Érase una vez que, en un país muy muy extraño y, aun así el más cercano que pueda concebirse, sito en el satélite de un enorme y saturnino planeta aún más próximo si cabe, habitado por una especie humanoide que había evolucionado a partir del conejo, luchaba en competencia por la vida una paria viuda que tenía una camada de 8 hijas a las que no podía alimentar valiéndose sólo de su honesto trabajo.
Así que se dedicó a robar a los vecinos ricos.
La pillaron infraganti y, cuando iba camino de la comisaría, le pidió al agente que la soltara, por el bien de sus 8 gazapas que, sin su trabajo, morirían de inanición.
El poli le propuso un intercambio de favores.
Y así empezó, como siempre, su dedicación profesional a tan antiguo oficio.
Sus 8 crías, hubieron de seguirla por su atajo, para evitar parábolas dolorosas.
Y, como los anticonceptivos estaban prohibidos y eran prohibitivos de estraperlo, parieron más parias, que, por rara casualidad, salieron hembras destinadas desde niñas al obligado meretricio.
Y se desencadenó una propagación exponencial de la especie.
Y llegó el momento en que eran abrumadora mayoría en el tan cercano país
que el poder masculino empezó a temer por la moral del reino y, aterrado, quiso dictar leyes contra la proliferación pandémica de tan insoluble plaga.
Pero una experta y sexi y encantadora tataranieta de la aún lozana Coneja primigenia le sacó al dictador, aprovechando su capacidad de seducción por bellas artes de tálamo, el secreto de la inminente medida anti-vicio.
Y las representantes de los diversos grupos de acción laboral se reunieron en cónclave con la todavía lustrosa gran tatarabuela.
Y tomaron la decisión.
Justo la víspera del día que burgomaestre hereditario del país, el general Holofernes, había señalado como comienzo de la Era Virtuosa, todas interpretaron el papel de Judit, y sólo le perdonaron la vida a los más mozos de ejército, prometiéndole lo que es de más agrado para los machotes con galones y carguillo: el Mando y sus secuelas.
Engatusados por Eros y Plutón e incluso Marte, obedecían inconscientes las insinuaciones del hechizo y, cuando pudieron caer en la cuenta de su error, cayeron en el abismo de la impotencia y la adicción: u obedeces o no hay coitos.
Y así los machos creyeron -eran así de fatuos- haber inventado la Feminarquía.
Y advino la primera Pascua de Revolución, en que se celebró el sacrificio de Holofernes, liberador de la Comunidad que es, desde entonces, feliz.
Aquel país, el más cercano, que pueda concebirse, está emplazado, como no puede ser de otra manera, en los Santos Testículos de la Generatividad Estatal, llamada Unión o Junta, y popularmente Nuestro Corazón, que todavía paga tributos la Imperio.
Pero se cuenta que La Más Hermosa, o Calisto, es la amante oficiosa del Zeus Imperátor, que cree estar seduciéndola, y ya comienza a rebajar los tributos de esa nación de parias, y a subírselos a los Estados federados más opulentos del Cuerpo de la Confederación Imperial.
Cada cual lucha con las armas de que dispone.
Y la onda de esa explosión demográfica se expande.
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