Del reencanto del mundo
desencantado por el Prosaísmo Posmoderno.-
A Juan Gavilán, uno de mis
Maestros
Antes de empezar,
insisto en el aviso de que tomo cierta terminología de Jacques Lacan y me
apropio de ella haciendo un uso más poético que técnico: en efecto, este genial
psicoanalista utilizó, para aludir a su concepto técnico psicoanalítico de Amo
(así se ha traducido hasta ahora) el término francés Maître, y su lector,
comentarista y discípulo Slavoj Žižek me temo que usa el esloveno Mojster (aunque,
dada mi absoluta inocencia de su lengua, no he podido comprobarlo), así como el
inglés Master (aunque sí he visto en su Menos que nada, el vocablo
alemán Meister, y en su ultimísimo El
sexo y el fracaso del absoluto, su traducción alternativa: Maestro), según
la lengua en que se transcriba su pensamiento; palabras que en esos idiomas
significan por polisemia tanto Maestro como Amo, a diferencia del español, en
que ambos sustantivos significan y hacen referencia a dos referentes distintos:
si Maestro alude a la Autoridad de la Sabiduría propia del estudio y la
experiencia, Amo lo hace al Autoritarismo del Propietario de Siervos, en
latín Dominus, Señor: el que Domina o enseñorea a su familia, que
estaba constituida por él, su esposa, sus hijos, llamados liberi, y
sus esclavos). Me llamó la sorprendida atención que en el prólogo a la edición
española de la citada Menos que nada
el filósofo democomunista esloveno
hablara del partido político español Podemos como un Amo necesario para
orientar la búsqueda política hacia la justicia verdadera y verdadera libertad
sociales. Pero si los maestros antiguos fueron por regla general, en efecto,
autoritarios, está claro que no lo fueron siempre (léase a Quintiliano), ni es
así con los actuales, puesto que, bajo leyes sucesivas de (mala) educación, los
docentes hemos sido desposeídos, no sólo nuestro tradicional autoritarismo, que
experimenté sólo cuando alumno, sino incluso hasta el prestigio que da la mera
autoridad del conocimiento. Por lo tanto, propongo una diferenciación de
significados: el lacaniano significante-Amo será usado aquí para significar el
aspecto negativo de un junguiano Arquetipo asimilable, sin entrar en teologías,
a Dios Padre Severo e Inclemente, v. gr. el absolutista Yahvé del Génesis; y
especializaremos el significante-Maestro para otro más afín al más pluralista
Elohim (cuyo significado etimológico o literal es Dioses), que nos creó macho y
hembra a su imagen y semejanza (Génesis 1: 26, 27), o a la “Sabiduría” del
Yahvé de Proverbios, por ejemplo, 3: 19, que es su Instrumento o Programa
creador (con la Sabiduría fundó la tierra
y estableció los cielos), o El Libro de la Sabiduría, 7: 27, en se
predica que esa Sabiduría “Aún siendo sola, lo puede todo” (cito siempre por la
traducción castellana de la Biblia de Jerusalem), sabiduría en cierto sentido
próxima a la horaciana (in)vocación del docere
et delectare, ideal de todo sabio maestro o docente, id est: enseñanza
mediante diversión; a la cual el poeta aludió a fin de definir el objetivo o
función del arte poética -y recuérdese que la definición clásica o tradicional
de arte tiene que ver con la búsqueda, hallazgo y plasmación en un artificio de
la belleza, en un sentido muy lato; y que la Belleza que, al menos desde
Platón, que se basó en (a la vez que en su ruptura con) su tradición mítica,
siempre estuvo relacionada con Eros, dios creador según adelantaba ya Hesíodo,
especificara Empédocles y predicaran en secreto a voces los órficos y otros-;
aunque los dos sean atribuibles a Dios como significante-Amo/Maestro. De ese
modo puedo estar de acuerdo con Žižek en la necesidad de un sabio Maestro
orientador, papel que podría interpretar un partido político, como lo hace, por
su parte, el psicoanalista con el analizando o paciente, y el poeta o el
filósofo, o el poeta filosófico o el filósofo poético, como se verá, por
otra.
Y si esto non è vero é ben trovato. Y al grano:
La realidad occidental,
y aun global, está enferma del alma.
Id est: padece una psicopatía.
Y, como sé que esta
aseveración parecerá en principio disparatada porque la realidad del realismo imperante, estrecho y falso, o falso por
estrecho (por ser una mera ideología o conjunto de dogmas, y como tal y, por lo
tanto, estrecho y falso como todo dogma o ideología) es considerada apsíquica por el significante-Amo de la
Autoridad del conjunto reticular de las Leyes de la Naturaleza descubiertas por
la Ciencia, en que se supone que se basa esa cosmovisión cientificista (y
cáigase en la cuenta de que, a diferencia de la ciencia, el cientificismo es
sólo mera ideología dogmática), que es lo mismo que considerarla inanimada o inánime en tanto que sin
alma.., si todo esto es así, decía, me temo que no tengo otro remedio que
explicar cómo es que califico una entidad que el dogma de ese grosero realismo
cientificista ideológico considera exclusivamente hecha a base de materia, con
un tecnicismo procedente de las ciencias médicas de la mente o la psique:
Puesto que toda cultura
es creación y recreación permanente de mentes individuales asociadas en una
comunidad o etnia, que se interrelacionan entre ellas por medios
institucionales (lengua, legalidad política, religión y mitos y moral
consuetudinaria y ciencias -en el sentido más amplio de esta última palabra-,
entramadas en esa entidad psíquica de carácter simbólico -o simbológico- que
Lacan llama Gran Otro, y que se manifiesta en símbolos emblemáticos -el cetro y
la corona, la toga jurídica, el uniforme y los galones y estrellas de los
militares, la policía o los bomberos, los hábitos sacerdotales, las insignias y
enseñas, y otros signos que autorizan
la realidad oficial y que el
psiquismo interioriza hasta ponerlo en órbita del inconsciente Superego en que
se basan las Superestructuras-, que organizan y estructuran la simbológica
dimensión psíquica de la realidad), podemos afirmar que, por los elementos
anímicos que la componen o, al menos, la median,
dicha realidad está necesitada de una cura psiquiátrica. O una psicoterapia de
su vivo Logomito, en terminología de Hugo de Los y mía.
