La respuesta de Hawking tardío (el de la
filosofía descendente) fue: el proceso de observación. Nosotros creamos el
universo tanto como el universo nos crea a nosotros.
Thomas Hertog. Sobre el origen del tiempo.
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes
Unamuno
Trasmino son: la sombra huele a dios.
Juan Ramón
Thomas Hertog. Sobre el origen del tiempo.
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes
Unamuno
Trasmino son: la sombra huele a dios.
Juan Ramón
abrázame otra vez, que tengo frío:
cómbate sobre mí como un iglú.
F. Fortuny
Yo canto
una ilusión, porque me hace
-la ciencia cosmológica moderna
que implica el acto de una mente eterna
y hace posible que en su punto trace
su plano arquitectónico o diseño
del universo. Y es nuestra observancia
de esa legalidad la que sustancia
toda entidad, materia y forma, y sueño.
La ilusión el deseo la produce
-que dijo Buda-, y además nos frustra.
Y el autoengaño crea -Zaratustra-
el Dios de la Mentira, que se luce.
La verdad se agazapa en su ostracismo
esperando el ataque testarudo
del más astuto astado bruto rudo
que se cree su embuste en su cinismo.
Y nace la ilusión. Yo canto una
distinta a contrapelo, contrafuerte
que el alma me sustenta, y es quererte
con este amor sin corte ni fortuna.
No me creo, por lelo, el gran Camelo:
sé que soy nadie. Tras del fondo, todo.
Me diseño y modelo el propio lodo
y me soplo el espíritu del cielo.
Y mi cielo eres tú. Tú, que me salvas
de la nada del nadie, si soy algo.
Lo que vales es todo lo que valgo.
Así te espero en sucesivas albas.
Ser dos
uno: la unión de los diversos,
casi conciliación de los contrarios.
Como dios. No me engañan los dïarios.
Y encuentro tu verdad en estos versos.
La mentira es soberbia y poderosa.
Inclina a los palurdos a la ruina.
Mi vocación a tu verdad me inclina,
y me libera de la mala prosa
que dicen verso, y a pianola suena,
con tozuda insistencia en su vicioso
círculo virtüal, dentro del foso
que al Castillo rodea y su Sirena.
En este puerto ajeno en donde habito
sin límite te escucho: “No abandones
y canta tu ilusión: usa tus dones:
oye tus sones, desde el infinito”.
El tiempo es ilusión, Einstein decía,
aunque muy testaruda: no se muere.
Y, si se muere, es porque bien nos quiere.
Después de tanta noche, llega el día.
O “tras
fortuna suele haber bonanza”
-que dice Garcilaso. Siempre espero.
El tiempo es justo, y este estercolero
recicla. No se pierda la esperanza.
Si ahora impera el tonto, el sinvergüenza
y la masoca chusma, siempre adviene
algún tiempo mejor, de más higiene.
No será Caco quien por siempre venza
ni el conjurado ni el traidor. O, al menos,
habrá progreso, poco, pero alguno.
Ya pasó el paleolítico oportuno
y el pleisto-, el holo- y otros tantos -cenos.
La nobleza parásita es ahora
el capi mono poli sin jüicio.
Habrá final. Y tanto desperdicio
será barrido a la trituradora.
Si no en los jueces, creo en la Justicia
que, cuerda -de la lira pitagórica-,
nos salva de la muerte meteórica
del bruto dinosaurio, y su estulticia:
No reinará el tirano, saurio vivo
todavía en su corte, que se corta
como cortina ilusa: siempre aborta
por copia de un modelo primitivo.
Me hace ilusión esta ilusión, que lleva
en su seno su carga luminaria.
Hay quien se cree aún de raza aria,
troglodita platónico en su cueva.
O quien no sabe aún que es proletario
y sirve al amo, al cual le lame el culo,
porque cree verdad su cutre bulo,
por ver si se le pega un tizne ario.
