que da a sus moscas,

ni de la mosca, y al barranco empuja

al que distingue novas entre foscas

sin visor, con su aguja

            de marear que borda, porque el Pseudo

es Señor de la gleba que cultivas

y desprecia tu mérito: en su feudo

no caben almas vivas

            rebeldes, de sí propias, y las muertas

son de Gógol: las compra el personaje

aprovechando la ocasión de ciertas

cesiones del usaje

            estatal. Y está tal cada más muerto

vez -qué hipérbaton-, y ésta cada uno

recibe -y calambur- por vate cierto,

que el más mendaz y tuno

            se lleva al propio huerto lo de ambos

y lo parte con propios, y morcilla

nos da a los nunca suyos, ditirambos

acaparando, y pilla

            el chorizo süelto el botín, vuelto

-la diéresis lo marca- a sus andanzas

de patente corsaria en verso suelto

que llaman libre, chanzas

            irónicas del medio, y aun sarcasmos

sardónicos, inflándose pez globo

gordo del aire nuestro -los pleonasmos

valgan-, y a su alto arrobo

            a mano armada -aliterando- sube

como la espuma: nunca aquí se fuma

la mala pipa de la paz que estuve

ofreciendo a su espuma

            por una común causa de relieve

mayor que la escritura: la justicia

para la mayoría. Dijo breve

con escasa pudicia

            alguna afirmación que luego falsa

resultó, porque hïzo lo contrario:

en pro del bien común no está en su salsa.

Es el mejor, por ario,

            aunque vaya de rojo. Purpurante

será porque supura por marisco,

el múrice, fenicio, mareante,

o peñasco, o pedrisco

            -y polipotes, que de muchos potes

y botes chupa. Pero nadie observa

que no se ve su traje de empelotes

ni ve mala su hierba.

            Pero así es esta vida. Solo medra

aquí el astuto, el sinvergüenza, el cínico

en el peor sentido, en el de Fedra,

que acusa ante el Domínico

            de su falta lasciva al casto Hipólito,

su presa bajo piedra; el Rey Teseo,

su padre, es quien lo pune, y no es insólito

caso tan ruin y feo.

            Hay derecho a ese cuento que se narra

cada cual a sí mismo -se deprime

si no- pero el maltrato de la guarra

frustrada no es sublime

            jamás o del medroso del desbanque

que en todas partes teme al enemigo

que no lo es, y acaba en el estanque

su corriente de frigo

            estropeado, y le salen sabandijas,

y ha de aferrarse al puesto como yerro

apoyándose en fuerzas más canijas

con lealtades de perro.

            El poder hace pupa, porque atonta,

y al sin mérito más, si lo detenta.

Sin él me arriesgo a no dejar impronta

y, aun así, no me tienta

            ni tampoco la fama, dada a cama

como pública hembra, y transitoria.

Nunca he querido ni poder ni fama,

sino estar en la gloria.


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