viernes, 10 de enero de 2020

EL POETA EN LA POLIS

Recordaré (casi me atrevería decir -que a cuento viene- por platónica anamnesis) que, según Marcel Detienne en su Los Maestros de Verdad en la Grecia Antigua (cito de memoria), los poetas arcaicos, inspirados por los dioses, tenían cosas que decirles a los poderosos, y podían hacerlo porque gozaban de respeto debido a sus mágicos y/o teo-míticos prestigios. Pero también que con el advenimiento o surgimiento de la filosofía, si bien los primeros filósofos, los presocráticos no llegaban a distinguir del todo su arte racional novedosa del de la vieja y tradicional poesía (acordémonos de que por ejemplo Empédocles o Parménides escribieron sus tratados en verso, o que Jenófanes, el primer pensador monoteísta, fue un alto y profundo lírico), los poetas se llevaron, con Platón, el primer varapalo crítico cuando el maestro del fundador del pensamiento occidental los expulsó de su ideal República; los poetas cantaban bellas ficciones -mitos (fábulas fabulosas), que eran desarrollos narrativos de símbolos (Durand)- dictadas o, mejor, inspiradas por las musas divinas, pero con, según el discípulo de Sócrates, la mácula y salvedad inherente al hecho de que esa belleza era falsa porque no cuadraba con ninguna Idea o, peor, con la triple Idea de Ideas identificadora de la Verdad y la Belleza (y el Bien).
El Filósofo de filósofos quería ocupar el lugar socio-antropológico que hasta entonces habían ostentado los poetas de Detienne, poseídos por el espíritu de Mnemósine, la Memoria antrópica, o étnica, madre de musas y gobernantes (Hesíodo) y, por ende, de una Verdad que la revolución platónica denunciaba como mentira.
Hagamos, pues, más memoria y busquemos inspiración en el símbolo mítico de la Lira de Orfeo, acompañante de su hechicera Voz, y traigamos a la conciencia mnémica que el segundo zurriagazo criticón de memorable órdago se lo llevó la poesía, si damos un poco matizado salto histórico de luenga longitud, con la Ilustración, cuando hasta algún que otro gran poeta (v. gr.: Pope) entendió el quehacer poético, continuando el curso en ramazón iniciada en la horaciana semilla del docere et delectare, como un modo complementario de docencia edulcorada con el cebo del entretenimiento placentero.
Remembremos que, pese a ensayos en sentido contrario por parte de los románticos y sus escuelas (en especial desde Shelley y su Defensa de la poesía hasta el Darío de El salmo de la pluma: “Nada, nada ha más alto que tu destino, vate”), con el triunfo de la novela realista decimonónica, repetido como absoluto pepino desde la 2ª mitad del s. XX, la especialidad del poeta ha quedado en especiosidad trivial (de trívium: gramática poética y retórica) frente al quadrivium cientifista cuya emulación persiguió el naturalismo para elevación de la categoría y credibilidad del arte literaria.
Y no hay que echar mano de ningún antídoto contra las aguas del Leteo para ver el estado (de ánimo) actual del arte poética: se niega el poeta mayoritario a cultivar el arte del lenguaje y la significación, al objeto de que su verso libre se parezca a la prosa narrativa del más vendible best-seller.
Y esa zurullez aguachinada y pulverulenta es la que triunfa en las grandes editoriales.
Pero es que con la filosofía ha pasado algo parecido. Los filósofos arcaicos hacían filosofía. La mayoría de los vigentes escribe sobre filósofos. Y los que la hacen aún se dedican a pensar filosóficamente sobre la ciencia (en la secuela de Popper).
No está de más no olvidar que ni más ni menos que Heidegger, uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos -y (para que se vea que nada tiene que ver filosofía con ideología) uno de sus peores ideólogos- indicó y practicó más bien lo opuesto a esa tendencia; hablando mal y pronto: son los filósofos los que deben apoyar su pensamiento en los poetas; y de ahí sus estudios sobre Hölderlin.
Todo el mundo se sabe de memoria eso de “…podrá no haber poetas pero siempre/ habrá poesía”, que dijo el gigante sevillano de los “suspirillos germánicos” (Núñez de Arce, me parece recordar), aquél que sabía de

un himno gigante y extraño
que anuncia en mitad de la noche una aurora

y en su aparente sencillez, muy elaborada -para eso: tener apariencia de natural y espontánea sencillez-, consiguió en algún que otro poema tocar la llaga, si bien vía platónica, que señalaba Detienne: “Espíritu sin nombre,/ (…) desconocida esencia,/ (...)  de que es vaso el poeta.”
El tono gris y prosaico (en el sentido más poético del término) de la poesía actual se debe a una falta de confianza que los poetas tienen en sí mismos como importadores de una Verdad que no le importa a nadie, porque, por oficial y oficiosa, es obligatoria la versión vigente de la misma, enraizada en la dogmática creencia en que no hay ningún Afuera Ideal desde donde pueda exportarse de Allá la verdad a este penoso mundo nuestro de acá, en que reina impune la mentira. La del Poder político y la de los media en manos de los poderes fácticos, que son también los propietarios de la mayoría de los políticos.
Pero imaginemos poetico modo por un momento que los poetas fueran todavía maestros de la Verdad: los que la enseñan. O la muestran.
Si algo entiendo de este tema, y les aseguro que, al menos, mucho y demasiado es lo he reflexionado modo philosophico sobre él, serían los seres humanos de mucha intuición imaginativa, poetas o vates, los que podrían inducir a los políticos y a la gente a no ser tan propensos al autoengaño y el embuste cada vez más descarados y conspicuos como tales, excepto para los sometidos por una ideología antifilosófica y antipoética, como todas las ideologías, empezando por las totalitarias, como ya nos desvelara la Escuela de Francfurt con su Teoría Crítica Social basada (Horkheimer y Adorno), por cierto, dicho grosso modíssimo, aparte de en el subconsciente Superyó de Freud, en la concepción marxiana del tecnicismo: las ideologías son máscaras o disfraces (sucedáneas de las intuiciones mito-fabulosas) con que se justifican intereses pecuniarios y económicos de las clases dominantes y prosaicas. Como el neoliberalismo. Que hace de la Libertad un valor absoluto para que en la práctica la mayoría de la Humanidad resulte esclavizada por los minoritarios libérrimos, los únicos que pueden hacer Aquí lo que les dé la gana.
En puridad ningún rebelde genuino está dirigido por ninguna ideología sino, en todo caso, una anti-ideología filosófica y poética: una filosofía fundamentada en esos trascendentales inventos poéticos, inexistentes en esta realidad de la physis, que son los grandes principios éticos: Igualdad, Libertad, Solidaridad: Justicia.
En ese hipotético y utópico caso, producto de mi lúdicra y gratuita fantasía, los poetas de verdad ya estarían todos muertos o anulados, linchados por la chusma, de la que formarían no parva parte los poetas oficiales y oficiosos.
Oficialmente, volviendo a la actual realidad, lo están.

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