La verdad me ilusiona. Si no pillo
mucha, sigo la búsqueda de toda
la que pueda saber. Si me incomoda,
el bulo, no me rindo, y me cepillo
al ídolo, al que limpio de viruta,
y se queda en su nada, pura tabla,
que lucía a una pérfida dïabla
tentadora, mas tonta, como fruta
prohibitiva. Detrás del espejismo
está la sed. Pero he bebido un sorbo
del agua de la vida, frente al corvo
pico del buitre; y es el amor mismo
sin cortesano amparo. Yo te amo
porque eres la bondad, por generosa
dación, inacabada aún, que bosa
de sí, en su entrega al sucesivo tramo
de tanta evolución, desde la Fonte
“que mana y corre, aunque es de noche”. Falta
que, Ormuzd, venza a Ahrimán, que el prado esmalta
con su bisutería, al mastodonte,
vistiéndolo de seda: el Dios Tirano
es, desde luego, falso y el Pudiente,
pero no el generoso de la Fuente
de la que fluye todo, si aún en vano
para el ántropo, que lo transfigura
proyectándole lacras y defectos
propios, y está muy feo como, insectos
carnívoros, la franca dictadura.
Comprendo a los ateos, los creyentes
en su nada de ídolo eclesiástico
tan demasiado humano que es de plástico
artista torpe que labró sus dientes
de predador. Si Buda y Zaratustra
y Cristo repensaron el modelo
no se les hace caso, y el Camelo
de siempre se rehace, como ilustra
la Historia de la Iglesia. No me aceptan
ni ateos ni creyentes, y estoy solo,
porque no acepto de ningún Idolo
s hambre de sumisos, los que reptan
como sierpes, y Apolo me ilumina
desde un neo-Delfos, con la luz del fondo
fósil, que arde aún, de lo más hondo
del tiempo, si ahora fría. Brilla -y trina-
en las estrellas nueva, y en boquetes
negros que al fin también estallan, luces
añadiendo al total. Tú me conduces:
contra Ahrimán tus ondas en paquetes
cuánticos nos construyen. Amor mío:
somos uno; sï hoy no lo aparenta,
es así. Tú, en la gélida tormenta,
“abrázame, otra vez, que tengo frío”.
-la ciencia cosmológica moderna
que implica el acto de una mente eterna
y hace posible que en su punto trace
su plano arquitectónico o diseño
del universo. Y es nuestra observancia
de esa legalidad la que sustancia
toda entidad, materia y forma, y sueño.
La ilusión el deseo la produce
-que dijo Buda-, y además nos frustra.
Y el autoengaño crea -Zaratustra-
el Dios de la Mentira, que se luce.
La verdad se agazapa en su ostracismo
esperando el ataque testarudo
del más astuto astado bruto rudo
que se cree su embuste en su cinismo.
Y nace la ilusión. Yo canto una
distinta a contrapelo, contrafuerte
que el alma me sustenta, y es quererte
con este amor sin corte ni fortuna.
No me creo, por lelo, el gran Camelo:
sé que soy nadie. Tras del fondo, todo.
Me diseño y modelo el propio lodo
y me soplo el espíritu del cielo.
Y mi cielo eres tú. Tú, que me salvas
de la nada del nadie, si soy algo.
Lo que vales es todo lo que valgo.
Así te espero en sucesivas albas.
casi conciliación de los contrarios.
Como dios. No me engañan los dïarios.
Y encuentro tu verdad en estos versos.
La mentira es soberbia y poderosa.
Inclina a los palurdos a la ruina.
Mi vocación a tu verdad me inclina,
y me libera de la mala prosa
que dicen verso, y a pianola suena,
con tozuda insistencia en su vicioso
círculo virtüal, dentro del foso
que al Castillo rodea y su Sirena.
En este puerto ajeno en donde habito
sin límite te escucho: “No abandones
y canta tu ilusión: usa tus dones:
oye tus sones, desde el infinito”.
aunque muy testaruda: no se muere.
Y, si se muere, es porque bien nos quiere.
Después de tanta noche, llega el día.
-que dice Garcilaso. Siempre espero.
El tiempo es justo, y este estercolero
recicla. No se pierda la esperanza.
Si ahora impera el tonto, el sinvergüenza
y la masoca chusma, siempre adviene
algún tiempo mejor, de más higiene.
No será Caco quien por siempre venza
ni el conjurado ni el traidor. O, al menos,
habrá progreso, poco, pero alguno.
Ya pasó el paleolítico oportuno
y el pleisto-, el holo- y otros tantos -cenos.
La nobleza parásita es ahora
el capi mono poli sin jüicio.
Habrá final. Y tanto desperdicio
será barrido a la trituradora.
Si no en los jueces, creo en la Justicia
que, cuerda -de la lira pitagórica-,
nos salva de la muerte meteórica
del bruto dinosaurio, y su estulticia:
No reinará el tirano, saurio vivo
todavía en su corte, que se corta
como cortina ilusa: siempre aborta
por copia de un modelo primitivo.
Me hace ilusión esta ilusión, que lleva
en su seno su carga luminaria.
Hay quien se cree aún de raza aria,
troglodita platónico en su cueva.
O quien no sabe aún que es proletario
y sirve al amo, al cual le lame el culo,
porque cree verdad su cutre bulo,
por ver si se le pega un tizne ario.
La verdad me ilusiona. Si no pillo
mucha, sigo la búsqueda de toda
la que pueda saber. Si me incomoda,
el bulo, no me rindo, y me cepillo
al ídolo, al que limpio de viruta,
y se queda en su nada, pura tabla,
que lucía a una pérfida dïabla
tentadora, mas tonta, como fruta
prohibitiva. Detrás del espejismo
está la sed. Pero he bebido un sorbo
del agua de la vida, frente al corvo
pico del buitre; y es el amor mismo
sin cortesano amparo. Yo te amo
porque eres la bondad, por generosa
dación, inacabada aún, que bosa
de sí, en su entrega al sucesivo tramo
de tanta evolución, desde la Fonte
“que mana y corre, aunque es de noche”. Falta
que, Ormuzd, venza a Ahrimán, que el prado esmalta
con su bisutería, al mastodonte,
vistiéndolo de seda: el Dios Tirano
es, desde luego, falso y el Pudiente,
pero no el generoso de la Fuente
de la que fluye todo, si aún en vano
para el ántropo, que lo transfigura
proyectándole lacras y defectos
propios, y está muy feo como, insectos
carnívoros, la franca dictadura.
Comprendo a los ateos, los creyentes
en su nada de ídolo eclesiástico
tan demasiado humano que es de plástico
artista torpe que labró sus dientes
de predador. Si Buda y Zaratustra
y Cristo repensaron el modelo
no se les hace caso, y el Camelo
de siempre se rehace, como ilustra
la Historia de la Iglesia. No me aceptan
ni ateos ni creyentes, y estoy solo,
porque no acepto de ningún Idolo
s hambre de sumisos, los que reptan
como sierpes, y Apolo me ilumina
desde un neo-Delfos, con la luz del fondo
fósil, que arde aún, de lo más hondo
del tiempo, si ahora fría. Brilla -y trina-
en las estrellas nueva, y en boquetes
negros que al fin también estallan, luces
añadiendo al total. Tú me conduces:
contra Ahrimán tus ondas en paquetes
cuánticos nos construyen. Amor mío:
somos uno; sï hoy no lo aparenta,
es así. Tú, en la gélida tormenta,
“abrázame, otra vez, que tengo frío”.
“Dios es
una metáfora vacía”.
Toda figura entraña referencia:
un término real. Es la inclemencia
de Zeus la estación violenta y fría
del invierno o tormenta de verano.
Ahura Mazda, la Verdad; y Cristo,
el Amor; y el Celoso, el gran Tirano.
Pero Dios, según uso, por lo visto
del teólogo, ës el ser oculto,
el escondido, incógnito. Que sea
real el término real, idea
tautológica, y digno de su culto,
o sea, que sea físico, materia,
ya es cosa bien distinta. El universo
es mi templo, donde oro con mi verso,
implorándole paz, contra la histeria
colectiva que veo, como raro
que me ven mis entornos, cuando digo
mi lúcida visión, como mendigo,
diputado del Ántropo, y no paro
en mi jubilación casi ermita
de avisar con mis warnings -casi cito
a Owen-: no es razón, más bien delito
tanta guerra corrupta. Ya proscrita
mi escritura, se agarra al clavo ardiendo
de las redes, y grito: nada importa
en este fin de mundo la retorta
sin alquimia del ego, con atuendo
de etiqueta en el party vanidoso
de tanta suciedad que apesta a séptica
por más que se perfume su epiléptica
babosa presunción de premio soso
por aceptar conformes el estatus
de la normalidad: poetas, gente
común y catedráticos sin frente
ante amenazas de los nosferatus
disfrazados de ángeles ya marran
de objetivo, defienden a la podre
de este 78, y de ese odre
beben ebrios y ciegos y desbarran.
No hubo revolución y Franco impera
por medio de secuaces y de adeptos
que gritan viva Cristo y manocleptos
de guante rosa ven la primavera
siempre, cuando es otoño. Hasta la izquierda
de a pie, con sus poetas, es compinche
de esta falacia, y ven muy bien se linche
a los únicos justos, lo sin mierda.