Porque, como todo el
mundo debería saber a estas alturas y no sabe casi nadie, la realidad (o eso
que, sin ánimo desalmado de ofender, el vulgo, que es casi todo el mundo,
entiende por realidad y así la llama) es resultado de un proceso mental, en
tanto que, en efecto, toda realidad
perceptible es efecto de un sujeto perceptor que la procesa ˗se sabe desde Kant
y, pese Hegel, lo confirman la Teoría de la Relatividad y, sobre todo, la
Mecánica Cuántica, como demostraré₋, que la ajusta a, no sólo la estructura
psico-biológica de nuestro aparato cognitivo orgánico, sino también a los
patrones y valores que cualquier educación general y específica induce, esto
último mediante la instrucción de sus contenidos emblemáticos en sus aprendices
o discentes. De modo que los registros sensoriales quedan determinados o
modificados al modo propio de dicha naturaleza psicobiológica y cultural.
La realidad, no sólo la
que conocemos, sino, más todavía, la que podemos conocer no puede ser sino pura
apariencia o fenómeno, voz griega
cuya raíz léxica está relacionada con los términos fantasía y fantasma, los
cuales podríamos definir como aquello se aparece sólo a la mente pero no a los
sentidos. Si la fantasía no puede ser real porque no la vemos y sentimos Ahí
Fuera, en el exterior de nosotros, salvo para ciertos tipos de psicóticos, los
fenómenos reales y físicos, que suponemos hechos de materia, solo pueden
existir en la interfase que aparece cuando procesamos la información que es
probable emita la hipotética cosa-en-sí cuando es recibida por el kantiano
órgano racional de la imaginación,
siempre creadora, que recibe y organiza los bits de la emisión y los convierte
en imágenes mentales que tienen un
significado para nosotros. Viejo
ejemplo: los colores, una de las propiedades secundarias según Locke (aunque en
el fondo de los fundamentos elementales de la materia según la Física Cuántica,
todas las propiedades de los entes), no existen en la cosa-en-sí o noúmeno
hipotético que postula la inteligencia (o nous, de ahí su nombre); y la pista
nos la da el dato de que, cuando los procesa un mecanismo experimental
analítico de ese fenómeno iridiscente, aprendemos que cada una de esas
aparentes cualidades de los objetos, en tanto efectos ópticos del espectro
irídico, consisten en diferentes longitudes o frecuencia de ondas
electromagnéticas que se manifiestan también, según el tipo de experimento,
como partículas o cuantos de luz que llamamos fotones: así pues la realidad, o
lo que por hábito consideremos realidad objetiva, está construida
fenoménicamente por la poeticidad creativa, valga la sinonímica redundancia, de
nuestro entendimiento, o nous poetikós en griego e intelectus
agens en latín.
Si a esto añadimos que
cada cultura elabora un dictamen oficial al respecto de lo que es real o no
-los dioses y Dios y los diablos y demonios y los fantasmas de los muertos
fueron considerados reales durante milenios, y aún seguimos considerando reales
ciertas entelequias abstractas como Patria, Nación o Humanidad, en cuyo nombre
tantos hombres y patriotas concretos han entregado su vida concreta o han sido
obligados a hacerlo-, siempre por medio
de un sistema de propaganda que se expresa a través de mediadores -hechiceros, magos, sacerdotes, profesores, líderes
arengadores, prensa y televisión o Internet en sucesión histórica-, debemos
concluir, que lo real-para-nosotros es, como mucho, un mapa fantasmal en la
pantalla mental, manipulable, aparte de por nuestro sistema cognitivo
biológico, por la programación educacional de nuestros órganos sensoriales y
psíquicos, mejor o peor diseñada, que nos trasmite cierta información no
necesariamente cierta de un territorio respecto de cuya realidad-en-sí no
podemos tener ninguna certeza.
Ese mapa fenoménico o
fantasmático es, sin embargo, real en un cierto sentido cierto, por ser el
escenario psíquico o, adelanto ya, psicótico en que nuestras vidas objetivas
juegan un rol en que nos jugamos la misma vida, siempre amenazada por la muerte.
El asunto que tratamos
está también relacionado con el de los fundamentos elementales de la materia en
que creemos entender se basa la realidad. En efecto, la experimentación con
átomos y onda-partículas cuánticas nos invita a reflexionar sobre lo que se
conoce como el Problema de la Medida: parece ser evidente que la observación
realizada por todo observador trasforma las propiedades objetivas del objeto
subatómico observado. Esto, que está demostrado a esos micro-niveles, ocurre,
aunque de forma menos llamativa, en casi todos. Se suele traer a colación del
caso el ejemplo del termómetro: si introducimos uno de ellos en un cubo de agua
caliente, es obvio que dicho instrumento se calentará hasta darnos la medida de
la temperatura del agua; pero se suele caer menos en la cuenta de que ese agua,
por contacto con el menos cálido termómetro, se enfriará, si bien es cierto que
en muchísima menor medida; no obstante, el cambio sucede.
