Y “El rey no trajo el traje”, dijo el niño,
jugando con ingenua su videncia.
Pero esta vez no se atendió aquel guiño
de la santa inocencia.
Sólo el de pura sangre puede verlo:
nadie lo ve y, empero, el mundo todo
lo finge ver. Y negro al blanco merlo
llaman, y el torpe apodo
quiere decir lo que judío antes,
en tiempo de los nazis, el dïablo,
candidato a la cámaras. Cervantes
lo dijo en su Retablo,
mucho antes que Andersen. La gorda
vista se hace, y se arma y, por desarme
indefensos, nos tira por la borda,
pirata, y ni un adarme
nos deja del pastel, que da a sus moscas,
ni de la mosca, y al barranco empuja
al que distingue novas entre foscas
sin visor, con su aguja
de marear que borda, porque el Pseudo
es Señor de la gleba que cultivas
y desprecia tu mérito: en su feudo
no caben almas vivas
rebeldes, de sí propias, y las muertas
son de Gógol: las compra el personaje
aprovechando la ocasión de ciertas
cesiones del usaje
estatal. Y está tal cada más muerto
vez -qué hipérbaton-, y ésta cada uno
recibe -y calambur- por vate cierto,
que el más mendaz y tuno
se lleva al propio huerto lo de ambos
y lo parte con propios, y morcilla
nos da a los nunca suyos, ditirambos
acaparando, y pilla
el chorizo süelto el botín, vuelto
-la diéresis lo marca- a sus andanzas
de patente corsaria en verso suelto
que llaman libre, chanzas
irónicas del medio, y aun sarcasmos
sardónicos, inflándose pez globo
gordo del aire nuestro -los pleonasmos
valgan-, y a su alto arrobo
a mano armada -aliterando- sube
como la espuma: nunca aquí se fuma
la mala pipa de la paz que estuve
ofreciendo a su espuma
por una común causa de relieve
mayor que la escritura: la justicia
para la mayoría. Dijo breve
con escasa pudicia
alguna afirmación que luego falsa
resultó, porque hïzo lo contrario:
en pro del bien común no está en su salsa.
Es el mejor, por ario,
aunque vaya de rojo. Purpurante
será porque supura por marisco,
el múrice, fenicio, mareante,
o peñasco, o pedrisco
-y polipotes, que de muchos potes
y botes chupa. Pero nadie observa
que no se ve su traje de empelotes
ni ve mala su hierba.
Pero así es esta vida. Solo medra
aquí el astuto, el sinvergüenza, el cínico
en el peor sentido, en el de Fedra,
que acusa ante el Domínico
de su falta lasciva al casto Hipólito,
su presa bajo piedra; el Rey Teseo,
su padre, es quien lo pune, y no es insólito
caso tan ruin y feo.
Hay derecho a ese cuento que se narra
cada cual a sí mismo -se deprime
si no- pero el maltrato de la guarra
frustrada no es sublime
jamás o del medroso del desbanque
que en todas partes teme al enemigo
que no lo es, y acaba en el estanque
su corriente de frigo
estropeado, y le salen sabandijas,
y ha de aferrarse al puesto como yerro
apoyándose en fuerzas más canijas
con lealtades de perro.
El poder hace pupa, porque atonta,
y al sin mérito más, si lo detenta.
Sin él me arriesgo a no dejar impronta
y, aun así, no me tienta
ni tampoco la fama, dada a cama
como pública hembra, y transitoria.
Nunca he querido ni poder ni fama,
sino estar en la gloria.
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