“¿Tú tienes razón solo? ¿Luego el resto
se equivoca?” Millones de mentiras
no hacen una verdad. Si no le miras
a la cara, te guste o no, te apuesto
a que es porque esconde tu postura
un interés : al salvador se mata
por costumbre, a que ataca, y mucha rata
de cloaca, aun sus socios, por la dura
cara deudora ingrata por más unto
de poder lo abandonan a la hora
de la verdad y tratan de, Señora
mediante, colocarle a su i el punto
y final. Y se engaña todo quisqui
repitiéndose el mantra de que el ego
fue lo que los perdió, cuando fue el lego
del monasterio quien, pimplido el whisky
de la ambición, chocaba contra el muro
de su honradez incorruptible, y clama
por tanto desafecto, a quien hoy ama
pasándose a la línea del impuro.
Sólo hay una pureza. La justicia,
pero no de los jueces: prevarican
en pro de su patrón, que paga, y pican
más alto, por enchufe, que enjüicia
el Dios del Tiempo, que pondrá en su sitio
a cada cual. Sois cómplices. Advierto.
Os miente y os mentís, Y, haciendo el tuerto,
no se ve el esplendor de Apolo pitio.
Toda figura entraña referencia:
un término real. Es la inclemencia
de Zeus la estación violenta y fría
del invierno o tormenta de verano.
Ahura Mazda, la Verdad; y Cristo,
el Amor; y el Celoso, el gran Tirano.
Pero Dios, según uso, por lo visto
del teólogo, ës el ser oculto,
el escondido, incógnito. Que sea
real el término real, idea
tautológica, y digno de su culto,
o sea, que sea físico, materia,
ya es cosa bien distinta. El universo
es mi templo, donde oro con mi verso,
implorándole paz, contra la histeria
colectiva que veo, como raro
que me ven mis entornos, cuando digo
mi lúcida visión, como mendigo,
diputado del Ántropo, y no paro
en mi jubilación casi ermita
de avisar con mis warnings -casi cito
a Owen-: no es razón, más bien delito
tanta guerra corrupta. Ya proscrita
mi escritura, se agarra al clavo ardiendo
de las redes, y grito: nada importa
en este fin de mundo la retorta
sin alquimia del ego, con atuendo
de etiqueta en el party vanidoso
de tanta suciedad que apesta a séptica
por más que se perfume su epiléptica
babosa presunción de premio soso
por aceptar conformes el estatus
de la normalidad: poetas, gente
común y catedráticos sin frente
ante amenazas de los nosferatus
disfrazados de ángeles ya marran
de objetivo, defienden a la podre
de este 78, y de ese odre
beben ebrios y ciegos y desbarran.
No hubo revolución y Franco impera
por medio de secuaces y de adeptos
que gritan viva Cristo y manocleptos
de guante rosa ven la primavera
siempre, cuando es otoño. Hasta la izquierda
de a pie, con sus poetas, es compinche
de esta falacia, y ven muy bien se linche
a los únicos justos, lo sin mierda.
“¿Tú tienes razón solo? ¿Luego el resto
se equivoca?” Millones de mentiras
no hacen una verdad. Si no le miras
a la cara, te guste o no, te apuesto
a que es porque esconde tu postura
un interés : al salvador se mata
por costumbre, a que ataca, y mucha rata
de cloaca, aun sus socios, por la dura
cara deudora ingrata por más unto
de poder lo abandonan a la hora
de la verdad y tratan de, Señora
mediante, colocarle a su i el punto
y final. Y se engaña todo quisqui
repitiéndose el mantra de que el ego
fue lo que los perdió, cuando fue el lego
del monasterio quien, pimplido el whisky
de la ambición, chocaba contra el muro
de su honradez incorruptible, y clama
por tanto desafecto, a quien hoy ama
pasándose a la línea del impuro.
Sólo hay una pureza. La justicia,
pero no de los jueces: prevarican
en pro de su patrón, que paga, y pican
más alto, por enchufe, que enjüicia
el Dios del Tiempo, que pondrá en su sitio
a cada cual. Sois cómplices. Advierto.
Os miente y os mentís, Y, haciendo el tuerto,
no se ve el esplendor de Apolo pitio.
