Introducción
ES probable que nunca más publique
en imprenta y papel. Me puso el veto
el mediocrismo del vulgar cateto
que teme al diferente. Llevó a pique
mi ego público el machote alfa
a quien imitan todos sus acólitos,
pues mis asuntos eran tan insólitos
que no los cata el comensal de alfalfa.
No fue por distinguirme: yo no puedo
no escribir, y ahora tengo tiempo y ocio.
Si, aun así, no publico, nunca socio
seré por trepa del corrupto en ruedo:
ese toro es un buey. A quien me ignore
le dedico el poema consiguiente.
No quieras aprender de mí: al valiente
la chusma olvida en vida, aunque lo llore
después. Si ya pasó con el Maestro,
ahora toca al Discípulo. Quien hace
las cosas bien acaba en el desguace,
como el poeta a quién inspira el estro
del trabajo constante, por dominio
excesivo de técnica. Desprecia
el vulgo lo que ignora. Cuando arrecia
la lluvia del Sentido, al exterminio
la condena, al desierto. Yo no hablo
de mí, que tengo un terminal defecto
de perfección formal, y ser perfecto
es un defecto, aun para Dios. El Diablo
necesita en su obra, y yo, lucífero,
en papel de Satán, ángel aún,
mi paciencia de Job pruebo, somnífero
para soñar el Bien, el Bien Común.
mío. Nací con buen oído, y una
curiosidad que me llevó a la luna
de la valencia: sondeé el pretérito
de la historia del Todo. Fue mi madre
quien me hizo así: y, así, yo qué le hago.
Si gracia obtengo como sabio mago,
la tengo, y me da igual que se me ladre.
Amé y canté a mi amor. Pasé a otra cosa
cuando el amor se fue. No soy amante
profesional, por ello he dado el cante
al doméstico amor por una hermosa
fea de alto Poder, a quien se junta
el cantor de experiencia y sentimiento.
Palabra vana que se lleva el viento,
cuando no la sujeta estrecha yunta.
Lo ordinario resulta extraordinario.
Lo extraordinario, mera una locura.
No me entretiene hacer literatura
de un falso sentimiento mercenario.
Investigué, buscando lo que explica
acaso la razón de ser del ser.
Concursé, y en un sobre bajo plica,
se adivinó mi nombre: Lucifer.
Seguí mi propia vía, a la utopía,
por mejorar la Vía. Fue Narciso,
por rechazo a su Eco, quien haría
nada de mí. Pero es errar. Yo eco
no soy, porque soy voz, y, cuando copio,
cito la fuente, o marco lo no propio
en cursiva o comillas. Yo no peco
de soberbio, aunque diga más de uno
que lo soy: sí que tengo cierto orgullo
por mi esfuerzo en saber: dejé al capullo
y volé al fondo, y resulté importuno:
hay que ser más superfluo, y vanidoso
sin que se note: presumir de humilde.
Pero en la i su punto, si la tilde
no es necesaria, pongo: el novedoso
estilo está podrido por abuso
de uso: más de un siglo ya llevamos
imitando a los viejos y a los amos
de la moda de ahora, y el intruso
de la re-tradición en forma sobra,
y más si toca temas de rabiosa
actualidad científica, no en prosa,
y porque sí, puesto que nada cobra
ni cobró, salvo palos de ostracismo
por la ceguera de quien poco sabe,
por no querer saber, lo que es más grave:
Tan sólo de lo suyo y de lo mismo.
¡Especialistas, venga, vade retro!
Si yo también lo soy, no me conformo
solo con eso, porque el cloroformo
de la especialidad, de poco metro,
se queda corto, porque solo sueña
su exclusiva verdad, que no es la única:
está incompleta frente a la neptúnica
dimensión de la misma, y es pequeña
esa verdad de campo propio sola,
que ignora la Plural en sincretismo
o síntesis, que fluye del Abismo.
Desea ver el mar en sola su ola.
Una cuestión de fe: “Mi disciplina
y dentro de ella, el campo en que me acoto
y en que sé más que nadie, esa es mi moto,
y así salgo en la foto -y me incrimina
ante quien tenga una visión compleja
interdisciplinaria, por curiosa.
Pero si quiero público y famosa
hacer mi poesía, pocha, vieja,
hay que dejarse de dificultades,
que, si no, no hay best-seller, y no vendo.
Y al distinguido yo me lo meriendo
y lo mando a la sombra de mi Hades”.
Lo primero es legítimo y derecho
hay, lo segundo, no. Y es de infeliz.
Ni eso, ni aquello, hice ni lo he hecho,
Lo digo sin tapujo y sin tapiz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario