El Filósofo de filósofos quería
ocupar el lugar socio-antropológico que hasta entonces habían ostentado los poetas de
Detienne, poseídos por el espíritu de Mnemósine, la Memoria antrópica, o étnica,
madre de musas y gobernantes (Hesíodo) y, por ende, de una Verdad que la
revolución platónica denunciaba como mentira.
Hagamos, pues, más memoria y
busquemos inspiración en el símbolo mítico de la Lira de Orfeo, acompañante de su
hechicera Voz, y traigamos a la conciencia mnémica que el segundo zurriagazo criticón
de memorable órdago se lo llevó la poesía, si damos un poco matizado salto histórico
de luenga longitud, con la Ilustración, cuando hasta algún que otro gran poeta
(v. gr.: Pope) entendió el quehacer poético, continuando el curso en ramazón
iniciada en la horaciana semilla del docere
et delectare, como un modo
complementario de docencia edulcorada
con el cebo del entretenimiento
placentero.
Remembremos que, pese a ensayos
en sentido contrario por parte de los románticos y sus escuelas (en especial desde Shelley y su Defensa de la poesía hasta el Darío de El salmo de la pluma: “Nada, nada ha más
alto que tu destino, vate”), con el triunfo de la novela realista decimonónica,
repetido como absoluto pepino desde la 2ª mitad del s. XX, la especialidad del poeta ha quedado en especiosidad trivial (de trívium:
gramática poética y retórica) frente
al quadrivium cientifista cuya emulación persiguió el naturalismo para elevación
de la categoría y credibilidad del arte literaria.
Y no hay que echar mano de ningún
antídoto contra las aguas del Leteo para ver el estado (de ánimo) actual del
arte poética: se niega el poeta mayoritario a cultivar el arte del lenguaje y la
significación, al objeto de que su verso libre se parezca a la prosa narrativa
del más vendible best-seller.
Y esa zurullez aguachinada y
pulverulenta es la que triunfa en las grandes editoriales.
Pero es que con la filosofía ha
pasado algo parecido. Los filósofos arcaicos hacían filosofía. La mayoría de
los vigentes escribe sobre filósofos. Y los que la hacen aún se dedican a
pensar filosóficamente sobre la ciencia (en la secuela de Popper).
No está de más no olvidar que ni
más ni menos que Heidegger, uno de los más grandes filósofos de todos los
tiempos -y (para que se vea que nada tiene que ver filosofía con ideología) uno
de sus peores ideólogos- indicó y practicó más bien lo opuesto a esa tendencia;
hablando mal y pronto: son los filósofos los que deben apoyar su pensamiento en
los poetas; y de ahí sus estudios sobre Hölderlin.
Todo el mundo se sabe de memoria
eso de “…podrá no haber poetas pero siempre/ habrá poesía”, que dijo el gigante
sevillano de los “suspirillos germánicos” (Núñez de Arce, me parece recordar), aquél que sabía de
un himno gigante y extraño
que anuncia en mitad de la noche una aurora
y en su aparente sencillez, muy
elaborada -para eso: tener apariencia de natural y espontánea sencillez-,
consiguió en algún que otro poema tocar la llaga, si bien vía platónica, que
señalaba Detienne: “Espíritu sin nombre,/ (…) desconocida esencia,/ (...) de que es vaso el poeta.”
El tono gris y prosaico (en el
sentido más poético del término) de la poesía actual se debe a una falta de
confianza que los poetas tienen en sí mismos como importadores de una Verdad
que no le importa a nadie, porque, por oficial y oficiosa, es obligatoria la
versión vigente de la misma, enraizada en la dogmática creencia en que no hay ningún
Afuera Ideal desde donde pueda exportarse de Allá la verdad a este penoso mundo
nuestro de acá, en que reina impune la mentira. La del Poder político y la de
los media en manos de los poderes
fácticos, que son también los propietarios de la mayoría de los políticos.
Pero imaginemos poetico modo por un momento que los
poetas fueran todavía maestros de la Verdad: los que la enseñan. O la muestran.
Si algo entiendo de este tema, y
les aseguro que, al menos, mucho y demasiado es lo he reflexionado modo philosophico sobre él, serían los seres humanos de mucha
intuición imaginativa, poetas o vates, los que podrían inducir a los políticos y a la gente a no
ser tan propensos al autoengaño y el embuste cada vez más descarados y conspicuos
como tales, excepto para los sometidos por una ideología antifilosófica y antipoética, como
todas las ideologías, empezando por las totalitarias, como ya nos desvelara la
Escuela de Francfurt con su Teoría Crítica Social basada (Horkheimer y Adorno), por cierto, dicho grosso modíssimo, aparte de en el subconsciente Superyó de Freud, en la
concepción marxiana del tecnicismo: las ideologías son máscaras o disfraces (sucedáneas
de las intuiciones mito-fabulosas) con que se justifican intereses pecuniarios y
económicos de las clases dominantes y prosaicas. Como el neoliberalismo. Que hace de la
Libertad un valor absoluto para que en la práctica la mayoría de la Humanidad
resulte esclavizada por los minoritarios libérrimos, los únicos que pueden hacer Aquí lo que les dé la gana.
En puridad ningún rebelde genuino
está dirigido por ninguna ideología sino, en todo caso, una anti-ideología
filosófica y poética: una filosofía fundamentada en esos trascendentales inventos
poéticos, inexistentes en esta realidad de la physis, que son los grandes principios éticos:
Igualdad, Libertad, Solidaridad: Justicia.
En ese hipotético y utópico caso,
producto de mi lúdicra y gratuita fantasía, los poetas de verdad ya estarían
todos muertos o anulados, linchados por la chusma, de la que formarían no parva parte
los poetas oficiales y oficiosos.
Oficialmente, volviendo a la
actual realidad, lo están.
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