Qué negocio
la guerra. Qué negocio
la poesía barata de cotidie
que dice poco, así que nadie lidie
con la cruda verdad. El buen beocio
voluntario, si mira lo evidente
todo lo ve al revés o corta al sesgo
personal a interés, por miedo al riesgo
de no ser bien querido por la gente
de la parte del todo, y vuelve el ojo
a lo trivial, cegándose ante el hecho
trascendental, en contra del derecho
propio, por no ser raro -y no ser rojo.
Porque la gente en general no busca
la verdad: abducida por los media
que, si dicen verdad en su comedia,
es por errata, o por despiste, chusca
pero trágica, cree lo que quiere,
por conveniente, y que le den por saco
al resto, equivocándose: el atraco
sufren del ídolo elegido, y muere
el anciano en las resis y se anula
la pública salud, y roba el arca,
en pro de la privada, siempre carca,
y se cree superior y, pues, adula
al de suso, a que él cree, y es, ayuso,
lo más bajuno que a subir se atreve
mentira en ristre al robo como aleve
nocturnidad sin día -a quien acuso
recibo-, por si algo le contagia
de superioridad, si es tonto el listo.
Y me callan si grito y aun si chisto.
Y dejan que prosiga la hemorragia
del mundo: han pretendido las derechas
desechar a la izquierda en desacuerdo
con esta Transición, y hasta el izquierdo
de la misma lamenta en sus endechas
el ego de los limpios, expiatorios
cabrones de las lacras del de Franco
y sus pactos de tránsito, del banco
siervos y capi, como de infusorios
atontadores, en la sangre y sesos
que adoran el camelo de los fachas
o ultras. Y eres zurda y me despachas
al único sin tizne y de progreso.
El ego es del rejón que hiere al toro
bravío desarmado y, si el cobarde
ataca por la espalda, ya no arde
la necesaria rebelión, que el oro
y el Poder tientan a dejarla en menos:
la traición tiene un precio, y es que “Roma
no paga a los traidores”. Como coma,
dé al catador su parte de venenos,
o morirá. Y en esta mi impotencia,
cuando veo las partes de su parte
envenenada, con pasión de Marte
de tanta medianía, mi conciencia
evoca al grande quevediano Osuna:
lo diste todo en pro de tus Españas,
pero el mediocre prefirió las cañas
y ahora ya estás más solo que la una.
la poesía barata de cotidie
que dice poco, así que nadie lidie
con la cruda verdad. El buen beocio
voluntario, si mira lo evidente
todo lo ve al revés o corta al sesgo
personal a interés, por miedo al riesgo
de no ser bien querido por la gente
de la parte del todo, y vuelve el ojo
a lo trivial, cegándose ante el hecho
trascendental, en contra del derecho
propio, por no ser raro -y no ser rojo.
Porque la gente en general no busca
la verdad: abducida por los media
que, si dicen verdad en su comedia,
es por errata, o por despiste, chusca
pero trágica, cree lo que quiere,
por conveniente, y que le den por saco
al resto, equivocándose: el atraco
sufren del ídolo elegido, y muere
el anciano en las resis y se anula
la pública salud, y roba el arca,
en pro de la privada, siempre carca,
y se cree superior y, pues, adula
al de suso, a que él cree, y es, ayuso,
lo más bajuno que a subir se atreve
mentira en ristre al robo como aleve
nocturnidad sin día -a quien acuso
recibo-, por si algo le contagia
de superioridad, si es tonto el listo.
Y me callan si grito y aun si chisto.
Y dejan que prosiga la hemorragia
del mundo: han pretendido las derechas
desechar a la izquierda en desacuerdo
con esta Transición, y hasta el izquierdo
de la misma lamenta en sus endechas
el ego de los limpios, expiatorios
cabrones de las lacras del de Franco
y sus pactos de tránsito, del banco
siervos y capi, como de infusorios
atontadores, en la sangre y sesos
que adoran el camelo de los fachas
o ultras. Y eres zurda y me despachas
al único sin tizne y de progreso.
El ego es del rejón que hiere al toro
bravío desarmado y, si el cobarde
ataca por la espalda, ya no arde
la necesaria rebelión, que el oro
y el Poder tientan a dejarla en menos:
la traición tiene un precio, y es que “Roma
no paga a los traidores”. Como coma,
dé al catador su parte de venenos,
o morirá. Y en esta mi impotencia,
cuando veo las partes de su parte
envenenada, con pasión de Marte
de tanta medianía, mi conciencia
evoca al grande quevediano Osuna:
lo diste todo en pro de tus Españas,
pero el mediocre prefirió las cañas
y ahora ya estás más solo que la una.
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