En los casos en que el
receptor, consciente o no, de la información es sólo y meramente eso,
receptivo, la cosa es más difícil de notarse, pero no es así cuando la
percepción implica una actividad por parte del sujeto. Si para ver, por
ejemplo, un electrón enviamos un fotón que choque con aquél, está claro que el
impacto cambiará la posición, trayectoria, velocidad, ímpetu, etc., de la
partícula objeto de la medición de nuestro acto cognitivo; pero no lo está
tanto cuando vemos literalmente cualquier otra cosa. Ocurre, sin embargo, que
el fundamento de la acción de observar es el resultado asimismo de una
operación cuántica que tiene lugar en el cerebro del observador y que, por lo
tanto, para empezar, la recepción de esos bits, cambia la configuración de sus
componentes neuronales a ese mismo nivel y, para continuar, los de, digamos,
los fotones que han incidido en la retina, el nervio óptico y el sistema
perceptivo entero, al menos en cierto grado.
Lo que nos parece que no
ha cambiado nada es el mega-objeto que ha emitido sus micro-señales, pero
precísese que, si no cambia en apariencia, sí lo hacen sus fundamentos, puesto
que su emisión permanente de luz, al ser recibida, trasforma, además de nuestra
conciencia fenoménica del físico fenómeno, que es, en última instancia lo único
que podemos conocer, la totalidad implícita en el Acto de Comunicación entre
los sistemas físicos implicados, objeto y sujeto; y, mientras tanto, la
descarga fotónica ha operado una modificación en el objeto emisor de la que, si
no somos causantes, sí que participamos en ella, al menos como cómplices, en
tanto somos los que absorbemos esa energía descargada, cosa trivial si la
comparamos con el más claro caso del sentido del gusto o el tacto en los que el
contacto de las 2 entidades se interinfluyen intercambiando por ejemplo grados
de temperatura, que no es otra cosa que una medida de la vibración de los
corpúsculos y ondas entre ambas. Respecto de la luz es cierto que la cosa es
menos obvia pero no menos inquietante: para ver alguna cosa tenemos que
iluminarla, lo cual implica la metamorfosis en cuestión de ambos elementos del
conjunto, porque la incidencia de los fotones que le enfocamos desde la fuente
de luz interactúa con las ondapartículas de sus átomos o, en caso de no tener a
mano ese foco, debemos cambiar, al menos la situación espacio-temporal del
objeto, desplazándolo a un lugar en donde haya una de esas luminarias, v. gr.,
el sol. Y lo mismo en tanto al sonido y el olor: la cosa-que-sea emite ondas
sonoras o partículas odoríferas que las trasforman, esto es: algo pierden en su
emisión que no pueden recuperar cuando son absorbidas por nuestros órganos o lo
que sea.
Pero hay algo más, y más
llamativo, que tiene que ver con el concepto de entrelazamiento (entanglement,
en inglés), relativo a una propiedad intrínseca al mundo de los cuantos y su extraña
naturaleza dual: si cada partícula se comporta a la vez como una onda de
probabilidad, que las hace permanecer en estados distintos, y aún contrarios,
superpuestos hasta la selección arbitraria de uno de ellos por la observación
(Wigner), hay que entender que su naturaleza difusa -y no especulo demasiado-
ha hecho estar en solapado contacto y mezcla cuando han estado formando parte
de algún átomo, y el término subrayado hace referencia a que, cuando esto ha
ocurrido, si dos partículas se separan, formarán parate siempre de una mismo
sistema de varios elementos, de manera que los cambios que afecten a una de
ellas influirán instantáneamente en igual grado pero en contrario sentido al de
la/s otra/s, por más separades (incluso por años luz) que estén, será, pues,
deducibe, que si un fotón procedente de una átomo modifica su estado al
interactuar con alguna de nuestras neuronas retinianas, de inmediato el fotón
que haya salido en otra dirección o permanezca latente en los electrones del
átomo tambié se modificará de alguna manera, modificando también al átomo al
que pertenece y al sistema en su conjunto.
En cualquier caso y en
última instancia y como pergeñaba, el único mundo cognoscible para nosotros es
el fenoménico y su registro en nuestra conciencia racional y en esa selecta totalidad en donde tienen
lugar tanto las apariciones objetivas de los objetos como las subjetivas
teorías y los diseños de experimentos que, bajo sus directrices, demuestran
para nosotros la certeza, siempre refutable a la luz de nuevos datos, de
aquellas.
Y no estará de más
insistir en ello: en que los datos que interpretamos lo son en el marco de una
Teoría Científica que nos explica la razón de sus cambios, aparentes o no, y
que como tal es también producto elaborado por de nuestra conciencia
intelectual.
Por otra parte no se
suele ser demasiado consciente de un hecho; todos creemos que vivimos en el
mundo, cuando lo cierto es que vivimos cada cual en el nuestro: cada mundo
individual es producto de nuestra personal y privada representación del mismo,
y lo que entendemos como realidad ˗externa a nuestra mente˗ es lo que todos los
mundos particulares tienen en común con los demás por coincidencia y
solapamiento.
