sábado, 3 de junio de 2023

Mutanabbia

Mutanabbi fue un poeta sin dios, un poeta sin amor, y un poeta orgulloso de su arte, y sería difícil encontrar en toda la Historia de la Literatura a un poeta más orgulloso que Mutanbbi. Así dijo al respecto:
“Mis versos irán al Oriente, hasta donde no hay más Oriente;
e irá al Occidente, hasta donde no ha más Occidente”.
Alfredo Rodríguez. Los días del indomable.
 
Si honras al generoso, lo conquistas.
Si al despreciable honras, se rebela.
Al Mutanabbi.
Yo también soy un tanto mutanabbio:
quien me desprecia sufre de mi bilis.
Porque cuesta labor hacerse sabio,
y sobran gilis.
            Lecciones de humildad me dio mi bïo-
grafía, que no escribo: Mutanabbi
me dio su ejemplo: dejo bibe y babi,
y me hago un tío.
            Así en defensa propia de mi ego,
del cual nada me creo si no hago
algo por él, me hice su estratego:
ya no hay mal trago.
            El uso de mi arjé moral me basa
en ser quién soy: no soy un triste esquife
entre fortunas, que se dé o se rife
al que más tasa.         
            Si al generoso honoras, lo conquistas.
Si al despreciable, ingrato se rebela.
Ingrato es el Poder: los egoístas
a toda vela
            van a vana su bola, cual el Hola
de la ola que lleva a mal despido
y a una espalda cosida a agudo olvido:
te pone en cola
            a esperar el jamás de los jamases:
como comió lo tuyo, te es aleve
luego, en presente, que le da a las clases
con que se eleve.
            Si le sirves te apoya hasta ese punto
en que no le haces falta y, como sobras
y manda, allá te manda con tus obras,
por ser, presunto,
            obrero, un delincuente, su reflejo
en la pantalla que su haz proyecta.
Te mienta flojo porque su complejo
de simple afecta
            su máscara dudosa de seguro
con miedo a la segur, destral, verduga.
No quiere al competente: miembra en fuga,
-por puro apuro-
            y testiga y jurada quiere, dicha
la Voz de la Conciencia, que le muerde.
Huyédonla en mal nicho se me anicha,
y pisa verde.
            Yo sé que soy más grande que ese grande:
de liquidez me achico, y así floto.
Él ya se hunde a sí en su mar remoto:
quien más expande
            la máxima entropía alcanza antes,
y ya llegó la hora, y el segundo
serás, y yo, sobre hombros de gigantes,
el más profundo.
            Yo nunca he sido tú: como una lapa
parásita y ondina en esta roca
te pegaste, y me pegas, pero poca
es cosa -empapa-
            tu oleaje de óleo intempestivo
que ahí se estrella, si furioso, lento,
porque tu verbo es poco sustantivo:
es verba al viento
            sin qualia. Si a mi verso la comparas,
se queda roma sin su papa en sede.
Te crees que otra forma no se puede
hacer, y paras.
            Y puede que no puedas. Yo sí puedo.
Imitar tus ejemplos es de vanos.
Prefiero a Lope, Góngora, Quevedo
con ambas manos,
            si zocatas, más diestras que las tuyas.
Además poco dices, nada aportas,
y demasiado blufas, y tus tortas
y chatas puyas
            de ignorancia y silencio y tu censura
insidiosa de pobre y ahora triste
ya no me ofenden, porque son basura
de falso chiste
            sin gracia, desgraciado, aunque dichoso
te sé, que te has creído, monicaco,
un justiciero, siendo un mono Caco.
Y aún menos: soso.
            Te deseo en la fosa de tu saco
que feliz sigas en tu coso y foso.
Y, si aquí, por celoso, te machaco,
es por tu acoso.
            Iba iniciando el vuelo y tu ojeriza
me apunta, y suena un tiro, y me desala.
Que te aterra mi genio en buena liza.
La envidia es mala.
 Mutanabbi fue un poeta sin dios, un poeta sin amor, y un poeta orgulloso de su arte, y sería difícil encontrar en toda la Historia de la Literatura a un poeta más orgulloso que Mutanbbi. Así dijo al respecto:
“Mis versos irán al Oriente, hasta donde no hay más Oriente;
e irá al Occidente, hasta donde no ha más Occidente”.
Alfredo Rodríguez. Los días del indomable.
Yo también soy un tanto mutanabbio:
quien me desprecia sufre de mi bilis.
Porque cuesta labor hacerse sabio,
y sobran gilis.
            Lecciones de humildad me dio mi bïo-
grafía, que no escribo: Mutanabbi
me dio su ejemplo: dejo bibe y babi,
y me hago un tío.
            Así en defensa propia de mi ego,
del cual nada me creo si no hago
algo por él, me hice su estratego:
ya no hay mal trago.
            El uso de mi arjé moral me basa
en ser quién soy: no soy un triste esquife
entre fortunas, que se dé o se rife
al que más tasa.         
            Si al generoso honoras, lo conquistas.
Si al despreciable, ingrato se rebela.
Ingrato es el Poder: los egoístas
a toda vela
            van a vana su bola, cual el Hola
de la ola que lleva a mal despido
y a una espalda cosida a agudo olvido:
te pone en cola
            a esperar el jamás de los jamases:
como comió lo tuyo, te es aleve
luego, en presente, que le da a las clases
con que se eleve.
            Si le sirves te apoya hasta ese punto
en que no le haces falta y, como sobras
y manda, allá te manda con tus obras,
por ser, presunto,
            obrero, un delincuente, su reflejo
en la pantalla que su haz proyecta.
Te mienta flojo porque su complejo
de simple afecta
            su máscara dudosa de seguro
con miedo a la segur, destral, verduga.
No quiere al competente: miembra en fuga,
-por puro apuro-
            y testiga y jurada quiere, dicha
la Voz de la Conciencia, que le muerde.
Huyédonla en mal nicho se me anicha,
y pisa verde.
            Yo sé que soy más grande que ese grande:
de liquidez me achico, y así floto.
Él ya se hunde a sí en su mar remoto:
quien más expande
            la máxima entropía alcanza antes,
y ya llegó la hora, y el segundo
serás, y yo, sobre hombros de gigantes,
el más profundo.
            Yo nunca he sido tú: como una lapa
parásita y ondina en esta roca
te pegaste, y me pegas, pero poca
es cosa -empapa-
            tu oleaje de óleo intempestivo
que ahí se estrella, si furioso, lento,
porque tu verbo es poco sustantivo:
es verba al viento
            sin qualia. Si a mi verso la comparas,
se queda roma sin su papa en sede.
Te crees que otra forma no se puede
hacer, y paras.
            Y puede que no puedas. Yo sí puedo.
Imitar tus ejemplos es de vanos.
Prefiero a Lope, Góngora, Quevedo
con ambas manos,
            si zocatas, más diestras que las tuyas.
Además poco dices, nada aportas,
y demasiado blufas, y tus tortas
y chatas puyas
            de ignorancia y silencio y tu censura
insidiosa de pobre y ahora triste
ya no me ofenden, porque son basura
de falso chiste
            sin gracia, desgraciado, aunque dichoso
te sé, que te has creído, monicaco,
un justiciero, siendo un mono Caco.
Y aún menos: soso.
            Te deseo en la fosa de tu saco
que feliz sigas en tu coso y foso.
Y, si aquí, por celoso, te machaco,
es por tu acoso.
            Iba iniciando el vuelo y tu ojeriza
me apunta, y suena un tiro, y me desala.
Que te aterra mi genio en buena liza.
La envidia es mala.

No hay comentarios:

Publicar un comentario