Y ni que decirse tiene
que nuestras ideas propias influyen, y mucho, en las características tanto del
mundo privado como en las del comunitario, dado que basta una creencia
arbitraria para metamorfosear aquél, como una creencia política, elevada al
poder por participación de votos activos o pasivo abstencionismo conformista,
para que la naturaleza de ésta, la sociedad, sea una u otra. Piénsese en como
ciertas ideas acientíficas, pura ideología dogmática incapaz de resistir la más
exigua contrastación con experiencia, v. gr. las ideas ideológicas que a bien
tuvieron un día concebir el capricho de los economistas Von Hayek y Friedman,
han conseguido en pocas décadas trasformar un mundo más o menos próspero en una
inicua y desastrosa ruina.
Pues bien: el más evidente
síntoma de esta psicopatología de la que hablamos es que la generalidad de los
miembros integrantes de esta realidad cultural mantienen su tozudez en negarse
a aprender de la evidencia, o de la experiencia, que nuestra interactuación con
ese croquis virtual, realidad-para-nosotros, nos muestra.
No han sido bastantes 2
Guerras Mundiales para evitar en lo sucesivo la proliferación del neofascismo y
otras ideologías anquilosadoras por exceso de conservadurismo, así como del
anti-progresismo retrógrado de base acientífica, puramente ideológica, del neodecimonónico
liberalismo económico, esquilmador de la riqueza masiva de los pueblos en
beneficio de cada vez más parcas minorías privilegiadas y fraudulentas; porque
no quiere entenderse que el fracaso de las revoluciones comunistas se deben a
una traición de los Dictadores estalinistas, y sus variantes, a uno de los
Ideales más bellos y justos que haya sido capaz de concebir la Humanidad, y por
ello se sigue temiendo al ya inofensivo fantasma de demonizado comunismo a modo
alucinación paranoica.
Y, frente a la obvia y
desigualitaria discriminación de las masas de la que se nutre y sin la que no
puede subsistir el capitalismo neoliberal o salvaje -como tal- de la Global
Aldea, la mayoría demótica se empeña en la vulgaridad de su fascinación
idolátrica del superriquísimo Midas en tanto que Señor y Dueño -Dominus- por
hipertrofia del arquetipo Amo, y la atrofia de su sensum, o seso,
que implica su desprecio por todo arquetípico Maestro.
El síntoma más frecuente o
principal que pone en evidencia el morbo de la realidad social del mísero
occidente riquísimo es la rara pero copiosa y frecuente devoción que la gente
siente por su Amo explotador. Se piensa que el Rico o el Plutón es necesario,
porque sin sus inversiones no puede haber riqueza. Desde David Ricardo sabemos,
sin embargo, que el trabajo es quien crea esa riqueza, la real y útil, y nunca
la que crean las inversiones, hoy casi en exclusiva financieras, del
capitalista: es falso que el potentado sea necesario. Marx, hoy tan denostado
por el inconsciente vulgo (entre los que incluyo no sólo a algún an-intelectual
de rasa inteligencia, sino también a algún autentico pensador vendido al
mercado del éxito editorial o achatado por los achaques mentales de la
senilidad), el gran y lúcido filósofo de la economía política de Occidente,
basándose en el economista británico citado dejó claro lo dicho: que es el
trabajo o la fuerza del mismo lo que crea dicha riqueza real: la del valor de
uso.
Y no se quiere
comprender tampoco que hoy son muy pocos los capitalistas que invierten en la
producción de objetos útiles, que son los que fabrica el trabajo, sino que la
mayoría del capital, a menudo en préstamo, se invierte en finanzas o, lo que es
lo mismo, operaciones con el valor de cambio que tienen las mercancías, representado
por el dinero, y crean una riqueza irreal o no verdadera, fantasma pues, en
tanto que representa, no a ese valor de uso, el real, de las mercancías, sino,
por el contrario, sólo ese valor de cambio, un valor que se representa sólo a
sí mismo en un círculo vicioso especular y narcisista, máxime, o pésime, si
todo ese montante se monta encima de valores de deuda, en la que se basan dicho
tipo de juegos de azar en los cuales se apuesta una cantidad que se debe y que,
si no se gana dicha apuesta, ese invertido fantasma, al no convertirse en valor
real porque ni paga ni se cobra, termina por no valer nada, aunque nos cueste
muchísimo, o casi todo.
Pero, por regla general
los trabajadores occidentales se niegan a convencerse de esto. De modo que
aventuro una explicación psico-antropológica de esa paradoja que exhibe el
hecho de que las maxi-mayorías desfavorecidas e inmisericordemente miserables
voten y apoyen y defiendan a las mini-minorías privilegiadas y opulentas de los
potentados que son causa de su explotación y, por ende, su miseria: entiendo
que se produce tal fenómeno social como consecuencia de otro fenómeno, esta vez
psicológico, que puede denominarse, con todo derecho y justicia etimológicas
(más justa y jurídica aún si nos basamos en una síntesis de las 2 acepciones
del tecnicismo que sigue a este paréntesis -basado tanto en Marx como en
Freud-), Alienación -o (en)Ajenación- (del latín Alienus: ajeno; derivado a su
vez de Aliud: lo Otro), un estado de ánimo o ánima que se produce e induce
mediante desinformación propagandística por los Dueños de los mass-media
(antes, por ejemplo en la Edad Media, los Púlpitos, y hoy, de modo abrumador,
la Tele), eficentísima siempre, por cuanto afecta, según descubro, al miedo
subconsciente, del cual tiende a autoinfectarse por hipocondría incluso hasta la inflamación, desembocando, por ende, en su
más alto e intenso grado paroxístico y voluminoso, que es, en primera instancia
y siempre, el de el Terror a lo Desconocido o lo Diferente de la Costumbre o la
Tradición, basadas ambas en cierto Arquetipo junguiano que podríamos denominar
el Monstruo, enraizado en el instinto biológico de Conservación de la Especie
de este animal social que somos, en tanto que, frente a fauces y garras y
ponzoñas y caparazones y púas y otras modalidades predatorias o protectoras,
las hómines sólo contamos con la fuerza de la cohesión -no siempre, o casi
nunca, coherencia, como se verá- de grupo. Y lo que piensa o cree la media
aritmética del grupo, cuya unión interna es, insisto, nuestra más eficaz arma
defensiva y predatoria, siempre se configura y alza como un símbolo sagrado,
del que está mal visto, y después prohibido, bajo pena de expulsión, y aun de
muerte, diferir. O disidir.
Estas malas artes
propagandísticas son sutiles, penetrantes (y violantes), porque, inflamando la
libido generalizada del necesario deseo conservación y mantenimiento de la
vida, la salud y la prosperidad de nuestros especímenes, proceden a la
hipertrofia, por hiperbólica inflación, del Conservadurismo, que al excederse
de su función biológica se vuelve o revuelve en un
Conservadurismo-de-lo-que-NO-Debe-Ser-Conservado si queremos, en efecto,
sobrevivir.
Contra dicha psicopatía
de grupo sólo hay un remedio psicoterapéutico: la inyección en las conciencias
de lucidez psicoanalítica respecto de nuestros instintos inconscientes que
determinan esa Fantasía, aceptada como Realidad, fundamentada en esa
fantasmaticidad pseudorrealista (cfr. Ẑiẑek & Lacan): hay que encarar el
Ello y el Superego inconscientes y, si se me permite el neologismo técnico, el
Superotro del significante/Amo ₋que es el responsable de la Superestructuración
de la sociedad a base de propagación subliminal de matices hipno-ideológicos y
anti-filosóficos, justificantes tenebrosos de un desequilibrado y, portanto,
injusto Statu Quo₋; y, al enfrentarlo por medio de esa iniciación, iniciar su
proceso de conversión en un significado/Maestro que amaestre a la Bestia
salvaje que anida en la jaula de nuestro más sombrío interior psíquico,
atavismo heredado del pitecántropo, modificando poética o creativamente al
brutal Ego Egoísta que, a modo de Mano Invisible del Capital, es, curiosa
paradoja, el cemento que Unifica -hace que sea Una- la Gran Jerarquía piramidal
del Grupo frente a lo Extraño (crasa y bárbara xenofobia ancestral arraigada,
como dijimos, en el Terror al Gran Depredador que padecemos los predadores
menores), en un Nosotros Solidario que nos permita ver la Fantasía Ideológica
popular, o vulgar y, por ello, populista y anti-demos, como lo que, en realidad,
es en sí: pura falsedad, más que por error, por embuste y autoengaño, fruto de
la manipulación de las Superestructuras sociales y políticas en manos de los
Oligopolios del Poder, interesados sólo en los beneficios económicos de sus
minoritarios detentadores.
Id est: la perduración
del necesario Totus grupal se torna
en retro-(a)gresivo suicidio del bienestar de las masas que, hipnóticamente
fanatizadas por el pánico a un ancestral y arquetípico xeno-Enemigo monstruoso,
tienden a la defensa de su endo-Alimaña, representada por sus públicos
representantes en el simbolísmo del gran Otro ideológico, de la que son presa,
por psíquico desplazamiento metonímico de sinécdoque: la protección de la
totalidad social se reduce y centra en el lugar de la particular o privada
parcialidad de la cúspide piramidal que las aplasta, por más -o por ello mismo-
que las bases oprimidas por el peso de la jerarquía, más o menos conformes,
según su nivel de escala, la constituyan a modo de cimiento. La gregaria fobia
a la amenaza extraña o extranjera se vuele patriótica filia por, e incluso
enamoramiento de, un idio-Enemigo interno, de tipo señorial espartano o
imperial, que ejerce el monopolio de la fuerza, y explota a sus básicos
defensores masivos y plebeyos lumpénicos, convirtiéndolos en sus paradójicos
partidarios, cosa que hacen, además, sin el más remoto atisbo de remordimiento
o piedad, ni, mucho menos, gratitud.
Por otra parte, la alienación
es puro síndrome psicopático: recuérdese que hubo un tiempo en que a los
psiquiatras se les llamaba alienistas, y no hace falta ningún insidioso
tejemaneje de la información para que esa enfermedad se reproduzca: el ser
humano tiende por naturaleza e instinto de supervivencia a ser siervo de su
grupo, y hasta ahí podemos decir que hace lo correcto, pero es que, con
absoluta frecuencia a lo largo de la Historia, el servicio al grupo se ha
tornado en servilismo al Jefe, al Rey, al Emperador, que se acaba trasformando
siempre en Dominador de sus súbditos para beneficio propio y satisfacción de
sus intereses egoístas, a costa de no colmar, y a veces ni siquiera satisfacer
las necesidades de sus dominados.
El asunto es trascendental en
el sentido filosófico del tecnicismo.
Siempre ha pasado así, al
menos desde el Neolítico: cuenta Neil Faulkner en su Desde los neandertales a los neoliberales, que los más fuertes y
astutos miembros de los grupos ancestrales de principios de la revolución
agrícola consiguieron traicionar la confianza que los habitantes de las aldeas
habían puesto en ellos como administradores y contables de los excedentes de
producción y, dando un golpe de mano, se apoderaron de ellos, organizando en
seguida un cuerpo de matones, llamados guerreros, a los que pagaban con el
valor de cambio de lo producido por sus víctimas, para que protegieran lo que
desde entonces empezaron a llamar su propiedad o propiedades.
Desde entonces cualquier
truco, trampa, celada o artimaña, no siendo la menos eficaz la de su perpetua
mentira propagandística, llámese dogma religioso o ideológico, les ha resultado
aceptable para justificar la aceptación por parte de sus pueblos de la
ilegitimidad de su robo, que así queda legitimada, freudianamente proyectando
aquellos nuevos Ordinantes u Ordinales, por no decidir Ordenadores, sus faltas
morales en los sub-ordinados que pudieran reclamar la devolución del valor de sus
productos, a base de tratar a los productores de su robada acaparada riqueza
real como apropiadores indebidos de lo propio, y sancionándolos como ladrones y
delincuentes que, por miedo al castigo ilegítimo, terminaron por aceptar su
condición de clase inferior al servicio de su Esquilmador.
En efecto: Sigmund Freud en Totem y tabú nos daba una clave sobre el
origen ancestral de esta patología: en tiempos prehistóricos las “hordas
salvajes” sentían terror por los muertos recientes, de los que se suponía
odiaban a sus familiares aún vivos y deseaban devorar su carne y beber su
sangre, cosas que se manifestaban a modo de enfermedades y dolencias que se
creían provocadas por la maldad vampiresca de los difuntos. El dato en cuestión
lo explica el Maestro vienés mediante el psico-mecanismo de la de proyección. Los enfermos o ancianos, al
suponer una carga para los más jóvenes y sanos, inspiraban, por hartazgo, un
deseo de eutanasia en sus cuidadores, por lo que, una vez muertos los primeros,
el remordimiento era expulsado por los segundos por medio de la proyección de
su pecaminosa falta en la víctima del no realizado ataque, que se convertía así
en un espíritu vengador de esas malas intenciones. Esto, como se sabe, sucede
con harta frecuencia en todos los neuróticos, y otros psicópatas, que somos
casi todos, siendo el caso más típico el del deudor que considera desagradecido
al acreedor al que debe lo que tiene y le faltaba, por no darse cuenta el 2º del
honor que le supone tener una relación con su dignísima y eminente persona y
que, incluso con generosidad y sin interés personal alguno, le prestara la
ayuda del favor solicitado.
No obstante, lo más curioso
del tema es que con el tiempo, cuando se suponía que el espíritu o alma del
desaparecido anciano había olvidado el inconsciente y represo deseo criminal de
su descendencia, las tribus procedían al trasformar su miedo en respeto
mediante el culto ritual de sus antepasados y al mito enaltecedor de los
primeros padres o abuelos, que de ese modo acababan figurando como héroes en
incluso como dioses.
Dioses en principio
inclementes y arbitrarios, como el tiempo atmosférico (léase Júpiter, Zeus,
Indra, Marduk-Enlil), habitaban en sus espíritus, y en segundo término severos
como padres autoritarios y represivos que temen ser dasbancados de su trono por
sus hijos, aspectos que acabaron sintetizándose en el mito de Cronos y Zeus y
la consiguiente Titanomaquia.
Y, así pues, la dialéctica antítesis opresión/rebeldía se desvela como raíz de
una fronda de conflictos psicosociales relativos a, primero, la lucha entre
generaciones y, segundo, la lucha de clases. Y lo que relaciona ambos opuestos
complementarios es esa tensión inconsciente pero muy sentida entre
autoritarismo y libertad.
Desde la perspectiva de la
fenomenología de Husserl, corregida por el biólogo Humberto Maturana, podemos
entender que la realidad objetiva exterior al sujeto, u “objetividad”, debe ser
puesta “entre paréntesis”, puesto que la validación de su verdad se produce
mediante la autoridad de un lacaniano Otro, que es la comunidad científica en
este caso, y que, aparte de depender de la estructura u organización biológica
del ser vivo conocedor, tiene lugar sólo en el lenguaje y, en concreto en las
reglas de su lengua (Saussure) o en la competencia chomskyana. No se olvide, en
primer lugar, que la lengua no es un mero conjunto de palabras que se lleva el
viento, sino un código doblemente articulado desde el nivel de los
significantes hasta el de los significados, intermediados por la capacidad
distintiva de ciertos sonidos idealizados, los fonemas, diferenciadores, en
efecto, de los últimos mediante el reglamento del juego combinatorio de los
primeros, y, en segundo, que un significado es una imagen mental o idea de un
conjunto de rasgos perceptibles organizados conceptual y sistemáticamente en un
objeto significativo, y concluiremos que, puesto que la “realidad” (“entre
paréntesis”) de todos los objetos se configura según el patrón del código
(léxicosemántico y morfosintáctico) de cada idioma, la naturaleza
entreparentética de esa realidad fenoménica u objetiva tiene que ser en gran
medida psicolingüística, por tanto, es susceptible de padecer un síndrome
psicopático que consiste en algo así como una incapacidad de esa realidad
fenoménica para conocerse a sí misma en tanto que tal. V. gr.: si alguien
mete en la cárcel aun inocente y quiere evitar los remordimeintos inherentes a
la injusticia cometida, siempre mantendrá inculpada a su víctima, negando así
la evidencia de la porpia culpa del inculpador.
Pero antes de especificar con
mayor minuciosidad los síntomas psicóticos en cuestión deberíamos redefinir el
concepto de realidad desde una perspectiva ontológica:
En el habla coloquial decimos que algo es real cuando consideramos que es una
cosa (res en latín, de donde realem y realitatem)
que existe por sí, con independencia de lo que pensemos o creamos. Pero,
teniendo en cuenta lo ya dicho suso, no podemos estar seguros de que ninguno de
cosa tenga ese tipo de existencia, puesto que sólo puede considerarse existente
para nuestra propia perspectiva como receptores que, como mínimo, adapta (o
incluso deforma), la información emitida por la cosa que sea, a la estructura organizativa
de nuestro sistema de percepción y consciencia, organizado tracendental y
arquetípicmente por El Instinto del Lenguaje
(Pinker), del que no podemos escapar.
En consecuencia, hablar de la
realidad en sí de cualquier cosa no puede ser otra cosa que una convención
social psicolingüistica. Y las convenciones son, en el mejor de los casos,
consensuales, y en el peor, impuestas por una Autoridad que lo es no por sabia
y Maestra, sino por necia y Despótica.
Creíamos en los dioses y
los fantasmas de los muertos y en demonios, y hoy creemos en sus equivalentes:
para empezar en el fantasma del muerto estalinismo, al que identificamos con
todo comunismo posible, cuando los nuevos socialismos del siglo XXI son
democráticos y admiten en su seno como componente de sus sistemas la a economía
de mercado. Pero todo lo que se oponga a las peligrosas injusticias del
capitalismo salvaje o neoliberal ₋son términos sinónimos, con la diferencia de
que el 1º es término tabú y eufemismo el 2º₋, potencialmente destructor de su
propio sistema y el de los demás, incluyendo el mismísimo ecosistema
planetario, es demonizado por la propaganda de los mass-media a sueldo de las
oligarquías económicas que tienen comprados, tanta es sus acumulada riqueza a
costa de sus trabajadores pagados con la exigüidad de su inversa moneda, a los
corruptos Estados Democráticos, que acaban siéndolo sólo en la apariencia
fantasmal de nombre ₋sin sustancia objetiva.
Creíamos en el Premio y
el Castigo en la Otra Vida, con lo cual se justificaba nuestro sufrimiento en
ésta como sometidos o desposeídos, y hoy creemos en la demostrada falacia de la
darwinista, que no darwiniana, Competencia en la Lucha por la Vida, cuando la
alternativa al darwinismo, basada casi siempre en Darwin, habla de la
cooperación como un ingrediente de la evolución biológica (Margulis, v. gr.),
al menos tan trascendental como esa Competitividad, idea/dios que el
neoliberalismo usa como legitimadora de su prevaricante soborno de estadistas y
políticos para su mundial latrocinio de las masas, que al adorarlo por empatía
hipno-inducida, descreen de la solidaria Cooperación, base de una empresa Común
a toda la Humanidad, cuando es esta última diablesa ideal lo único que puede
salvarlas de la precariedad mayoritaria diseñada por falsos ₋por ideólogos₋
economistas.
Llegamos a creer que era
más fácil que un camello pasase por el ojo de una aguja a que un rico entrara
en el Reino de los Cielos, y hoy sólo creemos en la Necesidad de que los ricos
vivan en, o de, sus paraísos ₋fiscales.
Creímos en el amor al
enemigo, y nos regocijamos con la quema de herejes, que hoy son sólo los
enemigos del capitalismo, a que llamamos comunistas, que confundimos con los
estalinistas sin saber nada de la ideas de Marx, a quien sólo se le ataca con
argumentos ad hominem, que si él fue
esto o aquello y que ni siquiera escribió 2 tercios de Das Kapital, cuando lo único cierto es
que no los redactó en su totalidad, de acuerdo, pero lo hizo Engels basándose
en las ideas de su amigo y Maestro.
Creíamos en el Bien y el
Mal, y ahora sólo creemos en la Bondad del Malvado Amo, que lo es por
explotador y opresor inmisericorde e inclemente.
Creímos en la ética de
la moral, y ahora sólo en la incontestabilidad de la Injusticia, aún la
ejercida por corruptos jueces que juzgan conforme a su ideología propia y
privada, y menos según el Derecho Universal.
Creímos erróneos en
dioses y fantasmas, y ahora creemos en el Divino Fantasma del Error y la
Mentira Institucionalizados.
Frente a todos estas ficciones
tomadas por realidades sólo tenemos un recurso de apelación, que tomo del
Maestro Zubiri: el de apelar a la viejo concepto de Voz de la Conciencia: se
entiende que la intención del filósofo era la de equiparar con el Espíritu de
la Verdad, apelado como Espíritu Santo en el Evangelio y en la Teología
Trinitaria Cristiana, pero existente en casi todas las conciencias humanas
dignas y decentes.
Y, como en la mayoría de las
conciencias humanas el espíritu de la verdad suele reprimirse porque no podemos
soportar nuestra propia y verdadera realidad que su voz indica como deixis en
fantasma (Bühler) de algo que sí es real porque de hecho habita en nosotros
mismos como Intuición de la Realidad Verdadera, y así lo sentimos, y por ello
la negamos reprimiéndola en el subconsciente, desde donde sigue influyéndonos
como remordimientos vueltos a reprimir y que por ello, según presume la vulgar
tendencia contagiada por la divulgación de las ideas psicoanalíticas, solemos
creer que esta voz previene del inconsciente. Pero esto no puede ser así por
tautología: la Voz de la Conciencia no puede Voz de la Inconsciencia, porque
tal sentencia implica contradicción lógica: la Voz de la Conciencia es
originaria de la conciencia aún no autoengañada, dicho sea en sentido lacaniano.
Indica hacia dónde hay que mirar para ver la verdad de cualquier realidad que,
como se ha reiterado, depende por lo menos tanto de nuestro aparato cognitivo
como de la no probable cosa en sí tal cual es, en tanto al grado relativo en
que seamos capaces de ver más allá de la meras y primeras apariencias y después
las siguientes; porque hay apariencias cuya falsedad se constata con una
observación de la misma más cuidadosa y atenta, cotejada con la mirada y visión
de otros que, por tener mejor vista, o más experimentada, o filosófica o
científica, que las nuestras; no obstante, ha apariencias que revelan algo de
la realidad real, “real de verdad” (G. Bacca), de las cosas, unas mejor que
otras, puesto que la cantidad y nitidez de la información que, como el Velo de
Isis, velan, aunque también revelan, alguna realidad oculta que, mientras sea
objeto de nuestra percepción siempre seguirán siendo apariencia, sí. Pero
alguna más traslúcidas que otras.
Podemos comprobar
experimentalmente qué apariencia contiene más carga informativa sobre la
“realidad de verdad”. Y así seguir una carrera asintótica de obstáculos, aun
sabiendo que la curva asíntota de ese curso no va alcanzar jamás su límite
ideal ₋para nosotros.
De modo que, por
honestidad intelectual de vocación de inteligir la Realidad de Verdad respecto
de cualquier cosa, no se debería nadie conformarse con ninguna versión de lo
real que tenga por herencia tradicional de educación, no por mera opinión o
creencia basada en el gusto que a cada cual le dé creerse lo que le plegue: hay
que, si se es honorable, esforzarse en dilucidar si la visión actual que tengo
de todo es más o menos verosímil, y sustituirla por otra que lo sea más, si la
se encontrare. Y así, no rechazando o repreimiendo la Voz de la Conciencia,
progresar hacia lo más aceptable, aunque no nos guste lo que encontremos, cosa
en especial difícil para todo el género humano en el caso de que el objeto de
investigación seamos cada uno de nosotros mismos. Ardua tarea conocerse uno a
sí mismo, habida cuenta de que, con frecuencia, destroza los pies de barro del
ídolo que creemos nos representa con fidelidad: el autoengaño es inherente al
latente narcisismo que constituye nuestro ego. Los desgraciados, sin embargo,
también somos dignos de amor, e incluso más que los que no, dado que de ese
consuelo estamos más necesitados los que conocemos nuestra falta de gracia. De
manera que si asumimos lo real de verdad respecto de nosotros mismos (algo
evidentemente real por lógica, dado que es una verdad como un puño del tamaño
de un templo el hecho de que no existe la perfección) de nuestros inevitables,
aunque remediables, defectos y carencias, le estaríamos dando a nuestro amor
propio una veraz razón de ser, ya que así no estaríamos amando la idolatrada y
falsa imagen que todos tendemos a hacernos de nuestro dios/ego. Y estaríamos
más cerca de la Verdad. Algo que, por cierto sí que es digno de
adoración.
Esa especie de examen de
conciencia es, empero, doloroso, y casi nunca podemos soportar su trauma. No
obstante, la heroica empresa en cuestión es la más alta que pueda afrontar la
facultad cognitiva del Ánthropos, y cualquier peldaño superado es toda una
hazaña. Por lo que para saber qué hay y qué pasa tenemos que empezar por el
sincero autoanálisis de nuestra psiké, de la cual depende la realidad que
depende, como he demostrado, en alto grado de nuestra percepción
consciente.
Y sabemos que existen
ciertas psicopatologías, como la depresión, que no se pueden curar sin la
voluntad libre del individuo que la sufra.
Ningún psiquiatra tiene
una vara mágica ni una panacea. Y el psicoanálisis cura mediante la palabra
dialogada con un especialista que esté investido con el símbologísmo del
significante-Maestro, que no Amo.
Pues bien: si somos
conscientes de la realidad, aunque sea sólo de nuestra realidad, una realidad
que creamos y podemos recrear en busca de una realidad más real de verdad, y
teniendo presente que no en escaso grado nuestra realidad es, en realidad,
producto de la organización o auto-organización psicolingüística y social,
podemos entonces intentar liberar la función poética de lenguaje (Jakobson) por
medio de un voluntario desvío experimental de la Norma (Coseriu), nunca del
reglamento gramatical, para llamar la atención de nosotros mismos sobre la
verdad de nosotros mismos, para, de paso, entender y comprender, o sea, conocer
analítica y sintéticamente, esa realidad, que, aunque siempre será deformada en
mayor o menor grado por nuestra vocación de conocer la misma, siempre podrá ser
mejorada en verosimilitud si lo hacemos con honestidad vocacional, y de ahí que
la dimensión poética, creativa y rebelde ante lo normativo usual, o creativa
por rebelde, sea uno de los caminos, en el fondo el único, si entendemos poeticidad en una sentido amplio (Penrose:
hay belleza ₋poesía₋ en las teorías científicas y, es curioso que la más
“elegantes matemáticamente” sean la más veraces, aserto que recuerda a Platón),
para progresar en el siempre relativamente verdadero conocimiento de la Res, la
Cosa-en-Sí, la sola guía para la vía a la general desalienación de toda la
especie.
Todo acto de verdadero intento de conocimiento de lo Real, sea lo que sea esa
Cosa, es, en el fondo, aparte de una pan-psico-terapia de la realidad enferma,
un Acto Poético, como aquí se tratado de hacer.
Y sólo así podremos reencantar un mundo, puesto que el nuestro que está
perdiendo, si no lo ha perdido ya, incluso el encanto de la Esperanza en su
Supervivencia.